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Full text of "Carlos Reyles. Terruño Primitivo"

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Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 


BIBLIOTECA ARTIGAS 

( Art. 14 de la Ley de 10 de agoste cíe 1950) 


COMISION EDITORA 


Justino Zavala Muniz 

Ministro de Instrucción Pública 
Juan E, Pivel Devoto 

Director del Museo Histórico Nacional 


Dionisio Trillo Pays 
D irector de la Biblioteca Nacional 

Juan C* Gómez Alzóla 

Director interino del Archivo General de la Nación 


¡Colección dí Clásicos Uruguayos 

Vol. 3 

Carlos Rjtylis: EL TERRUÑO 


Preparación del texto y establecimiento 
de variantes a cargo de Angel Rama. 



CARLOS REYLES 


EL TERRUÑO 

Y 

PRIMITIVO 


Prólogo de 
ANGEL RAMA 


MONTEVIDEO 


1953 



PROLOGO 


La personalidad de Carlos Reyles ha sido 

+i^ÍL h ° y y qUÍZa ? si § a siend ° Por mucho 
^ excepción y un disturbio en nues- 
tras letras, por cuanto se presenta actuando en 
dos grandes esferas raramente vinculadas de 
modo autentico: la de las letras a las cuales se 
dedico respondiendo a un don nato de escritor 
y a su . necesidad de singularización intelectual, 
y la de los negocios ganaderos en la que actuó 
con escasa felicidad, terminando por perder la 
gran fortuna que heredara de su padre, hacen» 
dado progresista que renovó los rudimentarios 
sistema agropecuarios de nuestro país y cuva 
obra pretendió continuar y perfeccionar infruc- 
tuosamente su hijo. La excepcionalidad de Rey- 
le no radica simplemente en esta doble activi- 
dad, sino en la forma especial cómo en su perso- 
na y obra se vincularon y superpusieron artifi- 
cialmente dos esferas de acción que dadas las ca- 
racterísticas especíales que asumieron en su 
caso particular, parecían llamadas a separarse 
e incluso a una oposición radical. 

Vil 



CARLOS REYLES 


Si repasamos los comienzos literarios de Rey- 
Ies, en especial sus Academias donde por pri- 
mera vez estructura coherentemente sus aspi- 
raciones artísticas, nos encontramos con un es- 
critor perteneciente a la primera efusión del 
modernimo, atento a un complejo raro de sen- 
saciones en que el refinamiento y la morbosi- 
dad se reparten equitativamente la conciencia 
humana, que tiene un origen europeo conocido 
en la década amarilla del XIX y que designa- 
mos con el nombre de decadentismo. Reyles se 
propone al iniciar su literatura, “un arte que 
no sea indiferente a los estremecimientos e in- 
quietudes de la sensibilidad fin de siglo, refina- 
da y complejísima, que transmita el eco de las 
ansias y dolores innombrables que experimen- 
tan las almas atormentadas de nuestra época, 
y que esté pronto a escuchar hasta los más dé- 
biles latidos del corazón moderno, tan enfermo 
y gastado”. El personaje que representa este 
estado de conciencia y de arte es el Julio Guz- 
mán de El Extraño — que reaparece en el Sin 
razón, pero cansado de H< Quiroga, demostran- 
do que más que un caso personal es una conse- 
cuencia humana y literaria de la época — cons- 
truido en base a un conjunto de referencias 
personales que establecen una poderosa asocia- 
ción entre personaje y autor. Reyles aparece 
en la pléyade de refinados, sensuales e hiper- 
estésicos, más o menos imaginativos, que dieron 
la tónica común del modernismo en estos países 
americanos: coleccionistas de objetos de arte y 
sensaciones raras, de un dandismo desdeñoso, 
cultivadores de amores prohibidos, decadentes 


vm 




PRÓLOGO 


y nerviosos, extraños que se sentían desterra- 
dos en América y soñaban con París. Ese es el 
mundo de Julio Guzmán, expresado con un 
acento personal inconfundible. 

Pero no se crea que Primitivo, la primera no- 
vela corta de las Academias, responde a un cri- 
terio distinto: es distinto el ambiente en que 
se mueve el personaje, y su cultura, pero idén- 
tico el refinamiento psicológico, el sadismo, la 
disgregación de la voluntad, el progresivo ani- 
quilamiento de la persona y la angustiosa va- 
cuidad de la existencia que Reyles postula en 
una y otra obra. Y ambas novelas son seme- 
jantes porque intentan el análisis minucioso de 
un amor torturado que lleva implícito el afán 
de destrucción y sufrimiento. El propio Reyles 
subraya la semejanza al poner en boca de Julio 
Guzmán este juicio sobre el autor de Primitivo: 
“Reconozco en el autor una criatura de mi pa- 
tria espiritual. Tiene su manera cierto ímpetu, 
cierto sabor extraño que seduce: acción suges- 
tiva, rápida — parece que quisiera al fin de ca- 
da capítulo provocar una serie de reflexiones, 
de pensamientos — y finezas de dicción, símiles 
y tropos rebuscados, extravagantes a primera 
vista, pero precisos y no desprovistos de en- 
canto'’. 

Este es el segundo aspecto, derivada del an- 
terior, que singulariza la actitud literaria de 
Reyles, el estilo preciosista, cargado de imáge- 
nes ricas y excesivamente poéticas a veces, pero 
con una sobriedad que el autor supervalora en 
el mismo pasaje. Por el camina de esta bús- 
queda estilista de formas nuevas — “quien va- 


IX 



CARLOS REYLES 


ría la forma, produce sensaciones nuevas” — 
llegará Reyles al afán de purismo que distingue 
su novela El Terruño, donde la prosa moder- 
nista de sus obras anteriores se españoliza y 
academiza. 

Dadas estas características de su aparición en 
las letras, se comprende fácilmente que esta es- 
fera de su actividad choque violentamente con 
la otra que comparte su vida, aunque el autor 
haya pretendido superponerlas. De su carácter 
de rico hacendado surgirá su concepción realista 
de la actividad humana, su afirmación de la 
energía y la fuerza en el hombre como valores 
superiores, su defensa del afán de riquezas sim- 
bolizado en la obtención de dinero, que es po- 
der, el vago vitalismo nacido de Nietzsche que 
tiende a colocar en un segundo plano los va- 
lores intelectuales y aporta una terminante ne- 
gación del idealismo romántico basado en la 
generosidad, el amor desinteresado, la pasión 
Sin cálculo, el menosprecio del poder material. 
Estos criterios, que doctrinalmente forman su 
libro La muerte del cisne, serán novelados en 
El Terruño, donde constituyen la tesis, o me- 
jor, el tema de conversación y discusión que 
aproxima y aleja a los personajes entre sí. 

Si profundizamos algo más este curioso caso 
de nuestras letras, tendríamos que distinguir 
entre la persona Carlos Reyles cuya naturaleza 
íntima conocemos en parte por su biografía y 
sobre todo a través de su escritos dominados 
por la tónica confesional, y la situación Carlos 
Reyles, que también conocemos mejor por su 
obra literaria pero cuyo centro de irradiación 


X 



PRÓLOGO 


está en su posición de ganadero adinerado, de- 
dicado con entusiasmo y escaso fruto a su labor 
renovadora. Estas dos zonas, que en otro hom- 
bre pudieran haberse disociado, se sumaron ex- 
teriormente en Reyles y el lugar donde conflic- 
tualmente se manifestó su vinculación y su mu- 
tuo rechazo, fué en la obra literaria. Por eso 
su literatura ocupó durante mucho tiempo una 
especie de tierra de nadie o tierra de todos, 
donde confluían las diversas corrientes origi- 
nadas en estas dos esferas disímiles. Por un 
lado lo atraían hacia el tratamiento de los gran- 
des problemas nacionales, económicos y sociales 
desde el punta de vista de su situación par- 
ticular, y a una interpretación filosófica que 
arrancando del positivismo se decora con una 
apelación a la energía aplicada a la vida; por 
otro lado lo inclinaban a un escrudmamiento 
de las zonas oscuras de la conciencia tratando 
de entender al hombre, en especial aquellos de 
voluntad quebrada y que respondían al deca- 
dentismo primisecular; pero su visión en esta 
zona obedece al criterio esteticista del moder- 
nismo. 

Si bien este criterio es el dominante y para 
verla basta con revisar su primera novela, 
Por la vida, las Academias y La raza de Caín, 
ocurre que las dos esferas de su actividad en- 
tran a veces en conflicto como podemos obser- 
var en La raza de Caín y sobre todo en El Te- 
rruño que recibe el impacto de las ideas ex- 
puestas en La muerte del cisne y del fracaso, 
del autor en política. Pero además El Terruño 
marca la finalización del período conflictual, 




CARLOS REYLES 


ya que sus obras posteriores se inclinan deci- 
didamente del lado del esteticismo literario con 
El embrujo de Sevilla, El gaucho Florido y 

A BATALLAS DE AMOR CAMPOS DE PLUMA, y SÍ bien 
en ellas encontraremos algunos de los momen- 
tos literarios más felices del autor, en cambio 
registrarán mucho menos del Reyles auténtico 
que vemos modularse de 1888 a 1916, que res- 
palda la obra de esos años con una personalidad 
compleja y contradictoria. ¿Qué ha ocurrido? 
Dos cosas: ha entrado en crisis la situación 
Carlos Reyles que terminará por disolverse con 
la pérdida de su fortuna que lo desnuda y deja 
convertido pura y exclusivamente en escritor; 
la persona Carlos Reyles sufre un proceso de 
maduración que lo aleja del decadentismo refi- 
nado y morboso de sus años iniciales y le con- 
fiere una seguridad y convicción que le per- 
miten contemplar el mundo totalmente desde 
fuera, como un espectáculo. 

Deberemos atenernos aquí al primer período 
de la producción de Reyles, que va de 1888 con 
Por la vida a 1916 con la primera edición de 
El Terruño, analizando los pormenores previos 
a esta obra que nos explican su ubicación y su 
sentido ideológico y artístico. 

Dijimos que veíamos la persona Reyles más 
que en su biografía en sus obras literarias, y es 
natural, porque en ellas descargó lo más íntimo 
de sí, aun lo que veló en su conducta social. 
Todos los caminos pueden llevar a la literatura: 
Reyles siguió el confesional, de tal modo que 
la "literatura surge en él de una necesidad de 
desahogo interior que como todo desahogo lleva 


XII 



PRÓLOGO 


implícito el ansia de comprenderse y explicarse 
tanto ante los demás como ante sí. No fué, des- 
de luego, un pensador, ni aportó una nueva vi- 
sión de la naturaleza, ni las aproximaciones a 
que llegó con ayuda de las últimas novedades 
europeas, fueron permanentes. Pero esas bús- 
quedas nos revelan que reconocía un enigma 
en las cosas, que ese enigma le atraía y que 
siempre intentó develarlo. El mundo se le pre- 
sentaba como un misterio y dentro de ese mun- 
do, participando en su misterio, estaba también 
él. “Sus ojos, estupefactos, parecían ver lo in- 
visible y descubrir las íntimas y ocultas corres- 
pondencias del Bien y del Mal. . Así dice de 
Tóeles al terminar la novela y así pensaba de sí 
mismo, pero concluida vida y obra, podemos 
decir que solamente le “parecía ver lo invi- 
sible”, nada más que parecerle, pero lo que real- 
mente vió fueron las contradicciones que ope- 
raban sobre su propia personalidad, el fluir de 
su conciencia, la discusión entablada en ella 
en torno a los caminos a sevuir y a propósito 
de las temporales quiebras de su voluntad. 

¿Porque no será conveniente que de una vez 
por todas veamos en este hombre fuerte, activo 
y realista, que preconizó el valor todopoderoso 
del dinero y la energía egoísta anlicada a la 
vida, un soñador, un ser bastante débil, de vo- 
luntad quebradiza, capaz de grave indecisión 
como la que condena a sus personajes más afi- 
nes? ¿Acaso no podremos sospechar en él una 
especie de parálisis hamletiana a lo “enfant 
du siécle” que se manifiesta en la discusión con- 
tinua en su conciencia sobre los caminos a se- 


XIII 




CARLOS REY LES 


guir, en la sustitución de doctrinas afirmadas 
demasiado estentóreamente? ¿No conviene re- 
saltar en él junto a los grandes proyectos rea- 
listas, los hondos desalientos, junto al impulso 
de fuerte actividad económica, la intensa sen- 
sualidad a la que se abandona gustosamente? 
La observación de su obra literaria nos permi- 
tirá descubrir la evolución de su personalidad 
y su modulación artística. 

Su creación literaria se rige por una mecá- 
nica, que opera de un modo muy semejante en 
la mayoría de sus novelas y que parte de la in- 
vención de los personajes antes que de la si- 
tuación argumental o del ambiente. Este úl- 
timo será casi siempre el mismo: la vida en la 
estancia modelo con los problemas que plantea 
su buen funcionamiento y las fuerzas eme lo re- 
tardan v dificultan, como está ejemplificado en 
Beba, El Terruño y parte de La raza de Caín. 
Este ambiente es el dato proporcionado a priori 
al novelista, por cuanto pertenece a la proble- 
mática del hacendado Carlos Reyles, defensor 
de la transformación agropecuaria del país y 
promotor de la Federación Rural; constituye 
el elemento en que vive y del que vive, e in- 
gresa naturalmente a su literatura como un per- 
manente telón de fondo aue por momentos ad- 
quiere especial relieve. Cuando esto ocurre el 
ambiente impone las situacions arguméntales 
como simples derivaciones: así en El Terruño 
donde le permite presentar los cuatro tipos de 
estancias nacionales con su aspecto caracterís- 
tico y los elementos humanos correspondientes. 


XIV 




PRÓLOGO 


Pero en el autor parece surgir primero, de 
acuerdo con su mecánica creadora, un persona- 
je, más exactamente una conciencia que ana- 
liza a las demás y a sí misma, en busca de una 
verdad definitiva; preferentemente un hombre 
culto, refinado e inteligente, un hombre capaz 
de comprender la conducta de los demás hom- 
bres y también las virtudes y defectos de su 
personalidad, un hombre que abarca el de- 
sarrollo y el sentido de la actividad del mundo 
y por lo tanto de la novela en que actúa, pero 
que no sobrepasa esta etapa de la comprensión: 
como si este mucho saber acerca de las fuerzas 
encontradas del bien y del mal que se mueven 
en la vida le restara fuerzas para su acción per- 
sonal, como si vulnerara el resorte íntimo de la 
voluntad o como si sintiera la inutilidad de su 9 
esfuerzo ante el desenvolvimiento fatal de la 
vida por obra del vigor instintivo y egoísta que 
ponen en ella esos otros hombres, que sin em- 
bargo no comprenden los motivos de sus res- 
pectivas acciones, 

Es Julio Guzmán t es Tóeles, es en parte Ri- 
bero, es, en definitiva, Carlos Reyles que le con- 
fiere a los personajes centrales de sus novelas 
un trasunto de su conciencia de “miserable so- 
ñador”, que después de mucho reflexionar cree 
conocer las causas de la actividad vital a cuyo 
derrotero está vinculado fuertemente por su si- 
tuación, pero de la que personalmente se cree 
muchas veces segregado. 

De ahí que ese primer personaje sea visto 
desde dentro, en la intimidad de su conciencia, 
desdibujándose en su calidad de actor para ter- 

XV 


El Terrufto 1 



CARLOS REYLES 


minar siendo sólo conciencia que contempla. 
Porque si bien centraliza la acción, no consti- 
tuye el elemento dinámico que la desencadena 
sino un espejo en que se refleja y debate la na- 
turaleza del impulso vital. Es éste el verdadero 
promotor de los hechos que no dependen por lo 
tanto de los personajes estrictamente hablando, 
y deben atribuirse a un rasgo indiscriminado 
de la especie: afán de poder, instinto de con- 
servación, obtención de riquezas, etc. 

Esta conciencia no está sola. Merced a su 
comprensión del funcionamiento de la vida ge- 
nera sus propios opositores, que sin embargo 
pertenecen a su misma familia y en definitiva 
son emanaciones, en sentidos opuestos, de la 
particular situación en que se encuentra. En 
La raza de Caín, Julio Guzmán, que representa 
la conciencia comprensiva y cuya voluntad está 
quebrada, se vincula por un lado a Crooker y 
por el otro a Cacio. El primero, y en general 
todos los Crooker, representa la fuerza instin- 
tiva que actúa con vigor en busca de su pro- 
vecho; es la situación Reyles exteriorizada en 
un personaje que por acomodarse al sentido 
real de la vida está llamado a triunfar. Obser- 
vando su actuación en la obra y su tratamiento 
literario se repara en que se le ve a través de 
otra conciencia, y no de la suya, una conciencia 
que es la de Julio Guzmán y en definitiva la 
del autor, de la que surge como corporización 
de ciertas fuerzas que actúan 'en ella; por eso 
se constituye en un personaje exterior y super- 
ficial que por momentos no rebasa los límites 
del símbolo necesario para el cumplimiento de 


XVI 




PRÓLOGO 


la acción. El segundo, Cacio, es la misma per- 
sona Guzmán en un estadio inferior, derivado 
de su pobreza y su falta de calidad natural y de 
cultura. Es lo que podría haber sido Guzmán 
nacido en otro ambiente y la sospecha de esta 
posibilidad que se toma en temor, le confiere 
al personaje una carga emocional poderosa que 
lo vivifica. Como al mismo tiempo se le ubica 
en su propia conciencia pero con suficiente dis- 
tancia del creador como para verlo también 
desde fuera, se toma en el personaje más lo- 
grado literariamente. 

Guzmán es, por lo tanto, el centro creador 
donde se trasunta el novelista: hacia arriba le 
espera el progreso que representa Crooker; ha- 
cia abajo la caída y destrucción de Cacio. Pero 
aquí se liga íntimamente a Cacio y por eso su 
destino es idéntico, también es condenado y es 
mayor su cobardía. 

Del mismo modo se organiza la materia de 
El Terruño, aunque con mayor calidad artís- 
tica y con una más decidida intervención de los 
elementos personales. Con frecuencia se ha 
visto en la novela una acerba crítica de las 
ideas y conducta de Tóeles, apoyándose en los 
propósitos explícitos de Reyles cuyo origen ve- 
remos luego. Si bien existe tal crítica, aunque 
no tan acerba como se ha pretendido, no se com- 
prenderá bien el alcance de la novela si no se 
repara previamente en la similitud de Tóeles 
con Reyles, y se da valor afirmativo a muchas 
observaciones del personaje que el autor com- 
partía totalmente, como su censura de las gue- 
rras civiles motivadas por la pugna de los par- 


XVII 




CARLOS REYLES 


tidos tradicionales o su visión del ideal sonám- 
bulo de los hombres. 

Como Tóeles, Reyles es un intelectual, ha 
fundado asociaciones para renovar la cultura 
del país, ha intentado adoctrinar a sus contem- 
poráneos, intervino y fracasó en la vida polí- 
tica, vió la indiferencia hacia sus libros doctri- 
nales, sufrió las consecuencias de las guerras 
civiles en sus estancias y escribe por último el 
libro que Tóeles parece abandonar, El maravi- 
lloso SONAMBULISMO DEL HOMBRE 

Tóeles es, como Guzmán, la conciencia en cri- 
sis que refleja el desarrollo de la novela y que 
debate los sentidos contradictorios de la con- 
ducta humana sin poder llegar a una solución. 
Comprende la verdad que asiste a la realista 
Mamagela, pero su naturaleza se rebela contra 
esa verdad y apunta una interpretación supe- 
rior de los fenómenos humanos (“hay dos clases 
de criaturas: unas que nacen para enterrar el 
burro; otras, para desenterrarlo”) . Su destino 
debería ser semejante al de Guzmán, abando- 
nando el hogar por estar incapacitado para la 
vida que le es asignada, tal como él se dice 
quince páginas antes de terminar la novela: 
“tu tierra son las nubes, tu familia la soledad, 
tus semejantes los fantasmas que engendra tu 
imaginación”, si no fuera que Reyles le obliga 
a retomar el cauce real forzadamente sin que 
quede explicada la transformación del perso- 
naje necesaria para justificar esta determina- 
ción. El final conformista no corresponde en 
puridad al desarrollo de la novela. 


XVIII 




PRÓLOGO 


Del mismo modo que Guzmán, Tóeles está 
custodiado a un lado por Mamagela y al otro 
por Primitivo, que son ambos personajes vivos, 
a pesar del aire literario que circunda a Ma- 
magela, quien parece una versión a lo profano 
de Santa Teresa. Mamagela ocupa el lugar de 
Crooker, pero su españolismo, robusto buen 
sentido, sentimientos piadosos no exagerados, 
entereza de ánimo, energía, le- dan el aspecto 
de un personaje de pueblo algo galdosiano y no 
exactamente nuestro, vivo y literariamente rico 
a la vez. En cambio Primitivo, que le sirve de 
contrapeso, ha quedado desdibujado, en parte 
porque Reyles utiliza un material ya viejo y no 
supo adaptarlo, transformándolo, a la nueva si- 
tuación en que lo coloca. Esto dió lugar a va- 
rias irregularidades e incoherencias, que son 
probatorias, una vez más, de cómo las situacio- 
nes arguméntales vienen en Reyles después de 
la invención de personajes con sus problemas 
psicológicos característicos, y cómo se acomo- 
dan a sus exigencias. 

La resolución de El Terruño, aunque forzada, 
significa una modificación de los presupuestos 
con que Reyles se manejó en La raza de Caín, 
donde el centro de atracción fué Cacio lo que 
explicaba su riqueza psicológica; ahora el cen- 
tro de atracción es Mamagela y es ella la que 
se destaca en la novela después de Tóeles. Pero 
su fortaleza, como la de Crooker, es obtenida 
en parte porque el personaje es visto desde 
fuera, en su actuar decidido sobre el mundo 
pero no en el análisis de sus motivos, simplifi- 
cando su conciencia con una abundante poda 


XIX 



CARLOS REYLES 


de pensamientos y reflexión que en cambio so- 
brecargan a Tóeles, al punto que en la segunda 
edición Reyles corta páginas enteras dedicadas 
a su autoanálisis. Como si para darles vigor a 
sus seres naturales, Reyles necesitara previa- 
mente vaciarlos. 

Del análisis somero de esta mecánica crea- 
dora, extraemos una primera conclusión gene- 
ral: de un modo u otro, todos los personajes 
centrales son manifestación del propio Reyles 
y las diferencias o aproximaciones entre ellos 
son dadas por las distintas maneras de vincu- 
larse dentro de él, persona y situación . Reyles 
nos presenta la gama oscilatoria en que se mue- 
ve, de un extremo a otro, desde lo que po- 
demos llamar su seguridad y acuerdo con el 
mundo circundante, hasta el mayor peligro de 
su personalidad, imaginativamente exagerada, 
pasando por su calidad de “extraño’’ que consti- 
tuye la norma. Es la tríada peculiar en que se 
ramifica literariamente. Su creación en este 
primer período parte del autoanálisis, de la ob- 
servación de sus conflictos interiores, de la 
búsqueda de caminos y de sus fracasos. Cuando 
inventa sus personajes, aunque utilice numero- 
sos datos de la vida exterior y tome rasgos fí- 
sicos y espirituales de otros hombres, la con- 
textura peculiar que les otorgará provendrá de 
sí mismo. Atraído por su compleja vida cons- 
ciente, por los problemas especiales que en ella 
se plantearon, Reyles se demora en su contem- 
plación, en las diversas fases por que atraviesa, 
y extiende esta contemplación a su obra lite- 
raria. Desde ya debe observarse que en Reyles 


XX 



PRÓLOGO 


no hay descubrimiento de nuevas zonas de la 
vida interior, ni el retrato psicológico como en 
los grandes novelistas del XIX; hay una con- 
templación del fluir, contradictorio a veces, de 
su conciencia, y esto nos da la pauta de cómo 
la nota dominante de su literatura sigue siendo, 
a pesar de toda su preocupación moral y socio- 
lógica, el esteticismo, que en él podemos llamar 
esteticismo psicologista. Su obra, que se ads- 
cribe en sus comienzos al signo estético y de- 
cadente del modernismo americano, sufre el in- 
flujo de un conjunto de ideas derivadas de la 
situación Carlos Reyles, que una vez desvane- 
cida vuelve a dejar intacta, acrecentando sus 
valores decorativos, la permanente vocación de 
belleza superior que la distingue, con su devo- 
ción por el estilo, por la lengua literaria, por 
la eufonía de las descripciones, por la plasti- 
cidad de las escenas, por la elegancia y preci- 
sión en el análisis de estados de alma raros 
y nerviosos, por la inteligencia y el refinamien- 
to en las letras. 

La literatura significa para él la consecución 
de la belleza, pero también la posibilidad de en- 
señar a sus contemporáneos, propagando entre 
ellos lo que piensa sobre diversos asuntos, tanto 
psicológicos como sociales o políticos. En el 
prólogo de El Extraño, dirá: “Los que pidan 
a las obras de imaginación mero solaz, un pa- 
satiempo agradable, ei bajo entretenimiento, 
que diría Goncourt, no me lean; no me propon- 
go entretener: pretendo hacer sentir y hacer 
pensar por medio del libro lo que no puede 
sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que 


XXI 



CARLOS REYLES 


no puede pensarse sino viviendo, sufriendo y 
quemándose las cejas sobre los áridos textos 
de los psicólogos; y eso es muy largo, muy du- 
ro. . , Los libros de este primer período ten- 
drán un propósito doctrinal que el autor ex- 
plícita en notas, declaraciones y dentro de la 
propia obra, como si temiera que pudieran dar 
lugar a equívocos. La raza de Caín va antece- 
dida por estas palabras aclaratorias: “Respe- 
tuosa y humildemente dedico’ a la Juventud de 
mi país, este libro doloroso, pero acaso salu- 
dable". 

Para “hacer pensar por medio del libro”, más 
que a textos áridos, recurrió a su propia natu- 
raleza consciente, a las experiencias, dolorosas 
quizás, que él padeció, lo que nos explica uno 
de los rasgos más curiosos de su literatura. Di- 
jimos que la contemplación de su conciencia 
se extiende a la obra y engendra los personajes. 
Pero no se confunda contemplación con com- 
placencia admirativa. Aquel primer personaje, 
— conciencia que refleja la obra y que repre- 
senta con más fidelidad al autor — , es justa- 
mente el enjuiciado y su actitud, al concluir 
el libro, es condenada terminantemente. Así 
ocurre en Beba, donde Ribero fracasa en sus 
proyectos de cabañero y en su matrimonio; así 
en La raza de Caín donde el refinado, sensual 
e inteligente Julio Guzmán termina destruyendo 
su vida; así en El Terruño donde los valores 
idealistas de Tóeles sufren total bancarrota y 
donde se salva porque accede a desembarazarse 
de sus creencias, a dejar de ser él. La litera- 
tura nacida como desahogo se hace confesión 


XXII 



PRÓLOGO 


y termina en condena. Pero esta condena no 
es absoluta, sólo se pierde una parte de él, y cu- 
riosamente aquella que nos parece a nosotros 
la más importante: su persona desnuda. Se sal- 
va en cambio la persona que se ampara en la 
situación . Él es algo más que Cacio, es Julio 
Guzmán, pero si se pierde como tal, se salva 
como Crooker; es más que Primitivo, pero si 
fracasa como Tóeles, se salva merced a su ca- 
lidad de Mamagela. Esta forma de salvarse no 
disminuye, sin embargo, el curioso caso de ca- 
tarsis que singulariza la literatura de Reyles 
en su primer período. Construye sobre su per- 
sonalidad más íntima y conflictual, aquella que 
m siquiera aparece socialmente, un personaje 
rico en pensamiento y sentimiento (que no lo 
es sólo Ribero y Guzmán, sino también Tóeles 
a pesar de su aspecto y andanzas ridiculas) en 
boca de quien pone las observaciones más pro- 
fundas, pero quien sufre de un desacomodo con 
la realidad por el cual será condenado. 

El mejor exponente de esta situación, como 
el mejor exponente novelístico de su primer 
período, es El Terruño, donde su personaje cem- 
tral, presentado quijotescamente como un ser 
ridículo que sólo parece inspirar menosprecio 
y que deberá abjurar de sus convicciones para 
sobrevivir, se eleva sobre el ambiente natural 
en que se encuentra para tratar de entender los 
motivos de la conducta humana y el secreto 
funcionamiento de la vida. 

En torno a él Reyles ofrece una visión del 
campo uruguayo y de sus problemas económicos, 
sociales y políticos. En la carta privada a Rodó, 


XXIH 



CARLOS REYLES 


pidiéndole que rehaga el prólogo para El Te- 
rruño, lo aconseja del siguiente modo, opinando 
sobre su obra: “Sería bueno darle (al lector) 
una idea del concienzudo realismo de las esce- 
nas y los personajes, del prolijo cuidado y amor 
con que está hecho todo lo que es paisaje y am- 
biente; de la posición de la obra dentro de la li- 
teratura campera; del simbolismo del terruño 
(conciencia profunda, intuición); del extravío 
de Tóeles (sonambulismo de la razón razonan- 
te) ; de la novedad pintórica del estila (descrip- 
ción de Los Abrojos, muerte de Pant aleón), de 
las vislumbres, turbadoras, en fin, y dolores 
verdaderos del miserable soñador”. 

En el ambiente que enmarca la obra el tema 
dominante es de carácter político: la lucha de 
los partidos tradicionales, cuyas filas en el cam- 
po presenta engrosadas por elementos regresi- 
vos como los caudillos y el hermano de Primi- 
tivo o por los enganchados a la fuerza, y cuyo 
enfrentamiento provoca la devastación del 
campo, arruinando la obra de las fuerzas pro- 
gresistas, que son las nuevas estancias. Este 
planteamiento había sido adelantado por otros 
escritores, como Florencio Sánchez, e incluso 
Viana, pero en ninguno adquiere esta expre- 
sión contundente y documentada, obra de quien 
vió personalmente afectada su riqueza por las 
guerras civiles. Creada en un período de paci- 
ficación del país, la obra tiene en este aspecto 
un poder de evocación más que de alegato, y 
sirve de pretexto para desarrollar el tema cen- 
tral representado por la típica tríada reyleana: 
Primitivo - Tóeles - Mamagela. 


XXIV 



PRÓLOGO 


Da motivo a la situación argumental que nos 
permitirá ver el comportamiento de los tres 
enfrentados a una realidad categórica que 
los obliga a tomar posición, Pero al mismo tiem- 
po le permite a Reyles demostrar la pericia de 
su escritura en la salida quijotesca de Papago- 
yo, en esa noche que “era como un pozo sin 
fondo, tenebrosa y llena de sil encio”; la des- 
cripción del combate y muerte de Pantaleón en 
el capítulo XIV; el donaire epistolar de Mama- 
gela, tan teresiano, y que todavía cultivaban 
nuestras abuelas; el preciosismo de sus descrip- 
ciones que a veces caen en lo pomposo, pero que 
en otras adquieren una tensión que lo ubica co- 
mo uno de los mejores prosistas de nuestro mo- 
dernismo. 


Angel Rama. 


XXV 




EL TERRUÑO 



CARLOS REY LES 


Nació en Montevideo el 30 de octubre de 1868. Su pa- 
dre fué un rico hacendado y político uruguayo quien se 
deatacó por au obra de perfeccionamiento de la ganadería 
nacional. Realizó sus primeros estudios como pupilo en el 
Colegio Hispano-Uru guayo, pero no continuó estudios uni- 
versitarios. Al fallecer su padre en 1886 se constituye en 
único heredero de una de las mayores fortunas del país, 
que, luego de su matrimonio en 1887 con Da. Antonia 
Hierro, pasa a administrar libremente En adelante su ac- 
tividad se repartirá entre sus tareas de hacendado y caba- 
nista en el Uruguay y la Argentina, sus frecuentes viajes, 
y el ejercicio de las letras. En 1888 publica su primer en- 
sayo novelístico "Por la vida” y en 1894 su primer novela 
realista “Beba”, a la que siguen las “ Academias”: “Primi- 
tivo” en 1896, “El Extraño” en 1897 y “El Sueño de Ra- 
piña” en 1898. En 1900 publica su segunda novela impor- 
tante, “La raza de Caín’. Actúa fugazmente en política in- 
tentando un movimiento reformista que englobe los diver- 
sos partidos existentes. Funda con ese propósito el Club 
Vida Nueva (1901), El Club tuvo una vida efímera y no 
sobrevivió al alejamiento de su presidente, Reyles, quien, 
disgustado con este fracaso, intentará un movimiento al 
margen de los partidos. En 1903 reclama en su folleto 
“El Ideal Nuevo” una unión de las fuerzas económicas del 
país, proyecto que se concretará en 1915 en la fundación 
de la Federación Rural. “Da Muerte del Cisne” publicada 
en 1910 sirve de justificación filosófica de este movimiento 
preconizado por Reyles, mientras “El Terruño” (1916) es 
la visión novelística deí mismo. Realiza constantes viajes 
por Europa Afectada gravemente su enorme fortuna debe 
regresar al país donde le nombran asesor literario de la Co- 
misión Nacional del Centenario (1929-30), planeando el ci- 
clo de conferencias que historiaron sintéticamente la litera- 
tura uruguaya y que se publicaron en 3 volúmenes en 1931, 
En 1932 es designado para la Cátedra de Conferencias de 
la Universidad y el mismo año publica su última novela, 
“El Gaucho Florido (la novela de la estancia cimarrona y 
el gaucho crudo)”. Publica sus conferencias y ensayos en 
“Panoramas del mundo actual” (1932) y en “Incitaciones” 
(1936). Este año es designado presidente del Servicio Oficial 
de Difusión Radioeléctrica y muere en Montevideo e! 24 de 
julio de 1938. Postumamente se publicaron “A batallas de 
amor... campos de pluma” (1939) y “Ego Sum” (1939). 

De la presente novela se han hecho las siguientes edi- 
ciones: Montevideo, Renacimiento, 1916, (Unica edición au- 
torizada por el autor); Montevideo 1927, (Edición retocada 
y definitiva) ; Santiago de Chile 1936; Buenos Aires 1945. 



X 


Apenas sonaron, espaciados y quedos, los 
tres golpes de ordenanza dados en la puerta 
con los nudillos, doña Ángela contestó: “Voy r> , 
y, casi simultáneamente, oyóse el dolido crujir 
de los colchones y el agrio rascar del fósforo, 
como si la buena señora esperase, con la caja 
de ellos en la mano, la hora de levantarse. 
Por lo demás, nada de esperezos ni modorras 
para salir de entre mantas. Un buen esgarro, 
que dejaba expeditas las vías respiratorias, y al 
suelo. Las chancletas, alineadas simétrica- 
mente, esperaban bostezando la venida de los 
pies; el batón de lana en invierno, de percal 
en verano, pero siempre del mismo corte, 
aguardaba triste el alma que periódicamente 
lo habitaba, suspendido como el flácido cuerpo 
de un ahorcado de la perilla del lecho, el monu- 
mento histórico de la familia, que así llamaba 
doña Ángela, mitad en serio, mitad en broma, 
al tálamo nupcial, porque en él fueron conce- 
bidos y nacieron, unos tras otros, los nueve 
vastagos que con legítimo orgullo le había 
dado a su marido. Los píes, por la fuerza del 

i 3 i 



CABLOS BEYLES 


hábito, se introducían en las pantuflas; los bra- 
zos, de igual suerte, en las mangas del batón, 
y un momento después de los consabidos gol- 
pes, la diligente matrona salía al corredor 
y empezaba el ajetreo y trajín en que andaba 
todo el día, sin que le pesasen 1 ni molestaran 
mayormente el mundo de apretadas grasas 
y temblorosas pulpas que tenía que poner en 
movimiento Poseía, la buena señora, en grado 
máximo, esa chusca elasticidad de los gordos. 

Eran las tres de la madrugada, de una ma- 
drugada limpia de nubes, tersa, serena y lu- 
ciente, al modo de las espejadas aguas 2 de las 
lagunas en las que se mira la sonámbula del 
cielo Esta parecía una calavera de plata. 
Innúmeras estrellas se guiñaban el ojo con rit- 
mo igual/ Oíase el silencio campesino. Ni una 
chispa de viento movía la arboleda, la cual pro- 
yectaba grandes y fijas sombras en la tierra 
húmeda. No cacareaban los gallos, no ladraban 
los perros, no cantaban los grillos; todo dormía 
en “El Ombú”, todo dormía en la campaña lle- 
na de misterio y de paz. 

Doña Ángela respiró con ansia y deleite el 
frescor de la noche, paseó una mirada cari- 
ciosa por el vasto cielo y, echando a andar, di- 
rigióse a la despensa, por los resquicios de cuya 
ventana salía un hilo de gualda luz. Amabilia, 
su hija mayor, ya la esperaba allí con el de- 
lantal puesto, desnudos los brazos y arreman- 
gadas las faldas/ Era aquel, día de amasijo 
y por añadidura víspera del cumpleaños de la 
señora, de Mamagela, como la nombraban los 
suyos cariñosamente, uniendo el sustantivo 



EL TERRUÑO 


mamá y la palabra gela, diminutivo familiar 
de Ángela. Además de la fabricación de pan 
y los quehaceres ordinarios: la confección de 
la manteca, el corte de la leña, la limpieza 
general, había que hacer las tortas, los buñuelos 
apetitosos y otras frutas de sartén; los famosos 
rosquetes bañados y las golosinas con que se 
celebraba en “El Ombú” el natalicio de la pa- 
trona. Ésta, en tan memorable fecha, gustaba 
rodearse de sus hijos, allegados y antiguos ser- 
vidores, y regalarlos a todos con largueza, tan- 
to más meritoiia cuanto que de ordinario era 
muy medida y parsimoniosa en el gobierno eco- 
nómico de la casa. Y en tan alta estima tenía 
los productos de su doméstica industria, y tan- 
tas virtudes materiales y aún morales les atri- 
buía, que si alguien faltaba a la fiesta, enviábale 
religiosamente su porción adondequiera que el 
ausente se encontrase, y si éste, por caso raro, 
era hijo o yerno, iba el obsequio acompañado 
de cariñosa carta en la que abundaban saluda- 
bles reflexiones encaminadas, entre otros fines, 
a apretar los lazos de la familia, de cuyo culto 
fué siempre doña Ángela devota y celosa de- 
fensora. Y como le gustaba plumear y tenía 
mucho sentido práctico, retozona fantasía y no 
poca sal en la mollera, decía cosas muy gra- 
ciosas y puestas en su punto, que los agraciados 
apetecían y saboreaban con tanta fruición como 
los rosquetes bañados, célebres en toda la Re- 
pública según ella. 

Labia y malicia le venían, sin duda, de su 
estirpe andaluza, y el gusto de discurrir dog- 
máticamente y pergeñar frases, de la asidua 

[ 5 1 


El Terruño 2 



CARLOS REYLES 


lectura de la doctora de Ávila y otros místicos 
del Siglo de Oro, que junto con algunos añejos 
tratados de cetrería y arte culinaria, había he- 
redado su madre de un hermano, cura párroco 
del pueblo en que corrieron las lozanas moce- 
dades de doña Ángela. Desde la viudez de mi- 
sta Mariquita, con él vivían las dos en decente 
y pulcra estrechez, y sin más restos del señorío 
y rumbos de la casa solariega en ecijana tierra, 
que un raído tapiz oriental y un amplio bra- 
sero, con profuso clavo y adorno de bronce, 
alrededor del cual se habían reunido, en re- 
motos inviernos, varias generaciones de hidal- 
gos, joviales curas y ricos labradores. Los pa- 
dres de misia Mariquita, al emigrar de España, 
no quisieron dejar en las uñas de alguaciles 
y procuradores aquellos objetos que les re- 
cordaban el antiguo esplendor de la familia, 
venida a menos por las inepcias fiscales y las 
locuras de cierto antepasado, tronera y ma- 
nirroto, el cual, con gente de coleta y barra- 
ganas, se había comido una buena parte de 
las hanegas de tierra que poseía, dejando en- 
trampadas las otras. A pesar de la pobreza, que 
no escondía ni ostentaba, y del ambiente vul- 
gar del pueblo, conservó la viuda el porte se- 
ñoril de la cabeza, signo de casta, y la urba- 
nidad y enteriza disposición de ánimo que 
adquirió en el convento donde se había educado. 
Y a la condición principal, que revelaban las 
buenas maneras, debía el que sus relaciones 
las tuvieran en alta estima y le diesen el tra- 
tamiento de misia. 




EL TERRUÑO 


El pueblo era triste, las noches largas; para 
matar las horas, mientras el buen cura dormi- 
taba en un rincón, después de la frugal comida, 
y la abuela hacía solitarios, misia Mariquita 
leía en voz alta y la niña escuchaba sin pes- 
tañear, almacenando en la sesera expresiones 
pintorescas, términos y giros que más tarde le 
comunicaron a sus epístolas, llenas de refranes 
y dichos criollos, el saborete castizo de la época 
del coloniaje. 

La luz macilenta de las velas de sebo alum- 
braba a medias la espaciosa estancia, ocupada, 
en gran parte, por una ancha mesa de pino, 
donde el pardo Sinforoso y la mulata Juana 
hundían en la blanda masa los puños y los 
brazos del color y brillo 1 de la caoba pulida por 
los años. Alrededor de las paredes corría, a gui- 
sa de armario, una estantería, resguardada del 
polvo por corredizos cortinajes de cretona; en 
un ángulo, sobre un pequeño tinglado, veíase 
la panzuda damajuana del agua con la guampa 
de beber colgando de la tapa y, en otro de 
los rincones, un antiquísimo mortero de pisar 
mazamorra , alto de un metro y curado como 
una vieja pipa, recordaba el pasado gobierno 
doméstico de la patrona vieja, y lo hacía ve- 
nerable, como una reliquia, a los ojos de todos. 
Vanas sillas retacón as con asiento y respal- 
dares de peludo cuero de vaca, y un sillón pa- 
triarcal aforrado de lo mismo, completaban el 
mueblaje. 

— Buenos días, Foroso; buenos días, Jua, 
¿qué tal va eso? — dijo Mamagela al entrar, 
y, hundiendo el índice en la masa, añadió: 



CARLOS REYLES 


— Hay que apuñearla más. No olviden lo que 
les he dicho; la masa es como el fierro: cuanto 
más se golpea , 1 mejor está. 

Dióle un par de sonoros besos a Amabilia, 
y a punto seguido atareóse en examinar los in- 
gredientes que le tenían preparados para la fa- 
bricación de los rosquetes y el bizcochuelo, que 
ella dirigía siempre muy repantigada en su pe- 
ludo sillón y sin darle punto de reposo a la 
lengua. De todo probaba, en todo metía el dedo 
y luego daba sus órdenes acompañadas general- 
mente de algún comentario, chuscada o cuentito 
al caso, con lo cual hacía más amena la velada 
y menos fatigoso el trabajo, por veces, rudo y 
harto prolongado Fuera gusto de charlar y reír 
o sutil procedimiento, doña Ángela distraía a su 
gente de mil modos, y cuando la cháchara y el 
cuento resultaban ineficaces para desterrar la 
soñarrera o el mal humor, que hacía rezongar 
a Foroso y estirar la jeta a Jua, cogía la guitarra 
y rasgueaba con andaluz donaire un cielito sua- 
ve y manso como un sueño, o entonaba alguna 
décima retozona que hacía desternillar de risa 
a los mulatos. En casos extraordinarios, como 
las vísperas de carreras, rifas, partidos de pelota 
y otras fiestas que en la pulpería de “El Ombú” 
se celebraban para traer al retortero al moroso 
vecindario, les prometía un pericón en conclu- 
yendo la faena, el cual rematar solía en un es- 
pecie de paseo, danzado alrededor de la mesa, 
paseo que encabezaba la mismísima Mamagela, 
marcando el compás sin cesar el rasgueado, y re- 
mataba su feliz marido, don Gregorio, o fami- 
liarmente Papagoyo, si acertaba a pasar por allí. 



EL TERRUÑO 


Con estas y otras artes que su feliz ingenio 
y campechanía natural le dictaban, ciencia culi- 
naria, habilidades diversas, conocimientos mé- 
dicos y fértil imaginación en recursos contra 
todo achaque y en todo trance, hacíase respetar 
y adorar de los suyos la castellana de “El Ombú”, 
hasta el punto que allí nadie veía ni oía sino 
por los ojos y los oídos de ella. Además, como 
era caritativa y se perecía por dar consejos y 
prestar servicios, y en cualquiera circunstancia 
tenía el tacto singularísimo de decir la palabra 
que halaga el oído y alegra el corazón, y como, 
por otra parte, nadie sabía mejor que ella orga- 
nizar un baile o disponer los tiquis miquis de 
un velorio, poner unas ventosas o quebrar los 
agallones, se comprenderá el prestigio indiscuti- 
ble de que gozaba la ínclita matrona, no sólo 
en sus dominios sino en el pago entero. 

Ocupó su asiento de costumbre, cruzó las ma- 
nos sobre el redondo bandullo y lanzó un suspiro 
de satisfacción. A poco, entró una mulatita 1 con 
la caldera .y el mate. Dejó presurosa ambos 
adminículos por tierra y musitó, acercándose a la 
señora con las manos juntas como quien ora 
o demanda perdón: 

— ¡La bendición, madrina!... 

— Dios te haga una santita — respondió Ma- 
magela, besándola en la frente — .Dame un 
cimarrón ligento y diles a Canora y Vivorí que 
traigan las bateas: ya vamos a cortar el pan. 

Canora y Vivorí eran dos mulatas de las que 
servían en “El Ombú” por la comida y algunos 
trapitos de regalo. El pago de sueldos se oponía 
a los principios económicos de doña Ángela. 


CARLOS REYLES 


Palabritas de miel, buenos consejos, tantos cuan- 
tos quisieran; jornales, no: era dinero tirado 
a la calle, según decía, y decía verdad porque 
las pardas lo gastaban estúpidamente en moños 
y perendengues y no trabajaban mejor. Mama- 
gela enseñábales, con paciencia digna de alto 
encomio, la cartilla, el catecismo y el manejo 
de la escoba y el cucharón, y, por añadidura, 
a asearse y vestirse con pulcritud. Las tomaba 
jóvenes, no después de los veinte ni antes de los 
doce; así que llegaban a su ínsula, hacíales dar 
un baño de jabón en el arroyo, seguido de la 
consiguiente friega de Agua Florida; vestíalas 
de pies a cabeza, encorsetaba prolijamente para 
disciplinarles las desmandadas pulpas, y les 
ponía, sujeto a ios hombros, un delantal con 
muchos ringorrangos, y, además, como adorno, 
un lazo celeste en las apretadas motas Y a punto 
seguido, de nuevo las bautizaba, haciéndoles al- 
guna sabia alteración en el nombre, que de 
rústico o desgraciado lo tornaba musical o poé- 
tico. Así, del feo Nicanora, había hecho el 
arcádico Canora; del espeluznante Vivorina, el 
alegre Vivorí. A cambio de estos inestimables 
favores, servíanla ellas con fidelidad. A veces, 
empéro, se iban de la casa, por ventolera o tras 
de algún Don Juan de jeta y mota, o también 
porque el picaro Foroso, que, por haberse criado 
en la casa y no haber visto un peso en toda su 
vida, gozaba de ciertas inmunidades, las ponía 
más gruesas de lo que hacía falta... En tales 
casos, harto frecuentes, siendo él atropellador 
y ellas querendonas, indignábase doña Ángela 
y ponía al tenorio de bandido y sinvergüenza 


[ 10 ] 




EL TERRUÑO 


que no había por donde cogerlo; después, com- 
prendiendo acaso las flaquezas de la carne pe- 
cadora, acomodaba lo mejor que podía los pre- 
ceptos de su quisquillosa moral a los hechos 
consumados y sacaba de pila a lo que naciera, 
con lo cual todo el mundo quedaba contento, 
y los Forositos, de ojos celestes como el padre, 
un pardo rubio, iban cundiendo como la mala 
hierba. Sin embargo, saliesen de la casa por 
una razón u otra, las fugitivas, en los tiempos 
duros, que no tardaban en venir, buscaban siem- 
pre la querencia de “El Ombú” y el arrimo de 
Mamagela. Ésta las recibía sin rencor, las ser- 
moneaba un poco y todo entraba en sus quicios, 
por manera que nunca le faltaba numerosa 
y barata servidumbre. 

Pególe dos buenos chupetones a la bombilla , 
muy gorda e historiada, y aseveró frunciendo 
mucho los labios y tragándose la mitad de las 
sílabas, como siempre cuando pontificaba: 

— No hay nada como un cimarrón para ento- 
nar el estómago. Lástima, Amabí, que hayas 
perdido la costumbre en Montevideo. Haces 
mal. Chocolate, té, café, mejunjes del diablo 
son que valen poco para la salud y cuestan caro 
al bolsillo. Sólo el mate conserva la frescura del 
cutis 1 . Mírame a mí, y dime si hay alguna ma- 
dama de por allá que tenga estos colores, como 
no se los ponga con bermellón. Apuesto a que 
tu marido no toma mate en la ciudad. Por eso 
está tan enclenque el pobre. 

— ¡Ave María!, mamá; no digas eso. Temís- 
tocles tiene una salud de hierro... aunque no 
tome mate. Para él, tan atareado, el mate es 

uu 




CAELOS REYLES 


cosa de haraganes, un resto de la pereza 
nacional. 

— Dile que no disparate — replicó Mama- 
gela — . La pereza nacional es levantarse a las 
doce de la mañana y luego bostezar todo el día 
sobre los libros. ¿Qué provecho saca, como no 
sea perder la vista y hacerse callos en las asen- 
taderas? El hombre no nació para leer, sino para 
trabajar; la mujer no vino al mundo para ser 
maestra de escuela, como tú, sino para tener 
hijos, como yo, y criarlos, y enseñarles la doc- 
trina cristiana, y llenarles la barriguita de cosas 
buenas. La pedagogía no te deja tener hijos ni 
vivir como Dios manda. Yo no quería criarte 
para el balcón , como mi cuñada, tu madrina, 
que en él se está todo la santa tarde; ni para 
el pintoresco , para correr, como ella, las calles, 
muy emperejilada y oliendo a esencias de la 
China, que la voltean a una, smo para cuidar 
de tu casa y vivir contenta con tu maridito y 
tus hijos, comiendo cosas sanas, buenos platitos 
y ricas golosinas hechas en casita por tus propias 
manos. Créeme, hija, fuera de eso, todo es 
artificio malsano y bambolla. 

Doña Ángela sentía hacia su ilustre cuñada 
y comadre, señora principalísima, muy llevada 
y traída en las crónicas sociales de la capital, 
por el atuendo de la casa y la elegancia en el 
vestir, el secreto encono de las personas cam- 
pesinas y pobretonas hacia sus parientes acau- 
dalados y urbanos. La quería y respetaba em- 
pero, y aun le estaba agradecidísima por la edu- 
cación que, sin pararse en gastos, le había dada 
a Amabí, teniéndola además en la propia casa 

[ 12 ] 



EL TERRUÑO 


y cuidándola como a hija hasta que se graduó 
de maestra y casó luego, pero eso no era óbice 
para que doña Angela, entre chanzas y veras, 
pusiese en solfa siempre que venía a pelo los 
gustos señoriles de la atusada dama y le tirase 
al codillo, porque los tales gustos ofendían su 
criolla llaneza, le irritaban los nervios y le re- 
volvían y enojaban el espíritu, por ser el reverso 
de los principios que ella profesaba sobre el 
recato de la mujer cristiana, el santo ahorro 
y la moral de manga estrecha y pretina ancha. 

Amabilia, sin sacar las manos de la masa, 
volvió la cabeza hacia su madre y rompió a reír, 
mostrando los dientes blanquísimos y la lengua 
limpia y roja como la de un perrito faldero. 

— ¡Está divina la vieja hoyL. A la verdad, 
mamá, eres impagable. ¡Cuánto tiempo hacía 
que no escuchaba el sermón contra los trapos, 
el balcón y la vida de la ciudad! Quizá tienes 
razón — repuso poniéndose grave repentina- 
mente, y luego tornando a reír: — En lo que no 
tienes razón es en lo del mate. No negarás que 
eso de meter por turno varias personas la misma 
bombilla en la boca, es sucio y favorable a la 
propagación de toda suerte de microbios. 

Mamagela refunfuñó: 

— Lo que dices está bueno para allá, dado 
que todos son medio tisiquientos. Aquí, en la 
campaña, nadie tiene microbios en la boca... ni 
en parte ninguna. ¿Qué te parece, Foroso? ¿Qué 
te parece, Jua? 

— ¡Cosas de brujos! — formuló el pardo, con 
voz mujeril y como estrangulada siempre. 

— Tiene razón el pardo ladino: cosas de esos 


[ 13 ] 



CARLOS REYLES 


matasanos de médicos son para embaucar a la 
gente y sacarle la plata — aseveró doña Ángela, 
sin poder disimular su inveterada tirria hacia 
todo lo que trascendiese a civilización urbana, 
refinamiento de las ciudades y no fuera sencillez 
campesina, ciencia doméstica y talento natural. 

Canora y Vivorí colocaron la batea, acabadita 
de lavar, sobre dos sillas, y a punto seguido em- 
pezó el corte del pan, las tortas y los bizcochos, 
que luego ponían en aquélla y cubrían con una 
frezada para que no se pasmasen. Cada persona 
inventaba, con fantasía más o menos regocijada 
y feliz, una forma especial, que era como su 
marca de fábrica Ese día aparecieron en la 
batea, con grande alborozo de todos, los panes 
de picos y los bizcochos trenzados de Amabí, 
ausentes desde el casamiento de ésta. Despo- 
jándose de la gravedad pedagógica, lo cual le 
iba de perlas, los hizo la profesora con desusado 
e íntimo gozo y más primor que nunca, cual si 
pusiera en las curvas graciosas y los picos alar- 
gados místicamente sus cándidas alegrías de la 
infancia y pasadas ensoñaciones de soltera... 

La elaboración de los rosquetes y demás go- 
losinas era tarea sumamente peliaguda, y en ella 
sólo intervenían la señora y Jua, la cual tenía 
muy buena mano y conocía el punto de la re- 
postería de “El Ombú” por haberse criado, como 
Foroso, en la casa materna de doña Ángela y res- 
petar, a modo de una religión, las tradiciones 
culinarias de misia Mariquita, que eran, en su- 
ma, las tradiciones culinarias del convento de 
Écija en que aquélla se había educado, célebre 


[ 14 ] 



EL TERRUÑO 


en toda España por la piedad y los alfajores de 
las monjas. 

En medio de tanta actividad, Mamagela estaba 
en sus glorias. Levantóse del sillón y empezó 
a meter las narices y fisgonear en los tachos, 
vasijas y recipientes alineados por Jua en la 
cabecera de la mesa. Sus manos de abadesa, 
regordetas y con hoyuelos, tenían un modo pe- 
culiar, rápido y gracioso, de batir las cremas, 
espolvorear el azúcar y modelar la masa deli- 
cada de los rosquetes. Y según fuese la calidad 
del esfuerzo que hiciera y el grado de atención 
que éste demandase, su rostro, muy movible, 
de ojos grandes, saltones y brillantes como si 
hechos fueran de porcelana, recorría una ver- 
dadera escala de expresiones, que iba desde las 
muecas y sacadas de lengua del colegial ornando 
sus mayúsculas, hasta la sonrisa seráfica y el 
pasmo de los bienaventurados. 

— Aquí tienes, Amabí, lo que te convendría 
saber y aprovecharía más que todas las peda- 
gogías del mundo... y a tu marido también, por- 
que, digas lo que digas, está tan entecado el 
pobrecito que parece lo tuvieras a media ración. 
Compara sus huesos pelados con el inverné de 
tu padre: el viejo está siempre de matambre 
arrollao , y no creas que es de natural, yo soy 
quien lo pone así a fuerza de churrasquitos, 
golosinas y palabritas de miel. Una buena ca- 
sera, una señora de su casa, sabedora de lo que 
trae entre manos, debe tener siempre al marido 
gordo y lucido. Con el buche lleno, el palomo 
no busca otro palomar,., — Guiñó el ojo y con- 
tinuó: — Y yo estoy viendo que la más pura tra- 

[ 15 ] 




CARLOS REYLES 


dición de la familia va a perderse» si Dios no 
lo remedia, porque mis hijas no la reciben de 
mí religiosamente, como yo la recibí de tu 
abuela, y ésta de la mía, y la mía de no sé qué 
otra, y así, hasta el principio de la creación. 
Fíjate, fíjate todo lo que se perderá — repetía 
apuntándole a su hija con una cuchara de palo 
chorreando huevo — por tu poca afición a la 
cocina. 

Con mucha monería, respondió Amabí: 

— Te equivocas; en Montevideo hago unos 
pl atitos y unos postres de chuparse los dedos... 

— Más fe le tengo al mastuerzo: cuando saliste 
de aquí, no conocías el punto de la masa fina. 
Y a propósito de punto, Jua: a esto le falta 
un poquito de azúcar y dos yemitas, y después, 
ya sabes, duérmete batiendo... Tú, Foroso, pue- 
des irte a ordeñar; las muchachas concluirán el 
amasijo. No olvides curarle con unto sin sal las 
tetas a la vaca rabona. Yo iré por allá. Y tú, 
Amabí, que tienes pocos años y buenos brazos, 
ayúdame a llevar la batea. 

Hizo aún otras recomendaciones, y luego, ma- 
dre e hija, salieron con la preciosa carga hacia 
la cocina, amplia habitación donde se respiraba 
orden y limpieza, bien al contrario de lo que, 
por regla general, acontece en las cocinas rura- 
les: criaderos de pulgas, posadas de perros y asi- 
los de cosas sucias. Era aquella la sala de 
invierno de “El Ombú’\ En las crudas madru- 
gadas, mientras afuera ululaba el viento y caía 
el agua como espesa lluvia de chuzos, allí se 
reunían patrones y servidores a tomar el mate 
en amorosa compañía. El ;fogón era alto y co- 

[ 16 ] 




EL TERRUÑO 


bijado en su total extensión por la chimenea 
de cumplida campana, blanquísima por fuera, 
negra de hollín por dentro. Propiamente, no era 
aquel el clásico fogón criollo, sino una cocina 
de material con sus respectivas hornillas, pero 
que conservaba en el medio, como indicio de 
la forma tradicional, y a eso debía el nombre, 
un grande espacio, treinta centímetros más bajo 
que el resto, cubierto enteramente por una pa- 
rrilla fija en la que podía asarse muy a gusto 
media res o un capón entero. La estancia olía 
a limpieza. Las mesas de pino blanco aparecían 
como anemiadas y consumidas por las caricias 
ardientes del jabón de potasa y del estropajo; 
las rojas baldosas del piso, diríase que conser- 
vaban, merced al diario fregoteo, el rubor de 
la original pureza: cacharros, cacerolas, trebejos, 
resplandecían en los estantes adornados con 
papel 1 y sobre la comisa de la chimenea como 
los vasos sagrados sobre el altar, y eran, en 
efecto, los vasos sagrados de los dioses Lares, 
y aquel el recinto donde ardía el fuego del hogar 
en un ambiente de quietud y amor propicio al 
culto de las virtudes caseras. Sobre todo, las 
honradas ollas de barro, panzudas, humildes 
y discretas, daban la nota íntima y familiar, casi* 
tierna, reforzada y subida de punto por el balde 
de la espumosa leche recién ordeñada y el cesto 
de las verduras acabadas de arrancar. Ambas 
cosas, puestas sobre la mesa, no parecía sino 
que traían a la cocina la placidez pastoril de los 
corrales y el candor del huerto. 


[ 17 ] 




Mamagela empuñó la larga y lustrosa pala 
y empezó a meter el pan en el horno. Amabí 
la ayudaba solícita y gozosa. El calor ponía en 
sus mejillas, cubiertas de tenue vello, el rojo 
de los duraznos pelones, y en los ojos, húmedo 
brillo el color de la masa, fresca y tierna como 
las carnes de un infante. Estaba realmente ape- 
titosa. Notándolo, dijo Mamagela: 

— No sabe tu marido lo que se pierde esta 
mañana; pero así es: las cosas buenas de este 
mundo no se han hecho para los dormilones: el 
que no madruga, no ve salir el sol. 

Cuando se encaminaron hacia los corrales, era 
de día claro. El rocío humedecía los opulentos 
cardos, las borrajas y las ociosas yerbas que lu- 
juriantes crecían alrededor de las casas. A lo 
lejos, el campo salía de entre las sábanas de la 
niebla; ésta se levantaba dejando a trechos jiro- 
nes de tenues gasas enredadas en las matas de 
pasto. El ganado empezaba a moverse; los pá- 
jaros a trinar. De las poblaciones que se divi- 
saban en las cuchillas, subía al cielo lentamente 
una columna de humo. 



EL TERRUÑO 


Mamagela exclamó: 

—Da gusto respirar este aire; parece que le 
entrara a una la gloria por los pulmones. 

La hija le pasó el brazo por la cintura y la 
atrajo hacia sí. 

— ¡No puedes figurarte, mamita, lo contenta 
que estoy!... 

— Es porque vuelves a la vida natural. 

Hubo un silencio. 

— Las vacaciones terminarán pronto — obser- 
vó Amabí. 

Las dos se embargaron en sus pensamientos. 
Después, interrogó Mamagela: 

— ¿Por qué no dejan la apestosa ciudad y sa- 
len a la campaña a probar fortuna? Tóeles tiene 
muy cerca de aquí el pedacito de campo que le 
dejó el bendito de su padre. Que lo pueble con 
una buena majadita y algunas vacas, y vivirá 
gordo y contento como un obispo. 

Amabí recordó que era maestra de segundo 
grado y que su marido escribía en los periódicos 
y aspiraba a la diputación. 

— Nosotros tenemos otras ambiciones, quizás 
una misión que cumplir — replicó mondando el 
pecho y con el tono pedagógico que, despoján- 
dola de su acostumbrada naturalidad, la conver- 
tía en otra e indigesta persona — . Tú compren- 
des, mamá. Temístocles o Tóeles, como tú quie- 
res, no puede renunciar al porvenir que allí le 
espera en la política y el periodismo. Por mi 
parte, no me he matado estudiando para salir 
a la campaña a criar vacas y ovejas. No es por 
desprecio, no; adoro estas cosas, pero en cuanto 


[ 19 ] 




CARLOS REYIiES 


a dedicarles mi vida entera, ¡ah!, no; no tengo 
el derecho de renunciar a... 

* — Y ¿qué misión es ésa? — interrumpió doña 
Ángela, frunciendo los labios. 

— Él, luchar por los ideales de su partido; yo, 
enseñar al que no sabe; ambos, hacerles a nues- 
tros compatriotas la limosna del pan espiritual. 

Doña Ángela rompió a reír, como si le hicie- 
ran cosquillas; Amabí, picada, exclamó: 

— ¡Ave María!, mamá, ¿es tan risible la que 
he dicho? ¿No es profesor él? ¿No soy maes- 
tra yo? 

— Perdona, hija, qué quieres, encuentro muy 
gracioso eso de que ustedes les repartan el pan 
a los compatriotas, como yo a las gallinas. ¿Es- 
tán seguros que ustedes lo tienen y que ellos 
lo necesitan? ¿No les hará más falta ahorrarlo? 
Escucha, no te soliviantes. La caridad, bien en- 
tendida, dice en no sé qué parte el Evangelio, 
ha de empezar por uno mismo. Hablas como 
una doctora; tu marido te ha envenenao , pero 
a mí no me quitan el sueño palabras bonitas, 
ni me deslumbran relampagueos... Tengo el 
gaznate demasiado angosto para comulgar con 
ruedas de molino. Te diré: no creo en los polí- 
ticos, ni en los generales, ni en los doctores de 
esta tierra; sólo piensan en vivir del presupuesto 
de la nación. A ellos les debemos las contribu- 
ciones y las revoluciones ¡Malditos sean! Por 
otra parte, ¿qué quieres que haga tu marido con 
sus retóricas entre esos vividores que sólo cono- 
cen la gramática parda y la aguja de marear? 

Y como Amabí argumentara que sin ideales 
ni clases dirigentes que los encarnen los países 


[ 20 ] 



EL TERRUÑO 


no pueden vivir, menos prosperar, repuso la 
ilustre matrona: 

— No sé qué te diga. Soy una vieja ignorante; 
pero me parece que si todos se quedasen en sus 
casitas y trabajaran, este país sería un paraíso. 

En esta interesante plática llegaron al galli- 
nero y abrieron las puertas para que salieran 
las gallinas, que de noche quedaban dentro a 
causa de los zorrillos y las comadrejas. Había 
dos echadas: cumplían obstinadamente la deli- 
cadísima función de empollar, y las levantaron 
de sus nidos para darles de comer y limpiar los 
huevos. En una pequeña repartición veíanse 
las que tenían pollitos. El ojo escrutador de 
Mamagela recorrió todos los rincones. Era muy 
ducha en la cría; su gallinero, aunque pobre 
y primitivo, hecho con latas y tablas viejas, 
conservábase libre de pestes, y daba pollos 
y huevos todo el año. “Y para qué más”, decía 
la patrona, y tenía razón. Picoteando aquí y allá 
y removiendo las alas, se desparramaron las ga- 
llinas por el campo. El gallo más hermoso y 
fuerte que iba entre ellas, se plantó en una pe- 
queña eminencia, irguió el cuello y lanzó a la 
luz y la libertad el saludo de su cocoricó sonoro. 

— ¡Linda, linda mañanita! — tornó a repetir 
doña Ángela — . ¡Parece mentira que haya per- 
sonas tan desprovistas de alma y cacumen, que 
no comprendan esta hermosura, esta delicia, esta 
poesía natural! A mí, que no me digan: Mon- 
tevideo no tiene tales encantos. Allí la gente no 
sabe vivir, no sabe gozar. Por mi parte, te diré 
que, cuando me siento en el corredor, rodeada 
de mis flores y de mis pájaros, y contemplo en 

[ 21 ] 


El Terrufio 3 




CARLOS REYLES 


los potreros las vacas y las ovejitas rumiando 
tranquilamente, mientras las crías retozan con 
la barnguita llena, y pienso que no estoy en- 
cinta, ni tengo hijo que criar, me paso las horas 
muertas bañándome en agua de rosas y dándole 
gracias a Dios por haber sido tan genoroso 
conmigo. 

De pasada, le dieron un vistazo al sucio y nau- 
seabundo chiquero; detuviéronse un instante en 
el corte de la leña , donde el “Sacristán”, el hijo 
de doña Ángela, que quería ser cura — el más 
ladiao de la familia, según propia confesión — , 
hacía astillas a hachazo limpio, y llegaron al 
corral. Foroso ordeñaba, sentado cómodamente 
en un banquito de ceibo; la vaca lamía al ter- 
nero atado a una de sus patas delanteras, el cual 
tenía el hocico y la frente blancos de espuma; 
las otras lecheras esperaban su turno rumiando, 
ya maneadas por los hermanos menores de 
Amabí, que llamaban Mador, Mérico, Aní, y, 
en globo, los muchachos, y eran los ayudantes 
de Foroso en las faenas caseras. Amabí, aco- 
metida de repentino contento, se puso rápida- 
mente las faldas 1 entre las piernas y agachóse 
junto a la vaca recién apoyada para que bajase 
la leche. 

— La niña ha elegido la que tiene las tetas 
más duras — observó el mulato. 

— No importa, Foroso; yo no tengo las muñe- 
cas abiertas como tú. Verás cómo le saco hasta 
la última gota. 

Dos hilos de blanco licor empezaron a caer 
con fuerza en el balde. 


[ 22 ] 



EL TERRUÑO 


— ¡Qué ha de tener las muñecas abiertas! Son 
ardiles de este pardo mañero para dejarles a los 
muchachos las brevas más duras de pelar — ar- 
gumentó Mamagela, y, por no ser menos, imitó 
a su hija. 

En el verano, a pesar de su corpulencia, solía 
ayudar a Foroso en la ordeñada; no en el in- 
vierno, porque a menudo había que hacerlo bajo 
la lluvia y entre el barro siempre, lo cual resul- 
taba harto penoso. 

Con dos buenas y colmadas jarras de leche 
para los guachos, dirigiéronse madre e hija a los 
galpones. Hasta hacía poco “El Ombu* sólo ha- 
bía sido pulpería o almacén de campaña; pero 
por inspiración de la patrona, cuyo espíritu in- 
quieto no dormía, complicóse el negocio de la 
noche a la mañana, y tomó otros rumbos, con 
la cría de ovejas merinas de pedigree. Largo 
tiempo y en silencio rumió su idea, tomó datos 
e informes, leyó algunos libros que le prestaron 
e hizo repetidas visitas a cierto compadre suyo, 
poseedor de una importante cabaña, en la cual 
logró colocar a Mador, que era precisamente el 
ahijado de aquél. El muchacho le tomó gusto 
al oficia y aprovechó el tiempo. Mamagela, cuan- 
do lo juzgó convenientemente preparado, hízole 
conocer sus ambiciosos planes a Papagoyo, no 
de sopetón, sino poco a poco, con mil precau- 
ciones, porque la condición mansa y timorata 
del buen negociante repugnaba el riesgo y la 
aventura. Con eso y con todo, le pareció que 
el cielo se le caía sobre la cabeza; encabritóse 
al principia, luego vaciló, después expresó al- 
gunas dudas, sin gran convencimiento, porque 

[ 23 ] 



CARLOS REYLES 


la maleante señora, conociéndole el flaco, le 
hacía danzar ante los ojos estupendas ganancias, 
y por último concluyó, como siempre, por acep- 
tar los proyectos de su media naranja, que era 
no sola la voluntad activa, sino también el 
espíritu inventivo de la casa. En las veladas de 
ese invierno memorable, no se habló en “El Om- 
bú” de otro asunto. A todos apasionaba la des- 
comunal aventura de la cabañita. Hicieron mil 
proyectos, dibujaron planos, discutieron presu- 
puestos y rendimientos, y, a cada instante, yer- 
beando al amor de la lumbre, mientras afuera 
retumbaba el trueno, descubrían nuevas pers- 
pectivas económicas, horizontes encantados, fu- 
turas dichas. Hasta los ojos turbios y morteci- 
nos de la vieja Jua, se llenaban de doradas vi- 
siones. 

El robusto realismo de doña Ángela dejaba 
en la reposada mente de ésta poco espacio a las 
ensoñaciones. Mantenía vivo, sí, quizá por 
creerlo favorable al cumplido éxito de la em- 
presa, el iluso entusiasmo y los fantaseos de los 
otros; pero ella, por su parte, quería precaverse 
contra todo evento, hacer las cosas con pies de 
plomo, y asombraba a Papagoyo y al mismísimo 
Mador con las previsiones de su ciencia zootéc- 
nica, adquirida no sabían cómo ni dónde, cálcu- 
los demostrativos y acertadas conjeturas sobre 
la parte económica de la explotación, que era 
lo que más le interesaba. Por fin, antes de las 
esquilas, se decidieron a adquirir cincuenta bo- 
rregas de alto precio, para edificar sobre sólida 
base. La intrépida matrona, con la idea de ob- 
tener una rebajita, como así aconteció fue con 

[ 24 ] 




EL TERRUÑO 


Mador a elegirlas a la estancia de su compadre. 
Partió muy mañanera en un carrito de pértigo, 
tirado por Aní, jinete en el overo barrigón de 
Papagoyo. Se le puso al vehículo un colchón 
para hacer menos duro el traqueteo, y sobre él 
se acomodó lo mejor que pudo Mamagela, con 
la sombrilla en una mano y el abanico en la otra, 
porque sufría atrozmente de los calores. Fué una 
odisea. El duro movimiento del carro y fre- 
cuentes barquinazos en los baches y pasos feos 
del camino, la hacían rebotar como una pelota, 
le molían los huesos, le maceraban las carnes, 
que luego el sol se plugo en derretir, y desaco- 
modaba el corsé y también la capota , hecha en 
casa, cuyas plumas fueron quedando por el ca- 
mino. Pero ella, a pesar de tales malandanzas, 
no cabía en el pellejo de gozo, y cuando hizo 
su entrada triunfal en el patio de la “Cabaña 
Eúskara” y descendió del carro delante de la 
numerosa familia de su compadre, que salió 
a recibirla con cara de pascuas, casi se desmaya 
de emoción venturosa. 

La llegada de las borregas a “El Ombú” de- 
terminó grandes cambios en la vida y costum- 
bres de sus moradores. De súbito desaparecieron 
la rusticidad e incuria primitivas, y hasta el 
mismo paisaje varió a poco, tomando un aspecto 
nente, como si un hada benigna lo hubiera to- 
cado con su varita mágica. Surgieron los gal- 
pones para abrigar los preciosos animales du- 
rante el invierno, y, sobre todo, en la época 
de la parición; los potreritos, para dividirlos 
según conviniera; los árboles, para darles refu- 
gio y umbráculo contra los soles de fuego; los 

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CARLOS REYLES 


maizales, alfalfares, avenales, y, por último, sur- 
gió también la torre de un molino. En lo moral, 
la transformación no fué menos completa. 
Inusitada actividad rompió desde un comienzo 
la holgazana placidez de antaño. ¡Con qué ín- 
timo gozo, con cuánto amor se afanaron chicos 
y grandes en las obras y tareas que impusieron, 
por la sola virtud de su presencia allí, aquellos 
animalitos, bautizados donosamente por doña 
Ángela con el nombre, cariñosa y poético, de 
las rositas de “El Ombú”! Foroso, que senda lo 
mismo para un fregado que para un barrido, 
fué el rústico arquitecto de los galpones de te- 
rrón y techo de paja. Con maña, como si en 
su vida no hubiera hecho otra cosa, delineó con 
piolín y estacas en la tierra, la planta de cada 
galpón, marcando bien la anchura de las paredes 
y las aberturas. Luego, ayudado por los mu- 
chachos, cortó los terrones, que puestos en se- 
guida unos sobre otros con el pasto hacia abajo 
y bien unidas las junturas, fueron formando los 
gruesos muros. Mador trajo la paja para el te- 
cho, del campa de un vecino, y los horcones y las 
tijeras del monte de otro. Las alfajías las hicie- 
ron de sauce criollo. Mientras se elevaban los 
edificios, iba el futuro cabañero acarreando el 
precioso y barato material. Cuando llegó la hora 
peliaguda del quinche, Foroso no se mostró me- 
nos hábil que en el corte del terrón y el levante 
de las paredes. Con una horquilla le alcanzaba 
Mador los mazos de la cortante y áspera paja 
brava , que el mañoso pardo disponía convenien- 
temente a fin de que no pudiese penetrar el agua 
y ataba luego a las tijeras con un grueso tiento . 

[ 20 ] 




EL TERRUÑO 


La construcción de puertas y ventanas fue obra 
de Papagoyo, que sabía carpintear; la pintura 
le correspondió a Mamagela y las pardas, a las 
cuales ella enseñóles a manejar el pincel como 
antes el cucharón, y los trabajos menudos que- 
daron a cargo de los muchachos, que además 
ayudaban en todo. Durante el mes, largo de 
talle, que duraron las obras, empezaban el tra- 
bajo al venir las barras del día, y terminaban 
fatigados, pero gozosos, ya bien entrada la no- 
che. El almacén permanecía casi abandonado. 
Mérico, que tenía muy buena letra y, por eso, 
compartía en el negocio las tareas de su padre, 
escapábase a menudo de detrás del mostrador 
e iba a echar su manito en la obra; se suspen- 
dieron los amasijos y hasta la ordeñada; sólo 
Jua ocupábase en las faenas de la casa, desierta 
todo el día, porque para el desayuno un chu- 
rrasco hecho sobre las brasas, y el frugal al- 
muerzo, cordero al asador con fariña y queso 
de postre, no habían menester de manteles ni 
cubiertos ni de otras ceremonias que el tajo 
limpio y la dentellada perruna, agrupados todos 
en cuclillas alrededor del fogón. En cuanto al 
mate, circulaba todo el día, cebado por el Sa- 
cristán. Y cuando todo estuvo concluido para 
alojar dignamente a las cincuenta princesitas 
de sangre real, se efectuó la inauguración de la 
cabaña con gran concurrencia de vecinos, y hubo 
asado con cuero, gallina rellena, carbonada , cho- 
colate, rosquetes, pasteles, vino carlón } licores 
y un baile que duró toda la noche y terminó en 
una alborozada procesión a los establos, con 
acompañamiento de acordeones, guitarras, flau- 

[ 27 ] 




CARLOS REYLES 


tas de caña, trombones hechos con caronas arro- 
lladas, y otros improvisados instrumentos, y en 
la que tomó parte todo el mundo, incluso la ser- 
vidumbre, con Foroso y Jua a la cabeza. Al son 
de la música entraban por una puerta y salían 
por la otra y volvían a entrar y tornaban a salir, 
entre risas, gritos, cantos, y tan hondo contento, 
que a muchos se les llenaban los ojos de lágri- 
mas. De repente: 

— ¡Silencio! — gritó Foroso en medio de las 
borregas — . La patrona va a hablar. 

Y absortos, estupefactos, con ganas de reír 
y llorar a la vez, vieron adelantarse a doña Án- 
gela con una copa en la mano. Era un golpe 
teatral que había preparado la matrona en el 
mayor misterio 1 . 

— “Queridos amigos nuestros — dijo con el ros- 
tro transfigurado 2 — : a todos les deseo salud 
y felicidad en este día dichoso en que festejamos 
la obra modesta, pero santa, de una familia hon- 
rada y trabajadora. Vamos a criar lindos car- 
neritos para refinar las majadas, aumentar la 
lanita de las esquilas y llevar la prosperidad 
a todas las estancias”. 

Aplaudieron, y ella, ya completamente dueña 
de sí, risueña, maleante, sin pizca de afectación, 
pero llena de un convencimiento que daba pie 
a la risa admirativa, no a la burla, continuó, 
subrayando las frases con grandes caídas de pár- 
pados y expresivos gestos: 

— “Si esto no es trabajar por el bien de la 
patria, que me emplumen... El progreso de 
nuestro amado país pende del progreso de la 
campaña; hasta los niños de teta lo saben. 

128 ] 



EL TERRUÑO 


La campaña, aunque no lo digan los doctores, 
es la vaca lechera de la nación. Sí, señores: 
todos nos nutrimos de ella, desde el presidente 
de la República hasta el último gaucho. Y bien: 
mientras en las ciudades discursean y tragan 
viento o papan moscas, ocupémonos nosotros en 
doblarle el vellón a las ovejas y el peso a las 
vacas. Voy a revelarles un secreto que no quie- 
ro llevarme a la tumba ni podrirme con él: los 
rodeos y las maj adas son las únicas cosas serias 
del país”. 

Rieron; hubo algunos bravos; Mamagela, muy 
grave, dejó que pasaran las risas, y prosiguió: 

— “Los animalitos finos, que nosotros criamos 
con tanto amor, y que a veces los bárbaros, con 
divisa blanca o con divisa colorada 1 , sacrifican 
sin piedad, enriquecen y enseñan, sí, señor, en- 
señan más cosas útiles que las escuelas mismas. 
Ciego de nacimiento y redondo como la O es. el 
que no lo vea. Fíjense bien en lo que voy a de- 
cir: a nuestros ranchos no llegan los libros, pero 
llegan los carneros de apretado vellón, y cuando 
llegan, todo cambia, porque los cuidados pro- 
lijos que exigen, nos hacen trabajar con más 
empeño e inteligencia. Por eso, las estancias 
adelantadas me parecen a mí grandes escuelas 
donde los orientales aprenden lo que les hace 
falta. Quédense allá los magnates comiendo la 
sopa boba, y déjennos tranquilos en nuestros 
ranchos trabajando para todos. 

“Acuérdense de lo que les dice una pobre 
mujer sin luces, sin letras — aquí entornó los 
ojos y sonrió con grande humildad — , pero 
a quien el libro de la vida ha enseñado a no 

[ 29 ] 



CARLOS REYLES 


confundir la puerta con la ventana: la grandeza 
del país no saldrá de las Cámaras ni de las Uni- 
versidades, sino de los galpones. Parece herejía 
y no lo es. En efecto, ¿qué vale más: un dis- 
curso de cuarenta horas o un carnero de cua- 
renta libras? Lo primero es puro viento, pala- 
bras embusteras que entran por un oído y salen 
por el otro; humo que va a las nubes y deja 
vacías las manos; lo segundo es labor, inteli- 
gencia, pan en la casa del pobre, abundancia 
en la casa del rico y conciencia tranquila eií 
la casa de todos; es también plata en el Banco, 
abono del mundo, semilla de prosperidad; si se 
echa en la tierra brotan las casitas blancas como 
palomas, los rodeos de mil cabezas, los ferro- 
carriles, los palacios, las ciudades, los bosques 
y el bienestar de las familias. Que nos dejen 
trabajar en paz y en gracia de Dios, es lo único 
qu* les pedimos a esos sabios fabricadores de 
guerras, contribuciones y leyes, que sólo sirven 
para espantar los pájaros. ¡Viva el trabajo, viva 
la paz, viva la patria!” 

Este discurso, a pesar de sus cómicos asertos, 
fué escuchado 1 por el auditorio con grandes 
muestras de aprobación, quizá no tanto por lo 
ctue decía sino por quien lo decía y la manera 
de hacerlo. Por boca de doña Ángela habla- 
ban la experiencia incrédula v socarrona del 
paisano y el buen sentido rural. Las personas 
allí presentes pensaban, en el fondo, como ella, 
y sentían que aquellas palabras, mitad chuscas, 
mitad graves, no eran viento, sino entrañas vivas 
de Mamagela, Mamagela en acción, cosas vi- 




EL TERRUÑO 


vidas, y por eso, aun moviendo a risa, conven- 
cían y emocionaban. 

Al concluir, la abrazaron y colmaron de feli- 
citaciones, y Papagoyo la besó en la frente, 
mientras ella, como echándolo a broma, comen- 
taba riendo su propio discurso, el cual mereció 
los honores de la publicidad en un periodiquín 
del Durazno, fue transcripto y comentado por 
un diario de la capital, y figuró en los anales 
de la familia con el título de “El discurso del 
Ombú”. i 


[ 31 ] 




A las ocho de la mañana ya estaba, como de 
costumbre, aseada y emperejilada Mamagela, 
hamacándose dulcemente en una mecedora de 
paja, ha] o el alero que protegía el corredor. 
En el cielo raso de rejilla hacían nido las golon- 
drinas, y era un contento verlas ir y venir tra- 
zando en el aire vertiginosas zetas. Punto es- 
tratégico: desde aquel rincón grato, cobija y ata- 
laya, observaba la señora el teje maneje de su 
marido en el almacén, el trajín de los pardos 
en la cocina, el movimiento de los muchachos 
en los galpones, y, por la ventana que daba al 
campo, extasiábanse sus ojos en el criollo pai- 
saje de los potreritos y las lejanías de la pro- 
piedad, limitada por un monte de árboles indí- 
genas, petizos, espinosos, de tronco retorcido 
y ramaje enredado y sucio como la pelambrera 
de esos gurís que se crían revolcándose delante 
de los ranchos... La disposición de los edificios 
dejaba entre ellos un espacio libre llamado el 
cuadro , especie de patio, en el cual, revestido de 
azulejos, veíase el aljibe, y, cubierto de espesa 
enredadera, un quiosco que resguardaba del 



el terruño 


sol la amplia pileta de lavar. El resto del cua- 
dro ocupábanlo, a trechos, dispersos grupos de 
rosales, claveles y jazmines y arriates de flo- 
res, ya en tierra, ya en tarros pintados con al- 
quitrán. 

Allí, gozando de la gracia de Dios, tomaba 
Mamagela la segunda tanda de mates, pero esta 
vez con rosquetes y refino de azúcar quemada. 
Era su habitual desayuno, y solía prolongarse 
hasta muy rayana la hora del almuerzo. Acom- 
pañábanla por turno, en los momentos de huel- 
go, ora Papagoyo, con el cual conversaba de 
las ventas del almacén, y, sobre todo, de los 
fiados, que les quitaba el sueño a los dos; ora 
Mador, con el que departía de ovejas y carne- 
ros; ora los muchachos, y cuando no tenía quien 
le diese palique, llamaba a Jua y le hacía mil 
recomendaciones, o despotricaba con Foroso, 
que leía los diarios, de política y otros temas 
graves. 

Esa mañana hacíale compañía Amabí. De vez 
en cuando ésta se levantaba para llevarle un 
mate a su marido, que leía en la cama y se 
levantaba a las doce, con grande escándalo de 
doña Ángela. ■' ! WT \ 

Era Tóeles un producto de la Universidad, 
extraño al rústico ambiente de “El Ombú”. 
Usaba quevedos y hablaba siempre con tono 
doctoral. La frente demasiado vasta para la 
cabeza, y la cabeza demasiado voluminosa para 
el tronco, a su vez demasiado corpulento para 
las débiles piernecillas que lo sostenían, dábanle 
la insana apariencia de un grande feto. Sin em- 
bargo, tan miserable cuerpecillo, flexible y ner- 

[ 33 ] - - 






CARLOS REYLES 


vioso como si hecho fuera de rabos de lagar- 
tijas, aprisionaba un alma singular, llena de 
fuego sacro y divinas torturas. Tóeles ardía en 
amor de la vida noble y esforzada a que se 
creía destinado por su nombre de pila: ¡Temís- 
tocles! De pequeño oyó referir mil veces a su 
padre, abogado español, verboso y entusiasta, 
a quien los griegos se le habían subido a la 
cabeza, las hazañas del gran patricio. No here- 
dó el hijo del padre, junto con el entusiasmo 
y los arrestos del orador, el fondo gallegote, 
logrero y buscavidas, que llevó al abogado sin 
pleitos a' sacar tajada de las sociedades filan- 
trópicas o cosa así, fundadas por él, a troche- 
moche, en su noble existencia. Temístocles he- 
redó sólo la verbosidad y el lirismo. El glorioso 
nombre lo hizo creerse en la niñez de una esen- 
cia superior a la de los otros mortales, y esta 
infantil vanidad, gota de agua horadando mon- 
tañas, determinó luego las angulosidades de su 
carácter, exaltado y agresivo, y dió pie a la 
noble ambición de ser en la tacita de plata de 
la América latina , lo que Aristóteles, Píndaro 
y Pendes fueron en la inmortal Atenas. Para 
el caso, empezó por componerse una cabeza de 
circunstancias y darse con ardor, como princi- 
pio de su apostolado, al escalamiento del Pin- 
dó sonoro. Mas las musas no le dispensaron 
sino muy avaramente sus favores, y entonces 
vinieron los desencantos y las secretas amar- 
guras, sin que por ello desaparecieran las fie- 
bres de la imaginación. Nombre famoso, testa 
dantoniana e idealismos ornamentales, impidié- 
ronle renunciar a la gloria; lo aguijoneaban 

[ 34 ] 



el terruño 


cruelmente y produjeron a la postre el patético 
conflicto entre las facultades limitadas y las 
ambiciones desmedidas y, con él, los acerbos 
dolores de la inteligencia y del orgullo. Em- 
pero, Tóeles no se daba a partido, al contrario, 
redobló sus dramáticos esfuerzos; quiso apurar 
todos los jugos del saber a fin de ponderar y 
facilitarle la salida en el momento psicológico 
a lo que él llevaba dentro, aunque no supiese 
bien qué era, ni en qué consistía su excelencia 
y, atiborrándose de abstrusas lecturas, ahondó 
más el espantable abismo que separa la reali- 
dad imaginaria de la realidad viviente, las ideas 
de los hechos, e hizo completa por este arte su 
incapacidad práctica en los negocios y las aven- 
turas corrientes del mundo 1 . 

Y, caso singular, cuanto menos éxito tenía 
y menos medraba, más se exaltaba su sombrío 
orgullo y más culpaba a la sociedad de no com- 
prenderlo ni estimar las altas virtudes que él 
no había probado todavía. Pero desde hacía cosa 
de un año sospechaba la dolorosa verdad, esa 
verdad destructiva que la eterna y benéfica ilu- 
sión oculta cuidadosamente; asaltábanlo de con- 
tinuo amargas dudas, esas dudas que son cardos 
y espinas en las praderas del alma. Todas las 
mañanas, al despertar en medio de la bucólica 
placidez de “El Ombú”, se decía: “Tengo cerca 
de cuarenta años y estoy al pie de la montaña. 
¿Soy lo que creí o sólo un iluso? ¿Un vidente 
o un tragador de viento? ¿Un super-hombre o 
un marchand de marrons?” Y el mate y los fa- 
mosos rosquetes le sabían a cuerno quemado. 


[ 35.1 



CAELOS REYLES 


Precisamente esa mañana, a las dudas y desa- 
zones ordinarias, añadíanse otros resquemores, 
motivados por un suelto que acababa de leer, 
donde se daba cuenta, sin comentarios, como si 
se tratase de un asunto baladí, de la aceptación 
lisa y llana de su renuncia a la presidencia del 
“Club Libertad”, del que había sido fundador 
y principal columna. Aquella aceptación des- 
cortés parecíale una nueva ingratitud de sus 
correligionarios, que ya lo habían traicionado al 
proclamar a un Juan Lanas cualquiera candi- 
dato del club, de su club, a la representación na- 
cional. Su bien escrita renuncia, el documento 
político, en el que valientemente le señalaba 
nuevos rumbos al partido, no mereció siquiera 
una nota de la Comisión directiva. Había para 
darse al diablo, y Temístocles lo hacía concien- 
zudamente. 

Cuando entró Amabí con el mate, pasóse la 
mana por la vasta frente con un movimiento rá- 
pido y enérgico, signo inequívoco de la tormenta 
interior, y dijo, tendiéndole el diario: 

— ¿Sabes lo que son mis amigos? Pues bien, 
¡son unos reverendísimos puercos! Mira la ma- 
nera innoble de aceptar mi renuncia. Pero están 
frescos si creen que me voy a quedar con la bo- 
fetada, que no es bofetada, sino patada de burro; 
se la devolveré, y con intereses y todo. 

Dióle un formidable mordisco al rosquete que 
le alcanzó Amabí, y, con la garganta medio 
abrasada por el agua del mate, continuó: 

— Aceptaré la proclamación de mi candida- 
tura, que me ofrece lanzar un club de la opo- 




el terruño 


« 


sición aquí mismo, en el Durazno, y pronunciaré 
un discurso que les va a encender el pelo. 

Amabí sentóse en el borde de la cama, ente- 
ramente cubierta de libros y revistas, y posó 
los ojos, grandes, un poco saltones y dulces como 
los de un borrego, en el rostro congestionado de 
su marido. Las venas dilatadas llenábanle a Tó- 
eles las sienes de prominentes ramificaciones 
y nudos por donde a ella le parecía que circu- 
laban en tropel los más altos y pedagógicos pen- 
samientos del mundo. Lo amaba no sólo con 
el manso cariño de la esposa, sino con el supers- 
ticioso respeto de la discípula hacia el maestro 
que todo lo sabía y todo lo explicaba. Con Tóeles 
había cursado filosofía; ya casada, siempre que 
él disertaba, y lo hacía a menudo, parecíale 
a ella oír nuevamente las conceptuosas tiradas 
de su antiguo profesor, sobre si la evolución 
era una cadena o una espiral, la finalidad sin fin 
del arte, y la cuádruple raíz del principio de la 
razón suficiente. Aunque Amabí, a pesar de la 
pedagogía, era de condición simple y gozadora, 
sin asomos siquiera de las acrimonias y negru- 
ras de Tóeles, creíase obligada a compartir o, por 
lo menos, a comprender las efervescencias mo- 
rales de su marido, y por eso aguantaba las ven- 
toleras y cavilosidades de éste con estoica resig- 
nación, aunque no sin fatiga, sin sentir a veces 
que el suelo le faltaba bajo los pies. Tanto razo- 
nar no la dejaba vivir. Tantos intrincados argu- 
mentos para cumplir los actos más comunes, 
y el aquel de ponerle a todo sonajas y cascabeles 
metafísicos, la mareaban; pero no se atrevía 
a decírselo, temiendo irritarlo y que la llamase 

[ 37 ] 


El Terruño £ 



CARLOS REYLES 


creta o braquicéfala , epítetos archidenigrantes 
que él tenía en la punta de la lengua y lanzaba 
como una excomunión, y a los- cuales temíales 
ella más que al fuego 1 . 

Tóeles dejó caer la cabeza sobre el pecho 3 y se 
puso a pensar en sus fracasos mientras escu- 
chaba, como entre sueños, el batir de alas y la 
algarabía pajaresca del corredor y, juntamente, 
los lejanos ruidos que venían del campo: dulce 
mugir, blando balar, rumor de hojas, a las que 
se unía fraternalmente la monótona melopea del 
peón que araba, allí cerquita, acuciando a los 
bueyes con las mismas frases, prolongadas a 
modo de largo gemido. Repetía indolente: “¡Va- 
mos, CarpeeetaK ... ¡Vamos, Corbaaata ¡siga 
la marrrrcha!../, y había en su voz protesta 
y aceptación a la vez del duro destino del tra- 
bajador, De cuando en cuando, los horneros que 
habían hecho nido en las cornisas de las ven- 
tanas, lanzaban sus notas potentes y metálicas 
como las de un tenor. Después reinaban de nue- 
vo los rumores musicales y las vagas sinfonías 
del campo". 

A la izauierda de la cama había un armario 
de luna. Tóeles tenía el hábito de contemplarse 
en los espejos y sostener con su imagen largos 
diálogos. Esa mañana se encontró más viejo 
y más cabezón. “Tienes treinta y nueve años, 
y sin llegar a ninguna meta vas perdiendo los 
pelos y las ilusiones. ¿Qué hice? ¡Nada útil! 
¿Qué puedo hacer? Lo ignoro. ¿Adonde se fue- 
ron mis entusiasmos, mis idealismos, mis espe- 
ranzas? Tu alma, pobre diablo, se me antoja 
una vejiga desinflada. Todo era viento, sí; viento 

[ 38 ] 



EL TERRUÑO 


tus aspiraciones superiores, viento tu altruismo 
de parada, viento tus campanudas frases. Como 
a cada quisque, te guió el egoísmo, sólo que el 
tuyo, maleado por la literatura, fué obtuso; te 
hizo dejar el grano por la paja. Mientras los 
otros obraron, tu discurseaste; mientras los otros 
aceptaron modestamente las enseñanzas de la 
realidad, tu persististe en los desplantes libres- 
cos; mientras los otros medraron, tú hiciste el 
desdeñoso, y ahora te encuentras con las manos 
vacías, los pies fríos y la cabeza caliente. ¡Bonito 
resultado! i Ah!, ¡cuánto envidio el macarrónico 
evangelio de Mamagela, y cuánto bien me hu- 
biera hecho na confundir los molinos con los 
gigantes, las Aldonzas con las Dulcineas, los re- 
baños con los ejércitos!” Y pareciéndole roma- 
nesco en alto grado aquel descontento de sí 
mismo, sin poder resistir, ni aún en tal ocasión, 
al amor de las frases, terminó recordando 
a Oscar Wilde: “Ahora sólo me resta la más 
profunda humildad”. 

Doña Ángela entró con el churrasco recién 
sacado de sobre las brasas. 

— ¡Aquí está el churrasquito, jugoso como 
breva madura y tierno como bizcochuelo! Prué- 
belo, y diga que no es bizcochuelo 1 . 

— Está riquísimo... 

— Muchos así te harían falta 2 para curarte el 
enteque y hacerte pelechar. Pulpa gordita, ma- 
drugones y meneo: mientras estuvieras aquí 
debías seguir ese tratamiento, y no abrir un 
libro ni escribir una línea. Aire puro, sacudirse 
las pulgas al sol, y trotes y panzadas de ejercicio 


CARLOS REYLES 


para desapolillar los huesos; en una palabra, 
vida natural; tú no sabes lo milagrera que es. 
El caballo te haría mucho bien. Casualmente, el 
overo Tosao de Goyo está pidiendo que le pon- 
gan el basto. 

Las murrias de Tóeles se disiparon. Contra lo 
que esperaba Amabí, su marido hacía muy bue- 
nas migas con doña Ángela. El sanchopancismo 
y lenguaje pintoresco de la buena señora lo 
divertían y eran bálsamo de sus heridas, triaca 
de los líricos males que lo apenaban. Oyéndola 
discurrir con aquel su sentido práctico, craso, 
pero saludable, le parecía que se apeaba de las 
nubes y ponía las asentaderas en el pollino de 
Sancho. Y a tal punto subía su admiración ri- 
sueña por los discursos de doña Ángela, que 
a veces se repetía escuchándola: “¡Cuán con- 
solador sería tenerla sentada junto a la cabecera 
del lecho en la hora suprema de la muerte!” 

Esta inusitada confianza, resultado natural, 
empero, del infalible ascendiente de un carácter 
enterizo sobre otro fluctuante, inspirósela Ma- 
magela a Tóeles así que se conocieron, poco 
antes de las bodas de éste con Amabí. El le dió 
irrefragable prueba de ello al consultarla la vís- 
pera del casamiento, sobre un asunto tan deli- 
cado como escabroso. Ni con los miembros de 
su familia, ni con los amigos, habíase atrevido 
Tóeles a franquearse; el hacerlo con la futura 
suegra, cuando apenas la conocía, fué el mayor 
testimonio que pudo darle de la alta estima en 
que tenía su discreción y buen juicio. Aconteció 
que un día, con grande misterio, Tóeles le ma- 
nifestó a doña Angela el deseo de hablar con 

[ 40 ] 



EL TERRUÑO 


ella a solas. Alborotóse la señora, temiendo al- 
guna desgracia o fatal impedimento que aguase 
la fiesta: inconfesable enfermedad del novio, 
repentina oposición de la familia, malos nego- 
cios; pero cuando supo que sólo se trataba de 
estética nupcial, según la expresión de Tóeles, 
se le quitó un gran peso de encima, y diciéndose: 
“Ahí me las den todas”, escuchó con perfecta 
calma. El profesor de filosofía habló así: 

— Se trata sólo, doña Ángela, de una cosa ba- 
ladí, casi ridicula a fuerza de ser nimia, y que, 
sin embargo, me llena de perplejidades. Yo, se- 
ñora, no soy lo que se llama, con galicismo 
evidente, un hombre de mundo; he vivido que- 
mándome las pestañas sobre los libros, en la 
austera y casta soledad de mi gabinete, e ignoro 
ciertas prácticas, ciertos detalles, insignificantes 
en sí, pero que tratándose de la noche de bodas, 
pueden tener, y seguramente tienen, capital im- 
portancia. Necedad sería despreciarlos. Aunque 
poco ducho en materia de faldas y galanteos, no 
se me oculta que una impresión desagradable, 
un pequeño desencanto de la novia, empaña 
a veces y pone en peligro la dicha del matri- 
monio. ¡Es tan frágil el alma de una niña, y tan 
vidrioso eso de la doncellez! ... Y yo, como me 
caso, no así como así, sino para trabajar por la 
especie y cumplir los más altos destinos del hom- 
bre, quiero estar en todos los toques y no come- 
ter torpezas que podrían ser fatales. Quizá le 
parezca inoportuno y poco hábil el que me di- 
rija a usted en este delicado asunto, siendo, como 
es, la madre de la novia; pero qué quiere, doña 
Ángela, su carácter abierto y buen sentido me 

[ 41 ] 




CAELOS REYLES 


inspiran grande confianza. Además, si por ex- 
ceso de escrúpulos cometo alguna sandez, que- 
dará en la familia; ya sabe usted aquello de que 
los trapitos sucios han de lavarse en casa . . . 
Por otra parte, usted conoce los gustos de Ama- 
bilia, y mejor que nadie podrá sacarme de apu- 
ros, que apuros son, no se lo oculto, los que estoy 
pasando. 

Y como aquí se le trabase la lengua y no diese 
pie con bola, ella, creyendo adivinar la causa 
de tantas atribulaciones, quiso allanarle el ca- 
mino e insinuó, maternalmente: 

— Hijo mío, en estas cosas, que son muy de- 
licadas, en efecto, lo prudente, siendo tú medio 
chapetón, es que te dejes de retóricas y te aban- 
dones al instinto natural. Pierde cuidado, él te 
sacará en ancas de esos apuros que dices. 

Tóeles, poniéndose como la grana y ofendido 
hasta los tuétanos en su amor propio masculino 
por el concepto de bisoño en que doña Ángela 
lo tenía, repuso vivamente: 

— ¡Oh! no, no es esa vulgar experiencia lo que 
me hace falta. Soy un hombre en todos sentidos 
y . . . en fin. Aludía a un simple detalle de indu- 
mentaria en la cual no soy muy fuerte que diga- 
mos. En pocas palabras, yendo al grano como 
usted quiere: no sé lo que es más correcto para 
la noche de bodas, si el uso de la camiseta o del 
camisón 1 . 

Mamagela abrió tamaños ojos. 

— La camiseta es más viril — prosiguió Tóeles 
imperturbable — , más cómoda; pero el camisón 
tiene sus partidarios, parece cosa de más elegan- 
cia y refinamiento; Añadiré que yo siempre usé 

[ 42 ] 




EL TERRUÑO 


camiseta, entre otras razones, porque con el ca- 
misón me hago un lío y no puedo revolverme 
a gusto; pero en tan solemne ocasión dispuesto 
estoy a cambiar de vestimenta si a usted le pa- 
rece que debo hacerlo así. 

Conteniendo la risa que le retozaba en el cuer- 
po, respondió doña Ángela, insinuante y melosa: 

— No, hijo, no cambies de costumbres: caballo 
que sacan de su trote, no tiene buen andar* 
El camisón es cosa mujeril. A mí te diré que 
me inspira horror. Una vez Goyo, de vuelta 
de la capital, se me apeó con uno lleno de colo- 
rinches y ringorrangos, y se lo hice sacar so- 
pre tablas porque parecia una abadesa. Amabí 
te encontrará muy bien en camiseta; tú no tie- 
nes, a Dios gracias, vientre ni joroba que ocul- 
tar. Además, ella está acostumbrada a esa 
prenda; es la que han llevado y llevarán siem- 
pre, porque no son maricas, su padre y sus 
hermanos. 

Aquí hicieron punto. Siempre que doña Án- 
gela recordaba el grave discurso de Tóeles y, 
sobre todo aquello de que se casaba para tra- 
bajar por la especie, se relamía de gusto cual 
si tuviera mieles en los labios. Y desde aquel 
día, cuando su yerno se lanzaba a disertar, em- 
pleando los rebuscados términos con que gus- 
taba darles realce y ponerles copete a las fra- 
ses, en los ojos goyescos de Mamagela brillaba 
una lucecita maliciosa. 

La conversación de marras y otros detalles 
que observó en los pocos días que estuvo en 
la ciudad, le bastaron para formarse un juicio 
cabal del carácter, prendas morales y defecti- 

[ 43 ] 




CARLOS REYLES 


líos de su yerno. De vuelta a “El Ombú”, al 
despedirse de Amabí, le dijo entre dos suspiros 
y dos lagrimones: 

— Si quieres ser feliz, no contraríes a tu ma- 
rido jamás; síguele el humor y dale cuerda, 
pero las cuentas de la casa llévalas tú. 


Amabí apareció conduciendo al peoncito de 
Primitivo, el otro yerno de Mamagela. Era aquél 
un indiecito de piernas arqueadas, por el uso 
del caballo, y gordos mofletes, dorados por el 
sol. Llevaba las bombachas arremangadas e iba 
en mangas de camisa y descalzo, pero, eso sí, 
muy limpio y con flamante pañuelo de seda 
puesto de golilla. Entró con el chambergo en 
la mano y el rebenque, de maciza argolla y an- 
cha sotera, casi más pesado que él, colgando 
de la muñeca. 

— ¿Conque tú eres el nuevo peoncito de Pri- 
mitivo? ¡Vaya un hombre! ¿Cómo te llamas? 

— Dicen que Pedro — murmuró el chico, des- 
pués de un grande esfuerzo de memoria, y clavó 
los ojos obstinadamente en las tablas del piso. 

— ¡Caramba! — exclamó riendo Mamagela — 
¿dicen no más,, no estás seguro? 

— No, señora . . . 

Doña Ángela tenía el prurito de conocer la 
vida y milagros de todo el mundo y no perdía 
ocasión de tomar lenguas e informarse de la 
condición y manera de vivir de los vecinos 






EL TERRUÑO 


particularmente, un poco por curiosidad y otro 
poco por lo que atañía a los fiados del almacén. 
Ella era la que establecía en un libro especial, 
biblia de Papagoyo, el crédito que le merecía 
cada uno. 

— Yo nunca te he visto; ¿de dónde eres; quién 
es tu madre? 

— Soy del Paso e los Toros, pa allasito e la 
estación, casa de la china Baldomera, pues 1 — • 
respondió el indiecito, esta vez con lengua ex- 
pedita. 

Mamagela reflexionó breves instantes, y lue- 
go pegóse una palmada en la frente. 

— ¡Ah! ya sé; si no conozco otra cosa. Hace 
años solía trabajar aquí, por temporadas sólo, 
porque siempre andaba por tener familia o con 
mamón al pie. Deben de ser en el rancho una 
barbaridad de chicos. ¿Cuántos hermanos tienes? 

El indiecito bajó de nuevo los ojos, vaciló, y de 
repente, como quien ve el cielo abierto, dijo: 

— No los he contao ... — y sin duda parecién- 
dole el interrogatorio sobrado prolijo, agregó: 
— Dice don Primitivo que viene mañana a visi- 
tarla y elegir los carneros; que se los tenga 
bien tempranito en los bretes. Güeno, adiosito 
— y se escabulló sin más ceremonias. 

Siguiendo el consejo de Mamagela, Tóeles, que 
después del churrasco sentíase más animoso, se 
vistió y salió a dar un paseíto en el overo rosao 
de Papagoyo. Tan gordo y panzón estaba el cré- 
dito del comerciante, que la cincha le partía la 
barriga en dos. Al verlo Tóeles, les explicó a 
doña Angela y a Foroso, con grande abundancia 
de razones, sacadas de los tratados de jineta, 


[ 45 ] 


CARLOS REYLES 


que no debía apretarse la cincha en la barriga, 
sino en los sobacos, a lo cual replicó el pardo 
que si así se hiciera con la montura nacional, 
ésta pronto se saldría por las orejas. A pesar 
de la erudición de Tóeles, cuando llegó el mo- 
mento de montar, tuvo Foroso que ayudarlo 
porque el bolear la pierna por encima del recado, 
sin tocar el anca, no estaba en los libros del 
profesor. Al partir, su suegra le recomendó: 

—Fíjate en las haciendas 1 ; verás qué lindas 
vacas y ovejitas tengo; también esas son bizco- 
chuelo . . . 

Pero Tóeles tomó el galope, se engolfó en sus 
pensamientos, y galopando anduvo dos horas, 
sin ver ni oír nada. 



IV 


A 


Primitivo 1 , con ademán resuelto, quitóse el 
poncho y esparció la vista sobre los robustos 
lomos de los carneros, recién entrados a los bre- 
tes y todavía jadeantes y cubiertos de rocío. 
Venían del campo, de dormir al raso, y pare- 
cían conservar en la tupida lana algo de la fres- 
cura y del misterio de la noche. 

Aún no había salido el sol. A lo lejos, las 
finísimas muselinas de la niebla descorríanse 
como un telón de fondo y dejaban ver en lonta- 
nanza vagas cuchillas y melancólicos ranchos, 
pobres mdamentas humanas, semejantes a nidos 
de horneros, cobijadas siempre bajo el ramaje 
paternal de algún frondoso ombú. Las disper- 
sas haciendas animaban el campero paisaje con 
las policromas notas de sus colores. Mugían los 
toros, balaban las ovejas, retozaban los corde- 
rinos — algunos tan tiernos y temblorosos, que 
no parecía sino que fuesen hechos de leche cua- 
jada — y los gallos dejaban oír sus clarines vic- 
toriosos allá, detrás de los corrales, de donde 
en aquel instante iban saliendo, seguidas de sus 
crías, las vacas lecheras ya ordeñadas, para des- 


[ 47 ] 



CARLOS REYLES 


filar poco después por delante de los bretes, 
una a una, a la misma distancia, en orden mo- 
nótono y pueril, como se repite un chusco motivo 
de decoración en los frisos de los dormitorios 
infantiles. 

Primitivo no reparó en la belleza ingenua del 
viviente cuadro. Admiraba los carneros, y los 
ojos le brillaban de satisfacción y codicia bajo 
las hirsutas cejas. “Si yo pudiera, tendría mu- 
chos así, ¡cosa rical... pero éste, ¡ah!, a éste 
me lo llevo ... si Dios quiere”, se dijo, y arran- 
cándose de pronto, antes de que los animales 
tuviesen tiempo de huir, agarró a uno de ellos 
de la pata. 

Era un hermoso ejemplar. Tenía tupidísimo 
el vellón, ancho el lomo, amplio el pecho y las 
patas cortas y cubiertas de lana hasta las pe- 
zuñas. Así le gustaban a Primitivo los merinos. 
Cuidadosamente hundió los torpes dedos en la 
lana de la paleta, luego en la del costillar, des- 
pués en la del cuarto , y, por último, arrancando 
con hábil y rápido movimiento algunas briznas 
del lomo, se puso a examinarlas al través de la 
luz, grave y silencioso. 

— Buena mecha y buen rizo — aseveró por fin, 
y dirigiéndose a Papagoyo que lo observaba, 
sonriendo plácidamente, preguntóle: 

— Y éste, ¿es de los salaos? 

— Sí, no hay más que verlo; es de los puros, 
aunque criado a campo; refugo de la cabaña; 
pero hay otros 1 de menos precio. 

— No, esta vez vengo con mucho coraje y es 
fácil que si no me asusta me les pueble a los de 
campanillas — expuso el paisano echándose a 


[ 48 ] 




EL TERRUÑO 


reír con la risa picaresca y a la vez cándida del 
niño que celebra su propia travesura. 

El patrón, medio escarranchado sobre la batea 
de curar, apuraba a largos sorbos el mate que 
él mismo se cebaba. Tenía la caldera junto 
a sí, y, de tiempo en tiempo, se paseaba con ella 
en una mano y el mate en la otra. 

Un peoncito muy sucio y andrajoso, curaba 
los carneros picados. Sarnosos realmente, nunca 
los había en “El Ombu \ Por la mechita de lana 
que despuntaba sobre el vellón o la húmeda 
huella que los animales al rascarse con los dien- 
tes dejaban en él, reconocía el muchacho a los 
enfermos. Sin apurarse poco ni mucho, ni salir 
de su mutismo, ni alzar la vista del suelo si- 
quiera, los cogía por los cuernos y haciéndoles 
colita con suma gravedad, traíalos a la batea 
y colocaba sobre ella, vertiéndoles luego el re- 
medio en la parte dañada, que refregaba des- 
pués enérgicamente con una rasqueta de cuerno. 
Si hacía falta les cortaba las pezuñas y las 
cascarrias , pasándolos por último, a uno de los 
bretes más chicos, de piso de piedra bocha como 
los otros y cubierto, como todos, por el tupido 
ramaje de los tamarindos, que protegían bretes 
y corrales contra el sol y el viento. 

— Así me gusta, Primitivo; adelante, siempre 
adelante. 

Coligiendo éste que tales palabras ponderaban 
su ánima, argüyó: 

— Qué le vamos a hacer; hay que cinchar: 
el que no cincha, no arrastra. 

Y contento ante la risueña perspectiva de ad- 
quirir algunos de aquellos lindos padres, sintió 

[ 49 ] 



CAELOS REYLES 


irresistibles deseos de hablar, de abrir el pecho, 
explicándoles a don Gregorio y a Mador, acaso 
para adormir las dudas y escrúpulos que le an- 
daban por dentro, las ventajas que le reportaría 
la adquisición de buenos reproductores Siempre 
que hacía algún fuerte desembolso creíase obli- 
gado a dar explicaciones. Primitivo era un 
hombre bueno y simple. 

Entre tanto, Papagoyo examinaba con Mador 
la señal de la pieza elegida. 

— Por ser para ti, te lo dejaré en cuarenta, — 
dijo después, volviendo a su batea y a su mate. 

El paisano se puso a sacar cuentas. Su rostro 
cuadrado, de frontal estrecho y huido, nariz 
corva, labios pulposos y recios maxilares, ad- 
quirió una expresión casi 1 inspirada. El diario 
y encarnizado bregar por el mendrugo, sin otras 
armas que buenos músculos y firme voluntad, 
lo había hecho prudente y reflexivo. Sin em- 
bargo, al igual de las damiselas y gentes de fina 
inteligencia, solía ceder voluptuosamente a las 
tentaciones del deseo, pero sólo cuando se tra- 
taba de adquirir. 

“La lana de cien ovejas”, calculó decidido 
a convencerse, “pero en la mejora de la majada 
no más . . . , y en las crías, y algún carnerito 
que venda . . . ” ; y, pasándose la sofera del arrea- 
dor por detrás del cuello, propuso: 

— Mire, don Gregorio, que es pa 3 un pobre. 
Si me los da a treinta y cinco, le llevo media 
docena, 

Papagoyo, después de madura reflexión, 
aceptó por tratarse de un miembro de la familia , 
y, entonces, Primitivo, sin disimular su con- 

[5a] 



EL TERRUÑO 


tentó, metióse otra vez entre los carneros. 
No sentía los pisotones de las hendidas pezuñas, 
ni los golpes de los retorcidos cuernos de aque- 
llos animales torpes y asustadizos; apartaba 
a unos con un brusco empellón de la rodilla; 
hundía la mano experta en el vellón de otros 
y examinaba con ojo inteligente el tipo y las 
arrugas de los que estaban más lejos y que no 
alcanzaba a tocar. Y todo ello sin cesar de 
hacer reflexiones de conocedor, a las que Pa- 
pagoyo asentía sonriendo: 

— Ya creo . . . 

— Es verdad . . . 

Los ademanes mesurados del pulpero, las 
actitudes perezosas, la eterna sonrisa que flo- 
recía en sus labios, el dormido mirar y hasta los 
pantalones, que abrochaba por debajo del re- 
dondo vientre, todo en él respiraba calma, dul- 
zura, beatitud. A pesar de los sesenta, conser- 
vaba el frescor del cutis y la expresión cándida 
del rostro; parecía un niño Dios encanecido. 
Su bondad y pachorra eran proverbiales: su falta 
de memoria también. A menudo vendiera por 
la mitad del precio los artículos del almacén, si 
Mamagela no estuviese a la mira siempre y le 
refrescase la memoria con un tirón de los am- 
plios fondillos y la consabida advertencia: 
“¡Goyo, que te estás pialando!”, hecha con mu- 
cho retintín. Pero, según doña Ángela, la será- 
fica mansedumbre del comerciante era sólo apa- 
rente. Aseguraba que de soltero había sido muy 
tronera y mujeriego, y que aún tenía un genio 
bárbaro . . . cuando se enojaba. En prueba de este 
último aserto, mostrábales a los amigos la lanza 


[ 51 ] 




CARLOS REYLES 


que hacía centinela a la cabecera del lecho con- 
yugal, la que bien a las claras decía que no 
todo había sido evangélica dulzura en la vida 
del pacífico Papagoyo. Y, llevada de su inago- 
table labia, corríase a contar anécdotas de las 
verdes mocedades de su señor. Éste sonrojábase 
a veces, otras sonreía de amor propio satisfecho, 
pero nunca protestaba. Inspirábale su mujer 
cariño y respeto. Comprendía que doña Ángela 
era su providencia en el negocio como en todo 
lo demás. La pronta y firme decisión de que 
carecía él, le sobraba a ella, y como el resolverse 
por uno u otro partido se le hacía cuesta arriba 
aún en los casos más triviales, dejaba regular- 
mente que ella lo hiciera, con lo cual le daba 
gusto, evitábase contrariedades, y todo iba de 
perillas. Sólo en una cosa no se sometía a la 
autoridad, por veces despótica, de la patrona, 
ni toleraba siquiera que le diese su opinión ni 
se inmiscuyese en nada de lo tocante a aquélla: 
la pesca 1 . Ahí no admitía más parecer que el 
suyo, y si le tocaban las cañas o los aparejos, 
poníase hecho una furia. Desde tiempo inme- 
morial, pescaba casi todos los días, y hasta la 
guerra en que sirvió por seguir a los amigos, 
cuando andaba por esas cuchillas de Dios con 
lanza y divisa blanca, no dejó de satisfacer su 
deporte predilecto En las penosísimas marchas 
de los ejércitos revolucionarios, casi a la vista 
del enemigo', que les pisaba los talones, solía 
Papagoyo apearse de la transida montura 
y echar el anzuelo al agua, atándolo previa- 
mente en el regatón de la lanza, que así era, 
ya arma homicida, ya caña de pescar. 

[ 52 ] 




EL TERRUÑO 


Apenas Primitivo terminó de elegir los car- 
neros, aunque tenía cuenta abierta en el alma- 
cén y cimentado crédito, dispúsose a pagar. 
Abrigaba temores, tan bueno le parecía el ne- 
gocio, de que sobreviniese doña Ángela y lo 
desbaratase. Estaba contento, muy contento. 
“Ahora sí voy a adelantar rápido”, díjose al 
tiempo de volcar el cinto, y, no obstante su ale- 
gría, sintió supersticiosa inquietud, y un cuerpo 
oscuro como el ala de un cuervo, le pasó por 
los ojos. 

Camino de la casa, al atravesar los galpones, 
encontraron a Mamagela y Amabí, ocupadas en 
la amorosa tarea de darles de mamar a los gua- 
chos. Desde la memorable fundación de la ca- 
baña, la patrón a reservóse para sí aquel delicado 
cometido, que cumplía con solicitud maternal. 
En el rabo de un mate voluminoso había adap- 
tado la industriosa mujer un pezón de goma, 
con lo cual quedaba convertida la nacional ca- 
labaza en pintiparada mamadera. Y ¿para qué 
más? Los guachos se prendían a ella con el mis- 
mo afán que a la teta de la madre. 

— Mientras les doy de mamar — decía en aquel 
momento Mamagela, en cuclillas y rodeada de 
tiernos corderillos- — , viéndolos tirar de la teta, 
como a ti y a tus hermanos cuando los criaba 
a mis pechos, que Dios me condene si no se me 
antoja a menudo que me baja la leche . . ♦ 

Papagoyo, Mador y Primitivo se acercaron 
a ella, y este último la saludó afable y respe- 
tuoso. Mamagela lo había sacado de pila y pro- 
hijado luego en su orfandad. Era, pues, dos 
veces su hijo, una por tenerlo ella en los brazos 

[ 53 ] 


El Ttrrufio § 




CARLOS REYLES 


al recibir el crisma baustismal, otra como yerno. 
Primitivo no olvidaba lo que le debía. Junto 
a elia, amén de desasnarse, aprendió a ser lim- 
pio, económico y trabajador. Y por más que 
todo ello fue a fuerza de coscorrones, porque 
doña Ángela tenía el genio pronto y la mano 
expedita, no dejaba de reconocer el beneficio. 
La quería de la entraña, aunque con afecto 
tímido y reconcentrado. No obstante andar ra- 
yano en los treinta, seguía pidiéndole la bendi- 
ción como de pequeño. 

—Y cómo es eso, ¿tu mujer no viene? 

— Sí, señora; viene más atrás, yo me adelanté 
para apartar los carneros — luego, mostrando la 
doble hilera de sus dientes, chatos y amarillen- 
tos como viejas teclas, añadió: — ;Que los cum- 
pla muy felices! 

Y en comitiva, charlando y haciendo inteli- 
gentes reflexiones sobre la calidad de los ani- 
males, empezaron a recorrer las diversas 
reparticiones de la cabaña. Mamagela mostraba 
la producción de U E1 Ombú” rebosando orgullo, 
y Primitivo se llevaba las gordas manazas a la 
cabeza en señal de admiración. Delante de las 
borregas, premiadas en las últimas Exposiciones, 
y los carneros preparados para la venta, se de- 
tuvo embebecido; y sus ojos, cuyo mirar firme 
era como un golpe de ma^a, brillaban tiernos 
y codiciosos. 

— iQué arrugas! ¡Qué lana de animales! ¡Ben- 
dito sea Dios; si da gloria mirarlos! 

— ¡El vellón de éstos, pesa y no brinca! — 
observó Papagoyo, que iba detrás de todos, sin 
abandonar la caldera ni el mate. 


[ 54 ] 




EL TERRUÑO 


Mamagela, aprovechando la coyuntura que se 
le ofrecía de colocar el artículo, dijo: 

— Un par de carneros así te harían falta para 
adelantar pronto. Debías formar una maj adita 
tipo , y de ella sacar los padres que necesitaras 
para las majadas generales; así no tendrías que 
comprarlos, y te saldrían más en cuenta. Quítale 
la manta a ése, Mador. ¿Qué tal? ¡Mira qué 
corbatas tiene en el pescuezo! ¡Qué arrugas en 
las costillas! ¡Qué galletas en el anca, y qué 
lana...! Es crema írna. Anímate a meterle el 
diente. Me gustaría que tan precioso animal no 
saliese de la familia. 

Ganas no le faltaban a Primitivo; se relamía 
de gusto; pero recordando los rumores de revo- 
lución que corrían, reportóse y su rostro se 
entenebreció repentinamente. 

— Le tengo miedo a las revueltas; ¿será 
cierto que por Cuadra andan agarrando gente 
y arreando caballadas? ¡Cuándo nos dejarán 
tranquilos! 

Era el grito desesperado de los estancieros, 
víctimas de las agitaciones políticas y los des- 
manes de las hordas partidarias 1 . Los rurales 
vivían temblando. Periódicamente, el país en- 
tero se agitaba en hondas convulsiones; los gau- 
chos huían a los montes, emigraban del país, 
después de haber liquidado a vil precio' vacas 
y ovejas, o engrosaban las filas revolucionarias, 
la mayor parte de las veces, no por ardiente 
partidismo, sino para escapar a las levas del 
Gobierno; la labor nacional se interrumpía; a las 
efervescencias políticas seguía el tumulto de las 
armas, y empezaban las incursiones de los bár- 


[ 55 ] 



CARLOS REYLES 


baros con divisa blanca o con divisa roja. 
Los ejércitos, las huestes vandálicas, eran como 
mangas de- langosta que lo asolaban todo: llevá- 
banse los hombres y los caballos, destruían los 
alambrados, quemaban los montes, diezmaban 
las haciendas. El respeto de la vida y la pro- 
piedad, fundamento y sostén hasta de las más 
precarias civilizaciones, desaparecía, y en un 
desate de instintos feroces, todo tornaba a la 
barbarie. Tal era el precipitado de la política 
nacional, política de sablazos y discursos, gro- 
te^p política de analfabetos y leguleyos. 
La Eterna querella de los partidos tradicionales, 
o n f jor dicho, la lucha de ambos por el Poder 
v la privanza, bien que idealismos ornamenta- 
les U disfrazasen, no tenía otra solución que 
la gu rra civil, fruto indigesto del árbol demo- 
crático crecido en yermas tierras ideológicas y 
no disciplinado por la mano dura de la grande 
razó J- Según aseguraban los gerifaltes de la cosa 
púbB:a en muy peinados y conceptuosos dis- 
cursos, la guerra era necesaria para salvar los 
prircipios, las libertades, los derechos y organi- 
zar constitucionalmente la vida de la nación. 
Entre tanto, empezaban por arruinarla y ponerla 
en peligro de muerte. Mas, caso peregrino y gra- 
cioso: a pesar del trasnochado racionalismo de 
los doctores y las truculencias caudill escás, el 
país prosperaba, gracias a que las energías pro- 
ductoras y la evolución de los intereses iban 
estableciendo las eternas jerarquías y el orden 
supremo allí donde los políticos ponían sólo 
farragosa confusión. 


[ 56 ] 




EL TERRUÑO 


En el atisbadero de Mamagela formóse ani- 
mada tertulia. Circuló el mate amargo y tam- 
bién el dulce, y no faltaron los buñuelos recién 
sacaditos de la sartén, amén de rosquetes 
y bizcochos. 

— El Gobierno tiene la culpa de lo que sucede; 
si repartiera las diputaciones, las jefaturas y los 
puestos públicos con equidad entre blancos y co- 
lorados y les diese a todos una parte en la 
pitanza, se acababan las revolución^ — arguyo 
doña Ángela, cruzando las mancH- sobre el 
vientre. 

Siguiendo el hilo de sus preocupaciones ha- 
bituales y como para asentir a lo que aseguraba 
doña Ángela, dijo el paisano: 

— Debían arreglar los caminos. 

— ¿Están feos? 

— ¡Feazos!... 

Luego preguntó Papagoyo: 

— Y ¿qué te parece, Primitivo, lloverá o no 
lloverá? Ayer, al entrar el sol, se formó una 
tormentita... pero no hubo nada. 

Primitivo levantóse y consultó el cielo; Ma- 
magela hizo lo propio y le pegó dos golpecitos 
al barómetro. Después, suegra y yerno cam- 
biaron una mirada descorazonada y tomaron 
a sentarse. 

— Sin embargo, los manantiales venían reven- 
ta neto — observó éste último. 


[ 57 ] 




CARLOS REYLES 


— El tiempo anda como maleta de locos — afir- 
mó aquélla, 

— Así es — asintió Papagoyo. 

Después de algunos instantes de silencio, éste 
volvió a las preguntas. 

— Allá por tus pagos, ¿hay mucha seca? 

— Mucha. 

— ¿Y langosta? 

■ — También, 

— ¡Estamos frescos! — interrumpió Mamagela, 
y se enredaron en una larga plática sobre las 
tres clases de langosta: la voladora, la saltona 
y la criolla. Después hablaron de las esquilas, 
del precio de la lana y de los capones, del en- 
gorde tardío de las invernadas y de si el caudillo 
Saravia se levantaría o no se levantaría. 

El sol rajaba la tierra, los pastos amarilleaban, 
las flores desmayábanse en sus tallos. El aura 
que venía de las praderas abrasadas, era como 
el aliento cálido y podre de un enfermo, Los azu- 
les crudos y los blancos lechosos del cielo cega- 
ban, y la reverberación de la luz hacía ver los 
objetos cual si metidos estuvieran en una re- 
doma de cristal ardiente. Los poros de la piel 
se abrían y por los rostros congestionados corría 
el sudor. Algunas gallinas buscaron refugio en 
la sombra de la glorieta; un perro, cubierto de 
moscas, dormía sobre las baldosas del corredor. 

Papagoyo pensaba que las perspectivas poco 
halagüeñas de la zafra de lanas determinarían 
acaso a su yerno a vender barato. 

— ¿Ya concluiste la esquila? — le preguntó. 

— Ya. 


[ 58 ] 



EL TERRUÑO 


— ¿Y cuánto pides por tu lanita, al barrer? 

Primitivo mondó el pecho y púsose grave. 

— ¿Cuánto me da? — interrogó a su vez al ca- 
bo de algunos instantes, sm sacar la bombilla 
de la boca. 

Papagoyo paseó los ojos dormidos y turbios 
por el suelo, y aseguró, tragándose las palabras: 

— Estoy pagando treinta y dos reales. 

— Está bueno... es poco — objetó el paisano; 
ayer me ofrecieron treinta y cinco y no quise 
largar . 

Entonces terciaron en la discusión que siguió, 
Mamagela, Mador y la propia Amabí. 

Generalmente, no tan animados eran los pa- 
liques de Primitivo con los suegros. Cuando no 
estaba presente doña Ángela — la más campe- 
chana y decidora — , aunque hablase de negocios 
con Papagoyo, la conversación reducíase a un 
intercambio de cortas preguntas y monosilábicas 
respuestas. A ambos se les hacía cuesta arriba 
exteriorizar lo que pensaban, por apatía natu- 
ral Papagoyo, por torpeza Primitivo, además 
que ninguno de los dos tenía muchos pensa- 
mientos que formular. Cuando el yerno llegaba 
a la pulpería, el suegro, muy comedido, lo hacía 
entrar al interior del almacén por una puerte- 
cilla practicada en el mostrador — que era de 
los de barrotes de hierro hasta el techo — , lo 
invitaba a tomar asiento y le ofrecía un mate. 
Primitivo colgaba el sombrero por el barbijo en 
el respaldar de la silla; ponía el rebenque de 
plata en el suelo y mateaba en silencio, contem- 
plando distraídamente los artículos de las vi- 
drieras y los recados, botas, pellones y cacharros 


[ 59 ] 



CARLOS REYLES 


suspendidos de los tirantes. Al cabo de las horas 
mil, decía el pulpero cruzando la pierna y como 
si comentase algún diálogo interrumpido: 

— ¡Sí, señor!... 

A lo cual el yerno respondía en el mismo tono 
y haciendo el mismo movimiento: 

— ¡Es verdad!... 

Y eso era todo; luego volvían a descender al 
pozo oscuro de aquel mutismo sin pensamiento 
ni ensoñación. 

Pero ese día hubo elocuencia de sobra, porque 
Tóeles se incorporó a la tertulia, tomó la palabra 
y disertó con estilo pródigo y brioso sobre los 
caudillos y las anteriores revoluciones, que lle- 
gaban a cuarenta y tantas, y los problemas polí- 
ticos de actualidad. No obstante su propósito de 
ser parco en palabras y ademanes y renunciar 
al prurito vanidoso de hacerse admirar de todo 
bicho viviente, ib ásele la muía al prado retórico 
con harta frecuencia. No podía remediarlo: la 
necesidad fisiológica de extender sus dominios 
espirituales en la conciencia de los otros por 
medio de la palabra, lo enfiebrecía. Primitivo lo 
escuchaba estupefacto; jamás había oído pieza 
oratoria tan raudalosa ni párrafos tan crespos. 
El esfuerzo de atención que se veía obligado 
a hacer para seguir el vuelo mental de Tóeles, 
la abundancia de ideas, los puntos de vista múl- 
tiples lo mareaban, y pronto empezó a dar se- 
ñales de fatiga y aún de sufrimiento. Tenía la 
frente rugada y parpadeaba sin cesar. Papagoyó 
y Mador admiraban sin comprender; Amabí ob- 
servaba a todos con manifiesta inquietud; sólo 
Mamagela parecía realmente embelesada y son- 


[ 60 ] 


- 



EL TERRUÑO 


reía más con los ojos que con los labios. De vez 
en cuando, un temblor convulsivo le agitaba la 
redonda y jovial panza. 

En tal punto llegó la mujer de Primitiva. 
La recibieron con ruidosas exclamaciones, besos 
y abrazos. En medio de la algarabía de voces 
oíase la de Celedonia, hosca y hombruna. La hija 
mayor de doña Ángela era como la caricatura 
de ésta. Tenía las mismas facciones, pero gro- 
seramente abultadas; la misma resolución y vo- 
luntad firme, mas sin maña ni propósito inteli- 
gente; el mismo género de gracia, pero sin 
mesura, fineza, ni don de oportunidad. Así resul- 
taba disparatada y mamarrachesca, cuanto doña 
Ángela reflexiva y donosa. Cuando reía, des- 
articulábanse las mandíbulas; cuando hablaba, 
era como si echase a vuelo las campanas. Todo 
en ella, por su condición excesiva, parecía brus- 
co y como sacado de quicio: el gesto, el andar, 
los ademanes. El pergeño dejaba también mu- 
cho que desear. Las polleras se le bajaban, el 
corsé se le subía, y nunca pudo ponerse prenda 
que se estuviese queda en su sitio. “No capn- 
chea”, decía doña Ángela para disculpar la poca 
coquetería de Celedonia. Lo cierto es que le 
faltaban las gracias de la mujer y le sobraban 
los arrestos masculinos. En los melindres del 
bello sexo y el emperejilarse quedó siempre muy 
mal parada, pero en las faenas rudas, y en lo 
madrugadora, dábales cruz y raya a todos los 
de la familia. Nadie tenía la boca más descosida 
y sucia que ella, si se le iba el santo al cielo; 
pero nadie tampoco le echaba la zancadilla en 
muñecas firmes para tirar de la teta, ni en 


[ 61 ] 



CARLOS REYLES 


puños recios para dejar como un guante la masa 
en un par de estrujones. Con todo, aquella vi- 
rago, no obstante las apariencias, era muy fun- 
dible y tentada de la risa en materia de amores. 
Muchos tuvo de moza que pusieron en ma- 
yúsculos aprietos su honestidad, porque tan 
blando tenía el corazón y tan poco sabía resistir 
a las seducciones masculinas, que, no bien le 
hacían algunas carantoñas, ya estaba dispuesta 
a otorgar sus favores y acudir a las peligrosas 
citas del maizal. Y de nada servían sermones 
ni vapuleos. Mamagela, que por tal causa sufrió 
muchos dolores de cabeza, explicaba el caso 
diciendo que Celedonia “no podía con la natu- 
raleza^ y esta consideración la determinó a ca- 
sarla cuanto antes con el primero que se presen- 
tara, trayendo honradas intenciones, que fué 
Primitivo. Es decir, él no se presentó; fué ella 
quien, con mucha maña, empezó a ponderarle 
las virtudes de su hija para el gobierno domés- 
tico y a metérsela por los ojos, desde el punta 
y hora en que, por el número de ovejas que 
esquilaba, dio en la tecla de considerar a su an- 
tiguo peoncito como un excelente partido para 
aquella muchacha que a gritos estaba pidiendo 
casorio. 

— Creíamos que no llegabas — le dijeron. 

Celedonia explicó lo que le había sucedido. 

— Rodé y disparó el matungo . Ya se lo he 
dicho a este cristiano: es muy rodador el pan- 
garé; en caminos como la palma de la mano 
clava el pico. ¡Y cómo no, si tiene unos porongos 
así!. . 


[ 62 ] 



EL TERRUÑO 


Primitivo objetó que la culpa no era del ca- 
ballo, sino de Celedonia, que se dormía, y al 
atravesar los pasos feos, dejaba que el pangaré 
viejo se fuera de narices. 

Luego Celedonia habló de sus quehaceres. 
Dijo que los últimos quesos se le habían pasmao 1 
y que tenía mucho que coser, zurcir y remendar. 
Concluyó asegurando, tímidamente, que venía 
resuelta a comprar una máquina de coser; tími- 
damente, porque doña Ángela era acérrima ene- 
miga de ellas. Les imputaba el crimen de des- 
truir el espíritu de familia. Y tanta era la in- 
quina que les tenía, que allá en sus mocedades, 
y en su pueblo, publicó en el periodiquín de la 
localidad y en colaboración con doña Mariquita, 
un artículo que se titulaba así: “De la destruc- 
ción de la familia por la máquina de coser”. Sus 
hijos le habían oído decir repetidas veces, con 
mucho fruncimiento de labios, gestos y manoteo: 

— “En los buenos tiempos de mi madre, que 
Dios tenga en su santa gloria, los lazos de la 
familia eran más apretados, y ¿por qué? Porque 
na existía la máquina de coser. Ciego, ñato e in- 
capaz de cristianos sacramentos es el que no 
lo vea. Escuchen y se convencerán. Nuestras 
amigas del pueblo venían a casa todas las tardes, 
después de la siesta, con sus almohadillas, cos- 
turas y enseres de bordar. Micaela Cortina lle- 
gaba la primera, el bastidor debajo del brazo. 
¡Qué dedos los suyos para el cribao, el deshilado 
y los festones! La seguían Pepa y Lola Oregón, 
muy duchas en todo lo que fueran jaleas, dul- 
ces caseros y golosinas de esas que cuestan poco 
y la dejan a una relamiéndose los labios; des- 


[ 63 ] 



CARLOS REYLES 


pués llegaban Mangacha Umarán, la más oronda 
y peripuesta, mujer de respeto y buen consejo; 
Patricia Pérez, con sus hijas, que bailaban el 
pericón, como dos ángeles; Severa Cuenca, de 
origen andaluz, alegre y picotera, pero muy 
mentirosa, y, por último, cuando sus muchos que- 
haceres se lo permitían, caía a las reuniones, 
trajeada con mucha humildad, pero también con 
muchísima limpieza, Juana Pintos, que, para 
bandearse en los malos tiempos, solía vender 
huevos la pobrecita... Mujer más buena y hon- 
rada no la ha habido bajo el sol. Nos reuníamos 
en el comedor, y cada una se dedicaba a sus 
labores mientras el mate, de boca de plata y oro, 
que cebábamos Jua y yo, corría de mano en 
mano. Sobre la mesa se ponían, para regalo de 
todos, bizcochos y rosquetes, y también El Eco 
Carolmo y La Revista de Ultramar, que leíamos 
en voz alta. A veces le metíamos el diente a las 
primas con que aquella revista obsequiaba a los 
suscriptores, como La Bella Platera, que tanto 
nos deleitó; pero, por lo general, no había más 
lectura que la del periódico del pueblo, la cual 
no duraba mucho ni nos divertía gran cosa. 
Comentábamos lo leído, charlábamos alegre- 
mente y trabajábamos de lo lindo: sabroso mate 
y rico rosquete, genio alegre y lengua viva, pun- 
tada larga y buen tirón. Aquello era el Paraíso 
de la familia. Nos desasnábamos y ayudábamos 
mutuamente; no hacíamos nada sin consul- 
tarnos; juntas íbamos a los bailes y a los velorios; 
juntas llorábamos y juntas reíamos, y así, las 
penas y los trabajos nos afligían menos y las 
alegrías se nos antojaban más grandes. ¿Era eso, 

[ 64 ] 




EL TERRUÑO 


sí o no, apretar y echarle nudos potreros a los 
lazos de la familia? Pero, amigo, un buen día 
aparecieron las máquinas de coser, prurrrrm..., 
con el ruido, imposible hablar; se desgañifaba 
una y nadie entendía jota: se acabaron las re- 
uniones y el holgorio, la buena chupetada y el 
buen humor, y se acabó la familia”. 

Pero en aquella ocasión, Mamagela se abstuvo 
de protestar, porque en la pulpería se vendían 
las famosas máquinas de coser. 

Pasaron al comedor, que se conservaba ce- 
rrado y a oscuras para que no entrasen el aire 
caldeado de fuera ni las moscas. La sopa hu- 
meaba sobre la mesa, cubierta de hule blanco; 
blancas eran las paredes, con algunos cartelones 
colgados aquí y allá a modo 1 de adorno; blanco 
el techo. El piso de madera, lavado a diario, 
resplandecía de blancura como el mantel, los 
muros, el techo y los dientes de las mulatas, 
las cuales, muy cuadradas, sonreían, con un 
lazo celeste en las motas y una blanquísima 
servilleta al brazo. Oíase el tic tac de un reloj 
de pared. La estancia estaba fresca, y lo pa- 
recía más porque la fresca y nivea cuajada, en 
una ancha sopera, temblaba sobre el aparador. 


[ 65 ] 




V 


AI tranco, por lomas y por llanos, avanzaba 
Primitivo hacia su casa, deteniéndose de trecho 
en trecho junto a los arroyos o al pie de las 
cuchillas para darles respiro a los carneros* 
Con la pierna derecha cruzada sobre el cuello 
del caballo y echando humo por boca y narices, 
hacía toda suerte de alegres planes y dejaba 
vagar libre la imaginación hasta sentir que le 
producía mareos el generoso mosto de la dicha. 

Las ovejas suyas no eran de buen origen, pero 
a fuerza de cuidados había podido mejorarlas 
un poco; con la cruza de sangre rica que les iba 
a dar, esperaba obtener rápidos progresos. 
Y sonreía placentero. Luego se puso a recordar 
con fruición, como quien goza del amor de la 
lumbre después de haber estado al frío luengas 
horas, las penurias pasadas para reunir el mo- 
desto capitalito de que era dueño, libertarse de 
la esclavitud del conchabo y trabajar por su 
cuenta. ¡Trabajar por su cuenta, ensueño feliz! 
Con la vista clavada en los rugosos cogotes de 
los carneros, veíase niño, siguiendo el paso de 
la verde carreta de “El Ombú”. El monótono 


[ 66 ] 



EL TERRUÑO 


rechinar del eje lo hacía dormir sobre el petizo, 
rodilludo y chueco. ¡Cuántas mañanas heladas! 
¡Cuántas noches al raso! ¡Cuántas horas hun- 
dido hasta la cintura en el barro para libertar 
las atascadas ruedas en un paso feo! Veíase 
luego garrido mozo, trabajando por día en lo 
que saliera: yerras, acarreos de tropas, esqui- 
las; después hombre hecho, empleado de pues- 
tero en la estancia de los “Tapes”, y, por últi- 
mo, arrendatario y dueño de una majadita, de 
su majadita, linda y próspera gracias a los cui- 
dados casi 1 paternales que él le prodigaba. 
Primitivo sabía trabajar Cuando un borrego 
extraviado de la madre amenazaba morirse de 
hambre y frío, cobijábalo debajo del poncho 
y se lo llevaba al rancho; allí, al calor del fue- 
go, lo hacía revivir dándole frotaciones y leche 
con caña; esta operación la hacía, no por azar, 
sino con frecuencia, y por eso siempre andaba 
en las casas rodeado de una buena cantidad 
de guachos que lo seguían, brincando de con- 
tento, como antes a la madre, en la luciente 
pradera. Primitivo los acariciaba, les quitaba 
los abrojos y, por las tardes, se iba con ellos 
a la laguna, para regalarlos con el sabroso verde 
de las orillas. Los traviesos animalitos pare- 
cían agradecerle esto último sobre todo. A la 
vuelta, se le metían por entre las piernas, mor- 
díanle ías bombachas o le interceptaban el paso, 
plantándose delante de él, con los grandes ojos 
llenos de luz y alegría. Y Primitivo, viéndolos 
medrados y lozanos, sentía un goce purísimo, 
plácido y tan hondo, tan hondo, que a veces le 
dilataba el fornido pecho, del que salía el ás- 

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CARLOS REYLES 


pero vello por entre la camisa abierta, como 
una mata de enredado trébol. Revisando la 
majada, si veía algún cordero débil y canija, 
volteaba a la madre para abrirle con un alfiler 
gordo la teta que, de seguro, tenía obstruida; 
en los temporales, encerraba la majada en los 
bretes; librábase del azote del zaguaipé y de la 
lombriz, haciéndoles lamer a las ovejas en todo 
tiempo piedras de sal, y en la canícula, cuando 
la híspida flechilla enceguecía a los borregos, 
veíase a Primitivo pastoreando la majada en 
las alturas o en las costas de los arroyos lim- 
pias de pasto alto, y sus corderitos conservá- 
banse tan hermosos... 

Lo distrajo de sus pensamientos un hombre 
que, a galope tendido, avanzaba hacia él. 
Cuando estuvo cerca: “Es mi hermano, ¿qué 
tripa se le habrá roto?”, preguntóse, y, al verlo 
tan paquete y presumido, reflexionó. “Eso sí: 
aunque no trabaje y ande de agregao de estan- 
cia en estancia, nunca le faltará un peso en el 
cinto, ni puñal de plata, ni rico apero, mientras 
que yo.. ¿Quién estará en lo cierto?” Y echán- 
dose el sombrero sobre los ojos, esperó. 

El hermano de Primitivo era el modela del 
gaucho taimado y peligroso. Tenía el rostro 
huesudo, aindiado , sin pelo de barba y, como 
el charque, estirado y seco; la mandíbula infe- 
rior, ancha, al modo de los perros de presa, 
los ojos gitanos y la mirada traidora. A pesar 
de ello, cuando enseñaba los dientes, regulares 
y blanquísimos, resultaba simpático. Jaime no 
había trabajado nunca y despreciaba a los que 
lo hacían. A las patas de los caballos, a la taba 

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EL TERRUÑO 


y los naipes solía encomendar su suerte cuando 
no andaba hablando gente para la próxima tri- 
fulca u ocupado en alguna misión peligrosa. 
Titulábase capitán de los blancos, y, entre los 
suyos, gozaba fama de hombre avispado y de 
pelo en pecho. A esta reputación debía quizá 
su buena fortuna con las mujeres, de las cuales 
se dejaba socorrer sin mayores escrúpulos 
cuando la caprichosa suerte le volvía las espal- 
das en la carpeta. Siempre vivía arnmao a al- 
guna viuda adinerada, que invariablemente de- 
jaba pobre y encinta. Por lo demás, no era 
hombre que lo achicaran penas y ahogos. 
Las épocas más calamitosas no agotaron los ex- 
pedientes que para vivir tenía, ni hubo tiempo, 
por malo que fuera, que lo despojase de las 
pilchas de mozo paseandero, ni lo apeara, con 
reveses, de su altanería y presunción. Era en- 
juto de carnes, alto, fino, derecho de piernas, 
quebrado de cintura y salido de pechos; parado 
adoptaba, sin querer, posturas gallardas, casi 
provocativas, y parecía a todos, a pesar del em- 
paque soberbioso, tan abierto y jovial como 
reservado y saturnino su hermano. Con tales 
prendas, reputación de travieso y gentil apos- 
tura, se hacía respetar del gauchaje y no dejaba 
títere con cabeza entre el chinerío de rabo 
alzao , según la pintoresca expresión de Mama- 
gela, que lo conocía y apreciaba por su picar- 
día y talento natural. 

Los hermanos se detestaban; por sus venas 
corría sangre enemiga. El padre de Primitivo, 
vasco pacífico y trabajador, había muerto con 
el alma llena de odio hacia el hombre que le 

169 ] 


Terruño 6 



CARLOS REYLES 


robó traidoramente mujer y hacienda. Fué éste 
el padre de Jaime, quien, como el hijo, tampoco 
conoció nunca el yugo del trabajo, ni comió 
pan ganado con sudor, y cuya divisa: “Aire 
puro y carne fresca”, famosa en los campamen- 
tos, decía sin subterfugios lo que pensaba y a lo 
que iba a la guerra. Los cachorros sacaban las 
manchas de los progenitores. Uno poseía las 
mansas virtudes de las razas domesticadas por 
la necesidad, el trabajo y la obediencia; el otro, 
los hábitos del milico en tiempo de guerra, la 
astucia del perseguido matrero y la filosofía 
del gaucho gaucho. Indomable aversión los se- 
paraba. De chicos vivieron siempre moliéndose 
a golpes. Jaime, querelloso y busca pleitos, no 
dejaba tranquilo a su hermano mayor; éste era 
muy pacienzudo y tolerante, dejábase maltra- 
tar, huía al campo por no reñir; pero cuando 
se le subía la mostaza a las narices, atropellaba 
con furia de loco, y a puñetazos y coces habría 
acabado con el pendenciero’ si no se lo sacaran 
de entre las manos. Los azotes eran para él, 
los dulces para el otro. 

“Trae el caballo cansao ... ¿Qué buscará este 
peine? Como no me pida plata...” — pensó Pri- 
mitivo alargándole la punta de los dedos. 

Efectivamente, Jaime venía a pedirle dinero 
para la revolución, próxima a estallar. Como 
Primitivo se resistiera, el revoltoso aseguró 
para amedrentarlo: 

— A los que no nos ayuden les vamos a car- 
near de lo lindo. 

El paisano no respondió. 

— ¿No oís? 


[ 70 ] 




EL TERRUÑO 


— Si, oigo. 

-¿Y?... 

— Nada, a mí me cuesta mucho lo que gano 
para regalarlo. 

— Siempre roñoso y chancleta — murmuró 
el indio. 

Primitivo hizo un movimiento de cólera 
y miró a su hermano fijamente; luego, vol- 
viendo los ojos hacia los carneros, rascóse la 
cabeza, recogió velas y se puso a silbar. 

Jaime sonrió despreciativamente. 

— Al menos préstame tu caballo — repuso 
luego — , el mío está aplostao y me vienen per- 
siguiendo. 

Primitivo, sin responder, apeóse y empezó 
a desensillar. 

— Adiós; si te pasa algo malo, no digas que 
no te avisé — agregó Jaime, al partir. 

Un tanto inquieto siguiólo Primitivo con la 
mirada hasta que jinete y caballo desaparecieron 
en una vuelta del camino, y de nuevo se en- 
tretuvo en examinar los carneros y compararlos 
entre sí. “No digas que no te avisé.. ” ¿Qué ha- 
brá querido decirme con eso? — preguntóse 
algunos momentos después, asaltado por la ex- 
traña inquietud de antes; y volviendo repenti- 
namente a sus reflexiones de ganadero, afirmó: 
“El más petizo es el mejor”. 

Cuando el sol empezó a apretar de firme, 
dejó que los carneros se echaran, sacóle el freno 
al caballo para que comiera, y se dispuso a asar 
el churrasqueo que traía entre los pellones. 
Hizo con el cuchillo un hoyo en la tierra, lo 
llenó de bosta seca y dióle fuego. Una colum- 

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CARLOS REYLES 


nita de humo se elevó recta y ligera, rematando 
luego en una especie de triple aro o movible 
aureola; semejaba la flor de una planta acuá- 
tica meciéndose sobre el esbelto tallo. “Sí, no 
hay que darle vueltas; el más petizo es el me- 
jor” 1 , repitióse Primitivo, y sentándose con las 
piernas cruzadas adelante, sacó la tabaquera 
de goma y el librillo de papel Duc. 

En todo lo que abarcaba la vista no se veía 
(ninguna población, ningún árbol. El campo 
ondulaba suavemente, reverdecido por las fe- 
cundas lluvias de la fecunda primavera. Sólo 
allá, muy lejos, rompía la regularidad monó- 
tona del paisaje vigorosa loma donde el verde 
resplandecía con el fuego de los diamantes del 
Brasil, y a trechos cambiaba de entonación, ha- 
ciéndose más sombrío o más claro y luminoso, 
pasando de las tintas límpidas de la esmeralda 
al verde lechoso de los cardos, al verde anémi- 
co del caraguatá y de éste a los cambiantes 
metálicos del colibrí. Por entre opulentos ca- 
malotes se alcanzaba a ver la plata bruñida de 
un arroyo. Cuando opaca nube interceptaba el 
sol, la cuchilla y el llano languidecían: el verde 
luciente tornábase mate y sucio como la cás- 
cara de la sandía, y la bruñida plata, plata 
oxidada; luego, al resplandecer el astro magno, 
todo parecía verse de nuevo al través de finí- 
simo polvillo de oro. 

Primitivo, absorto en la contemplación del 
viviente cuadro, experimentaba emociones tan 
puras e intensas que parecían aumentarle la 
salud del alma y del cuerpo y dilatarle la vida 
más allá de la vida. 


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EL TERRUÑO 


¡La existencia dichosa! 

En el alma rústica del paisano brotaban ter- 
nuras y oraciones de gracias que le humede- 
cían los ojos. Primitivo era un hombre ingenuo. 
“Sí, sí; todo irá bien. Dentro de poco compraré 
el campito y haré mi casita... si Dios- quiere...” 
Y se echó a reír como un tonto. Mas de súbito 
y sin saber por qué, las palabras ambagiosas 
de Jaime le cruzaron por la mente, y entonces 
la risa se le petrificó en los pulposos labios. 
Los grupos de gauchos que pasaban a galope, 
algunos con caballos de tiro o tropillas por de- 
lante, y los alambrados cortados que había 
visto, contribuyeron a inquietarlo. Aquel afa- 
noso ir y venir de gente y arreos de caballadas 
eran signos ciertos de revuelta. Primitivo em- 
pezó a temer que alguna partida de forajidos 
le quitase el caballo y lo dejara a pie, como le 
había acontecido ya en cierta ocasión. Pero no 
sucedió así, y al atardecer, aunque no sin susto, 
pudo llegar a “Los Abrojos'’, guarida del coro- 
nel Pantaleón, el caudillo blanco del pago. 

“Los Abrojos” merecían el nombre: alrede- 
dor de las casas, grupos de edificios, de mate- 
rial unos, de terrón o cinc otros, dispuestos 
todos sin orden ni concierto, crecían cardos, 
ortigas, abrojales y espinosas malezas. La le- 
gendaria incuria criolla reinaba allí, sin atem- 
perante alguno, como la suciedad en una tol- 
dería de indios. Por dondequiera 1 veíanse latas 
despachurradas, alpargatas rotas, huesos dis- 
persos y carroñas pudriéndose al sol. En cam- 
bio, los árboles escaseaban; sólo había por junto 
dos ombúes, en los que, a falta de mejor cobijo, 

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CARLOS REYLES 


hacían noche las gallinas* Contra la costumbre 
paisana, las poblaciones, cercadas por hostil 
alambrado de púas y defendidas por media do- 
cena de bastardos mastmes, rabones unos, co- 
ludos otros, pero todos fieros, se elevaban, no 
en las alturas, sino en el bajo, entre el arroyo 
de esquivo monte y la aspereza de la sierra, 
señoreada aquí y allá por inhospitalarios talas 
y espiniUos. Al pie de dos de ellos, en lo más 
encumbrado de la eminencia, divisábanse, pues- 
tos sobre las piedras, algunos ataúdes sórdidos 
y toscos, hechos con tablas sin cepillar; guar- 
daban los restos de los leales de Pantaleón, 
muertos con las armas en la mano en los 
ataques nocturnos, sorpresas y asaltos que ha- 
bía sufrido en otros tiempos la madriguera del 
caudillo. Mientras éste escapaba a uña de ca- 
ballo y corría a reunirse con los suyos 1 , levan- 
tados en armas o en vías de hacerlo, los mu- 
chachos defendían los pasos , y, a veces, morían 
en la contienda. Era la consigna, y la cumplían, 
no ya con bravura y espartana serenidad, sino 
con alarde heroico y criollo desamor al pellejo. 

Cuando Primitivo llegó al lo alto de la 
siniestra cuchilla y pudo divisar el paisaje bra- 
vio y montuno de “Los Abrojos”, confirmóse en 
las sospechas que lo amedrentaban. Detrás del 
monte vió una gran cantidad de caballos pas- 
toreados hasta por una veintena de hombres; 
junto a las casas, grupos de gente armada y ca- 
ballos ensillados, y, de trecho en trecho, a lo 
largo de la cuchilla, más hombres aún, tendidos 
en el suelo boca abajo, oteando el horizonte. 


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EL TERRUÑO 


— ¡Qué fiera 1 se está poniendo la cosa! — mur- 
muró Primitivo, y siguió avanzando con sus 
carneros hacia las casas. Nadie le interceptó 
el paso. 

Sólo, debajo de la enramada, con el caballo 
de la rienda y los brazos cruzados sobre el 
basto , la cabeza apoyada en los brazos y el 
chambergo sobre los ojos, atisbando la sierra, 
estaba el coronel Pan t aleón, de poncho puesto 
y espuela calzada. 

Era el coronel uno de los señores feudales 
de la campaña, que, de tiempo en tiempo, se 
levantan en armas contra los Gobiernos cons- 
tituidos, cuya autoridad no reconocían ni aún 
en la paz. Desde la turbulenta época del gran 
Aparicio, había tomado parte en todas las re- 
voluciones por compadrada y salvaje instinto 
de rebeldía contra la ley primero, por compro- 
misos y odios partidarios después, y sus cargas 
de lanza, arremangado de brazo y pierna 3 , mar- 
chas fabulosas de cuarenta leguas en una no- 
che, y travesura en la guerra de recursos, ha- 
bíanle dado grande prestigio entre los criollos 
de cintillo blanco, y rodeaban su nombre bélico 
y sonante de una aureola de heroísmo gaucho 
y autoridad cimarrona, la única que el paisa- 
naje, enemigo de la regla urbana, acataba de 
buen grado. 

Como planta indígena del medio criolla, po- 
seía Pantaleón las virtudes y los vicios que el 
ambiente producía y corroboraba la enjundia 
charrúa de la raza. Heredero legítimo de los 
caudillos históricos, que en el dramática cho- 
que entre los principios abstractos y los inte- 

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CARLOS REYLES 


reses nacionales representaron a éstos, como los 
doctores a las doctrinas extranjeras, encarnaba 
en cierto modo, aunque él ni por asomos lo 
sospechase, acaso -el individualismo anárquico 
del hidalgo, quizá los derechos de la pasión y la 
ley natural del cacique frente a la regla civi- 
lizada, tal vez el instinto vital y castizo del 
terruño contra la cultura exótica y el raciona- 
lismo prestado del Gobierno. Y al xpodo de sus 
antepasados, en la anarquía de las pasiones 
desatadas, era un elemento de orden; en los 
regulares casilleros de la vida laboriosa no te- 
nía encaje: semejaba bárbaro residuo de otra 
edad, si bien pintoresco y hermoseado por la 
poesía melancólica de las cosas llamadas a des- 
aparecer... Sensaciones dolorosas o vagos pre- 
sentimientos, le anunciaban el término de su 
reinado y de su raza. El ambiente cambiaba; 
el gaucho de alma potra desaparecía de las 
estancias junto con las boleadoras y el lazo; 
los ganados finos desterraban a los criollos, los 
gringos a los paisanos. Pero al estallar la gue- 
rra... cuando levantaba el poncho como el ca- 
rancho levanta el vuelo, el ojo encendido y la 
garra presta, sentía renacer todos los bríos del 
vivir. Sus instintos ancestrales encontraban 
empleo y cumplida satisfacción en la pelea y la 
vida aventurada, los toques de clarín le ponían 
fuego en las venas, y la sola vista de su lanza, 
la más formidable que esgrimió brazo de cau- 
dillo, lo hacía estremecer de entusiasmo y bra- 
veza. Los ataques, las sorpresas, las fugas atra- 
vesando a nado arroyos y ríos; las marchas 
y contramarchas a campo traviesa, sin apearse 

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EL TERRUÑO 


del transido matungo ni de día ni de noche, 
y, en fin, la existencia libre y montaraz des- 
pertaban las mañas, recursos y defensas del 
gaucho alzao y las pasiones truculentas que el 
progreso del país iba descuajando de las almas. 

Pantaleón poseía la recia complexión y la 
táctica mdígena del montonero. Conocía palmo 
a palmo la República, y era fama que por el 
olor y el gusto del pasto sabía, como el taimado 
don Frutos, los lugares que atravesaba. Podía 
caminar noches enteras sin perder el rumbo, 
guiado sólo por el mstmto animal del baqueano. 
El hambre y el sueño no le hacían mella, ni 
lo otormentaban los tábanos ni los mosquitos; 
dondequiera dormía con el basto o una piedra 
por almohada; cualquier piltrafa de carne me- 
dio sancochada sobre las brasas y cuando no 
había tiempo entre las caronas, satisfacía su 
sobriedad, y nunca lo oyeron quejarse del frío, 
ni del calor, ni de las heridas, homéricas heri- 
das de esas que los fieros soldados españoles 
quemaban con pólvora para impedir que vol- 
vieran a abrirse y manasen como fuentes. 
La estatura procer no le impedía montar de 
salto ni cuerpear ágil una puñalada o un lan- 
zazo, y tocante a las balas, decía, con socarro- 
nería gauchesca, “que venían con nombre y ape- 
llido, y que era inútil sacarles el c uerpo”. 
Vigilante, de imaginación fértil y lleno de te- 
són, era él quien daba primero la voz de alarma, 
o sorprendía el enemigo, o le copaba la caba- 
llada, y quien cesaba último las persecuciones 
con un postrer tiro de boleadoras, arma temible 
en sus manos. Y mientras duraban las corre- 

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CARLOS REYLES 


rías, mostrábase tan animoso, campechano y de- 
cidor, como taciturno y díscolo en la paz hurona 
de “Los Abrojos 3 '. No refmaba el rodeo ni 
curaba la majada. El cuidado de la tropilla de 
tordillos, que tenía en todo tiempo gordos y 
alseaditos, constituía casi la única ocupación 
del caudillo en la estancia. Los desvasaba pro- 
lijamente y tusaba con primor, y a menudo 
hacíalos sudar, a ím de que estuviesen levan- 
tados de barriga y prontos... como tiro de pis- 
tola . De vez en cuando, en las noches de luna 
sobre todo, tañía la guitarra o íbase a pescar; 
después de la siesta hacía cigarrillos, que enca- 
bezaba muy diestramente con la uiía del dedo 
meñique, larga y encanutada, y la mayor parte 
del tiempo pasábaselo yerbeando en la puerta 
de la cocina, con el gacho sobre los ojos y la 
mirada en el suelo, solo, silencioso, torvo. 
Nadie le dirigía la palabra si él no hablaba 
primero, y hasta los secuaces, que a menudo 
venían a saludarlo, no se atrevían a acercarse 
a él si antes Pantaleón no los invitaba con el 
gesto. Y, aun entre ellos, hablaba poco y nunca 
de sus proezas; pero le placía oírlos discurrir 
y de buena gana les reía las chanzas, A todos 
los trataba de tú. La hija, gallarda moza, y los 
hombres de confianza, fieles y fieros como mas- 
tines, constituían la única familia que le que- 
daba al coronel. Había perdido tres hijos en 
la guerra, y otros tres, por extraña aberración, 
salieron coloraos y vivían alejados de su padre. 
La señora de éste murió acabada por las tris- 
tezas y los disgustos de familia. Desde entonces, 
el caudillo vestía de riguroso luto. 

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EL TERRUÑO 


Primitivo lo conocía por haberlo visto mu- 
chas veces en “El Ombú”. Con el sombrero en 
la mano lo saludó y pidióle permiso para desen- 
sillar. Él asintió, sin dignarse volver la vista 
ni desplegar los labios, cuya comisura formaba 
una línea recta, severa, casi cruel. Después, 
pausadamente, quitóse el chambergo, adornóle 
le copa con ancha divisa blanca, en la que se 
leía este lema: “Patria para todos”; montó en 
el pingo de luciente pelo, requirió la lanza 
y adelantóse hacia sus indios , que, al verlo de 
aquella suerte, prorrumpieron en vivas al co- 
ronel y mueras a los salvajes. Entre gritos, 
adioses a las chinas que quedaban en los ran- 
chos, piafar de potros y ruidos de coscojas 
y armas, desfilaron al trotecito camino del 
monte. Pantaleón pasó impasible y adusto, sin 
despedirse de su hogar con una mirada siquiera. 
Las caballadas también se pusieron en movi- 
miento del otro lado del arroyo; grupos ar- 
mados a lanza bajaban de la cuchilla o salían 
del monte e iban engrosando las filas de la 
horda partidaria en marcha hacia el poniente. 
Y pronto el horizonte quedó manchado de trá- 
gicos puntos negros que, poco a poco, fueron 
fundiéndose en la desolación del crepúsculo. 
El cielo había cobrado esos colores desmayados 
y enfermos de las piedras que mueren, el coral, 
la turquesa. La tierra se envolvía en sus man- 
tas de sombras para dormir 1 . 

Primitivo clavó una estaca en la tierra, ató 
a soga el malacara con el largo maneador , que, 
a guisa de pretal y como gaucho advertido, lle- 
vaba siempre en el pescuezo del caballo, y rum- 

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CARLOS REYLES 


beó hacia la cocina. La misma hija del caudillo 
lo recibió e invitó a que tomase asiento junto 
al fogón, en una de las cabezas de vaca que allí 
había. Por puro alarde de criollismo, Panta- 
león no permitía en su cocina, harto criolla aun 
sin aquel detalle, ninguna otra laya de bancos. 
A punto seguido, la moza le alcanzó el tarro 
de la yerba, en el que había un mate con bom- 
billa de metal amarillo, y le preguntó por la 
familia. 

— Los viejos y los muchachos, ¿siguen bien? 

— Todos buenos, para servirla. 

— Y Celedonia, ¿siempre tan guapa? 

— Siempre... — asintió Primitivo, esquivando 
la vista. 

No se encontraba a sus anchas entre mujeres, 
sobre todo, si eran bellas o retozonas. Aquella 
esbelta moza de ojos aterciopelados y labios 
encendidos y húmedos como la carne de una 
granada 1 abierta a fuerza de madura, lo cohibía 
y llenaba de singularísima desazón. Cuando 
topaba con ella en “El Ombu la sangre se le 
agolpaba en los carrillos y entorpecía la lengua. 
Ella, que lo había notado, lo saludaba sonriendo 
y como gozándose sin maldad, en la confusión 
del paisano. Florestana era la flor del pago. 
En los bailes distinguíase de las otras, no sólo 
por la descollada estatura y el rostro de her- 
mosura bravia, sino también por el andar arro- 
gante y los ademanes desembarazados. Tenía 
fama de ser muy buena, muy tratable, aunque 
imperiosa y de genio pronto, y agregaban las 
crónicas que hasta con su padre se las tenía 
tiesas cuando se ofrecía. De hecho las relacio- 


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EL TERRUÑO 


nes de padre e hija no pecaban de tiernas. 
La hosquedad de él y la condición orgullosa de 
ella, no dejaban cuajar en el afecto que, a pesar 
de todo, se profesaban, delicadezas ni efusiones. 
Además, el caudillo tenía por cosa indigna de 
machos , según su propia expresión, toda suerte 
de blanduras sentimentales. Cuando se iba de 
improviso a una patriada y dejaba a su hija en 
los ranchos con las chinas del servicio, la be- 
saba en la frente pequeña y recta, y le decía, 
tratándola de usted: 

— Hasta la vuelta, milita. Haga ensillar 
sobre tablas y váyase a casa de mis compadres. 
Sea dócil y comedida; ya sabe que, por ahora, 
no tiene más padres que ellos. 

— Así lo haré, papá — contestaba ella, y a 
punto seguido cerraba armarios y puertas, mon- 
taba a caballo sin que nadie la ayudase, y acom- 
pañada de un negrazo armado hasta los dientes, 
tomaba el camino de “El Ombu \ 

Florestana puso la caldera en el fuego y un 
churrasco sobre las brasas y se sentó frente 
a Primitivo. Éste, muy despacio, llenó el mate 
de yerba, introdujo en él la bombilla y luego, 
para romper 1 el silencio, que ya se hacía muy 
embarazoso, dijo sin alzar la vista: 

-^-Parece que tenemos revuelta... 

— Así es, Primitivo — contestó Florestana, con 
desaliento. 

— En esta tierra no gana uno pa 3 sustos — 
agregó el paisano. 

— Si eso dice usted, qué podríamos decir nos- 
otros. Papá vive con las armas en la mano 


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CARLOS REYLES 


y el caballo de la rienda, y yo con el Jesús 
en la boca. 

Hizo una breve pausa y luego, entre curiosa 
y angustiada, interrogó: 

— ¿Sabe si el comandante Carranca está ya 
sobre las armas? 

— Hace días que andaba agarrando gente... 
A la fecha le va siguiendo el rastro a don Pan- 
taleón. No al -mido lo tiene el Gobierno ahí de 
centinela con orden de pegarle al coronel en 
la cabeza en cuanto quiera alzarse . Pero a su 
papá no lo agarran durmiendo y otra vez se 
van a sacudir los trapos — concluyó el paisano, 
recordando la enemistad tradicional de los dos 
jefes. 

Florestana permaneció un gran rato abstraída, 
los ojos clavados en el fogón y el pensamiento 
Dios sabe dónde. 

De pronto pasóse la mano por la frente, sus- 
piró hondo y levantándose salió, larga, derecha 
y tiesa como una lanza. 

Cuando el churrasco estuvo a punto, Primi- 
tivo lo sacó del fuego con la punta del cuchillo, 
le dió dos revolcones en la fariña y se lo en- 
gulló en un abrir y cerrar de ojos. Luego lim- 
pióse las manos en la caña de las botas y diri- 
gióse a la enramada. Los carneros permanecían 
echados, el caballo pastaba dando de tiempo en 
tiempo gozosos resoplidos, las estrellas titilaban 
en la luminosa oscuridad del cielo. Primitivo 
tendió las caronas en el pasto, dispuso sobre 
ellas los espesos cojinillos, hizo almohada del 
basto, poniéndole además el sobrepuesto do- 
blado encima para mayor regalo, y quitándose 

[ 82 ] 




EL TERRUÑO 


las botas con espuelas y todo, pero sin desnu- 
darse, se acostó arrebujándose luego en el 
poncho de verano. 

De ordinario, se dormía así que cerraba los 
ojos; pero esa noche, el espíritu revuelto y los 
nervios alborotados le impidieron conciliar el 
sueño. La vivienda del caudillo, destacándose 
sobre la negrura del monte, cobraba en las ti- 
nieblas invernales desolado y temeroso aspecto, 
que las claridades de la luna, cuando brillaba 
en el firmamento, tornaban melancólico y ro- 
mántico. Ésta, en aquel instante, tramontaba 
la cuchilla. Los grillos repetían incansables su 
monótona cantilena; dominando el coro, oíase 
a veces el estridente graznido de las lechuzas; 
millares de bichos de luz se encendían y apaga- 
ban como diminutos faros en el aire tibio e im- 
pregnado de los olores del trébol seco y del 
pasto en flor. Primitivo contaba las estrellas, 
pensaba en los carneros, en Pantaleón, las re- 
voluciones, los encantos de Florestana, el precio 
de los novillos y otras mil barajadas cosas. 
A altas horas de la noche, un graznido extraño, 
parecido al del chajá, pero menos áspero, salió 
de la espesura del monte. El paisano levantó 
la cabeza y miró hacia las casas. Oyóse otro 
graznido más cercano; poco después un hombre 
se deslizaba contra los muros del edificio y de- 
tenía junto a la ventana de la hija del caudillo 1 . 
Lo reconoció: era el hijo del comandante 
Carranca. 


[ 83 ] 




CARLOS REYLES 


* * 


Al otro día, al llegar a “El Bichadero”, tuvo 
Primitivo un gran disgusto: los alambrados 
habían sido cortados en varias partes; las puer- 
tas del rancho estaban rotas, y por aquí y allá, 
diseminadas, como si hubieran sido perseguidas 
en la noche, veíanse algunos grupos de jadean- 
tes ovejas. “¡Ah, Jaime! ¡Ah, perro, si no fuera 
por!...’’ — exclamó Primitivo, y después de la- 
mentarse y renegar un poco, acomodó los car- 
neros y atareóse resignadamente en componer 
las puertas y anudar los alambres. 


[ 84 ] 




VI 


Mientras el buen paisano luchaba a brazo 
partido con la suerte, y Mamagela seguía tra- 
yendo pajitas para su hormiguero y Pant aleón, 
como quien cumple un rito, cortaba alambrados 
y volaba puentes, Tóeles, en la capital, se sentía 
cada vez más desorientado y comido por la in- 
quietud. La famosa conferencia del Durazno, 
que, al decir de los periódicos locales, “fué todo 
un acontecimiento político”, a pesar de la co- 
secha de laureles y las amistades útiles que 
le dio pie para contraer, divorció más a Tóeles 
de sus correligionarios, acreciendo por añadi- 
dura la aversión que, desde cierto tiempo 
a aquella parte, le inspiraban las asambleas par- 
tidarias y las agrupaciones de gentes estultas 
y casi analfabetas, hasta el extremo de anto- 
jársele charlatanismo y mojiganga pura, no sólo 
los discursos y los ajetreos electorales, sino toda 
acción política, sin excluir la gubernamental. 

El acto, patrocinado por el “Club Rivera”, 
proclamador de la candidatura de Tóeles, rea- 
lizóse en un espacioso local, destartalado y pol- 
voriento, que era, según las circunstancias, ya 

[ 85 ] 


O 7 


CARLOS REYLES 


teatro, ya cancha de pelota, ya salón de reunio- 
nes. Las paredes, embadurnadas de cal, no lu- 
cían ningún ornamento; en cambio, el techado 
de cinc, sin cielo raso ni cosa que lo valiera, 
dejaba ver las vigas y el maderamen lleno de 
telarañas. Un gran artefacto de latón, muy his- 
toriado y de mal gusto, en el que ardían hasta 
diez lámparas y triple número de velas, colgaba 
del techo sobre la tribuna del conferenciante; 
el resto del recinto, ocupado por hileras de sillas 
y bancos traídos de la escuela, permanecían 
a media luz. En el vacío penumbroso y sórdido, 
las toses y los carraspeos sonaban dolidos como 
en las iglesias, y el aire olía a rancio y a moho. 

En el hotel, algunos minutos antes de la hora 
señalada para la conferencia, a tiempo que los 
improvisados amigotes del candidato se lamen- 
taban amargamente de la anarquía del partido, 
dividido en fracciones, círculos y camarillas hos- 
tiles, empezó a oírse cada vez más distinto, co- 
mo un rumor de olas, que fué creciendo tumul- 
tuoso hasta rematar en descompasado vocerío. 
Inquieto, preguntó Tóeles qué significaba aque- 
llo, y le contestaron con mal disimulado orgullo, 
que era la asamblea en marcha hacia el teatro. 
En efecto, dando voces, desfilaron por delante 
del hotel, hasta una centena de mozos pueble- 
ros y gauchos de muy varia catadura, entre los 
que iba no poca gente de color. 

— ¿Qué diría usted de esa indiada con una 
lanza en la mano? — exclamó el presidente del 
club — ; pero Tóeles, entregado a extrañas re- 
flexiones, no supo qué contestar. El entusiasmo 
brillaba en los ojos de todos y el estupor en los 

[ 86 ] 



EL TERRUÑO 


suyos. Más tarde, al entrar al salón, ya repleto, 
gritó aquel mismo personaje, que era precisa- 
mente eL que más se había dolido del desorden 
y la enemistad reinantes entre los partidarios: 

— ¡Viva el partido colorado, siempre fuerte 
y unido! — lo cual hizo fruncir el ceño y luego 
sonreír a Tóeles Sin embargo, como los otros, 
respondió: 

— ¡Vivaaa!... — y a punto seguido subió a la 
tribuna y empezó a hablar, aunque sin el do- 
minio de sí ni el entusiasmo comunicativo de 
otras veces. 

— Métale bastante ají ; es necesario retemplar 
la fibra partidaria, le habían dicho varias veces; 
lo recordaba; pero al mismo tiempo sentía que 
un muro de opuestos conceptos, una infinita dis- 
tancia mental, lo separaba de aquellos hombres 
de cinto y golilla, contra cuyos cráneos, de pa- 
redes duras y sin resquicios espirituales que 
dejasen pasar la luz de afuera, las sutiles puntas 
de su raciocinio se embotarían sin penetrar. 
En balde acudió a los recursos histriónicos, la 
salsa de tomate y los metaforones con que solía 
condimentar las tiradas patrioteras; no entraba 
en calor k la fiebre no lo exaltaba: juntamente 
con las frases cálidas por el sentido y tibias por 
la entonación, una vocecilla misteriosa y procaz, 
que le salía de los hondones del alma, decíale: 
“¡Histrión! ¡Sacamuelas! ¡Comediante! m Y la 
elocuencia trocábase en torpeza de lengua y pe- 
sadez de espíritu. 

Efectuáronse las elecciones poco después; los 
comisarios y agentes del Gobierno, hábiles en 
chanchullos electorales, intervinieron, y Tóeles 

[ 87 ] 




CARLOS REYLES 


sólo obtuvo algunos vergonzantes votos. El ha- 
ber obrado como una meretriz, y, sobre todo, la 
inutilidad de ello, lo llenó de humillación y des- 
pecho, revolviendo por ende el limo acerbo de 
sus decepciones. Rebosando hiel y destilando 
acíbar, decidió, entonces, renunciar generosa- 
mente a la diputación y condenarse al ostracis- 
mo en la modesta casita que habitaba. En aquel 
humilde retiro permanecería entregado al estu- 
dio y la meditación hasta que la patria lo lla- 
mase. Esta noble actitud lo reconcilió un tanto 
consigo mismo y, andando el tiempo, hasta llegó 
a parecerle lavaje y expiación de las pasadas 
culpas. Además, se dedicaría a la enseñanza y al 
periodismo, porque, decaído y todo, no podía 
renunciar a ejercer una influencia intelectual 
entre sus conciudadanos, que ésta fue siempre 
la generosa ambición suya, o mejor dicho, la 
necesidad inherente a la voluntad de Tóeles, 
como a toda voluntad humana, de extender su 
imperio, de una u otra manera, sobre los seres 
y las cosas del mundo. 

En la biblioteca, hojeando libros, que se le 
caían de las manos, o embadurnando cuartillas, 
que no concluía, o divagando en alta voz, se 
pasaba las horas. Una estantería de pino sin 
pintar contenía el tesoro de los autores predi- 
lectos de Tóeles. Los muros, pintarrajeados de 
azul y con grandes manchas de humedad, esta- 
ban cubiertos de retratos de hombres célebres 
y láminas de revistas, amén de una horrible 
oleografía de los Treinta y Tres; la mesa de es- 
cribir, cubierta de hule negro y rodeada de sillas, 
ocupaba el centro de la pieza, y, en los ángulos 

[ 88 ] 



EL TERRUÑO 


del frente, tenían acomodo y sitio de honor dos 
viejos sillones de caoba aforrados de crin, por 
los que, a veces, contando con el desdén filosó- 
fico del maestro, se paseaban las chinches tran- 
quilamente. 

Amabí partía al colegio muy temprano y vol- 
vía de él a las seis de la tarde. Tóeles no la 
echaba de menos; lejos de eso, sentíase muy 
a gusto solo y sin oír los gritos de su mujer, 
que tenía la maldita costumbre de estudiar en 
alta voz y paseándose, con lo cual, interrumpía 
las meditaciones del filósofo. Además, sentíase 
con el alma ahita de inquina y resentimiento 
contra ella. Ignoraba la causa, pero ya no ape- 
tecía comunicarle los vastos proyectos que aca- 
riciaba, ni sentía orgulloso placer en explicarle 
la razón pura de Kant o la idea de Hegel, y me- 
nos se corría a descubrirle las procesiones que 
le andaban por dentro. Comprendía, a vuelta de 
desengaños, que cada criatura es un mundo im- 
penetrable para las otras criaturas, y que el 
lenguaje, lejos de ponerlas en comunicación, las 
aisla más, cuando esa comunicación no está pre- 
parada de antemano por misteriosas afinidades. 
Sin embargo, una noche, requerido por ella, que 
empezaba a cargarse y mirar con malos ojos las 
murrias, y, sobre todo, el hiriente mutismo de 
Tóeles, dijo él con apesadumbrado acento: 

— ¿Por qué no te hablo? ¿Por qué no te digo 
lo que me pasa? ¿Acaso lo sé yo?... ¿Acaso po- 
drías tú comprenderme cuando yo mismo no 
acierto a hacerlo? Atravieso un período de 
dudas, de escepticismo, de mortal desencanto. 
Empiezo a sospechar que los libros me han ro- 


[ 89 ] 




CARLOS REYLES 


bado la plata; que es falso lo que creí, que es 
falso lo que amé, y que el idealismo y el culto 
de la razón han hecho de este fraile una especie 
de sonámbulo para quien el mundo exterior no 
existe y que, por lo tanto, la suerte condena 
a perpetua derrota 1 . 

Amabí lo oía con los ojos redondos de estupor 
y la boca en forma de U. Vivía contenta y re- 
confortada con sus pedagógicos pensamientos; 
el que Tóeles se los desbaratara después de ha- 
berla hecho pasar tantas apreturas y desco- 
rnarse tanto para adquirirlos y ajustar a ellos 
su conducta, la llenaba de asombro y secreta 
indignación 2 . 

Tóeles calló breves instantes y luego, con voz 
más adolorida aún, prosiguió :" 

— Créeme: de mil amores trocaría mi litera- 
tura nobilísima por la aguja de marear de tu 
madre o las prosaicas ambiciones de Primitivo. 
Almas son esas que, sm intoxicación libresca, 
van a lo suyo; despliegan energías útiles, tra- 
bajan, acaparan, luchan por extender su domi- 
nio, y así viven de acuerdo con el mundo, y, lo 
que es más, de acuerdo con el universo. Esto, 
que podrá parecerte materialismo craso, es, en 
realidad, metafísica pura. La ley de la vida no 
es la contemplación, sino la acción, y la acción, 
aunque lo contrario sostengan poetas y filósofos, 
es por sí sola cosa trascendente, cosa divina; por 
otra parte, aquella ley, antes que el desinterés, 
ordena el egoísmo, y éste, en resumidas cuentas, 
es más saludable no sólo para el que lo practica, 
sino también para los otros. Fui literariamente 
desinteresado: he ahí mi crimen. Amé las pa- 


[ 90 ] 


EL TERRUÑO 


labras huecas, los gestos, las actitudes. Los pre- 
juicios literarios me divorciaron de la vida, y mi 
deformación es tal, que ya nunca podré recon- 
ciliarme con ella... Sí; he vivido dándome de 
testarazos contra las realidades y sin aprender 
a conocerlas. ¿Puede darse algo más estúpido, 
más absurdo, más inmoral?... Lo sospechaba; 
pero el amor propio del plumífero me impedía 
confesarlo, y hacía prodigios de voluntad y em- 
pleaba toda suerte de subterfugios para ocultar 
mi miseria; pero ahora, ¡ah!... Veo que no soy 
nada, y que no sirvo para nada, como no sea 
para embadurnar cuartillas, que nadie lee, o en- 
señar a otros lo que yo mismo ignoro. 

Aquí se le trabó la lengua y llenaron de lá- 
grimas los ojos. Amabí no supo qué decir, y lo 
contemplaba sintiendo vagamente que su ma- 
rido era un ser incomprensible para ella y que 
no podría consolarlo. La lámpara de cristal, 
compañera y testigo de las vigilias del miserable 
soñador, iluminaba con luz melancólica la es- 
tancia y proyectaba sobre el muro, la cabeza 
enormemente agrandada y empequeñecido el 
cuerpo, la silueta de Tóeles. Resultaba una es- 
pecie de extravagante caricatura, que la maes- 
tra, sonriendo, se entretuvo en considerar. 
Tóeles lo observó, y retirando bruscamente la 
mano con que se cubría los ojos, miróla de hita 
en hito y articuló con labios convulsos y el 
rostro desfigurado por la ira: 

— ¡Braquicéfala!... 

Después, como anonadado por aquel esfuerzo, 
cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. 


[ 91 ] 



CAELOS REYLES 


Tóeles tenía dos horas de clase por la mañana 
y otras dos por la tarde; el resto del día se lo 
pasaba encerrado en el escritorio, rumiando sus 
amarguras* No recibía ya por las noches a los 
camaradas y discípulos, que por iniciador lo te- 
nían, ni discutía con ellos como antaño, a grito 
herido, de filosofía, literatura y política. Ogaño 
inspirábanle secreto enojo, desazón irritante, 
particularmente los más íntimos, tal vez porque 
le traían a la memoria las disparatadas imagi- 
naciones que junto con los tales acarició y los 
fracasos que las siguieron. Al presente, juzgá- 
balos sin amor ni piedad, comprobando, con per- 
versa delectación, lo poco que les había enseñado 
la vida y cuánto más grande que la suya era 
la cursilería intelectual de ellos. ¡Pobres ilusos! 
— decíase — . ¡Pobres mentecatos! Y así fui yo: 
un tragador de viento como el parejero de “El 
Ombú”, que, según Mamagela, “se hincha de 
aire y no corred .. 1 ¿Para qué sirvo? ¿Qué pneh 
do hacer? Y el sollozar del pampero le respon- 
día cosas muy tristes. 

Ningún pasatiempo lograba disipar las per- 
petuas murrias de Tóeles: lecciones y lecturas 
nada podían contra el come-come interior; sólo 
lo hacían sonreír de tiempo en tiempo, un ins- 
tante, las cartas de doña Ángela. Leíalas con 
íntimo gozo... El saludable macarronismo de la 
ínclita matrona, era como un aura de cordura 


[ 92 ] 



EL TERRUÑO 


y placidez que venía del campo y le refrescaba 
el alma. Por Mamagela estaba al tanto de lo 
que ocurría en “El Ombú” y aun en todo el 
departamento. Supo que la revuelta había sido 
sólo una demostración armada para obtener 
ciertas prerrogativas, y que los caudillos, luego 
de representar la comedieta de deponer las ar- 
mas y someterse al Gobierno se habían despe- 
dido entre sí con estas sacramentales palabras: 
“¡Hasta la otra!”, lo cual no era prenda preci- 
samente de pacíficos propósitos. Pantaleón, 
siempre levantisco e indócil, desapareció con 
su horda sin entregar arma alguna. Estaba más 
sombrío y bronco que nunca. La hi]a se le había 
fugado con el hijo del comandante Carranca, 
y el coronel, después de maldecirla, juró que 
con las tripas de su contrario en cien lides, 
ahorcaría a los amantes. A par de estos sucesos 
de bulto, daba Mamagela cumplidas noticias de 
los negocios de Primitivo, que iban a aqué quie- 
res boca, y también, con grande minuciosidad, 
de los propios. Y Tóeles, leyendo, empezaba a 
comprender la poesía del bregar campesino, 
y cuánta inteligencia y noble esfuerzo deman- 
daban aquellas tareas, tenidas en poco por él, 
cuando no discernía bien y menos aquilataba 
con justeza su grande utilidad y virtud educa- 
tiva. Mas las tales cartas, donde ella describía 
con redonda letra y plácido espíritu la existen- 
cia laboriosa de “El Ombú”, en medio del gozo 
que le causaban al yerno, lo inducían a hacer 
comparaciones y ver más claramente su des- 
carrío. A veces, impulsos le daban de quemar 
los libros e irse a la campaña; pero a raíz de 


[ 93 ] 


CARLOS REYLES 


ello, confesábase que la floja voluntad suya des- 
mayaría ante el primer obstáculo, porque a lu- 
char y vencer obstáculos no le había enseñado 
la cultura universitaria, y, sobre todo, que nunca 
tendría el valor de proponerle a Amabí seme- 
jante aventura. ¿Cómo invitarla a asesinar las 
ilusiones intelectuales y pedagogías que él mis- 
mo, con paciencia benedictina, le había metido 
en el alma y en la sesera? ¿Cómo decirle, sin 
mengua ni humillación, sin caer del pedestal: 
“Lo que te prediqué fué pura paparrucha; deja 
tus sueños que, como los míos, no responden 
a ninguna vocación seria, y vámonos al campo 
a criar vacas y destripar terrones?” Imposible, 
y aquella irresolución, de la cual tenían sólo 
la culpa sus pecados pretéritos, en vez de irri- 
tarlo contra sí mismo, lo llenaban de encono 
hacia ella. El lenguaje conceptuoso de la latini- 
parla, aprendido de él, y sentimientos levanta- 
dos de que hacía alarde, también lo sacaban de 
quicio, y hasta los gestos y ademanes protoco- 
lares de la profesora, que en el accionar como 
en el decir le había tomado los puntos a su 
mando, enfadaban a éste por parecerle remedo 
e ironía de los suyos, y ella, despiadado espejo 
en el que él se veía en caricatura. Cuando la 
infatuada maestra decía con el dedo meñique 
en alto, a guisa de cola gatuna, “la belleza es 
eterna”, impulsos sentía Tóeles de arrancárselo 
de una dentellada. Amabí, por su parte, co- 
menzó a agriarse y encontrar insoportables las 
pejigueras y negruras del filósofo. Una vez lo 
llamó maniático, otra cargoso. Las apreturas 
pecuniarias por que pasaban frecuentemente, 

[ 94 ] 



EL TERRUÑO 


contribuyeron a enconarlos más. Tóeles culpaba 
a Amabí de poca ducha en el gobierno de la 
casa, “que es lo primero que debe saber una se- 
ñora, sea maestra o no”, y Amabí a Tóeles de 
incapaz en la conquista del mendrugo, “principal 
obligación del marido, con talento o sin él”. 
Con estas y otras mal contenidas manifestacio- 
nes del desacuerdo mterior, se herían y ponían 
a peligro la paz del matrimonio. Desvanecido 
el espejismo amoroso empezaban a verse sin 
encanto, es decir, llenos de defectos y máculas 
Ella no era la compañera dulce, inteligente 
y fidelísima de cuerpo y alma que él se figuró; 
tenía el espíritu estrecho, la respuesta desabrida 
y las muñecas muy gordas; además, con el dedo 
meñique, levantado y todo, se hurgaba las na- 
rices, y se sorbía los mocos con más gracia que 
finura. Por otra parte, no le daba hijos, con 
lo cual se convertía en agua de cerrajas aquello 
de trabajar por la especie , principal objetivo de 
sus nupcias. Y con la dureza de Tóeles a ella, 
lo juzgaba ella a él; él no era, ni con mucho, el 
hombre superior, todo fuerza, hermosura viril 
y bondad, que ella creyó: lo veía estevado y ca- 
bezón, débil y tornadizo, sobrado de palabras 
y mísero de voluntad, y, por añadidura, lo cul- 
paba de destruir las ilusiones que antes la incitó 
a forjarse, haciendo así que vinieran a tierra 
con grande estruendo, los castillos de sus aspi- 
raciones pedagógicas. Entonces, ambos dieron 
en huirse y pensar en sí, como si los intereses 
de cada uno fueran extraños al otro. Afortuna- 
damente, un acontecimiento inesperado los de- 
tuvo al borde de esa procelosa pendiente por 


[ 95 ] 




CARLOS REYLES 


donde se precipita el cariño cuando los egoísmos 
abren los ojos y rompen el sortilegio de la mu- 
tua ilusión conyugal. Fué una noche después de 
comer. Llovía, y Tóeles, no pudiendo dar su 
sonámbulo paseo por las calles más solitarias de 
la ciudad, se refugió en la biblioteca. Amabí 
lo siguió. 

— Llueve... — dijo él, pegando la frente a los 
cristales de la ventana. 

— Hace frío... — murmuró Amabí, 

Encendieron el calorífero de petróleo y se arri- 
maron a él sin cambiar palabra. Las veladas 
de los cónyuges solían ser así, silenciosas y de- 
sabridas. Tóeles, como siempre, tenía rugado 
el ceño y la boca plegada dolorosamente; Amabí, 
los ojos bajos y el gesto resignado. De pronto, 
dijo ésta: 

— Tengo que comunicarte una grave noticia; 
dadas nuestras tristes circunstancias — aquí su 
voz se quebró, próxima a sollozar — no sé si te 
causará placer... 

Tóeles, afectando indiferencia, respondió: 

—Tú dirás... 

— Quería estar segura antes de hablarte; y 
bien... estoy encinta desde hace cuatro meses. 

Tóeles experimentó una fuerte y nunca sen- 
tida emoción, y quedóse mirando con supersti- 
cioso respeta, como delante de un ídolo mila- 
grero, el talle ya deformado de Amabí. 


[ 96 ] 



VII 


El fausto acontecimiento se esperaba en no- 
viembre, y como Amabí clamaba por su madre 
en trance tan apurado y principal, y no quería 
saber de comadrones ni parteras, sino bajo el 
ojo experto de doña Ángela, ésta abandonó “El 
Ombú” una mañanita de octubre, tibia y pura 
como el aliento de un corderino mamón, y llegó 
a Montevideo por la tarde, con buena provisión 
de golosinas y otras cosas de mayor sustancia, 
como huevos frescos, queso criollo, chorizos, 
manteca, para regalarles el paladar a sus hijos 
y no echar de menos ella misma los manjares 
de “El Ombú”. Se hospedó en la casita de aqué- 
llos; ni en sueños pensó nadie en el hotel, y hasta 
crimen de lesa familiá les hubiera parecida 
mentarlo en aquella ocasión, y aposentó en la 
misma alcoba de Amabí. A Tóeles le pusieron 
un catre en la biblioteca, y allí quedó confinado 
el filósofo, sin voz ni voto, mientras Mamagela 
empuñaba con mano segura las riendas del go- 
bierno doméstico y hacía y deshacía a su talante. 
Cierta vez quiso él protestar y se dolió de que 
no lo consultasen para nada, siendo el marido, 


[ 97 ] 



CARLOS REYLES 


el futuro padre, y entonces Mamagela le dijo, 
circunspecta y sentenciosa: 

— Mira, Tóeles, en estos achaques mujeriles, 
los futuros padres sólo sirven de estorbo; si 
quieres sernos útil" en algo, quítate de en medio, 
elimínate, desaparece y no digas oxte ni moxte. 

Se resignó a ser una nonada; mas, desposeído 
y todo de sus fueros, lo pasaba muy agradable- 
mente, gracias a la chachara y al buen humor 
de Mamagela. Con ella entraron por las puertas 
de aquella casa triste, la cordialidad y el con- 
tento de vivir. La buena señora no paraba en 
todo el día de hacer graciosísimas reflexiones 
sobre el derroche urbano y predicar el santo 
ahorro, ni daba paz a la mano en el manejo de 
la escoba y el plumero. Después de almorzar, 
salía a hacer visitas, y también compras, y aun 
a surtirse en los registros y casas introductoras 
de los artículos que don Gregorio le había en- 
cargado para el almacén. Y si lo hacía en me- 
jores condiciones que su marido o a plazos más 
largos, tornaba de las diarias correrías muy 
oronda y satisfecha. También traía la delicada 
comisión de arreglar ciertos negocios embrolla- 
dos, a los cuales el apocamiento de Papagoyo no 
acertaba a darles cumplido corte, y tuvo que 
verse con abogados, escribanos y procuradores 
maleantes y enfadosos. Viéndola preocupada 
y en tantas diligencias, le dijo Amabí: 

— Deja que papá se las arregle como mejor lo 
entienda; eso de cobros y reclamos no son cosas 
de señoras: él sabrá lo que ha de hacer. 

Mamagela abrió tamaños ojos. 


[ 93 ] 




el terruño 


— ¿Quién, Goyo?... Pero, hija, si por Goyo 
fuera, nunca le parábamos rodeo a los cobres; 
— y tres días después, mostrándoles a sus hijos, 
con grande aparato, un gran fajo de billetes, 
agregó: — Ya entraron al corral — y su rostro 
gozoso resplandecía como una moneda nueva. 

Sólo una vez volvió de la calle mohína 
y atufada. 

— Vengo de casa de tu madrina — le dijo 
a Amabí, con los labios fruncidos y los ojos más 
saltones que de costumbre — . Parece que era 
día de recibo, y como en la sala había mucha 
gente copetuda, y yo, vestida como ves, me pa- 
saron al cuarto de los niños. Por lo visto, mi 
cuñada tuvo vergüenza de presentarme a sus 
amigas. ¿Qué tal? Ahí tienes cómo esa seño- 
rona trata a la mujer que le dió ocho hijos al 
hermano y tan buenos consejos a ella para el 
gobierno de la casa. Pero sí no recibió educa- 
ción, yo se la voy a dar de perlas, ¡Mandarme 
a mí ese espantapájaros de institutriz para ha- 
cerme compañía, y no venirme a saludar sino 
media hora después! ¡Habráse visto descomedi- 
miento igual! Por supuesto, si no hubiera sido 
por el chocolate y las masas, que eran cosa fina, 
me voy con la música a otra parte. Vino al fin 
y me hizo muchas zalamerías: ya sabes cómo 
es ella de macaca y enlabiadora; pero no se la 
perdono, y te juro que me las pagará. 

Amabí quiso disculpar a la madrina, expli- 
cándole a doña Ángela lo que eran las reunio- 
nes de etiqueta y los rigores de la indumentaria 
en ciertos casos. 


[ 99 ] 



CARLOS EEYLES 


— Madrina ha querido evitar el que te criti- 
casen por no vestir como los usos sociales exi- 
gen en tales reuniones; pero no creas que te 
tiene en menos: al contrario, siempre habla de 
ti con cariño y respeto. 

— ¿Y por qué me habían de criticar? ¿Porque 
mis trajes me los hago yo en casita? Pues que 
no sean opas; eso prueba que soy más ladina 
y mujer de más provecho que ellas — respondió 
al punto la ofendida matrona. 

Tóeles también quiso disuadirla; pero ella 
siguió en sus trece y resuelta a darle a la cuñada 
la lección que merecía, para lo cual proponíase 
escribir y entregarle a aquélla, antes de volver 
a “El Ombú”, ciertas “Reglas del buen vivir”, 
que no tendrían más que ver. Así se lo comu- 
nicó por carta Papagoyo, después de referirle 
al por menor lo sucedido. Casi a diario lo ponía 
al corriente de lo que hacía en Montevideo, ter- 
minando siempre las larguísimas epístolas con 
una retahila de recomendaciones, tan minucio- 
sas como necesarias, para refrescarle la desva- 
necida memoria al comerciante e impedir que 
se enredara en las cuartas . 

La última rezaba así: 

“Querido Goyo: 

“Ya terminé las compras; quedarás contento: 
todo es bueno y bar atito. Fíjate en el precio de 
los artículos y tranquilamente pide el doble. 
Ya sabes que la caridad bien entendida empieza 
por uno mismo. Amabí sigue bien y pronto se 
desocupará. Tóeles, blandito por irse al campo 
a probar fortuna. Sus discípulos salieron corri- 


[ 100 ] 




EL TERRUÑO 


dos en los exámenes, de lo cual me alegro, por- 
que eso, probablemente, acabará de decidirlo. 
Según él, sabían mucha filosofía, pero no de la 
que pide el programa; ¡al demonio se le ocu- 
rre..,! Es el profesorado otra puerta que se le 
cierra, como la del periodismo , y la política. 
¡Pobre Tóeles! Hace todas las cosas a contrapelo: 
no enseba el lazo y se le corta; muerde la teta 
y luego se extraña que no lo dejen mamar, 
¡Cuánto más le valiera pensar y vivir como todo 
el mundo y dejarse de ir contra la corriente para 
mostrar que es buen nadador! Yo nunca vi que 
entrasen las ovejas a los bretes saltando cercos, 
sino por la portera; él quiere saltarlos, por pru- 
rito vanidoso u orgullo mal entendida, y ¿qué 
resulta?: se piala , se da contra el suelo... y todos 
le pasan por encima. Es el único que no llega 
a ninguna parte. ¿Para qué diablos, me pregunto 
yo, le sirven esos librotes que se ha metido en 
la cabeza, y tanto discurso y tanta letra menu- 
da, si parao tropieza y allí donde ni el bagre 
roncador pica, él se traga el anzuelo hasta la 
boya? Ten por seguro que aquí no hará camino; 
de las tres casitas que heredó, ya vendió una 
y tiene hipotecadas las otras. Pronto quedará 
como gallo que no pelea: sin plumas y sin ga- 
llinas Ahí, al arrimo de la familia, puede que 
el hombre se acomode y peleche. 

“Como te lo anuncié, fui a visitar de nuevo 
a tu hermana. Estuve sólo algunos momentos, 
y al irme le hice una reverencia muy ceremo- 
niosa, como aquellas tan desgarretadas que en 
nuestras mocedades te hacía cuando bailábamos 
lanceros , y le entregué “Las Reglas del buen 

[ 101 ] 


El Terruño & 



CARLOS REYLES 


vivir”, diciéndole con mucho retintín, que las 
meditara cuando estuviese sola. Copio aquí lo 
principal, para que te des una idea del parche 
que le puse y que le vino como anillo al dedo, 
según verás más adelante. 

“Reglas del buen vivir”, de Ángela Céspedes 
del Sagrado, castellana de “El Ombú”, retiro 
campesino, modesto y virtuoso, para su cuñada 
que vive en la capital y está expuesta a los 
peligros del gran mundo, donde todo es men- 
tira, derroche, virtudes flacas y pecados gordos. 

“No te quisiera como te quiero ni cumpliera 
como’ hermana mayor, si dejase pasar en silen- 
cio las faltas que, por inexperiencia y vanidad, 
cometes en el gobierno de la casa y sobre todo 
en lo que toca a las consideraciones que les de- 
bes a miembros de la familia tan allegados como 
yo. La familia y la casa deben ser la preocupa- 
ción constante de la mujer honesta y hacen- 
dosa, porque sin eso no hay buena esposa, ni 
buena madre y, sin éstas, tampoco hay familia 
ni sociedad en la que se pueda vivir cristiana- 
mente Al preferir la compañía de los extraños 
a la de tu parienta y tenerme por indigna de 
ser presentada en una reunión de señoras ami- 
gas tuyas y en tu propia casa, obraste con poco 
seso v mucha vanidad; preferiste la paja al gra- 
no; a la cualidad verdadera, la apariencia en- 
gañosa; a los intereses tuyos, los ajenos, y no 
maliciaste siouiera que, aun sin estar obligada 
por el parentesco, la elección no debía ser du- 
dosa para ti, que presumes de avisada, entre 
ellas v yo; porque doña Ángela Céspedes del 
Sagrado nada tiene que envidiar a nadie en lim- 

[ 102 ] 




EL TERRUÑO 


pieza de sangre, educación esmerada y prendas 
personales, y que aún vestida de percal y en 
chancletas, será más señora de su casa en cual- 
quier parte, y sabrá más donde le aprieta el 
zapato, que aquellas señoronas tus amigas, aun- 
que les pongan trajes y escarpines de baile y las 
sienten en un trono. Porque lo que yo valgo 
es por mí, y ellas, por lo que tienen de prestado 
o de alquiler; esto se pierde con las mudanzas 
de la fortuna; aquello no. Y si fortuna tienen, 
yo la tengo tan grande, si no codicio más, y con 
lo mío me arreglo, y lo aumento, y no hago 
trampas (no todas pueden decir lo mismo) 
y vivo como una reina en su reino; si nacieron 
en ricos pañales de batista, revoleándome sobre 
alfombras de Esmirna me crié (esto lo digo por 
aquel tapiz que tú conociste) , y si saben derro- 
char el dinero de sus benditos maridos en lu- 
cirse y darse tono, yo sé acrecentar el peculio 
del mío zurciéndole los calcetines y echándole 
fondillos nuevos a los pantalones que rompe, 
con lo cual, ciego será el que no vea, está él 
mejor regalado y servido que los otros, y que 
tengo yo más sal en la mollera, que humo tus 
amigas en la cabeza... Porque, vamos a cuentas: 
¿cuáles son las virtudes que deben premiarse 
y las que aprovechan más a la familia? Las que 
me sobran a mí y les faltan a eso que ustedes 
llaman señoras de la primera sociedad. Son las 
tales como las cotorras: vistosas e inútiles; paja- 
ritos en jaulas doradas. Yo vivo en el corral, si 
tú quieres, pero pongo huevos todo el año 1 . Y si 
a otras cosas pasamos de menos sustancia y más 
apariencia, pero dignas de estimación al fin; si 



CARLOS REYLES 


de buen discurso, gancho para las simpatías 
y otros atractivos personales se tratase, ponme 
a mí a prueba con ellas y verás que, lo mismo 
en un fregado que en un barrido, les doy cola 
y luz y les robo la plata. 

“Errada, pues, anduviste al estimar menos tu 
sangre que la extraña. Honra a los tuyos y te 
honrarás; si los alzas, con ellos subes; si los 
denigras, desciendes con ellos: la familia es la 
familia, y cumple y engorda ponerla por encima 
de todo. Empieza por tu marido, que suda tinta 
y se las pela el pobre por darte lo que tú gastas 
sin reparo, lo cual es faltarle a la consideración 
debida y quererlo como a capón , por la lana 
que da; sigue por tus hijos, a quienes la inglesa 
les está pasando la fealdad y la secura, ¡angelitos 
de Dios*; continúa por tus parientes, que los 
tienes pobres y necesitados, y termina por tus 
amigas, estimando, en primer término, a la de 
más fundamento, no a la que por ser rica y to- 
nuda halague más tu amor propio, porque aqué- 
lla te dará buenos consejos y ésta sólo envidias 
y dolores de cabeza. 

“A raíz de esto le explicaba, uno por uno, los 
deberes de la perfecta casera y le hacía ver el 
despilfarro de su casa y lo malcriados y poco 
respetuosos que son los sirvientes. Creí que la 
medicina le amargase y se me apotrara , figúrate 
cuál no sería mi asombro al verla entrar esa 
misma tarde en casa con cara de pascuas y mo- 
lerme a abrazos y besos, después de disculparse 
y hacerme mil protestas de cariño. Me miraba, 
se reía como si cosquillas le hicieran y volvía 
a los estrujones y besuqueos. ¡Demonio de mu- 

[ 104 ] 




EL TERRUÑO 


jer!, nunca supuse tomarla de tan buena vuelta. 
Sin duda, reconocía sus yerros y la validez de 
mis razones y se propuso demostrarme que sabe 
hilar fino cuando quiere. Y así es. Nunca me 
pareció tan engatusadora, y como bonita, lo es- 
taba de veras. Tiene, la muy gata, una caída de 
párpados y un aquel en la sonrisa que dan ganas 
de comérsela cruda, que es, según decía mi pa- 
dre, que lo entendía, como las mujeres saben 
mejor... ¡Y qué cuerpo, qué esbeltez y qué arte 
para adobarse y vestirse! No sé dónde se mete 
las pulpas, porque yo la he visto medio des- 
nuda y sé que las tiene, ¡y muy apretaditas! 
Caro le cuesta al mando beldad tan consumada; 
pero así y todo, más digno es de envidia que 
de conmiseración, porque, a ratos, no debe de 
pasarlo mal el hombre... Y envidiosos yo sé que 
tiene muchos, pero sé también que ella no para 
a mano. Por eso la quiero. 

“Hablamos largo y tendido, y después me llevó 
a Los Pocitos en su victoria, y luego, por la 
noche, al cinematógrafo — cosa sorprendente 
que tú, Goyo, no debes morirte sin verla — y al 
otro día al teatro. Ella misma me arregló y peinó 
en un periquete; ¡qué manos ágiles tiene!, to- 
cándome aquí y allá parecían dos palomitas 
blancas revoloteando en torno de la luz. Cuando 
terminó y me miré al espejo de cuerpo entero, 
casi no me conozco: ¡habías de verme de puro 
polvo y descote limpio!... Hoy y mañana también 
estoy de teatro; en fin, no deja de obsequiarme 
como a novia, lo cual prueba que anduve acer- 
tada en obrar como lo hice. A los engreídos 


[ 105 ] 



CARLOS REYLES 


y cogotudos un poquito de rigor les ataja el 
pasmo. 

’Aquí termino ésta que empecé antes de ayer, 
porque Amabí se siente incomodada y voy 
a darle palique. Diles a los muchachos que no 
vayan a empacharme los corderos con la leche; 
que no olviden de terciarla con agua y echarle 
azúcar, y tú desconfía de los amigotes de mi 
compadre Pantaleón, que siempre andan sonsa- 
cándole la plata a la gente para sus paniaguados 
políticos. Por lo que me dices en tu última, temo 
que te enreden y comprometan. No te dejes 
bolear; sácales el cuerpo con maña y sin resen- 
tirlos, porque de ellos necesitamos, y sin que 
duden tampoco de nuestro amor al partido, por- 
que sería ponernos a mal con nuestro compadre, 
sin contar con que perderíamos lo mejor de 
nuestra clientela. Cuando vaya, échamelos a mí 
y verás cómo yo, con palabritas de miel, los 
despido sin plata y contentos. 

”Te abraza tu mujer, que te quiere y quiere 
tu bien, 

Ángela” 

P. D. — Vuelvo a abrir esta carta para anun- 
ciarte que tienes un servidor más a quien man- 
dar. Amabí muy corajuda — de casta le viene 
al galgo — sigue muy bien, y Tóeles, como loco 
de puro contento. Mientras duró el baile me 
anduve tropezando con él a cada paso; le decía 
que se quitase de en medio, pero siempre que 
salía por una puerta con algo que nadie debía 
ver, allí estaba mi hombre. Puede que la pa- 
ternidad le vuelva al cuerpo la alegría y le dé 

[ 106 ] 



EL TERRUÑO 


el tanteo de la pesada en las cosas de este 
mundo. Ya maté la gallina negra y le di el 
caldo a la parida. Todo se ha hecho en regla 
y pronto estará en pie, si Dios quiere. 


* * 


* 


La paternidad, el mal éxito de sus discípulos 
y el quedarse sm ellos; los desengaños, más 
amargosos que el duro pan de la miseria, y la 
conciencia cada vez más nítida de la vida gas- 
tada en vanos ajetreos, y sobre todo esto, las 
continuas matracas de Mamagela, que no ce- 
saba de predicarle campo y trabajo, como tria- 
ca infalible para curarle el mal de no hacer 
cosa de provecho, disponían poco a poco el 
ánimo de Tóeles a quemar las naves de las 
viejas aspiraciones y cambiar de rumbos. Mas 
el arrancarse del alma tantas esperanzas allí 
arraigadas fuertemente, el renunciar a tantos 
sueños, dulces como las mieles, y declararse 
vencido, era cosa que le costaba lágrimas de 
acíbar y sangre. Y sin embargo, era preciso. 
“¿Renunciar, no ser Temístocles, sino Tóeles, 
un ente vulgar, un pobre diablo, un raté, yo?”... 
decíase, y sentía la misma angustia que al en- 
trar a casa del de'ntista a sacarse una muela. 
A veces, sublevábase, y haciendo gestos extra- 
ños y profiriendo frases incoherentes, se pa- 
seaba por la biblioteca, agitadísimo; pero esto 
duraba poco, muy luego desfallecía y se dejaba 


[ 107 ] 



CARLOS REYLES 


caer en un sillón, anonadado y sin pulsos. Estas 
fugaces rebeldías, últimos encabntamientos del 
amor propio desbravado por la necesidad, iban 
siendo cada vez menos frecuente y transfor- 
mándose en una especie de noble y orgullosa 
melancolía, como la del que acata, por deber, 
destino inferior a sus merecimientos. En resu- 
men, sólo buscaba para ceder definitivamente, 
la traza de salvar algo del naufragio y conciliar, 
en lo que cupiera, las necesidades prácticas con 
las de su espíritu, poniendo un poco de idea- 
lismo e imaginación en las actividades cam- 
pesinas a que Mamagela lo invitaba y que, por 
sí solas, sin más vislumbres que el logro, aun- 
que honorables, le parecían sobrado chatas e in- 
dignas de él. Con fatiga y dolor, la inteligencia 
de Tóeles se fabricaba la moral que convenía 
a su amo, mientras la loca de la casa, la eterna 
consoladora, preparaba sobre las realidades 
prosaicas el colchón de hojas secas que reci- 
biría la pobre aspiración despeñada de lo alto... 
Sólo faltaba el pretexto final, la palabra que 
atesora en germen las posibilidades de la nueva 
ilusión y que es como su estandarte guerrero. 
Cierto periódico se la dió con este párrafo: 
“¿Quién será el sembrador de ideas de nuestra 
campaña generosa? ¿Quién libertará de la ex- 
plotación política a los esforzados pioners de 
la riqueza nacional? ¿Quién les mostrará a los 
jóvenes que vegetan en las ciudades, que allí, 
en el campo, y no en los puestos públicos, está 
la fortuna, la independencia y también la sa- 
lud del alma?” “Yo”, se dijo Tóeles al punto, 



EL TERRUÑO 


como iluminado por un rayo de luz; “yo seré 
el sembrador de ideas de esos campos inva- 
didos por los cardos borriqueros de las pasiones 
políticas; yo seré el libertador de esos esclavos 
y mártires del doctrinarismo y del caudillaje; 
yo les mostraré a los mozos de agallas el camino 
de Damasco, metiéndoles en la sesera el sen- 
tido noble de la utilidad, para que no traguen 
viento como yo tragué, ni se vean desorbitados 
como yo me vi; yo predicaré con el ejemplo, 
trabajaré con mis manos y, desde mi rancho, 
lanzaré a los cuatro vientos, no las doctrinas 
hechas ya y dictadas por otras necesidades, que 
son para nosotros y nuestra época frutas de 
cera, pollos embalsamados, sino las que se van 
haciendo en nuestras propias entrañas y se nu- 
tren de ellas; las que se paren con dolor; las 
que la vida, en su evolución constante, fabrica 
diariamente para adaptarnos; las únicas legíti- 
mas y útiles, digan lo que quieran los mora- 
listas, porque son las únicas que responden 
a una alta necesidad, a una razón suprema. ¡Al 
diablo los idealismos fiambres, la literatura, la 
pedagogía y el engaño universal! Yo me lavaré 
con el aguarrás de las realidades el barniz del 
irrealismo universitario; defenderé los hechos 
vivos contra las ideas momias; lo que vive en 
la tierra contra lo que duerme en el limbo; 
lo que es, según la fuerza de las cosas, infalible 
siempre, contra lo que debía ser y no será sin 
permiso de aquélla, y crearé a mi modo, yo, 
yo, Temístocles Pérez y González, la tabla de 
valores que nos conviene, la cual, por conve- 
nirnos , será más noble y encumbrada que cual- 

[ 109 ] 



CARLOS REYLES 


quier ideal prestado, aunque traiga en las ma- 
nos la lira de Apolo”. 

Tiró el cigarrillo que fumaba, encendió otro 
y prosiguió su monólogo, haciendo rodar impe- 
tuosamente los sillones y las sillas que encon- 
traba al paso. 

“Y a nosotros, lo que nos conviene es favo- 
recer principalmente la expansión de las acti- 
vidades productoras, ¡gran gimnasia de la vo- 
luntad! Las energías combativas , madres de 
toda excelsitud; la tendencia a enseñorearse 
del mundo que lleva cada criatura en el alma 
y es como su carta de nobleza, y destruir, al 
propio tiempo, el exceso de política y la hueca 
ideología 1 . Los intereses materiales por encima 
de todas las cosas, sí, señor, ya que los otros, 
si bien se mira, son servidores de aquellos y de 
nada valen cuando dejan de servirlos. Además, 
sépanlo los incautos: los intereses materiales 
son el manantial de toda vida y principalmente 
de la vida espiritual. Las construcciones idea- 
les no tienen otro objeto, ni nacieron para otra 
cosa, que para defender y asegurar las conquis- 
tas económicas. Los que no lo ven son, en 
realidad, los torpes materialistas; son los que 
miran a la tierra, no al cielo, y es de lo alto, 
de allí arriba, que les viene a esos intereses su 
misterioso poder. Cuando Mamagela dice que 
“cada moneda de oro es una estrellita caída del 
cielo”, formula sin saberlo una verdad cosmo- 
gónica y también metafísica. Yo me entiendo: 
allí están fundidos el macrocosmo y el micro- 
cosmo, y también la vida social. Ya, ya sé que 
no habrá lírico ablandabrevas, ni maestro de 



EL TERRUÑO 


escuela, ni pedante doctor, ni profesor de idea- 
lismo trasnochado, ni pobre diablo embozado 
en la capa de Don Juan, que no me lance al 
rostro, con grande aparato de indignación, el 
apostrofe de hombre sin ideales y torpe mate- 
rialista. ¡Farsantes, sacamuelas, adoradores de 
vejigas; gente sin convicción ni sinceridad; em- 
busteros apóstoles; mascaritas que yo conozco 
y a cuya comparsa pertenecí! ¡Qué grande des- 
precio siento por ustedes y cuán grotescos me 
parecen 1 ¿Hombre sin ideales, yo? ¡Mentecatos! 
Tendré muchos, y en particular uno más en- 
cumbrado que el de todos, porque su culto 
severo impone el sacrificio de la simpatía hu- 
mana, a la que nadie renuncia: quien lo pre- 
dique parecerá un pestífero y, sin embargo, 
será un hombre puro: es el de ir contra la men- 
tira universal del desinterés, por todos practi- 
cada interesadamente , a modo de una religión 
que no inspira la fe, pero que llena la panza. 

Yo me declaro, en teoría, el apóstol del egoísmo, 
y, prácticamente, del egoísmo rural, vale decir 
de la energía castiza de la nación. Los que no 
me conocieron van a conocerme. Sonó la hora 
de la venganza. Al cementerio lo que £stá 
muerto. ¡Viva la vida!... 

A las voces que daba entró Amabí con la 
criatura en los brazos. 

— Pero, Tóeles, por Dios, ¿te has vuelto loco? 

— Sí, loco estoy, pero esta vez de gozo. 
Encontré mi hueco, mi vía, ¿sabes? No más 
dudas, angustias ni come-come interior. Ahora 
sé lo que quiero y adonde voy. Es cosa resuelta: 
nos vamos al campo. Vida de pensamiento y de ¿ 

[ 111 ] 



CARLOS REYLES 


acción. Ya te lo explicaré. Allí educaremos 
a nuestro hijo prácticamente, haciéndole cono- 
cer, desde temprano, la santa utilidad. Se aca- 
baron los lirismos ñoños, las dengosidades 
románticas, las pavadas trascendentales; y, para 
empezar, ya no le llamaremos Mesías como 
pensábamos en recuerdo de la paz que nos 
trajo, sino Pedro prosaicamente, a fin de no 
caer en la tontería en que cayó mi padre cuan- 
do me puso Temístoeles. ¡Si supieras los errores 
y pecados mortales que me indujo a cometer 
ese nombre y cuánto he sufrido por causa de 
él! A él le debo, entre otros males, mi irrea- 
lismo, la falta de sentido práctico y esta pobre 
musculatura. La poesía me traicionó, a la prosa 
me vuelvo; me levanta el estómago la farsa de 
la ciudad, y al campo me voy. Quiero sentir 
agitarse en mí las energías de la naturaleza 
y vivir un poco de la vida universal. Obrar, 
obrar; ocupar más espacio; apoderarme de las 
realidades; darles escape a los deseos de poseer 
y dominar que falsas disciplinas me enseñaron 
a combatir. De eso estaba enfermo. Lo com- 
prendo en este instante, porque a la sola idea 
de obrar, de luchar, de ser útil, ¡Dios mío! útil, 
me siento revivir”. 

Amabí 3o miraba de hito en hito, exactamente 
como cuando él le explicaba la finalidad sin fin 
del arte Entonces Tóeles, dándole fuego a otro 
cigarrillo, le expuso sus ideas y planes, con 
tanta elocuencia y tan hondo acento de con- 
vicción, que Amabí vió también el cielo abierto 
y quedó dispuesta a seguirlo al fin del mundo. 


[ 112 ] 



EL TERRUÑO 


Y ese mismo día, los desocupados paseantes 
de la calle “SarandP vieron con asombro un 
hombrecillo de chambergo, bombachas gauchas 
y grandes botas, que se paseaba tomando toda 
la vereda para sí, arrogante el andar, soberbioso 
el empaque, y cuyas miradas eran como car- 
teles de desafío. 


tU3] 



VIII 


Primitivo se dirigía a “El Ombú”. Iba con- 
tento. Había duplicado el número de las ovejas, 
y en el cinto, redondo a fuerza de duro relleno, 
que le oprimía las caderas como hinchado cule- 
brón ceñido al tronco de un árbol, llevaba el 
producto de la última esquila. El oro dábale 
cierta tonificante confianza en sí mismo: sil- 
baba, entonaba décimas y estilos criollos, y, de 
vez en cuando, sentía ganas de gritar, porque 
el gozo le producía vivo cosquilleo en las na- 
rices. “La verdad es que todo me ha salido 
a pedir de boca... i gracias a Dios!”, repetía, 
apresurándose a mostrarse agradecido para que 
el buen Dios no lo dejase de su mano. 

El gacho, de alas cortas y copa alta, era 
flamante; las botas de cuero amarillo y las 
espuelas de plata, presumidas y galanas, tam- 
bién. Contemplándose en la sombra, afirmá- 
base en los estribos de amplia campana y abría 
las piernas con presunción, como antes de ca- 
sarse, cuando pasaba por delante de las mozas 
de redondas caderas y firmes pechos, y al verse 
tan peripuesto, sobre un pingo escarceador, 
sonreía con todo el rostro. 


[ 114 ] 



EL TERRUÑO 


De pasada se apeó en “La Nueva Esperanza”, 
la estanzuela de Tóeles, para tomar un mate 
y enterarse de las novedades políticas. El hom- 
bre estaba al concluir la esquila y examinaba 
el trabajo, yendo de un lado para otro, sin cesar 
de revolver maquinalmente la bolsa de las 
latas , con las que pagaba a los esquiladores al 
depositar éstos los vellones albos y ligeros como 
monstruosos copos de nieve, o gualdos como 
enormes capullos de seda, sobre la mesa de 
atar. Hacía un calor aplastante; olía a jubre 
y a sobaquina; el sudor caía de las nudosas 
frentes o corría por los pechos fornidos y ve- 
lludos. El patrón no le perdía pisada a su gente, 
y mostrábase muy pelilloso; quería que esqui- 
laran al ras de la piel, sin pegar tijeretazos 
menudos ni herir las ovejas, y recorría la can- 
cha vigilando con ojo inquisidor lo mismo a los 
tijeras que a los atadores, escobas y médicos . 

— ¡Amigo, tiene las ovejas gordas y sanas! 
— exclamó Primitivo después de haberle dado 
la mano a todo bicho viviente — . ;Y qué pari- 
ción, si cada oveja tiene un cordero! 

— Y algunas dos — replicó Tóeles gozoso — . 
Nuestro suegro está en lo cierto cuando asegura 
que “los carneros de ”E1 Ombú” preñan y no 
brincan”. 

— Ya creo — asintió el paisano, soltando una 
gran risotada, una de esas risotadas gauchas 
que sólo se oyen en las cocinas de las estancias* 

Pronto y sin esfuerzo, norcme todo era para 
Tóeles motivo de curiosidad y maravilla, ha- 
bíase puesto al corriente de las faenas camperas 
y encariñado con ellas de modo singular. Las 

[ 115 ] 



CARLOS REYLES 


tareas más pedrestes y rudas — tanto podía su 
imaginación — , antojábansele inteligentes, en- 
tretenidísimas, y la empeñosa defensa del cen- 
tesimo, llena de goce hondo. No parecía sino 
que el despliegue de las potencias y actividades 
naturales, antes contenidas y torturadas, le vol- 
vían el alma al cuerpo, restituyéndola a los 
vitales ejercicios que la mantienen sana, fuerte 
y bien dispuesta. Sentíase con muy otro ánimo. 
El levantarse con la aurora y el acostarse con 
las gallinas, después de la porfiada brega de 
todo el día, lo limpiaban de murrias y desa- 
zones 1 . 

Siempre tenía algo urgente que hacer: ya 
estirar alambres, ya retocar el revoque del ran- 
cho; ora señalar los terneros, ora combatir el 
yugo y la espina, y a tal extremo llegaba el 
impetuoso afán de darse cuenta de todo y de 
hacerlo todo por su prcpia mano, que poco 
o ningún espacio le quedaba para leer o escri- 
bir. En cambio, plantaba árboles y los miraba 
crecer, gozoso; regalábase con las legumbres 
que él mismo, mitad en serio, mitad en broma, 
cultivaba en compañía de Amabí, y que le sa- 
bían a gloria, y curaba personalmente a sus 
ovejas de la sarna y la manquera. Jamás supuso 
que el recoger los huevos calentitos, o el apurar 
un vaso de espumosa leche, palmeando a la 
vaca suya que lo daba, y otras puerilidades 
parecidas, habían de halagarle al amor propio 
de tan dulce manera, produciéndole al mismo 
tiempo algo así como la impresión, grata y cal- 
mante, de un baño tibio en banadera propia. . . 
Pero si no estudiaba ni escribía por falta de 



EL TERRUÑO 


tiempo, meditaba, y con fruto y placer, porque 
el contacto con las realidades enseñábale lo que 
los libros no decían, y el mirar las cosas con 
ojo inteligente hacía que descubriera, aun en 
las más nimias, bajo la fútil apariencia, la poe- 
sía íntima, la oculta significación, lo cual era 
venero de grandes goces 1 . 

“¡Quiera Dios que le dure!”, decíase Amabí, 
considerando la ardorosa actividad de Tóeles. 
Ocupábase la maestra en los quehaceres domés- 
ticos, y, a ratos perdidos, en el jardinete y la 
huerta. Era un contento verla tan diligente 
y mañosa. Con la alegría, la maternidad y el 
trajín casero, le habían vuelto los colores y los 
encantos naturales de su carácter llanote y re- 
tozón. La venida a “La Nueva Esperanza”, fue 
para ella también como una resurrección, que 
la despojó del afeite pedagógico e hizo retoñar 
en la individualidad propia las cualidades here- 
dadas de doña Ángela. Del profesorado no se 
acordaba siquiera, y tan a pechos tomó la zum- 
bona advertencia de Tóeles, de que la literatura 
le iba a cortar la leche, que sólo leía el “Arte 
Culinario” y “La cría práctica de las gallinas” 

Por excepción, en las horas caniculares o en 
las largas noches de invierno, Tóeles cogía un 
libro de versos, francés generalmente, y leía 
en alta voz, mientras Amabí, cosiendo, escu- 
chaba. Las cariciosas 3 frases aleteaban entre las 
cuatro paredes del rancho como mariposas ve- 
nidas del país del ensueño. Tóeles sentía a ve- 
ces el alma rebosante de nostalgias; el limo 
amargo de las aspiraciones frustradas se re- 
movía. 


[ 117 ] 


•miño 9 



CARLOS REYLES 


Mourir, n'ctre plus ríen! Rentrer dans le silence! 

Avoir jugé les cieux et s'en aller sans bruit! 

En pasajes como el que antecede, una extraña 
melancolía, a la vez penosa y dulce, embar- 
gábale el ánimo. Cerraba los ojos y meditaba. 
Amabí alzaba la vista de la costura y contem- 
plábalo curiosa e inquieta. Su instinto de mu- 
jer le decía que los libros, árboles del bien y del 
mal eran, cuyos frutos prohibidos de nostalgias 
y morbidezas enfermaban a Tóeles y compro- 
metían la dicha conyugal. Largo rato lo obser- 
vaba sin mover pestaña, como si quisiera be- 
berle los pensamientos. 

— Rocíes!... — exclamaba al fin, con acento 
de reconvención. 

Él salía como de un sueño; pasábase la mano 
por la frente y tornaba a leer con voz insegura 
y ronca, como preñada de sollozos. Otras veces 
lograba dominar sus impresiones, pero al acos- 
tarse y apagar la luz, decíase: 

Ah! Redevenir ríen irrévocablement! 

y permanecía horas enteras boca arriba, inmó- 
vil y con los ojos desmesuradamente abiertos. 
Amabí dormía a pierna suelta; fuera oíase el 
graznido de las lechuzas y los alertas del avizor 
terutero. Tóeles pensaba, pensaba... Pero esto 
acontecía de higos a brevas; por lo general, de 
noche, marido y mujer hablaban sólo de sus 
quehaceres y hacían cuentas y alegres cálculos. 


[ 118 ] 




EL TERRUÑO 


* 


* ♦ 


Primitivo recorrió los bretes, examinó los 
opulentos vellones de los carneros padres, a fin 
de cerciorarse si éstos habían dado más lana 
que los suyos, y luego, con el caballo de la 
rienda, al despedirse del flamante estanciero, 
le preguntó: 

— Y. . ¿tendremos revuelta? 

— Por ahora, no — aseguró Tóeles, después de 
breve reflexión — , pero más adelante, seguro. 

— Entonces... ¿sabe algo? 

— ;Hum!... Más de lo que yo quisiera. Para 
los que siguen de cerca los tejemanejes de los 
partidos, no es un misterio lo que pasa. Los 
blancos o nacionalistas, como ellos se llaman 
ahora para darse lustre patriótico, se organizan 
y arman; el Presidente, a fin de mantenerse en 
el Poder, aunque luego sobrevenga el diluvio, 
hace la vista gorda: a ese precio lo dejan go- 
bernar; el país está dividido en feudos: cada 
cacique tiene el suyo y en él eg señor de horca 
y cuchillo: exigen, el Gobierno cede, y esto no 
puede concluir sino con una pamperada de ba- 
yonetazos. 

— ¡Cuándo nos dejarán tranquilos! — suspiró 
el paisano. 

— Eso digo yo. ¿Cuándo nos dejarán tranquilos! 

Primitivo se alejó de “La Nueva Esperanza” 
al trotecito, reflexionando en las alarmantes 
palabras de Tóeles. Llegó a “El Ombú”, pagó 

[ 119 ] 



CARLOS REYLES 


las ovejas finas que había adquirido días antes 
y gravemente entrególe, bajo recibo, el resto 
de su oro al comerciante, que lo guardó más 
gravemente aún. Hecho esto preguntó: 

— ¿Cuándo te decides a comprar el campito? 

— Después de vender los capones... si Dios 
quiere. 

— Si te hace falta algún dinero, yo te lo 
puedo adelantar,., con un módico interés. 

— No, gracias; me va a sobrar. 

Hubo un silencio. Después dijo Papagoyo: 

— ¿Y qué tal van por “La Nueva Espe- 
ranza”? 

— Lindo no más... 

— Entonces, ¿el hombre rumbea? 

— Rumbea — contestó categóricamente Pri- 
mitivo. 

— i Quién había de creerlo! — exclamó Papa- 
govo, con su beatífica sonrisa. 

El paisano almorzó en compañía de sus sue- 
gros; después de la siesta.se dispuso a partir. 

Empezaba a soplar con fuerza el viento. Es- 
pesos nubarrones morados, violetas y pardus- 
cos, corrían a la desbandada hacia el sur, donde 
agonizante claridad entristecía la tierra. Por los 
caminos se levantaban iracundas trombas de 
polvo, y el aire olía a paja mojada. A lo lejos 
oíase el bronco rodar del trueno. 

— Se viene la tormenta, y mis ovejitas recién 
esquil adas — murmuró Primitivo, hincando 
espuelas. 

Un impetuoso remolino de viento casi lo saca 
limpio del recado ; oscureció más aún y empe- 
zaron a caer gruesas gotas, que estallaban como 



EL TERRUÑO 


cohetes al chocar contra la tierra. Primitivo, 
con el cuerpo echado hacia adelante, el som- 
brero en la nuca y la barba partida en dos, 
avanzaba a todo correr. Pataplán , pataplán, 
pataplán, hacían los cascos del caballo, y, como 
un eco, pataplán , pataplán, pataplán respondía 
el corazón de Primitivo, Pero no íué muy lejos. 
De súbito, furiosa lluvia de piedras lo hizo 
tirarse del caballo y cubrirse la cabeza con un 
cojinillo. Y se desencadenó la tormenta. Tro- 
naba como si chocasen las esferas celestes; 
las piedras, en medio de lívidas claridades y sul- 
fúreas luces, golpeaban el suelo, semejando 
el precipitado redoblar de sonantes tambores, 
y el agua corría a torrentes por las cuestas 
y rebullía espumosa en las zanjas. 

“l Quiera Dios que no les suceda nada a mis 
ovejitas!”, suspiraba Primitivo, viendo, como 
sumergido en agua, el paisaje que tenía ante 
los ojos. “Y a Tóeles lo agarra con las ovejas 
al ladito de los bretes, mientras que a mí.,. 
Bien dicen que para potrosos no hay como los 
chapetones . Ni un cordero se le va a morir...”, 
agregó con cierto despecho. Cuando cesó la 
piedra, pero bajo el latigueo de la lluvia, siguió 
su camino a escape, repitiendo incesantemente: 
“ i Quiera Dios que no les suceda nada a mis po- 
bres ovejitas!” 

Llegó; las ovejas, empujadas por el viento, 
avanzaban hacia el arroyo, desbordado y to- 
rrentoso. El trayecto recorrido era fácil de 
conocer por el tendal de borregos muertos que 
se veían blanqueando sobre el pasto verde. Pri- 
mitivo comprendió el riesgo que corría la ma- 


[ 121 ] 



CARLOS REYLES 


jada y se propuso juntar los grupos dispersos 
para que se abrigaran mutuamente, y, al mismo 
tiempo, desviarlos de la dirección del arroyo, 
al que podían azotarse y perecer. Ruda tarea; 
las ovejas, transidas de frío y medio locas de 
miedo, seguían siempre adelante, hacia el abis- 
mo, con estúpida testarudez; el paisano, co- 
rriendo de un lado a otro, procuraba atajarles 
el paso y hacerlas volver grupas, y en ese 
desesperado empeño transcurrieron dos horas de 
angustias mortales. Llegaba la noche y arre- 
ciaba el temporal. Los bretes quedaban en 
contra del viento y ni por soñación pensó en 
llevarlas a ellos; hubiera sido intento vano. 
Era necesario imaginar otra cosa, y ansioso 
miraba hacia todas partes, sin que se le ocu- 
rriera medida de salvación alguna, pero sin 
desmayar tampoco en su porfía; antes de ceder 
y dejar perderse el fruto de tantos trabajos, 
hubiera preferido morir junto con sus ovejitas. 
A la luz de los relámpagos aparecía ceñudo y for- 
midable, cual un héroe de los tiempos bíblicos 
batiéndose con apretado ejército de pigmeos. 
Había desensillado y quitádose las botas y el 
poncho, y en pelo revolvía el caballo, haciendo 
las más estupendas evoluciones. A veces, con 
las patas del noble bruto empujaba las ovejas 
arremolinadas, o, desesperadamente, echaba píe 
a tierra y, a empellones, trataba de hacerlas 
cejar. No sentía cansancio, ni el frío que le 
agarrotaba los miembros; sólo pensaba en sal- 
var las ovejas, sus queridas ovejitas. 

Después de mucho batallar, avanzando al 
sesgo, pudo llevarlas a la falda de una cuchilla, 

[ 122 ] 



EL TERRUÑO 


y allí, al abrigo de ella, arrimándose unas a 
otras, se detuvieron. 

— ¡Por fin! — exclamó Primitivo, a tiempo 
que el viejo pangaré, doblando las temblorosas, 
patas, caía hacia adelante sin vida. 

Al amanecer, viendo perecida casi toda la 
borregada y además una buena cantidad de 
ovejas, lágrimas de rabia acudieron a los ojos 
del buen paisano; pero pronto se rehizo, y sin 
rencor, sin maldecir la suerte, propúsose lo que 
en otras análogas ocasiones: trabajar más y gas- 
tar menos. Y a punto seguido, con el firme 
propósito de disminuir el daño en lo posible, 
ocupóse diligente en sacarle el cuero a los ani- 
males muertos. 

Primitivo era un hombre sano. Primitivo era 
un hombre bueno. 

Lo que le costó más fue renunciar, por el 
momento, a la compra del campito; pero lo hizo, 
ahogando con harta pena, pero también con 
mano dura , aquella aspiración de toda su vida. 

Primitivo era un hombre bueno; Primitivo 
era un hombre sano. 


[ 123 ] 



IX 


J 


Pasaron dos años 1 . Mientras la política seguía 
ahogando las energías nacionales y produciendo 
agitación vana y ansiedad cierta, los estancieros 
llevaban a cabo la obra magna de refinar las 
haciendas, mvirtiendo al efecto ingentes capita- 
les". Con las arboledas, potreros, molinos, mo- 
dernas construcciones que iban señoreándose de 
las peladas cuchillas, el paisaje campero se trans- 
formaba y de hosco aparecía sonriente, y, al pro- 
pio tiempo que aquél, cambiaba el ambiente 
moral, gracias a las ideas y aspiraciones nobles 
que traía aparejadas la actividad de las estancias. 
Y así iba fumándose fuera de la escuela y de 
toda influenf ia urbana, un nuevo tipo social, pro- 
ducto exclusivo de la necesidad económica, cuyas 
severas disciplinas hacían de cada gaucho levan- 
tisco un paisano trabajador, como la política 
de cada trabajador un gaucho álzao . 

En “El Ombú”, el progreso saltaba a la vista: 
los arbolitos dábanle ya sombra y abrigo a las 
ovejas en todos los potreros; dos de éstos * 1 ha- 
bían sido alfalfados, y otro molino asomaba, 
por encima del viejo ombú, su rueda inquieta. 


[ 124 ] 



EL TERRUÑO 


En “El Bichadero”, Primitivo, que con la pros- 
peridad usaba pantalón ajustao en vez de bom- 
bachas, tenía las majadas servidas por carneros 
puros y los rodeos por toros Durhams; además, 
había hecho tres potreros nuevos y plantado 
un monte de eucaliptos 1 . Sólo a Tóeles no le 
lucía el pelo: la agricultura y la instalación de 
la cremería, a pesar de que “al régimen pastoril 
debían seguir el laboreo y las industrias ru- 
rales”, le originaron serios desembolsos, hartas 
preocupaciones y no le daban resultados prác- 
ticos. Por otra parte, los artículos de propa- 
ganda rural que escribía y el ocuparse en ios 
intereses generales, lo hacían descuidar los pro- 
pios, y aún perjudicarlos, porque el prurito de 
predicar con el ejemplo lo llevaba a introducir 
en la explotación de “La Nueva Esperanza” re- 
formas y adelantamientos avanzados, pero 
fuera de sazón. Llegó a fabricar muy buena 
manteca; pero como el mercado de consumo 
quedaba muy distante, los gastos de transporte 
salían más caros que el producto; algo seme- 
jante le aconteció con el trigo, amén de que 
la impermeabilidad de las tierras y lo irregu- 
lar de las lluvias hacían muy problemáticas las 
cosechas. Estos fracasos le revolvieron la bilis 
y lo hicieron mirar con despechado enojo la 
prosperidad de “El Ombú” y “El Bichadero”, 
y hasta decirse que para medrar, tanto en el 
campo como en la ciudad, lo mejor era ser 
bien egoísta en lo que toca al dinero, y arri- 
madito a la cola en lo que atañe a las ideas 2 . 

En cambio, Primitivo, estaba contento de la 
suerte y de sí mismo. El día señalado para 

[ 125 ] 




CARLOS REYLES 


firmar la escritura del campito dirigióse a la 
pulpería, recogió su plata y alegremente tomó 
el camino del pueblo. Iba tan alborozado, que 
la luz le parecía más luminosa, más puro el 
aire y el canto de los pájaros más melodioso 
que el de las aves del paraíso. 

Todo estaba en forma. Pagó, apoderóse de 
los títulos con mano febril y salió de la escri- 
banía vacilando como si estuviese ebrio. “¡Gra- 
cias a Dios, gracias a Dios!” — repetíase cami- 
nando sin dirección fija — . “Ahora es necesa- 
rio ponerse paquete, porque, porque...” — se 
dijo luego, y entrando a una tienda, adquirió 
varias relumbrantes chucherías, las ropas ne- 
cesarias para emperejilarse de pies a cabeza 
y un reloj de mujer muy cuco, y montó de 
nuevo con los preciosos documentos atados a la 
cintura en un pañuelo de seda. 

“¡Qué sorpresa le voy a dar a mi Celedonia, 
ella, que no me espera hasta de aquí a tres 
o cuatro días'” — pensó saboreando anticipada- 
mente la dicha que le proporcionaría con el 
regalo, y la dicha que experimentaría él mismo 
al verla reír con aquella su bocaza de labios 
elásticos y rojos. Iba para seis años de casado, 
y ¡gracias a Dios!, era feliz. Tenía campo pro- 
pio, tres mil ovejas de apretado vellón, dos- 
cientas vaquitas, un hijito que le tiraba de las 
barbas, y una compañera de carácter brusco 
y rostro machuno, es verdad, pero hacendosa, 
querendona y con unas carnes frescas y apre- 
tadas como la pulpa del melón. “Ahora, como 
el campo es mío, haré una casita de material, 
un galponcito para los carneros padres, un 

[ 126 ] 



EL TERRUÑO 


huerto, quinta, alfalfares...” y placenteramente 
seguía imaginando la posesión y el goce de 
bienes largo tiempo codiciados. 

De pronto, recordando que a la realización 
de sus sueños seguía siempre alguna desgracia, 
la sonrisa se le petrificó en los pulposos labios. 
“Cuando compré lo primeros carneros fmos, 
me cortaron los alambraos y saquearon el ran- 
cho; poco después de comprar las ovejas puras, 
el temporal me mató la borregada... Pero aho- 
ra, ¿qué puede sucederme? No hay guerra, 
¡gracias a Dios! 1 , y el tiempo corre a pedir de 
boca”. Tranquilizado con estos últimos razo- 
namientos, engolfóse de nuevo en sus alegres 
planes. “Al galpón lo haré un poco más gran- 
de, pa“ poner mi caballo; sí, es conveniente un 
caballo a grano en el invierno. ¡Cómo va a en- 
gordar el manchao viejo!” — exclamó, por úl- 
timo, y la dicha tornó a iluminar el rostro 
cuadrado y coloradote de Primitivo. 

Llegó de noche. Los perros ladraron, y des- 
pués, reconociéndolo, le salieron al encuentro. 
Celedonia abrió la puerta y, precipitadamente, 
volvióla a cerrar. "Se habrá asustao” — supuso 
Primitivo, y, apeándose, desensilló tranquila- 
mente y soltó el caballo, después de haberle 
rascado el lomo con el cuchillo. 

— Soy yo — dijo golpeando la puerta. 

Nada, Celedonia no respondía. “Está des- 
pierta, hay luz, ¿por qué no abre?” — pregun- 
tóse Primitivo, sin saber qué pensar. Llamó 
otra vez, y nada. “¿Le habrá sucedido algo? 
Puede que le haya dado el mal’’, conjeturó*, 
y, afinando el oído, parecióle sentir rumor de 

[ 127 ] 



CARLOS REYLES 


voces, susurro de palabras dichas quedo y de 
prisa. Sin saber por qué, le empezaron a tem- 
blar las piernas... “Y yo, ¿qué tengo? ¿Por qué 
me late el corazón?” No pudiendo resistir más, 
hizo saltar la cerradura de un rodillazo y en- 
tró, encontrándose, de manos a boca, frente 
a frente de Celedonia y Jaime. 

Ella, muy pálida, desencajada y toda tem- 
blorosa, habíase refugiado en un ángulo de la 
pieza: tenía los brazos colgando, como desarti- 
culados, y los ojos fuera de las órbitas; él, en 
medio de la alcoba, con el poncho arrollado 
en el brazo izquierdo y el puñal en la diestra 
esperaba, haciendo alarde de cínico valor. Pri- 
mitivo apreció con pasmosa lucidez hasta los 
menores detalles del cuadro. Vió que por la 
bata mal abrochada de su mujer aparecía una 
camisa más fina y primorosa que las usadas 
a diario por ella. “Para mí no se hermoseaba 
tanto’’. Lo hizo pensar con acerba pena aquel 
descubrimiento; notó el convulso temblor de 
los labios de Celedonia, hinchados de tanto 
besar; el desaliño del cabello y la sortija de 
dos corazones que él le había regalado al ha- 
cerla su esposa. Esto último le causó como 
un brusco desgarramiento interno. Contó las 
monedas de oro que adornaban el cinto de 
Jaime, y, por la expresión fiera de los ojos de 
éste y su arrogante actitud, dedujo que estaba 
resuelto a todo. “Sería capaz de asesinarme el 
muy perro”, se dijo; “¿y ella...?, ella acaso lo 
ayudaría... Entonces, ciertos eran los rumores 
y habladurías que yo no quise oír..., lo quería 
a él, no a mí; quizá había sido suya, y sólo por 

[ 128 ] 



el terruño 


la plata, ¡ah,..!” Y en tropel y confusión lo 
asaltaron mil recuerdos de su noviazgo con Ce- 
ledonia, noviazgo cuya paz turbada 1 las asiduas 
visitas de Jaime a “El Ombú”. “¡Cuántas veces 
se guiñaron el ojo en mis narices,..! ¿Qué que- 
rían decir sus sonrisas maliciosas? Me enga- 
ñaban, se reiban 3 de mí”. Y, diciendo esto 
último, el rostro pareció demacrársele repenti- 
namente; los ojos se le escondieron en las 
órbitas, ahondáronsele los rasgos de la fisono- 
mía y los pliegues del cerdoso entrecejo, y la 
nariz se le puso blanca, casi transparente. 

Jaime no esperó más; como despedido por 
un resorte, saltó sobre su hermano y le asestó 
una feroz cuchillada en el rostro. Primitivo 
cayó de bruces. 

El tenorio ganó la puerta, montó de salto 
y al alejarse a galope corto, como si tal cosa, 
se dijo: “¡Había sido de andar el salvaje!”, 
y envainó el arma. 

Y ya los tiernos guachitos no tuvieron quien 
les diera leche, y, en las majadas, los corderos 
que perdían a las madres, morían de hambre 
y eran carniza de zorros y caranchos , . . Las 
ovejas, enflaquecidas y sarnosas, dejaban los 
vellones en las malezas, y en los alrededores 
de las casas, antes tan limpios, crecían las es- 
pinas y los cardos, dándole a la población el 
aspecto de una melancólica tapera... 



CARLOS REYLES 


Primitivo entregóse con ardor a la bebida 
y la pasión política, cual si entre ésta y el odio 
que le roía las entrañas, existiesen íntimas 
y estrechas correspondencias. Fué el furor suyo 
como el del buey: tardío pero terrible. Fre- 
cuentaba asiduo las pulperías y concurría pun- 
tual a las periódicas reuniones y asambleas 
de sus correligionarios, donde presto adquirió 
fama de colorado exaltadísimo y capaz de una 
hombrada. Él, antes tan indiferente a las lu- 
chas de los partidos, aunque colorado era, 
porque su padre lo había sido, hablaba solo, así 
que la caña le desataba la lengua, de degollar 
blancos traidores; hízose satélite y hombre de 
confianza del pardo Carranca, de tenebrosa 
historia, sólo porque Jaime lo era de Pantaleón, 
y usaba, en vez del puñalito de plata, enorme 
daga de dos filos, que sola estaba pregonando 
el gusto de su dueño por la pendencia y las 
airadas aventuras- Y al hilo y compás de estas 
tan inusitadas cuanto radicales transformacio- 
nes de su carácter, fué perdiendo el pobre gau- 
cha las virtudes adquiridas en el trabajo 
y dando señales inequívocas de relajamiento 
moral. Al presente, dejaba que las ropas se 
le pudriesen en el cuerpo, no se peinaba nunca 
y dormía, muchas veces sin desnudarse, en un 
mal jergón. De las haciendas , mejoradas con 
tanto afán, no hacía maldito el caso: los car- 
neros permanecían en las majadas todo el año; 
la sarna hacía de las suyas: los vecinos le roba- 
ban los corderos que él, en su insensata desidia, 
ni siquiera se preocupaba de señalar. Una per- 
sonalidad primitiva, áspera, sin cariz de afina- 

[ 130 ] 




EL TERRUÑO 


miento, producto de remotos influjos ances- 
trales y ambientes contenidos, no destruidos, 
por las disciplinas de la cultura, surgía nueva- 
mente del pozo hereditario, y se superponía a la 
personalidad formada por ellas. Aun en el físico 
había cambiado; Primitivo parecía otro hom- 
bre. Su falta de aseo inspiraba repugnancia, 
y el chirlo que le partía la frente, el ojo y la 
mejilla, dábale el aspecto inquietante del gau- 
cho malevo, impresión quilatada y subida de 
punto por el entrecejo, siempre rugado, y el 
mirar torvo y como vestido de riguroso luto v 
“Ese hombre tiene ahí clavado un mal pensa-' 
miento” — decíanse las gentes al observar el 
sombrío empaque del paisano. 

Con el sol muy alto ya, abandonaba el lecho 
e iba a sentarse a la sombra del ombú, a un 
lado la cafetera y el mate, la botella al otro, 
y allí se pasaba las horas, perdido en una espe^ 
cié de abstracción estúpida, porque en ella no 
había ni pensamiento ni ensueño. Deslizábanse 
las horas lentas, monótonas, dormidas; caían 
cual un perenne gotear en el pozo sin fondo 
del infinito. Primitivo cabeceaba, abría los ojos 
lentamente y tornaba a cerrarlos más despacio 
aún. A veces se distraía siguiendo el vuelo de 
los pájaros o las ágiles carreras de las lagar- 
tijas, o el paso doctoral de un ñandú , o miraba 
a los lejos sin ver... De repente, en lontananza, 
esfumándose cada vez con más vigor sobre las 
verdes lomas o la fineza azul del horizonte, 
alcanzaba a percibir algo animado... Luego, los 
contornos se precisaban, el bulto adquiría 
forma... ¡Ay! era una vaca vieja empantanada 

[ 131 ] 



CARLOS REYLES 


en el arroyo, o una oveja, puro pellejo y hue- 
sos, de lomo encorvado, de ijares hundidos, 
que buscaba, para morir tranquila, un sitio 
apartado y soledoso. Entonces aguzaba la vista 
y veía, veía que un carancho, trazando en el 
aire, alrededor de la moribunda, majestuosos 
círculos, cada vez más lentos y cerrados, es- 
piaba la agonía del mísero ammal con su pupila 
ardiente. De trecho en trecho deteníase la 
oveja para tomar respiro; dejábase caer sobre 
las rodillas y haciendo eje de ellas, seguía el 
amenazante vuelo de su verdugo, girando sobre 
sí y dándole siempre la cara. Cuando, jadeante 
y extenuada, se abatía al suelo, el ave de ra- 
piña pasábase frente a ella como el centinela 
de la muerte. Luego aproximábase paso a paso, 
solemne y siniestra. La oveja, haciendo un es- 
fuerzo supremo, tomaba a ponerse sobre las 
rodillas, y el carancho volvía a trazar los círcu- 
los fatídicos, y así, hasta que aquélla desfallecía. 
Entonces, de dos certeros picotazos, le reven- 
taba los ojos. 

Doloroso sacudimiento despertaba las facul- 
tades mentales de Primitivo; como Prometeo, 
sentía que el corvo pico le arrancaba las en- 
trañas; pero no se movía. “Antes, no hubieran 
pasado las cosas así; pero aura 1 ... todo acabó”, 
decíase, y empuñaba la botella. 

Yo tenía tm pajarito 

Y el pajarito se fué, 

Canturreaba por último, mientras el caran- 
cho, después del sangriento festín, se elevaba 

[ 132 ] 



EL TERRUÑO 


* en los aires, llevando en las garras para sus 
hijuelos las entrañas de la víctima; y aquel es- 
tribillo de una vieja relación , quién sabe por 
qué oculto subjetivismo, expresaba con len- 
guaje intraducibie, aunque elocuente, lo que 
él no acertaba a analizar bien ni decía de nin- 
guna manera. 

Celedonia pasaba como una sombra. Cami- 
naba encorvada y tenía enrojecidos los ojos 
y la boca hundida. Al ver a su marido silen- 
cioso y huraño junto al fogón o debajo del 
ombú, preguntábase: “¿Qué pasará por su alma 
ahora? ¿Me estará maldiciendo?... Si fuera ca- 
paz de perdonar, me echaría a sus pies, lo ser- 
viría de rodillas, pasaría por todo por no verlo 
así; pero no, ese hombre no puede perdonar- 
me../’ — y se sentía morir de angustia — . “¿Y 
todo viene de aquello?'* — interrogábase a con- 
tinuación, y empezaba a percatarse de que allá, 
en las reconditeces de su alma, nacía violento 
odio contra el amante y juntamente un senti- 
miento indefinible, extraña mezcla de admira- 
ción. lástima y respeto hacia el esposo burlada 
que la martirizaba, es verdad, pero por ven- 
garse, sin duda, de la afrenta que ella le había 
inferido Reconocía su culpa, cometida sin pa- 
sión ni sensualismo, por debilidad tan sólo; pero 
más que la falta misma la atormentaban las 
consecuencias de ella: la vida miserable que 
vina luego y, sobre todo, la abyección del es- 
poso, cuvo relajamiento físico y moral seguía 
espantada paso a paso. 

“¡Qué malo debe de ser lo que hice!’' — pen- 
saba vagamente al verlo regresar de la pulpería 

[ 133 ] 


Tirrufio 1Q 




CARLOS REYLES 


vacilando sobre las piernas, las ropas desali- 
ñadas y el rostro embrutecido por la embria- 
guez. Y se asustaba de su delito y disponía 
a aceptar, sin protesta, las mayores torturas 
para purgarlo. Por las noches figurábase siem- 
pre que Primitivo iba a matarla, y, caso ex- 
traño, no abrigaba rencor contra él. Lo oía 
acercarse; lo veía desnudar la daga, cuya hoja 
resplandecía fatídica en la oscuridad, y sentía 
sobre el pecho desnudo la mirada del asesino 
aue busca el sitio . Helado sudor humedecíale 
las sienes; la lengua seca se le pegaba al pala- 
dar. desfallecía 

“¡Vivo vivo!” murmuraba al volver en sí, 
y en lugar de odiarlo sentíase casi 1 reconocida 
pornue aun él no había usado del derecho de 
avahar con ella, nue le concedió de^de el pri- 
mer momento la menor violencia. El envi- 
lecimiento de Primitivo tampoco le repugnaba. 
Cuando lo veía tirado en un rincón, borracho, 
con los oios fiios v sin luz, como los de un 
pescado muerto, la boca entreabierta v los me- 
chones de pelo pegados a la sudorosa frente, no 
experimentaba asco, sino, por el contrario, 
vivísima atracción, piedad ardiente, ternura 
exaltada, nuizá oornue sufría por ella. La rela- 
jación de aquel hombre, antes tan bueno v sano- 
y ahora abvecto, era obra suva , v este hondo, 
aunoue confuso sentimiento, daba margen en 
el alma femenina v nada dura de Celedonia, 
a ternezas inauditas e inclinación amorosa, ex- 
plicable tan sólo considerando que las Evas 
suelen sentir perversa predilección por el hom- 
bre que, a causa de ellas, sufre y se envilece... 

[ 134 ] 



el terruño 


Una tarde regresó Primitivo de la pulpería 
en tal estado de ebriedad, que apenas podía 
sostenerse en pie. Tambaleando, pudo llegar 
hasta el comedor* En la puerta se detuvo, 
y viendo a su mujer, que cosía junto a la ven- 
tana, entonó con lengua estropajosa: 

Yo tenía un pajarito 

Y el pajarito se fué, 

echándose a reír luego estúpidamente. Estaba 
muy pálido; la barba de ébano hacía resaltar 
más aún la blancura lechosa del rostro, y la 
lividez de los labios, estirados y entreabiertos 
por sardónica sonrisa. 

— ¡Dios mío!, ¡qué suplicio! — exclamó Cele- 
donia tapándose la cara con ambas manos para 
no verlo, para no ver, sobre todo, la expresión 
de aquellos ojos turbios y revueltos como los 
de los ciegos. 

Yo tenía un pajarito 

Y el pajarito se fué, 

tornó a repetir Primitivo; e intentando avan- 
zar, se le enredaron las piernas, y cayó hirién- 
dose en la frente. 

Celedonia trajo agua fresca, arrodillóse junto 
a él y le lavó la herida. Mirándolo luego tier- 
namente, con lágrimas en los ojos, le pasaba 
los dedos por la enmarañada melena, henchido 
el pecho de sentimientos blandos y dulces* 
“Yo he sido su cruz”, consideraba con infinita 
tristeza, y la machuna Celedonia sentía ímpetus 

[ 135 ] 




CAELOS REYLES 


de prodigarle mil caricias, mil besos... Esa no- 
che se impuso el deber de velarlo, y al otro 
día, al abrir los ojos Primitivo, se encontró con 
que los de ella lo miraban húmedos de amor... 

“¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está mi mujer 
arrodillada^ a mi lado y mirándome así?... 
Y ¿por qué me duele la frente?”, se preguntó 
sin recordar nada, entre los limbos del sueño 
aún; y luego, agregó en voz alta y con acento 
duro: 

— ¿Qué haces ahí? 

— Te cuidaba; anoche te heriste en la 
frente y... 

— Güeno, güeno 1 — interrumpió él — ; ya 
sabes que no quiero conversaciones; dejáme 
no más... 

Como Celedonia permaneciese en la misma 
actitud y no respondiera, añadió incorporán- 
dose: 1 

— ¿No oís? 

Entonces ella clamó, abrazándose a las piernas 
de su marido: 

— Te pido por la virgen que tengas piedad 
de mí; no puedo más... 

Primitivo, montando en cólera, iba a estallar 
en improperios como otras veces, pero la pena 
de ella lo contuvo. 

— Déjame salir — dijo solamente, domando 
la expresión fiera del rostro. 

Pero Celedonia, puesta de rodillas siempre, 
se apretó con más fuerza a él. 

— No, no, eso no; por la virgen te lo pido; 
mata, pero perdona... ¡Me muero! ¿No ves que 
me muero?... 


[ 136 ] 



EL TERRUÑO 


En aquella actitud, con las lágrimas corrién- 
dole por las flacas mejillas y los ojos puestos 
en blanco, a pesar de su fealdad, atenuada por 
la expresión dolorosa y como espiritualizada 
por ella, semejábase Celedonia un tanto a la 
estampa de la arrepentida Magdalena que ador- 
naba la pared. Era la aflicción de sus ademanes 
y palabras tan verdadera, que el airado esposo 
sintióse conmovido. ¡Cuántas ideas, rápidas 
como relámpagos, le sugirieron de súbito aque- 
llas azuladas ojeras, aquel hundido pecho, aquel 
crispamiento de los labios, secos y amarillos!... 

“¡Qué acabada está!”, pensó. “Si yo pudiese 
perdonarla, si yo pudiese...” y la piedad dila- 
tóle un instante el endurecido corazón. “Pero 
no podré, seguro que no podré. ¿Qué vamos 
a hacerle?, yo también sufro: la culpa no fué 
mía. ¿Por qué me engañó? ¿Qué diría Jaime 
sí supiera?...” Y al recordar el nombre del trai- 
dor, la bilis se le subió a los labios. 

— ¿No te acordás ya? 1 — gritó con voz esten- 
tórea mostrándole la herida siempre roja, que 
le desfiguraba el rostro. 

Oyóse sorda queja. Las manos sarmentosas 
de Celedonia se desprendieron de las piernas 
de Primitivo, y se desplomó hacia atrás, como 
ave herida que extiende las alas y cae del árbol. 


[ 137 ] 



Mamagela decidió intervenir, y en su fla- 
mante break , muy oronda y satisfecha a pesar 
de los disgustos, trasladóse a “La Nueva Espe- 
ranza” a fin de tener una conferencia con 
Tóeles. Ambos, por confesión propia de Cele- 
donia, estuvieron desde los primeros momentos 
al tanto de lo que ocurría, y ambos también, 
por distintos medios, trataron de consolar y 
prestarles arrimo de amor a los desdichados 
cónyuges, aunque inútilmente, porque Primi- 
tivo les manifestó con rotunda claridad que lo 
dejasen tranquilo y no se metieran en sus cosas. 
Doña Angela se limitó entonces a predicarle 
cristiana resignación a Celedonia, obediencia 
incondicional, ternura sumisa para ver de des- 
armar, por esos dulces medios, la cólera del 
afrentado esposo. A Primitivo nada le decía, 
ni hubiera podido hacerlo, porque así que lle- 
gaba a la casa la ínclita matrona íbase 1 él a la 
pulpería, y no a la de sus suegros, sino a otra, 
lo cual irritaba por partida doble a Mamagela. 

— Vengo dispuesta a llevarme a Celedonia 
y al chico — le dijo a Tóeles no bien hubo 
puesto en el suelo el regordete y menudo pie — . 

[ 138 ] 



EL TERRUÑO 


Aquello no puede seguir así; justo es que Cele* 
donia purgue su falta; pero yo no puedo per- 
mitir que la martirice adrede y además maltrate 
a la pobre criatura, inocente de toda culpa. 
Si quiere ese bárbaro matarse que lo haga, 
pero la vida de su mujer y la de Pedrito no 
le pertenecen. ¡Qué demonios!, todo tiene su 
límite. Al verla tan arrepentida, tan sumisa, 
tan resignada a los malos tratos que le da, otro 
cualquiera hubiese perdonado, pero él es inca- 
paz de hacerlo; lo conozco bien. Nadie le gana 
a bueno, pero a cabeza dura y malas entrañas 
tampoco, si lo irritan. Yo, como madre, no pue- 
do estarme de brazos cruzados; debo intervenir. 
¿Qué piensas tú? 

Tomaron asiento en el comedor, que era al 
mismo tiempo sala, cuarto de costura y biblio- 
teca. Libros, papeles, trapos y enseres de bor- 
dar andaban por allí revueltos al capricho. Las 
humildes paredes de terrón absorbían la luz 
que entraba únicamente por la puerta sin vi- 
drios. Cerrada ésta, la habitación permanecía 
a oscuras, lo cual era muy bueno, según doña 
Ángela, contra el calor y las moscas. El piso 
de tierra, muy barrido y bien regado, daba 
grata sensación de sobriedad y limpieza. Sobre 
la mesa, en dos frascos de encurtidos, de boca 
ancha, que servían de floreros, veíanse algunas 
rosas. 

— Sí, me parece necesario — respondió Tó- 
eles — . Primitivo no perdonará, no puede per- 
donar; el odio al felón hermano le envenena la 
sangre. Por otra parte, las ruinas que se pre- 
paran alrededor de él y que él precipita sin 

[ 139 ] 



CARLOS REYLES 


poder remediarlo, lo hacen vivir recriminando 
a Celedonia y descargando sobre ella su ira 
enconada. Es fatal. 

— Cierto, atormentarla y atormentarse no 
parece sino que es para ese bárbaro el único 
fin de la vida. ¡Pobre Primitivo, siempre fué 
muy bruto! 

—Y no sólo atormentarla y atormentarse, 
como usted dice, sino también denigrarla y de- 
nigrarse. ¡Caso curioso! Todo el noble tesón 
que puso en enriquecerse parece que lo pusiera 
ahora en envilecerse y descender por la escala 
social abajo. ¿Qué resorte se ha roto en la 
voluntad que parecía de hierro? ¿Qué abismos 
tenebrosos, qué golfos de dolor se abrieron en 
esa alma simple donde antes toda era sumisión 
y bondad, y ahora pasiones e instintos bárbaros, 
desorden y rebeldía?... 

— ¿Qué te hace pensar así? ¿Te ha dicho 
algo? — interrumpió doña Ángela, temiendo que 
Tóeles se corriera a explicarle a lo psicólogo 
lo que ella pronto y sin retóricas apetecía 
saber. 

—No, no me ha dicho nada concreto; pero 
yo lo veo obrar, y, observándolo, he caído en 
la cuenta de que su mal no tiene cura. Acon- 
sejarlo es inútil -y hasta ridículo. ¿Qué pueden 
los razonamientos fríos contra el alud de im- 
pulsos oscuros que lo empujan hacia el mal, 
que acaso para él es el bien? ¿Sabe, por ven- 
tura, lo que le pasa ni adonde va? 

— ¿Y es posible que ya ni caso haga de lo 
que tanto le costó ganarlo? 

— Así es. 


[ 140 ] 



EL TERRUÑO 


— Entonces, adiós mi plata; ahora sí creo que 
no tiene compostura. Cuando se hace aban- 
dono de lo que todos, incluso los moribundos 
dando boqueadas, cuidan y muchos ponen por 
encima de la salud del alma, es que el hombre 
está loco de remate, 

— Yo he tratado de adivinar sus designios, 
lo que se esconde tras aquella frente obsti- 
nada. Y bien, nada se esconde allí. Primitivo 
no razona, obra llevado por instintos que no 
conoce ni puede gobernar. Y va adelante como 
un ciego, mejor, como un sonámbulo, cosa que 
si bien se mira, aparte el ser más visible en 
él que en los demás, es achaque comente: 
todos vamos así, lo mismo los avisados que 
los torpes, los cuerdos que los dementes; éstos, 
movidos por unos huios, aquéllos por otr:osj 
títeres somos tan poco dueños de nuestros 
actos como de nuestros pensamientos. Usted 
y yo, doña Ángela — agregó sonriendo del 
asombro e indignación de su suegra — , somos 
tan sonámbulos como él, aunque engañados 
por espejismos diferentes, 

— ¡Ay, hijo mía! — replicó al punto la bue- 
na señora — , no me metas en esos tiquis mi- 
quis psicológicos, como tú dices, ni me entro- 
pilles con esos sonámbulos de que hablas, 
porque te juro que no me extravía ningún 
espejismo y que me duelen las muelas de saber 
lo que quiero y adonde voy. Ya te lo dije en 
otra ocasión, ¿para qué te haces el chancho 
rengo? Sólo me interesa el bien de los míos, 
y por ellos trabajo con tanto gusto como afán. 


[ 141 ] 




CARLOS REYLES 


Por buscarle la lengua objetó Tóeles, ma- 
leante y retozón: 

— Pero ¿quién le dice, doña Angela, que 
mirado de cierto modo, ese bien no sea el mal, 
y que ese afán y gusto suyos, que a usted le 
parecen tan simples y limpios de pecado, no 
obedezcan a incentivos egoístas en sí, anti- 
cristianos, como el deseo de poseer y dominar, 
pongo por caso? 

Doña Angela, abrió los ojos desmesurada- 
mente. 

— Mira, Toditos — exclamó al fin con mu- 
cho parpadeo y fruncimiento de labios — , dé- 
jame a mí tal cual soy y con la que creo, que 
así me encuentro muy a gusto. No quiero saber 
lo que no me hace falta. Si a tí te placen las 
inquietudes y el vivir como San Lorenzo en 
la parrilla, con tu pan te lo comas; a mí no. 
Una buena cristiana no tiene necesidad de tan- 
tos ajilimójilis y rompecabezas para vivir en 
paz y en gracia de Dios. Ni tú, ni el mismísimo 
Salomón, me harán creer que el sacrificarse por 
los hijos es otra cosa que sacrificio cristiano 
y caminito del cielo. Si esto es espejismo, con 
él me entierren. Dicen los sabios que el dia- 
mante es carbón; bueno: yo les digo a los sa- 
bios que quisiera tener muchos carbones de 
esos y ni una sola de las piedras finas que ellos 
fabrican, porque nada valen 1 . Y así en lo demás. 
Por lo que respecta a Primitivo, me parece que 
debemos ir a lo práctico: ¿qué remedio tiene 
el mal? ¿Qué se puede hacer? Y no perder el 
tiempo en averiguar si son galgos o podencos, 


[ 142 ] 




EL TERRUÑO 


porque ya sabes el fin de la fábula... A eso le 
llamarás tú ser utilitaria y... ¿cómo dices? 

— Pragmatista... 

— Bueno, mejor que esos feos motes, te diré 
yo en dos palabras lo que soy: pues una mu- 
jer que va al grano y deja la paja para el 
que le guste. 

-—Tiene usted razón, que le sobra, al obrar 
así — asintió Tóeles, riendo — ; hay que ir al 
grano; yo también quisiera hacerlo, pero ¿dón- 
de está el grano? 

Sin vacilaciones, respondió Mamagela: 

— Allí donde está la utilidad; es cosa dejada 
de puro sabida, y verdad siempre verdadera, 
aunque nos venga del tiempo de hacer pipí en 
porongos. 

A su vez, se quedó Tóeles mirando a Mama- 
gela de hito en hito. 

— ¿Qué remedio tiene el mal? ¿Qué se puede 
hacer? — repitió ésta. 

Viendo que su suegra se irritaba, respondió 
Tóeles cambiando de tono: 

— En mi sentir, lo único que cabe hacer, dado 
el extremo a que han llegado las cosas, es que 
usted se lleve a su casa a Celedonia y al chico. 

— Y Primitivo, ¿no se opondrá? 

— No lo creo, y si se opone, nos pasaremos 
sin su consentimiento. A grandes malés... 

— ¡Gracias a Dios que hablas cristianamente! 
Vamos allá. 

Y allá fueron, y con grande sorpresa escu- 
charon de boca de Celedonia, que a pesar de 
todo y sucediese lo que sucediese, quería per- 
manecer junto a su marido. Lo dijo con dul- 

r 143 ] 


CARLOS FEYLES 


zura, pero firmemente, como si obedeciera 
a una resolución madurada de antemano* Ma- 
niagela, comprendiendo lo que significaba 
aquella resignada aceptación del destino, no 
pudo menos de tenderle los brazos, y en ellos, 
Celedonia, que hasta ese instante se había 
dominado, murmuró dejando correr las lá- 
grimas: 

— i Ay, mamita!..* — como una queja que lo 
decía todo* 

Por no soltar también el trapo, salióse Tóeles 
de la pieza. En la enramada, Primitivo se dis- 
ponía a montar pertrechado como para un largo 
viaje: poncho de invierno arrollado, metido en 
una funda de lona y sujeto a la cabezada pos- 
terior del recado; lazo a los tientos; abultada 
maleta de tela entre los cojinillos; manea en 
el bozal, y caldera de tropero en la cincha, col- 
gando debajo de la barriga del caballo. Lo saludó 
Tóeles, y con sentida emoción refirióle la escena 
que acababa de presenciar. El paisano lo oyó 
con el pie en el estribo, y sin inmutarse: 

— Hasta que lo mate no me compongo — dijo 
al fin, como único comentario, y se alejó al trote, 
con la cabeza baja y golpeando sobre el pecho* 

Aunque era su único consuelo, Celedonia no 
se opuso a que doña Ángela se llevara al Ma- 
cho* que así llamaban al chico. Antes bien, le 
aseguró que ya había pensado en ello, a fin 
de evitar que el inocente sufriera por culpa 
ajena. Primitivo había dado en la flor de decir 
que no era hijo suyo, y lo maltrataba de pala- 
bra y de obra* En las piernas tenía el pobrecito 
muchas señales del arreador paterno. 

[ 144 ] 



EL TERRUÑO 

N ; 

La vuelta fué triste. Por V^S^pbicundas me- 
jillas de Mamagela corrían la&, ' ^nas; Tóeles 
se hacía muy amargas reflexí^^ ' * tarde 
moría, y allá en el rancho, mirand5%w el 

coche, sm alma y sin alientos, quedaba^^b** 
nia: una sombra entre las sombras crepusfctt^ 
lares. 

Cuando dejaron de ver las poblaciones de 
Primitivo, dijo Mamagela, mientras acariciaba 
a su nieto: 

— De las ruinas se salva la que se puede... 

Tóeles no la oyó; escudriñaba el horizonte 
con tenaz insistencia. De pronto, palideciendo, 
aseguró: 

— Aquello es gente; revuelta tenemos... 

— ¡Ave María!, ¿qué dices? 

— Lo que usted oye. ;Ve aquellos puntitos 
que salen del monte de “Los Abrojos”, se mue- 
ven en la cuchilla y avanzan hacia este lado? 
Es gente armada. Su compadre levanta el pon- 
cho. ¿Qué hacemos: sigo o doy vuelta? 

— ¡Sigue, apura los caballos...! 

— Pero para seguir tenemos que toparnos con 
ellos. Usted está entre los suvos, no le harán 
nada, pero a mí... — observó Tóeles, recordando 
ciertos artículos que había publicado contra el 
caudillaje. 

Al atravesar el arroyito de “Los Ceibos”, 
oculto por espeso monte criollo, se encontra- 
ron de sopetón con un grupo de divisa blanca, 
que les dio el alto y luego orden de echar pie 
a tierra. El que parecía capitanear aquella par- 
tida de forajidos, se acercó y le dijo a Tóeles, 
con tono que no admitía réplicas: 

[ 145 ] 



CARLOS REYLES 


— ¿No ha oído que se apee...? Necesitamos 
su coche..., y no me ponga mala cara porque 
lo voy a bajar de un tira. 

Doña Ángela, con grande presencia de ánimo, 
asomó la cabeza por entre las cortinas del 
break, y dijo, sin pizca de turbación y lo más 
jovialmente que pudo: 

— Pero vamos a ver, muchachos; ¿no hay 
entre ustedes nadie que me conozca? ¿No saben 
que soy más blanca que Aparicio? ¿A quién 
se le ocurre que se puede dejar en el medio 
del campo y de noche a una correligionaria 
como 1 yo...? ¿Están locos? Eso no se atreverían 
a hacerlo conmigo ni los salvajes. Algunos rea- 
les, sí. les daré, como he hecho siempre; pero 
el coche, primero me sacan las tripas. ¿Dónde 
está mi compadre Pantaleón? 

Afortunadamente, el coronel caía al paso en 
aquel instante, acompañado de una centena de 
hombres. Tóeles se echó el sombrero sobre los 
ojos y hundió más en el pescante. 

Así que divisó al caudillo, gritóle Mamagela: 

— ¡Compadre de mi alma, venga a sacarme de 
estas apreturas! Aquí me tiene prisionera de 
su gente... 

Riendo de muy buena gana se acercó el jefe 
y les ordenó a sus soldados que dejasen tran- 
amia a aquella señora, a quien el partido le 
debía muchos servicios. 

—Pero ¿qué anda haciendo por estos andu- 
rriales, comadre? ¿No sabe que el Gobierno 
nos ha querido madrugar? ¿No sabe que el país 
entero arde en guerra? 


[ 146 ] 



EL TERRUÑO 


Y como Mamagela, con grande asombro le 
contestase que nada sabía y le pidiera expli- 
caciones, prosiguió dejando de reír: 

— Pues sí, comadre, empezó el fandango. Los 
jefes nacionalistas estábamos tranquilos en 
nuestras casas, nadie pensaba en revolucio- 
nes... por ahora. Pero el Gobierno, no se sabe 
bien con qué pretexto, nos ha querido dar un 
golpe de mano para arrancarnos, sin duda, las 
jefaturas que logramos en la otra . Muniz, sin 
decir agua va, nos atropelló en Cerro Largo; 
aquí, Galarza; ya ha habido varios encuentros 
en otras partes también, y ahora seguirá el 
baile porque estamos todos avisados y dispues- 
tos a hacerles la pata ancha Esta vez va a ser 
la buena. Es necesario que todos cinchen si no 
quieren que los salvajes nos corran con el pom 
cho y nos monten luego con espuelas. Dígale 
a mi compadre que no olvide lo que me pro- 
metió — y luego, observando a Tóeles y frun- 
ciendo las hirsutas cejas, que parecían dos 
pegotes de enredada crin, añadió: — ¿Y este 
mocito no es su yerno, el que me trataba en los 
diarios de gaucho alzao? Mire, amiguito, este 
gaucho alzao ha dao su sangre por la patria cien 
veces, y la patria no le ha dado nunca ni un 
cobre. Vea si entre sus amigos los dotores hay 
muchos que puedan decir lo mismo. 

— No estoy en circunstancias de responderle 
con entera libertad — replicó Tóeles, digna- 
mente. 

— Así es, y por eso no digo más — repuso 
Pantaleón. 


[ 147 ] 



CARLOS REYLES 


Y, después de tenderle la ruda manaza a su 
comadre, se internó en el monte, seguido de los 
suyos, jinetes de barbas de astracán y rostros 
cobrizos por el adobe de frío y sol; centauros 
de las epopeyas nacionales, que iban a la gue- 
rra como a una corrida de avestruces y morían 
en las cuchillas sin saber por qué ni para qué; 
gauchos, en fin, educados en los campamentos 
y la vagancia, sin apego al pellejo ni ley a cosa 
alguna, habituados a vivir del abigeato en 
tiempo de paz y del merodeo a mano armada 
en tiempo de guerra. Entre ellos, en un overo 
azulejo muy escarceador, iba Jaime, de chiripá 
azul y ancha divisa blanca. 

Camino adelante, toparon con otros grupos. 
Al pasar, algunos jinetes que conocían a la 
castellana de “El Ombu\ la vivaron, blandien- 
do las lanzas o los mausers; ella les contestaba 
agitando un pañuelo celeste con la efigie del 
famoso caudillo Saravia. 

— Adiós, doña Ángela; pronto, si Dios quiere, 
le vov a mandar las tripas de un salvaie, para 
que haga chorizos — le gritó alguien más atre- 
vido que los otros. 

Y ella, siguiéndole el humor, replicó al 
punto: 

— -Ya que eres tan comedido, mándame las 
de Muniz — lo cual hizo prorrumpir a los bár- 
baros en homéricas carcajadas, dichos gauches- 
cos y vivas. 

Mientras la maleante doña Ángela tomaba 
las cosas como venían y se ponía al diapasón 
de los acontecimientos, Tóeles, adolorido por 


[ 148 ] 



el terruño 


el espectáculo de la barbarie nacional, dábase 
a todos los diablos. 

— Ahí tiene — concluyó — en lo que la polí- 
tica convierte a esos miserables paisanos 1 . 
¿Y, adonde van esos pobres diablos? ¿Qué 
fuerza los empuja? ¿Qué fuego fatuo los guía? 

— “¡Aire libre y carne fresca!” — exclamó 
doña Ángela, recordando la famosa divisa del 
padre de Jaime — . Ahí tienes lo que lleva a 
esos hombres a la guerra. 

— Justo, y ellos creerán que luchan por el 
partido, por las libertades, por el país. ¡Pobres 
diablos! ¡Pobres locos T 

— Tus correligionarios tienen la culpa. ¿Por 
qué no les dan una parte en la pitanza a los 
que son tan orientales como ellos? 

Aquí se enredaron en una discusión que, por 
veces, se tornó acalorada, y discutiendo, llega- 
ron a la casa de Tóeles, ya entradita la noche. 
Allí encontraron a Papagoyo y Amabí muy 
alarmados con las nuevas que corrían. 

— ¡Qué susto nos han hecho pasar! Empezá- 
bamos a temer que les hubiese sucedido algo 

— exclamó Amabí — . ¿Saben lo que hay? 

— Sí, hija; ya estamos al cabo de la calle 

— y les refirió el encuentro con Pantaleón, cu- 
yas tristes noticias confirmó en parte Pa- 
pagoyo. 

— Pero tú, ¿qué tienes, Goyo? — interrogó 
luego la señora — . Estás muy pálido; ¿te han 
dado algún susto? 

El buen don Gregorio, que encendía los fa- 
roles del coche con mano temblorosa, se puso 
más pálido aún. 


[ 149 ] 


r#rrufio IX 




CARLOS REYLES 


— Me tenía inquieto tu tardanza... 

— ¡Hum 1 ... tú me ocultas algo, Goyete; pero, 
en fin, ya lo sabremos. Sube y vamos. Y ahora, 
hijos míos, cada cual a cuidar lo suyo, y ¡que 
Dios nos proteja!... 

Papagoyo subió al pescante y partieron. 

Pocos días después pudieron convencerse de 
que el caudillo no había exagerado: el país en- 
tero ardía en guerra; los ejércitos recorrían la 
campaña volteando alambrados, diezmando ha- 
ciendas, talando montes; mucha gente de tra- 
bajo huía al Brasil y la Argentina; los peones 
se iban ya con los blancos, ya con los colorados, 
o se hacían matreros para no servir; los patro- 
nes se refugiaban en las ciudades, y las estan- 
cias quedaban abandonadas y como sin alma. 
Las pocas gentes que en ellas permanecían, vi- 
vían con el ¡Jesús r en la boca. Todo era fragor 
de armas, desolación y sobresalto. Pasaban los 
ejércitos sembrando ruinas y luego venían los 
grupos sueltos, más temibles aún: las levas, 
que se llevaban hombres y caballos; las gavi- 
llas de malhechores, que se formaban para sa- 
quear las estancias e imponer en los temerosos 
caminos la ley de la bolsa o la vida. En algu- 
nos establecimientos grandes recibían a estos 
últimos a tiros, pero en la mayoría, los mora- 
dores, pocos y desarmados, se dejaban despojar 
sin oponer resistencia. 

Como otras veces, temiendo un asalto a la 
pulpería, la valerosa Mamagela adoptó el tem- 
peramento belicoso y armó a todo el mundo, 
según convenía al sexo y las cualidades de cada 
cual: con escopetas a sus hijos, para que pu- 

[ 150 ] 



EL TERRUÑO 


dieran matar desde lejos y sin grande riesgo 
del cuero; con facón y pistola a Foroso; con 
chuzas a los demás, reservándose para sí un 
enorme pistolón de cargar por la boca, que 
metía miedo, y una filosa daga, que de puro 
ganosa por hurtar tripas, no parecía sino que 
se estaba saliendo de la vaina. A Papagoyo no 
le dió armas porque tenía buen pertrecho de 
ellas. De noche, la precavida señora hacía en- 
cerrar la tropilla en el corral y las ovejas en 
los bretes,- y ponía a uno de los muchachos de 
centinela con orden de menearle bala al cua- 
trero que se acercase. Pero de poco le valió, 
para salvaguardia de sus bienes, este aparato 
guerrero, porque a las primeras de cambio, en 
vez de la gavilla de bandidos que esperaba con 
tan gallarda disposición de ánimo, pasó una 
partida del Gobierno y le carneó cincuenta ca- 
pones y llevó los caballos, dejándole, en cam- 
bio, algunos matungos llenos de mataduras y un 
burro macilento y taciturno, que se lo pasaba 
todo el día parado frente a las casas, amus- 
gando las grandes orejas y meneando el rabo. 
Sólo se salvaron de la arreada , por estar muy 
escondidos en el galpón de los cueros, el overo 
rosao de Papagoyo -y el rosillo de Foroso, 
"Mientras no me lleven a los muchachos todo 
va bien”, se dijo Mamagela para consolarse; 
mas el gozo le duró poco, porque el comisario, 
cumpliendo órdenes superiores, no tardó en 
presentarse en busca de aquéllos. Esta vez Ma- 
magela perdió los estribos, y después de poner 
a Batlle de oro y azul, le aseguró resueltamen- 
te al comisario que ella no le entregaba sus 

[ 151 ] 



CARLOS REYLES 


hijos para que fuesen a matar infelices de su 
mismo color , que blancos los había parido y 
blancos eran. 

— Si usted quiere — concluyó airada — bús- 
quelos y lléveselos y deles armas, que yo seré 
la primera en aconsejarles que con ellas se pa- 
sen a los suyos en la primera ocasión. Por lo 
que respecta a Mador y Mérico, que están uno 
al frente de la cabaña y el otro al frente de la 
pulpería, ni usted tiene el derecho de llevár- 
selos, ni yo se lo permitiré — y diciendo esto 
se encerró con ellos en su alcoba y puso el pis- 
tolón bien a la vista. 

El comisario, que era hombre prudente y ade- 
más apreciaba a doña Ángela, aunque conocía 
su exaltado partidismo, sólo dijo dirigiéndose 
al comerciante: 

— Vea, don Gregorio, que yo sólo cumplo 
órdenes. No tengo inconveniente en dejar a 
Mador y Mérico, aceptando como válidas las 
razones que ustedes me dan, aunque bien pu- 
diera obrar de otro modo; pero haga que los 
otros se presenten y no me obligue a allanarle 
la casa y a usar de medios violentos. 

— Yo no se los entrego; usted cumpla con su 
deber — contestó reposadamente Papagoyo. 

El comisario, amostazado ya, iba a proceder 
sin miramientos, cuando los muchachos se pre- 
sentaron. 

— ¡Aquí estamos^ — exclamó el Sacristán, po- 
niéndose como mayor al frente de ellos. 

Faltaba el peoncito, el único que había en 
“El Ombú”. Era un muchachote medio idiota. 


[ 152 ] 



EL TERRUÑO 


Lo llamaron a gritos y buscaron por todas par- 
tes y no aparecía; al fin dieron con él en la 
cocina: espumaba el puchero tranquilamente. 

— ¿Qué hace ahí, amigo? ¿No oye que lo es- 
tán llamando, o es sordo? ¿Cómo se llama? 
Responda pronto. 

— Con perdón de la comida que está en la 
olla, me llaman El Cagao — contestó el infeliz, 
creyendo oportuno nombrarse para que lo de- 
jaran por inservible, con el mal oliente mote 
que hasta la misma Mamagela le daba cuando 
tenía que retarlo a causa de su falta de aseo 
o inveterada simpleza. 

— Bueno, amigo; Cagao... y todo, marche 
— ordenó el comisario. 

Mamagela los equipó a todos lo mejor que 
pudo y los dejó partir, diciéndoles solemne- 
mente: 

— Acuérdense que son blancos y cumplan co- 
mo tales. 

Afligida, pero entera, los miraba alejarse des- 
de la enramada, saludándolos con el pañuelo 
de tiempo en tiempo. 

Ellos, antes de pasar la portera, volvieron los 
caballos, pusiéronse en fila, y a una quitándose 
los chambergos, le enviaron un postrer saludo. 

Sobre el ámbar del horizonte destacábanse 
nítida y vigorosamente como siluetas de tinta 
china. Ella agitó por última vez el pañuelo 
y luego entróse a la casa, seguida de Papagoyo. 
El buen hombre caminaba encorvado y arras- 
trando los pies. 


[ 153 ] 




XI 


El pacífico comerciante parecía inquieto 
y congojoso- Paseábase a lo largo del almacén 
y suspiraba frecuentemente, como si lo embar- 
gase una de esas penas que no sólo pungen, 
smo que quitan los bríos y arrestos del vivir. 
Después de muchas idas y venidas, suspiros 
e indecisiones, se dirigió al dormitorio de su 
mujer y, en puntillas, acercóse a la puerta Es- 
cuchó: la castellana de “El Ombú” dormía el 
sueño de los justos. Bien asegurado de esto 
Papagovo, mudóse de ropa sigilosamente; em- 
puñó luego la herrumbrosa lanza en la diestra, 
y con las botas en la otra mano, muy paso, salió. 
En el almacén, dando resoplidos, calzóse las 
granaderas, escribió una carta, que puso sobre 
el mostrador, en lugar visible, y consultó la 
hora. |Las doce! Un nudo le apretó la garganta. 
Haciendo de tripas corazón, empuñó su viejo 
lanzón patrio, y despidiéndose con tiernísimas 
miradas de los objetos que le eran más fami- 
liares y caros: la mesa donde escribía desde 
treinta años atrás, el lustroso palo de descolgar 
los artículos del techo, la peluda silla de Ma- 


[ 154 ] 



EL TERRUÑO 


magela, abrió la puerta que daba al campo 
y echó a andar, apoyándose contra los muros 
para no caer. La noche era como un pozo sin 
fondo, tenebrosa y llena de silencio. Papagoyo, 
con los brazos tendidos hacia adelante, echada 
hacia atrás la cabeza y los ojos cerrados, avanzó, 
suspenso el ánimo, cauteloso el pie. 

— ¿Estás ahí? — preguntó muy quedo al lle- 
gar a la enramada. 

— Aquí estoy — contestó Foroso, que lo es- 
peraba con dos caballos de la rienda. 

Montaron; los caballos tascaron los frenos; 
los jinetes se hundieron en las sombras. 

— ¡Adiós, Ángela! ¡Adiós, hijos míos! ¡Quién 
sabe si los volveré a ver! — murmuró el buen 
hombre, enternecido. 

Foroso rezaba. 

— ¿Por dónde vamos? — interrogó éste al cabo 
de algunos instantes. 

— Saldremos por detrás de la chacra y cor- 
taremos campo en dirección al Paso de Bustillo. 
Mi compadre Pantaleón me aseguró que las 
otras cruzadas eran muy peligrosas. Si nos 
encontramos con alguna partida enemiga, cuén- 
tate entre los muertos. El bandido Carranca 
anda rondando por los contornos, y ya sabes lo 
aficionado que es al violín . ¡Quién me mete 
a mí en estos trotes, con sesenta años a cuestas 
y enfermo de la vejiga! Razón tenía la pobre 
Ángela cuando aseguraba que me iban a com- 
prometer; porque has de saber, Foroso, que yo 
no voy a la guerra por mi gusto, ni a matar 
salvajes por odio, ni porque crea que cuando 
los nuestros estén en el c andel ero lo harán me- 


[ 155 ] 



CARLOS REYLES 


jor que los otros, sino por cierto compromiso 
con mi compadre y porque no diga la gente, 
que a eso obligan los hijos y los negocios. 

Foroso no iba menos apesadumbrado. La fi- 
delidad, más que el partidismo, que en él era 
pura cháchara y ocasión de lucir lindas golillas 
celestes, lo constreñían a seguir a su viejo pa- 
trón, amén de las bromas y puyas de las mula- 
tas, que de continuo reprochábanle el no haber 
mostrado en nmguna revolución la hilacha 
guerrera. Y como esto, más que las canas y el 
reuma, menguaba su prestigio donjuanesco, no 
fué lo que menos lo decidió a cambiar, una vez 
siquiera, el cucharón por la chuza y la golilla 
por la divisa. Y se la puso cumplida y con este 
lema amenazador: “A sangre y fuego”, lo cual 
demostraba claramente sus belicosas intencio- 
nes. De repente, detuvo el caballo y murmuró 
apenas: 

—¡Me parece oír!... 

— ¿ Qué ? — interrogó Papagoy o, sofrenando 
el overo. 

— i Ruido de gente!... 

El pulpero afinó el oído mientras pensaba con 
involuntaria insistencia en los tres nacionalis- 
tas, mozos garridos y de distinguida condición, 
que habían aparecido días atrás degollados en 
las barrancas del arroyo. A muchos revolucio- 
narios la suerte les deparaba el mismo fin mien- 
tras buscaban incorporarse al grueso de los 
ejércitos. Y la fama del comandante Carranca, 
que tenía a su custodia los pasos del pago, no 
era prenda de tranquilidad para Papagoyo y su 
escudero. Las gentes le atribuían a aquél actos 

[ 156 ] 




EL TERRUÑO 


i 


de crueldad espeluznantes. Amo y servidor los 
rememoraban y se estremecían. 

— Échate sobre el pescuezo del caballo, y es- 
cucha — dijo con apagada voz Papagoyo. 

En efecto, se oían ruidos alarmantes en una 
y otra dirección. 

— Maltceo que nos aguaitaban ... Lo mejor 
sería volver antes que nos corten la retirada... 

Don Gregorio se indignó. 

— Mira, pardo maula, si me hablás de volver 
te voy a dejar frito de un lanzazo. Esos ruidos 
provienen seguramente de algunas partidas que 
pasan sin pensar en nosotros. Con sacarles el 
cuerpo estamos del otro lao. Vamos a cruzar 
rumbo a “Los Abrojos”; seguirme 1 , y lleva pron- 
ta la tenaza de cortar alambre. 

Avanzaron al trotecito, sigilosos y prudentes. 
Cuando Foroso se disponía a echar pie a tierra 
para cortar un alambrado y salir al campo ve- 
cino, sintieron sordo golpear de cascos en el 
suelo y como un eco lejano de voces. Quedaron 
indecisos; luego volvieron grupas; pero a poco 
andar, oyeron también por aquel lado rumores 
sospechosos, y de pronto, un silbido que a los 
dos parecióles fatídica señal. Los teruteros can- 
taron; una lechuza dejó oír su graznido siniestro. 

— ¡Patrón, por lo que más quiera!... — clamó 
Foroso. 

Don Gregorio, aunque pacífico, era animoso 
y no quiso prestarle oído a las palabras del 
pusilánime pardo. Torció a la izquierda, luego 
a la derecha y siguió avanzando un buen tre- 
cho, después tornó a desandar lo andado; mas 
smtiendo por todas partes los mismos ruidos, 

[157] 



CARLOS REYLES 


se decidió a volver a las casas para buscar 
otra salida. Pusieron los caballos a galope, 
luego a media rienda, y como el galopar de 
otros caballos y los rumores de marras se oye- 
ran cada vez más distintos y cercanos, echa- 
ron a correr, en la creencia, firme esta vez, de 
que los perseguían y cercaban. 

La idea de que podían cortarles la retirada 
iba tomando cada vez más cuerpo en la mente 
de Poroso. Se veía alcanzado, rodeado, vol- 
teado del caballo y pasado a cuchillo. Y sin 
darle paz al rebenque y la espuela, encomen- 
dábase precipitadamente a todos los santos. 
Papagoyo espoleaba al overo sin piedad, mal- 
diciendo a su compadre, que en aquellas apre- 
turas lo ponía. 

“¡Se necesita tener el alma atravesada — de- 
cíase — ‘para meter a un padre de familia en 
estas aventuras! Nos vienen pisando los talones, 
y llevo el mancarrón completamente aplastao . 
Este pardo picaro tiene la culpa, por no haberlo 
levantao de barriga , como le ordené. Va mejor 
montao que yo. ¿Por qué no le cambio el ca- 
ballo? En resumidas cuentas, mi pellejo vale 
más que el suyo, Pero ¿cómo pedirle el rosillo, 
si el muy maula, de puro asustao , se sale por las 
orejas? Estoy por empacarme y hacer la pata 
ancha. De morir, mejor hacerlo matando. Son 
muchos, seguramente... y Foroso me va a dejar 
en la estacada, como si lo viera. ¿Por qué no 
lo...? Dios me perdone! jQué cosas aconseja el 
miedo! ¡Malditas sean las revoluciones y quien 
las inventó!” 



EL TERRUÑO 


Erraron el paso, perdieron el rumba y casi 
se llevan por delante un alambrado Detrás de 
ellos parecíales sentir gran tropel de jinetes y 
frecuente rebotar de boleadoras, como si un es- 
cuadrón entero los persiguiera lanzándoselas. 
Foroso arrojó las maletas que llevaba, porque el 
rosillo se le venía quedando, y gritó: 

— ¡Apure, patrón, que nos alcanzan!... 

— No me da más el overo — contestó Papagoyo, 
con voz apenas inteligible. 

Un relámpago les permitió divisar las pobla- 
ciones de “El Ombú”. 

— ¡Gracias a Dios! — exclamaron ambos a una. 

Muy cerca de las casas, cuando ya se creían 
salvos, un jinete se plantó delante de ellos ce- 
rrándoles el paso. Imposible era desviarse, me- 
nos retroceder. Papagoyo se encomendó a la 
Virgen y arremetió con bríos. Oyóse un alarido 
formidable y desgarrador, como el de un gi- 
gante al desplomarse con las entrañas rotas, 
y casi simultáneamente el lamento sordo del pul- 
pero, que Foroso vió rodar por tierra y quedar 
tendido boca arriba. 

El pardo, sin detenerse al llegar, abrió el por- 
tón de una pechada, y con grandes estrépito 
sentó de garrones al rosillo en el mismo centro 
del patio, como si sólo allí se creyese seguro. 
Armóse indescriptible alboroto; puertas y ven- 
tanas se abrían y cerraban con estruendo; se 
oyeron gritos y luego un tiro, después otro y por 
último una verdadera salva de ellos. Foroso 
gritaba que no tirasen, que era él. Al fin, do- 
minada el tumulto y enterada Mamagela de lo 
que había, hizo que todos aprestasen las armas 

[ 159 ] 



CARLOS REYLES 


y salió de la casa seguida de los muchachos y las 
mulatas y precedida por Foroso, que llevaba un 
farol en una mano y el facón en la otra. 

— Por aquí, por aquí — decía el pardo. De 
tiempo en tiempo hacía alto. — ¡Fuego! — gri- 
taba; los muchachos disparaban las escopetas 
para despejar el campo de enemigos, y luego 
continuaban todos avanzando. 

Papagoyo seguía tendido boca arriba con las 
manos puestas sobre el pecho. Tenía los labios 
teñidos de sangre y el rostro desencajado. Rápi- 
damente lo recogieron y entraron a la casa. 
Le humedecieron el rostro, le dieron un poco de 
caña para reanimarlo, y cuando el herido abrió 
los ojos preguntóle Mamagela, mientras lo pal- 
paba por todas partes: 

— Goyo, Goyete, no te asustes, no será nada; 
dime, ¿dónde te duele? 

— Aquí... — musitó Papagoyo, llevándose las 
manos al pecho. 

No había sangre. Le desabrocharon las ropas, 
y, descubierto el pecho, notaron sobre la piel 
blanquísima dos manchas grandes y amoratadas 
como dos alcauciles, 

— Es un par de bolazos — aseguró Foroso, gra- 
vemente. 

— No hay herida — dijo Mamagela después de 
concienzudo examen — . Tiene razón Foroso; 
¿qué otra cosa puede ser? ¿Te duele? 

— ¡Una barbaridad! Debo de tener roto algún 
hueso... 

— Gracias a Dios, todo será asunto de árnica. 
De buena te has escapado, Goyo. Pero ¿cómo 
fué? — interrogó doña Ángela, observando de- 

[ 160 ] 




el terruño 


tenidamente la vestimenta de su marido — , ¿Qué 
hacías en el campo a estas horas? ¿Adonde ibas 
de botas y poncho? 

— Éste te lo dirá — suspiró el pulpero, diri- 
giéndole a Foroso una mirada suplicante. 

Entonces Foroso les relató los planes revolu- 
cionarios del patrón y la aventura guerrera que 
habían corrido, desde que enhoramala salieron 
de las casas hasta que Papagoyo arremetió, lanza 
en ristre, al salvaje que se les puso delante. 

Papagoyo, con voz dolida y apagada, agregó: 

— Al levantarlo en la lanza, arrojó un alarido 
tremendo y me acomodó el par de bolazos, Cayó 
y caí — concluyó con espartano laconismo. 

Mador había recogido la lanza. Estaba tinta 
en sangre hasta la media luna. Todos la exami- 
naron con viva emoción, y los ojos luego se po- 
saban en el héroe, admirativos y consternados 
a la vez. Mamagela, sin cesar de sermonearlo 
cariñosamente por haber querido abandonar a 
su familia e irse a la guerra, le dió al maltrecho 
esposo una friega de árnica y le puso un paño 
de agua sedativa en la frente. Concluida esta 
operación, dijo muy grave: 

— Ahora démosle gracias al Señor por haber- 
nos sacado con bien de este trance, y recemos 
un rosario por el alma del difunto. 

— Por ése no rezaba yo ni un Padrenuestro. 
]Dios le perdone las ganas que nos tenía! — ex- 
clamó Foroso, ya enteramente repuesto del 
susto. 

Desde el lecho, Papagoyo seguía las oraciones 
emocionado y contrito, removiendo los labios 


[ 161 ] 



CARLOS REYLES 


muy de prisa, como las viejas rezadoras. Foroso 
besó el suelo varias veces; Jua lloró. 

Antes de amanecer, cuando aun todos dormían 
transidos por los sucesos de la noche, Mamagela 
abrió el portón sigilosamente y salió ál campo, 
dirigiéndose ai sitio donde sospechaba que de- 
bía de encontrarse el muerto. La idea de éste 
le impidió pegar los ojos, no sólo porque senti- 
mientos humanitarios alarmasen su conciencia 
cristiana, sino, principalmente, porque temía, 
no sin razón, que el heroico hecho de armas de 
Papagoyo trascendiese y les atrajera la ira y la 
venganza de los colorados, con los cuales ella, 
a pesar de ser blanca hasta los tuétanos, se man- 
tenía en muy buenas relaciones amistosas 
y también comerciales. Y dejándose llevar en 
alas de su briosa imaginación, veía, veía las 
ovejitas perseguidas a lanzazos y ardiendo las 
poblaciones de “El Ombú”. 

Lo primero que divisó fué el overo ensillado 
aún y pastando tranquilamente; un poco más 
lejos, el borrico dormía tendido sobre la hierba 
húmeda; pero del salvaje difunto, ni rastro. 
Recorrió el campo en todas direcciones: nada. 
El caballo pastaba; el burro dormía con el cue- 
llo tendido y las patas estiradas. En una de las 
pasadas, la señora, viéndolo tan inmóvil, acer- 
cóse más a él, y pudo cerciorarse, con pasmo, 
que estaba muerto: en el mismo degolladero te- 
nía abierta una ancha herida, y a ambos lados 
de ella, y a cosa de diez centímetros, otras dos 
pequeñas y poco profundas. Mamagela com- 
prendió por qué la lanza de Papagoyo tenía en 
la medía luna algunos pelitos blancos, y por qué 


[ 162 ] 




el terruño 


éste había caído del caballo con dos bolazos en 
el pecho. 

— ¡Bendito sea Dios! Al sentirse herido el 
animalito, le arreó, sin duda, un par de coces — 
exclamó; y pegándose sendas palmadas en los 
opulentos muslos y apretándose otras veces los 
ijares, reía a más no poder. Repentinamente, co- 
mo asaltada por una idea, cesó de reír, y presu- 
rosa, haciendo danzar las pulpas más alegre- 
mente que de costumbre, volvióse a las casas 

— Foroso, levántate ligero sin hacer ruido — 
dijo entrando en la covacha del pardo, que 
despertó azoradísimo — . Novedades tenemos, 
y gordas; ¿sabes? Acabo de ver el salvaje 
muerto. 

—¡Ah!... 

— Allí está, con el pecho abierto de un tre- 
mendo lanzazo. . pero tiene cuatro patas... 

— ¿El qué?... 

— Sí, es el burro. 

El pardo abrió tamaños ojos. 

— Como lo oyes: el burro es el salvaje que 
mató tu amo. Estamos limpios de pecado. No 
hay más muerto que ése, ni hubo más alarido 
de gigante que un rebuzno, ni otros bolazos 
que las patadas del burro. 

Foroso, comprendiendo a su vez, pasó del 
terror a la hilaridad. Y reía a desternillarse, sin 
que Mamagela, que le hacía coro, lograra do- 
minarse ella ni imponerle silencio a él. 

— ¡PhssL, quieres callarte, pardo maldito — 
exclamó al fin — ; vas a desnertar a los mu- 
chachos. Escucha: abre los oídos; levántate sin 
pérdida de tiempo; uñe los bueyes, y, antes que 


[ 163 ] 




CARLOS REYLES 


nadie te vea, llévate el burro de arrastro al 
monte de sauces y escóndelo allí. Hay que 
enterrarlo. 

Foroso volvió a abrir asombrado ojos y boca. 

— Sí, hijo; hay que enterrarlo; tú eres ladino 
y me comprenderás en un abrir y cerrar de 
ojos. Es preciso que Goyo siga creyendo en la 
muerte del salvaje y convencido de que en el 
monte queda enterrado. Así no* volverá más 
a las andadas, ¿adivinas? — y sus ojos goyescos 
decían mil cosas maliciosas — . Bueno, la tran- 
quilidad de todos, sin exceptuar la tuya, pues 
imagino que las correrías de anoche no te atraen 
mayormente, pende de ti Ya lo sabes. Con que... 
despabílate, vestite 1 , haz lo que te he dicho 
y guarda el secreto religiosamente. La verdad 
queda entre los dos; los otros deben creer lo que 
Goyo, ¿me entiendes? Otra vez te lo repito: 
lo que entierras es el salvaje y no el burro — 
guiñó el ojo y salió con el índice puesto en 
los labios. 

La proeza de Papagoyo se divulgó presto en- 
tre sus correligionarios y dió margen a muchas 
invenciones y comentos, especialmente entre la 
gente de pelo largo y pollera. Numerosas y muy 
calificadas personas vinieron a saludar a ios se- 
ñores de “El Ombú”. Papagoyo recibía, lleno de 
rubor, silenciosos, pero expresivos apretones de 
manos de aquellos amigos que, de mil modos, 
parecían decirle: “Respetamos su secreto, pero 
sepa que'lo admiramos sin reservas”. Mas en las 
tertulias del corredor, entre un mordisco al ros- 
quete y una chupetada a la bombilla, doña An- 
gela, en ausencia del héroe y a hurto de él 

[ 164 ] 



EL TERRUÑO 


dábale gusto a la lengua y satisfacía la curiosi- 
dad de los visitantes narrando la famosa hazaña, 
no así como así, sino prolijamente y condimen- 
tándola con las dramáticas especias y las sales 
de que era capaz su fantasía. Si en tales oca- 
siones acertaba a pasar por allí Papagoyo, pro- 
ducíase respetuoso silencio; miradas enterne- 
cidas posábanse sobre él. Papagoyo aupábase 
maquinalmente los pantalones con un movi- 
miento peculiarísimo de los brazos y la cintura; 
bajaba los ojos y sonreía, modesto y feliz. 
Cuando los tertulianos partían, Mamagela, reco- 
mendándoles el secreto, los acompañaba hasta 
el portón, y luego, con grande misterio, mos- 
trándoles el monte de sauces, apartado y sole- 
doso, decía: 

— Allí está; iohss., ! 

Y los despedía haciendo expresivos signos de 
inteligencia. 

Así subió de punto la estimación, ya acen- 
drada, en que los vecinos tenían al pulnero y su 
señora, y aumentó la clientela de “El Ombú”. 
A pesar de los horrores de la guerra y los temo- 
res que le inspiraban la suerte de los muchachos 
V de Primitivo, Papagoyo sentíase feliz. Todas 
las mañanas, al abrir el almacén, dirigíale desde 
la puerta una furtiva mirada al monte de sauces, 
y su conciencia de partidario, quedaba tranquila 
y gozosa. 


[ 165 ] 


1 Terruño 12 



XII 


En muy graves aprietos veíase la ínclita 
Mamagela para mitigar los pesares y arrimarle 
el hombro a las desdichas de la familia. Ya eran 
cuidados y consuelos a la pobre Celedonia, y sú- 
plicas reiteradas a los vecinos, para que la ayu- 
dasen a salvar las abandonadas haciendas de “El 
Bichadero”; ya prolijas averiguaciones para co- 
nocer la suerte y el paradero de los muchachos 
y de Primitivo, y cartas a los jefes que conocía, 
recomendándoselos; ya consejos a Tóeles, siem- 
pre a punto de descarriarse y tirar al monte, 
y, como cúpula y remate de tantas inquietudes, 
el vigilar los intereses de todos los suyos y los 
propios, amenazados por la guerra. 

Por el lado de Papagoyo, estaba tranquila. 
El buen hombre creía, como en Dios, en el sal- 
vaje muerto; juzgaba haber cumplido gallarda- 
mente sus deberes ciudadanos y compromisos 
partidarios, y ni por asomo le venía a las mientes 
la idea de volver a empuñar las armas y salirse 
a otra patriada. Pero por “El Bichadero” y “La 
Nueva Esperanza”, las cosas no llevaban tan 
buen camino: Celedonia secábase como la plan- 


[ 166 ] 



EL TERRUÑO 


ta que tiene un gusanillo roedor en las raíces, 
y de Primitivo, que andaba con Carranca, lle- 
gaban a “El Ombú” especies y hablillas nada 
tranquilizadoras: atribuíanle las gentes del pago 
fechorías y desmanes perpetrados en las estan- 
cias y aun en las personas de los adversarios, 
que merecían unánime reprobación y llenaban 
de vergüenza a doña Ángela 1 . 

Casi a diario venía Tóeles a “El Ombú” a leer 
los periódicos y enterarse de las noticias que en 
la pulpería daban los viandantes. Doña Ángela 
tenía con él animados paliques; mientras dis- 
cutían, observaba ella con ojo sagaz el descon- 
tento y la marea creciente del pesimismo, que 
en el alma de su yerno hacían riza y estrago 
de toda ilusión vividora, de toda esperanza re- 
confortante, dejándola llena, en cambio, de 
secura v desabrimiento. No de toda la compli- 
cada urdimbre de los sentimientos de Tóeles se 
percataba la buena señora, ni sabía ni pudiera 
averiguarlo, de qué recovecos del espíritu salía 
tanta malsana inouietud v pujos de mudanza, 
lo que ella llamaba la culenvera del profesor; 
pero lo que colegía o adivinaba bastábale para 
dar por sentado que tan funesta disposición de 
ánimo no podía traer sino pesares e infortunios. 
Más que las pérdidas materiales de Tóeles, cau- 
sadas por la guerra, las pestes y, en parte tam- 
bién, por su prurito de reforma v originalidad^ 
la atribulaba aquella incertidumbre y desazón 
constantes con que él se hacía infeliz y hacía 
infelices a los suyos. 

— Mamá — solía decirle Amabí — , Tóeles 
vuelve a sus viejas mañas. Como antes en la 

[ 167 ] 




CARLOS REYLES 


ciudad, ahora reniega del campo; hoy quiere 
el sol, mañana la luna; en resumidas cuentas, 
no sabe lo que quiere, como no sea fregarme 
a mí la paciencia. El mejor día se le ocurre 
liquidar la estancia e irse Dios sabe adonde. 
Lo veo venir. Pero esta vez no lo seguiré; estoy 
harta de mudanzas, y indas nuevas, y obras de 
romanos , y cansada de vivir en un puro sobre- 
salto. Y todavía si agradeciera mis sacrificios, 
vaya y pase; pero no: hoy me critica las ton- 
terías que ayer él mismo me metió en la cabeza; 
antes me llamaba pedagoga y romántica, como 
si e romanticismo y la pedagogía no me vinie- 
ran de él; y ahora, que por complacerlo me dejé 
de eso, burguesa v braquicéfala, y ya por una 
razón o por otra me echa en cara que no lo 
comprendo y que no sov su compañera espiri- 
tual ni una amiga para las voluptuosidades del 
alma . jVava al diablo!... Me tiene frita la sangre 
con tanta sandez. Ya no puedo más, basta de 
mudanzas: anuí estov bien y aquí me planto. 

Doña Angela, a estas quejas de Amabí, res- 
pondía lo que su buen sentido le aconsejaba, 
a fin de calmarla y hacerla llevar en paciencia 
las ventoleras del marido: pero, para su capote, 
decíase que le sobraba razón y que Tóeles era 
insoportable. 

Aquel día, lluvioso y frío, llegó el novel estan- 
ciero más descorazonado que de costumbre. Una 
partida revolucionaria le había carneado el día 
anterior cien capones y volteado buen trecho de 
alambrados para hacer fuego con los postes y los 
piques. Y no paraban ahí sus desdichas: la sama, 
que no podía combatir por falta de peones, cun- 


[ 168 ] 




EL TERRUÑO 


día en la majada, y la lombriz hacía estragos 
terribles entre las ovejas, debilitadas por la 
crudeza del invierno y las enfermedades. Y ni 
siquiera le quedaba el consuelo de aprovechar 
la piel de las víctimas, porque no tenía tiempo 
de cuerear ni la mitad de lo que iba muriendo. 
Las acritudes y las amarguras que engendran 
los esfuerzos estériles y la mala suerte lo exacer- 
baban determinando una verdadera recaída pesi- 
mista, tanto más grave, cuanto que al presente 
no podía franquearse con Amabí ni descargar 
sobre ella el fardo de sus decepcionados pensa- 
mientos. Amabí, por sistema, hacía oídos sordos 
a las disertaciones pesimistas de su marido Así 
que él empezaba a lamentarse, sin disimulo ni 
cortesía cambiaba ella de conversación, o se en- 
cerraba en un mutismo condenatorio y hostil, 
o le respondía con desabrimiento, mostrándose 
tan díscola y sacudida, cuanto antaño mansa 
y conciliadora. Tóeles entonces consideraba la 
diferencia de temperatura moral H como él decía, 
que lo separaba de su mujer 1 . Contemplaba sin 
amor las paredes del rancho, tristes y sórdidas; 
los libros, que ya nada le decían; el rostro ce- 
rrado y displicente de Amabí, y se le antojaba 
que vivía en una tumba rodeado de cosas 
muertas... 


[ 169 ] 



En el rincón de Mamagela, dejándose caer 
más que sentándose en una tosca y retacona 
silla, obra del industrioso Papagoyo, exclamó 
Tóeles: 

— Trabaje usted, sude el quilo, eche el alma 
por la boca, y todo ¿para qué? Para que vengan 
los bárbaros y derrumben en un día lo que 
construir le costó a uno tantos años de fatigas 
y sacrificios. ¡Maldito país ! 1 Yo protesto, y me 
echo a los caminos a robar y matar como los 
otros. 

Mamagela lo hizo arrimarse más a ella, y le 
contestó con tanta suavidad como buen seso: 

— Tóeles, Toditos, no desbarres. ¿Cómo vas 
a echarte a los caminos y cometer atropellos, 
robar y matar, si a mano viene, tú, que predi- 
cabas la paz y el trabajo? Deja eso para los 
brutos como el pobre Primitivo Ten paciencia 
y valor; espera que este nublado pase, que pa- 
sará, no lo dudes, y acaso pronto. El Sacristán, 
que, como sabes, se fugó de los colorados, pudo 
al fin reunirse con la gente del padrino, y me 
lo dice en carta que recibí ayer, escrita después 



EL TERRUÑO 


\ 




de la carnicería del Paso del Parque, donde mi 
compadre Pantaleón, por defender los cañón- 
citos tomados en Fray Marcos, peleó a cuchillo 
con el agua a la cintura, escapando a nado cuan- 
do ya no le quedaba ni un solo hombre del 
valiente grupo que lo acompañaba. Al Sacris- 
tán, que creíamos tan gallina y ladiao, lo hicie- 
ron alférez en aquella acción; parece que el 
hombre mojó de lo lindo. ¿Qué tal? ¡Y yo que 
esperaba verlo cantando misa!... Según él, los 
jefes no quieren imponerle al país más sacrificios 
y están dispuestos a jugar en una gran batalla 
la suerte de la revolución. Dios lo quiera y que 
esto acabe pronto. 

Tóeles, recordando sus reveses de fortuna 
y fallidos cálculos, los compromisos que había 
contraído y lo corto de dineros que andaba, 
contestó con dolido acento: 

— Estos nublados pasarán y vendrán otros 
peores, para mí al menos. El daño no está en 
las cosas, sino en mí. Es muy triste confesarlo, 
doña Ángela, pero de nada sirve querer enga- 
ñarse. Me siento condenado por una fatalidad 
más severa e infalible que las otras: la fatalidad 
económica. Es la vida misma, y la vida no per- 
dona a los soñadores como yo. A los que no 
pueden adaptarse a los ocultos fines por ella 
perseguidos, los aniquila, los suprime y pasa. 
El mundo de las realidades, donde impera aque- 
lla fatalidad, no es para este fraile. Naturaleza 
y cultura me empujan por otros caminos: mi 
voluntad, mal educada, flaquea, y mi escepti- 
cismo, fruto indigesto del saber, destruye el 


[ 171 ] 



CARLOS REYLES 


ciego tesón que piden los negocios y hasta la fe 
que para vivir se necesita. 

Hizo breve pausa, suspiró hondo y concluyó 
mientras limpiaba cuidadosamente los que- 
vedos: 

— Por otra parte y para remachar el clavo, los 
bienes que perseguimos con tanto afán son 
ilusorios, pura gollería 2 .., 

— Toma este mate y este rosquete, y verás 
que no son cosa s ilusorias, sino exquisita bebida 
y delicada masa. ¡Válgame Dios! Cuánta tela- 
raña tienes en la cabeza... Si ese es el fruto 
de los libros, prefiero mil veces quedarme bo- 
rrica como soy. Con tanto embrollo y balumba 
de enrevesados pensamientos, ¿cómo hap de 
saber lo que quieres? Y créeme, Tóeles, para 
vivir es necesario saberlo. Muchos, la mayoría, 
lo saben; el sonambulismo de que hablas, no es 
general, ni la vida tan atroz como la pintas: 
también tiene placeres y encantos; pero hay que 
saber gustarlos y contentarse con ellos. Si la 
razón y el saber de nada sirvieran, no habríamos 
salido de salvajes; andaríamos desnudos y co- 
miéndonos crudos unos a otros, y lo mismo sería 
hacer las cosas a tuertas que a derechas. Y bien, 
la experiencia te dice que no es así. Ponte 
a amasar conmigo, y verás que a ti te salen 
pambazos indigestos, y a mí panes caseros de 
lo más fino. Y eso no será por casualidad, sino 
porque habré obrado con más discernimiento 
que tú. En la brega de la vida es igual: el que 
obra a tuertas, anda torcido, y el que a derechas 
obra, derecho anda. Malos tiempos corren para 
ti, y, naturalmente, todo lo ves de color negro; 



EL TERRUÑO 


\ 


con un poco más de ánimo y cristiana resigna- 
ción, no te declararías vencido ni desesperarías 
tanto. Ya sé lo que vas a observarme: “Un hom- 
bre libre no puede aceptar la esclavitud a que 
las guerras civiles nos condenan fatalmente; un 
hombre libre no puede comulgar con las men- 
tirolas partidarias...” Bueno; pero, a pesar de 
todo, yo te digo que si tus negocios no fuesen 
mal aceptarías contento aquella esclavitud y co- 
mulgarías con todas esas mentiras que te dan 
náuseas a ti, pero de las que otros se sustentan. 
Luego, pues, arregla tus negocios. Si triste es 
lo que nos sucede, razón de más para ponerle 
pronto remedio o tratar al menos de encontrarlo. 
No hay que echarse a muerto; a mala suerte, 
buena cara. En trances apurados como los que 
pasamos, si yo me hubiera dejado llevar de la 
desesperación como Primitivo, o de la ira como 
tú, o de los malos consejos como Goyo, ¿qué 
hubiera sido de la familia? 

Con lentitud y voz, que por veces se hizo 
quebrada y sorda, respondió Tóeles: 

— Tiene razón: de esclavitudes y mentirolas 
vive la mayoría de los hombres; pero entre ellos 
algunos hay que acaban por conocer el juego 
y se rebelan... Su destino es melancólico y en 
ocasiones trágico: mientras Los otros viven, ellos 
analizan la vida; mientras los otros pasan ha- 
ciendo piruetas en el carnaval del mundo, ellos 
no aciertan a ponerse ningún disfraz ni a tomar 
parte en ninguna broma. Si ríen, desafinan, 
porque no tienen careta; si lloran también, por- 
que todo es carnaval. Y como no pertenecen 
a ninguna comparsa y están de sobra en todas 


[ 173 ] 



CARLOS REYLES 


partes, las mascaritas, al pasar, los insultan 
y befan... Yo soy de esos. Comprendo que el 
único partido razonable es ponerse el gorro de 
cascabeles y seguir el ruido de la gente, y, como 
los demás, ir al matadero cantando. Pero qué 
quiere usted: todos los disfraces me parecen 
grotescos; todas las actividades absurdas y viles; 
todas las palabras hueras, y hasta las personas 
más encumbradas, ridículos histriones. Me me- 
tieron en el alma el tósigo mortal de lo bello, lo 
bueno y lo verdadero, y me enseñaron a adorar 
de rodillas la razón, la libertad, el desinterés, 
grandes mentiras con las cuales religiosamente 
comulgué; pero las hostias eran de palo, atra- 
vesadas quedaron en mi garganta, y hoy me 
impiden reír, danzar y aceptar las mentiras de 
la vida, lo único verdadero que existe en el 
mundo. Antepuse a las realidades reales de ese 
mundo las realidades imaginarias del espíritu, 
que era lo mismo que poner los bueyes detrás 
de la carreta, y preferí la idea al acto, el dicho 
al hecho, la inteligencia a la voluntad, con lo 
cual me corté, no sólo las piernas y los brazos, 
sino la cabeza también. Ahora comprendo mi 
error; mas ya no tiene remedio: el vicio de 
pensar, el demonio de la finalidad me hará con- 
vertir siempre los hechos reales en espejismos 
ilusorios, los seres de carne y hueso en fantas- 
mas vanos. 

Calló el filósofo; los párpados sin pestañas de 
sus ojos de miope comenzaron a batir precipi- 
tadamente. Mamagela comprendió que no eran 
dengosidades, sino penas hondas las que afligían 
a Tóeles, y trató de consolarlo. 


[ 174 ] 




EL TERRUÑO 


— Eso que dices es muy embrollado para una 
mujer de tan pocas luces como yo — consideró 
doña Ángela con exagerada modestia y rostro 
compungido — . “Las Morad as’’ de la Santa, 
y los libros de religión que yo leo, nada hablan 
de esos extraños males que le afligen, ni fuera 
de ti vi nadie que los padeciera. Oyéndote, lo 
único que saco en limpio es que has tenido tus 
ilusiones y tus desencantos. Pero ¿quién no los 
tuvo? ¿Quién no creyó alguna vez que la luna 
era un queso de bola? No creas, Tóeles, que tu 
destino es más burlón y despiadado que el de 
los otros. Aquí, donde me ves, también tuve 
yo mis desvarios y mis desengaños. De chica 
quería ser monja y fundadora de órdenes, como 
Santa Teresa; de grandecits, princesa de las 
“Mil y una noches’*; de moza, rica y dama prin- 
cipal... Después me casé con Goyo, salimos al 
campo y empecé a tener hijos y a criarlos... 
Y aquí me tienes, gorda y contenta. ¿Por qué? 
Porque cumplí con mi deber. Ya casada, mi 
deber era olvidar los sueños juveniles, velar por 
el porvenir de mi marido y mis hijos. Y en eso 
puse alma y vida, sin meterme en más averi- 
guaciones ni darme esos trotes de si es o si no 
es que tú te das. ¿Para qué sirve tanto buscarle 
cinco pies al gato? A mí sólo me interesaba lo 
que me era útil y podía servirme de apoyo 
y ejemplo en mi tarea, que no fué tan fácil como 
tú puedes suponer. Goyo tiene sus rarezas y de- 
bilidades; por bondad y pereza habría compro- 
metido mil veces sus intereses si yo no hubiera 
estado a la mira; además le gustaba el juego, 
y los lindos palmitos, y el trago, y la parranda... 

[ 175 ] 




CARLOS REYLES 


¡Ay, hijo mío! Me ha hecho falta mucha pa- 
ciencia y mucha aguja de marear para traerlo 
al buen camino, unas veces con lágrimas, otras 
con risas; ya con verdades, ya con estratagemas 
como la que te voy a contar, pidiéndote me 
guardes el secreto religiosamente, 

Y aquí refirió la verdad sobre la belicosa 
hazaña de Papagovo. Luego concluyó así: 

— De tejas arriba, Dios; de tejas abajo, la 
familia. Para cumplir cristianamente mis debe- 
res de esposa y madre y fortalecerme en mi 
empeño, aparte de mis oraciones, me decía: 
“¿Qué sería, Ángela, de Goyo y tus hijos sin ti? 
Eres la providencia de los tuyos; abre el ojo, 
mira donde pones el pie, vela por ellos noche 
y día; tú eres responsable de esas vidas”, y el 
pensar así me hacía económica, trabajadora, 
precavida y, además, dichosa* Tú, que no tienes 
religión ni crees en nada, y por eso andas como 
bola sin maní] a, dicho sea entre paréntesis, me 
dirás que era víctma de un engaño, de una 
ilusión, A eso respondo que esa ilusión me hacía 
y me hace vivir. Era y es mi salvaje muerto. 
Y créeme, Tóeles; cree a esta vieja, que tiene 
menos letras, pero más ciencia del mundo que 
tú* para vivir , es preciso que cada uno tenga 
su burro enterrado. ¿Qué importa que sea un 
burro, y no un salvaje, como Goyo cree? Para 
él y para todos, y buen cuidado he tenido yo 
de que así sea, es un salvaje, lo cual vale decir: 
deber cumplido, tranquilidad de conciencia, 
tributo pagada a la causa de los nuestros, y, en 
resumen, la seguridad mía de que no abando- 
nará insensatamente familia y hacienda y se irá 


[ 176 ] 




EL TERRUÑO 


a la guerra. Ya ves si tiene importancia lo del 
burrito. 

Riendo*, con la boca alegre y los ojos tristes, 
replicó Tóeles: 

— Muy cierto es lo que usted asegura, y su 
manera de obrar en este lance, tan bien inten- 
cionada como traviesa; pero no es menos cierto 
que si don Gregorio conociera la patraña, co- 
rrerían grave riesgo la tranquilidad de la fami- 
lia y los otros bienes alcanzados por embuste. 
¿Y no le parece triste, doña Ángela, que la 
felicidad humana tenga por cimiento cosa tan 
deleznable y perecedera como lo es una super- 
chería? Por otra parte, le diré que hay dos 
clases de criaturas: unas que nacen para ente- 
rrar el burro; otras, para desenterrarlo. Las pri- 
meras constituyen la generalidad; las segundas 
marcan la excepción; aquéllas triunfan y gozan; 
éstas luchan y padecen sin triunfar; pero sus 
torturas son, si bien se mira, altamente estimu- 
lantes y útiles para el mundo: desenterrando 
burros podridos, lo obligan a matar y enterrar 
otros nuevos, v así se remudan y están siempre 
frescas las ilusiones. Comprendo cuán necesaria 
es la mentira, lo que los filósofos llaman ahora 
la ilusión vital; pero no puedo vivir en ella. 
Y volviendo a sus melancolías, declaró*, lleno 
de rubor v la pesadumbre de quien muestra 
una tara fisiológica o confiesa vergonzoso vicio: 

— No sabré adaptarme jamás: yo soy una 
conciencia errante. 

Mamagela parpadeó fuerte y luego dijo, con 
mucho fruncimiento de labios: 


[ 177 ] 




CARLOS REYLES 


— ¿Y con qué se come eso? Quiero decir: 
¿Qué es? ¿Para qué sirve? 

— Eso quiere decir que .. Tóeles fui y Tóeles 
seré — repuso él, sintiendo que doña Angela no 
podría comprender las líricas desazones y filo- 
sóficas murrias que lo atormentaban. 

Doña Ángela levantó los ojos al cielo, y me- 
neando la cabeza, exclamó: 

— ¡Ay, Tóeles de mis pecados! ¡En qué mal 
camino te veo! Tú estás a punto de cometer 
alguna locura... Piensa que no eres solo, piensa 
que tienes mujer, hijo e intereses que cuidar. 
Como todo el mundo, debes sacrificarte por los 
que viven detrás y que ya te pisan los talones. 
Es la ley de la vida. 

En la glorieta, una gallina, después de poner 
un huevo, cacareó triunfalmente. Tóeles se 
quedó pensando. 


[ 178 ] 



XIV 


Prolongábase la guerra sin vislumbres de paz 
y sin que nadie barruntara en lo que remataría 
la cruenta lucha de los bandos tradicionales. Los 
periódicos, amordazados por la censura oficial 
y cohibidos en sus medios naturales de infor- 
mación, sólo traían noticias insulsas o adulte- 
radas. Verbalmente, de oreja a oreja y de co- 
rrillo en corrillo, se propalaban las especies más 
absurdas y contradictorias, venidas, ignorábase 
cómo, de los cuatro puntos cardinales de la Re- 
pública; pero en realidad no se sabía lo que 
pasaba ni a qué lado se inclinaba la victoria. 
Lo único cierto e indiscutible era que el comer- 
cio moría, que las correrías de los ejércitos 
arrumaban la campaña y que la desesperación 
iba echando raíces en todos los pechos. 

Por el Sacristán estaba al tanto Mamagela 
de las aventuras y malandanzas de los revolu- 
cionarios, o más bien dicho de la gente del 
coronel Pantaleón. Sus cartas , escritas con lá- 
piz muchas veces, ya en el campamento, ya de 
paso en una pulpería y aun cabalgando, daban 
cumplidos detalles de las penurias que pade- 


[ 179 ] 



CARLOS REYLES 


cían: días enteros sin probar bocado, marchas 
forzadas en las que, a f‘n de darles respiro a las 
cabalgaduras, a trechos avanzaban con ellas de 
la rienda, y los pies metidos en barro; noches 
toledanas, calados hasta los huesos y tiritando 
de frío junto a los menguados fogones; sustos, 
refriegas, cargas de lanza, huidas desesperadas 
y voces lastimeras de los heridos que quedaban 
en el campo y les pedían a los compañeros que 
los levantasen en ancas o los ultimasen para no 
caer en manos del enemigo y ser degollados 
bárbaramente. 

Aquellas misivas, leídas y comentadas a cen- 
cerros tapados por Papagoyo y Mamagela, reve- 
lábanle a los dos, escondrijos y vericuetos del 
alma del manso Sacristán que los dejaba sus- 
pensos y atemorizados. Sin embozos ni eufemis- 
mos, como la cosa más natural del mundo, hacía 
el aprendiz de cura muy despiadadas reflexiones 
sobre la guerra y la matanza, y refería hechos 
de sangre novados a término por él, que delata- 
ban instirfos inhumanos y propensiones harto 
crueles y bajunas. De cómo había dejado secos 
de un soLo tiro a dos salvajes que huían enan- 
cados; cómo de un culatazo concluyó a otro que 
se hacía el muerto, despojándolo en seguida del 
cinto, las botas y el poncho. “Ya no quiero ser 
cura, sino militar; esto es más lindo que cantar 
misa”, aseguraba hablando con delectación de 
la vida aventurera y azarosa de los ejércitos. 
“En la guerra todo es de todos, mamá; yo, desde 
que me puse divisa, como carne más gorda, ando 
mejor montao y visto pilchas mejores que cuan- 
do ahí estaba, y con menos trabajo. Ya no soy 


[ 180 ] 



EL TERRUÑO 


el mismo; ya no soy aquel simplote que al pre- 
guntarle tú: ¿Dónde te aprieta el zapato?, con- 
testaba abriendo la boca: ¡EeehL. Seis meses 
de campaña me han sacado punta y enseñado 
más que todo lo que aprendí en la escuela. Pa- 
drino Pantaleón está muy contento de mí; dice 
que para milico nací, no para fraile. Yo así lo 
voy creyendo; la pelea me tira, y los peligros 
y azares que diariamente corro me parece que 
me entonan y hacen más hombre. A Dios gra- 
cias, acabó para mí la época de chuparme el 
dedo y matar cachirlas con alambre. Ahora sé 
defender el cuero y ganar galones Sacristán 
salí de ésa y quiero volver con las presillas de 
teniente. Cuando los nuestros suban al cande- 
lero, tendré un buen sueldito. Ya ves, mamita, 
que estoy obligado a arrimarles el hombro”. 

Las reflexiones que sugerían a los pobres vie- 
jos las epístolas del Sacristán eran muy tristes. 
Mucha veces no se la comumcaban^or no ape- 
sadumbrarse más. Ninguno de ellos acertaba a 
explicarse cómo aquel muchacho, criado en la 
doctrina cristiana, y dulce y humilde por natu- 
raleza, mostraba al presente inclinaciones tan 
ayunas de morigeración piadosa. Y como tam- 
poco comprendían la extraña metamorfosis de 
Primitivo, dábanse a pensar que acaso Tóeles 
tenía razón cuando aseguraba que nadie se co- 
noce, menos se dirige, y que los mortales no 
saben lo qué quieren ni adonde van, siendo, por 
lo tanto, locos o idiotas. 

La última carta recibida por Mamagela, rezaba 
así: “Hace siete días que vamos a marchas for- 
zadas, volando puentes y destruyendo vías y te- 



t 


CARLOS REYLES 


légrafos, en busca de un armamento que nadie 
sabe dónde está. Cuando nos separamos del 
grueso del ejército, nuestra columna contaba 
mil hombres; después de las refriegas habidas 
para abrirnos paso, hemos quedado reducidos 
a la mitad, pero esperamos importantes incor- 
poraciones. Los salvajes que nos persiguen no 
nos dan respiro; pero como vamos arreando las 
caballadas y les dejamos sólo los matungos 
aplastaos , a veces los tiramos lejos... En muchas 
partes, fuerzas gubernativas nos salen al en- 
cuentro y las batimos; en otras, nos dispersamos 
para reunimos más adelante. A padrino le gus- 
tan más las cargas que las guerrillas; asegura 
que el fuerte del gauchaje es el entrevero, y que 
sólo admira y sigue de buena gana a los jefes 
que saben lancear. Además, le he oído decir 
que llevamos enancada la suerte de la revolu- 
ción, y que no está para perder el tiempo en 
floreos, de modo que las cargas a lo indio me- 
nudean que da fiebre. Como baqueano y gue- 
rrillero valiente y de recursos no tiene rival: 
nadie marcha, acampa ni se hace humo más lin- 
do que él; nadie entra a la pelea con más coraje, 
y en mañas y ardiles pocos lo igualan. Para las 
gambetas es como avestruz: cuando el enemigo 
menos piensa, lo ha tirao cuarenta leguas, o le 
copa la caballada o lo sorprende por detrás. Fre- 
cuentemente, marchamos día y noche, detenién- 
donos sólo para churrasquear o mudar caballos. 
Los arroyos y los ríos no los pasamos por las 
picadas , sino por sitios que él sólo conoce, y 
a nado. Nos desnudamos, nos ponemos las ropas 


[ 182 ] 



EL TERRUÑO 


y los recados sobre la cabeza, y al agua, pren- 
didos de la cola de los mancarrones . Es muy 
práctico. 

“El pardo Carranca no nos da alce. Dicen 
que ha jurado llevarle a Pepe Botella las orejas 
de Pantaleón; trabajo le mando. Trae más gente 
que nosotros, pero peor montada. Además, a pa- 
drino poco le importa el número. Ayer, sin ir 
más lejos, le oí decir que en cuantito se corte 
el pardo de la otra columna que nos persigue, 
le va a llevar una carguita de mi flor para sa- 
cárselo de encima. Me gustaría ver a esos dos 
crudos frente a frente. Puede que sea pronto; 
desde ayer nos traen cortitos; no paramos, no 
comemos, no dormimos; todo se vuelve: “Muden 
caballos, y siga la marcha’*. Quién sabe cuándo 
volveré a escribirte; no te asustes si no recibes 
carta mía. Durante una semana, a lo que en- 
tiendo, vamos a gambetear de lo lindo: hoy 
marchamos hacia el norte; mañana lo haremos 
hacia el sur”. 

La columna duende anduvo mucho tiempo 
burlando con artimañas gauchescas la ciencia 
militar de los generales gubermstas. Una noche, 
empero, acorralada por fuerzas muy superiores, 
tuvo que abandonarles parte de la caballada, y, 
sin numerosos caballos de remuda y perseguida 
de cerca, la situación del caudillo blanco se hizo 
tanto más crítica, cuanto que el famoso arma- 
mento, que después de increíbles peripecias ha- 
bía logrado levantar en las costas del Uruguay, 
hacía punto menos que imposibles las evolu- 
ciones rápidas y también la dispersión, socorrido 
recurso del jefe revolucionario para desvane- 


[ 183 ] 




CARLOS REYLES 


cerse como un fantasma cuando ya el enemigo 
lo tenia entre las uñas Pantaleón no quería que 
le hablaran de abandonar el parque; habíase 
comprometido a ir a buscarlo al fin del mundo 
y traerlo, atravesando la república erizada de 
lanzas enemigas, a los mismísimos cuarteles del 
general y en la temeraria empresa ponía la arro- 
gancia del caudillo vencedor en muchas desigua- 
les lides y el orgullo del gaucho que nunca ha- 
bía caído prisionero. De esconder la preciosa 
carga no trató siquiera, porque las fuerzas del 
Gobierno le pisaban los talones. El único re- 
curso, todo bien pesado y medido, era revolverse 
sobre Caranca, que le atajaba el paso hacia Río 
Negro, y, arrollándolo, ganar las montunas espe- 
suras, donde podía resistir, pasar el parque tran- 
quilamente al otro lado del río y luego buscar 
la conjunción de la columna revolucionaria que 
marchaba sobre Paysandú. Así lo decidió el ar- 
dido jefe y se lo hizo saber a sus oficiales una 
noche al acampar, ordenándoles que mudaran 
caballos y estuviesen apercibidos para atacar en 
masa y en cuanto entrara la luna. 

Los fogones se encendieron en lo alto de una 
cuchilla que haciendo eses se tendía de norte 
a sur, áspera y tortuosa como el crestado lomo 
de un dragón monstruo. Ocultos detrás de ella, 
mudaron caballos y le aparejaron doble número 
de bueyes a las carretas. Pantaleón, solo, con 
sus arteros pensamientos, anduvo un par de ho- 
ras escudriñando las posiciones enemigas y ru- 
miando el modo de llevar a buen término el 
plan que acariciaba. 


[ 184 ] 



EL TERRUÑO 


— Hoy vamos a verle los cuernos al diablo — 
dijo Jaime a tiempo que le apretaba la cincha 
al mejor de sus fletes. 

El Sacristán sonrió entre gozoso e inquieto» 

— Parece que el zafarrancho va a ser gordo,,. 

El indio se puso grave, y luego, en voz baja, 
como quien revela algo importante, confióle a su 
aparcero a guisa de respuesta: 

— El coronel me ordenó que le tuviese enfre- 
nados los tres mejores pingos de entrar en pelea. 

Y después, pegándole una sonora palmada al 
basto, signo de satisfacción gaucha, que vale 
tanto como decir “así ensilla un criollo”, añadió 
cambiando de tono: 

— Me alegro que haya baile, a ver si puedo 
hacerme de algunas pilchas; buena falta me 
hacen. 

—A mí también; jqué diría la vieja si me 
viese tan peludo y andrajoso! 

— La cosa es que nos dejen carchar después del 
entrevero. Aura con tanta finura de clemencia 
y tanto firulete de que somos de la mesma san- 
gre, no lo dejan a uno rebuscarse... Eso está 
güeno pa los milicos; el Gobierno roba por ellos 
y les da ropas y nales 1 , pero entre nosotros el 
que no carcha pasa frío y expone el pellejo 
ai cuete. 

— Así es — asintió el Sacristán — . En el Paso 
del Parque perdí las botas y el poncho que pude 
agenciarme en las Tarariras, y desde entonces 
voy descalzo y sin abrigo. 

* — Enderece a los puebleros; siempre traen 
buenas prendas y el riñón forrao — aconsejó 
entre bromas y veras Jaime — . En cuanto vea 


[ 185 ] 




CARLOS KEYLES 


uno, al humo váy ásele; son como corderltos pa T 
estirar la pata — . Y sus ojos entornados sonreían 
maliciosos y crueles. 

La gente parecía muy animosa y batallona. 
“Vamos a cargar”, repetíanse unos a otros, y los 
pechos se henchían de coraje. En los fogones 
oíanse dichos alegres y formidables risotadas. 
Los costillares de oveja ensartados en los asa- 
dores iban dorándose al fuego, lentamente, como 
naranjas al sol, y las veteranas galletas , en las 
que el uso había puesto el color y el lustre del 
coco, circulaban de mano en mano, vertiendo 
el nacional brebaje en los gaznates secos e irri- 
tados por el polvo de la luenga jornada. 

Antes de esconderse la luna, el grueso de la 
mesnada montó y avanzó hacia la derecha por 
el flanco de la cuchilla, mientras el parque, por 
el bajo, se alejaba sigilosamente en dirección 
contraria. En el campamento quedaron cien 
hombres. Desde allí alcanzábase a divisar en 
lontananza, cual ojos de gato resplandeciendo en 
las sombras, los fogones del campo contrario. 
La gente de Carranca descansaba confiada en 
su superioridad numérica y en las centinelas 
y las vigilantes patrullas que velaban su sueño. 
Pantaleón pudo averiguar que sólo las avanzadas 
dormían con el caballo de la rienda; dando un 
gran rodeo pensaba flanquear y caer sobre el 
grueso de las fuerzas gubernistas y coparle la 
caballada, echándosela encima luego, en tanto 
que las carretas, aprovechando la confusión de 
los primeros momentos, se deslizarían por de- 
lante de la vanguardia con rumbo al Río Negro* 


[ 186 ] 



EL TERRUÑO 


AI frente de la horda, desnudo — como en sus 
mocedades — de brazo y pierna; sujeta la mele- 
na por ancha bincha y en la diestra la lanza 
legendaria, iba el caudillo, arrogante y ceñudo 
como un guerrero bárbaro. El viento le partía 
la luenga y nivea barba en dos, a modo de alas 
de gaviota que se agitaban sobre sus hombros 
recios. Tres soldados marchaban inmediata- 
mente detrás de él, conduciendo cada uno de 
tiro un pingo lustroso y tusado con primor: eran 
los créditos del coronel. Estos aprestos criollí- 
simos del viejo lanceador, que alardeando de 
patriota despreciaba la táctica y la indumentaria 
de los militares europeizados, enardecían a su 
gente y la preparaban para el alarde heroico* 
El Sacristán experimentaba a una, belicoso en- 
tusiasmo y escalofríos de temor; Jaime echábase 
al coleto, con harta frecuencia, tamaños tragos 
de ardiente caña; ochocientos hombres los se- 
guían, electros silenciosos y torvos, que avan- 
zaban al trotecito apretando las armas febril- 
mente. El viento bramador apagaba el grito 
gárrulo del terutero y el graznido de las 
lechuzas. 

— Aparcero, si caigo, levántame en ancas — 
rogó el Sacristán, y, acometido de repentinas 
blanduras, se puso a pensar en la vida feliz 
de “El Ombú”. 

Jaime no respondió. Después de avanzar 
cosa de una legua, hicieron alto. Los jinetes 
guardaban silencio; las cabalgaduras estiraban 
el cuello y permanecían inmóviles. Al ocul- 
tarse 1 la luna entre nubes grandes y opacas como 
cerros, transpusieron la cuchilla a toda carrera 


[ 187 ] 




CARLOS REYLES 


y, en tres apretados grupos, se lanzaron por 
la llanura. Oyéronse varios disparos, luego 
toques de clarín después repetidas descargas. 
Algunos pelotones de las avanzadas enemigas 
fueron arrollados y deshechos; otros huían. 
El ala izquierda de Pantaleón había echado pie 
a tierra y avanzaba haciendo nutrido fuego; 
sobre ella se concentró el fuego de Carranca. 
Era lo que pretendía el coronel para hacer 
más inesperado y efectivo el ataque de las otras 
dos columnas. Las balas silbaban; los indios 
empezaron a caer segados por una hoz invisible. 
Cuando un caballo rodaba por tierra, otros caían 
sobre él, y se formaba una confusa pelota de 
bestias y hombres. 

En el campamento gubernista, todo era cons- 
ternación y tumulto. A la luz de los fogones, 
veíanse correr los soldados de un lado para otro, 
y también grupos de jinetes que en tropel iban 
a engrosar las guerrillas ya tendidas. El fuego 
se hacía cada vez más recio y extendido; los 
aislados fogonazos se convertían en granizo de 
plomo. 

u La breva va a ser más dura de pelar de lo 
que yo suponía'’, díjose Pantaleón hincando es- 
puelas; u si no entramos a lancear pronto, me 
quedo sin gente". 

— ¡Adelante, muchachos! — tronó luego, blan- 
diendo en alto la lanza. 

La confusión de los colorados subió de punto 
cuando los cien hombres que había dejado Pan- 
taleón en el campamento descendieron de la 
cuchilla, estrecharon las distancias y empezaron 
a hacer fuego por aquel lado. Como si fuera una 


[ 188 ] 



EL TERRUÑO 


señal convenida, el ala derecha del caudillo 
blanco se corrió más a la derecha aún, con el 
propósito evidente de copar la caballada, ten- 
dida detrás del ejército. Una columna de gente 
montada le salió al encuentro; otra cargó sobre 
Pant aleón. Eran muy inferiores en número; las 
arrollaron y siguieron adelante. 

—¿Mojó?... — interrogó a gritos Jaime. 

— t Mojé!.. — contestó el Sacristán. 

—¡Adelante, muchachos! — tornó a gritar 
el jefe. 

En el sorprendido campamento, ya próximo, 
oíase confuso vocerío, relinchos, tropel de ca- 
ballos, precipitados toques de clarín. Abriéndose 
paso a filo de sable y punta de lanza, hundiendo 
pechos, moliendo cráneos y hollando vientres 
con los cascos de las enardecidas monturas, lle- 
garon hasta las primeras carpas, hechas con 
alambre y ponchos. Los recibieron^ a descargas 
cerradas. Los hombres caían como moscas. 
La columna se abrió, se dislocó, remolineó en 
partes, pero muchos grupos de ella se internaron 
en el campamento haciendo riza en cuanto se 
les ponía al alcance del hierro. A la luz rem- 
branesca de los fogones 1 , entre fogonazos y res- 
plandores de armas, ayes y temos, veíanse 
torbellinos de trenzados jinetes, rostros ensan- 
grentados e iracundos, manos crispadas, ojos 
agónicos. Los cuerpos, al caer a tierra, produ- 
cían como un sordo y fofo crujido; los sablazos 
se oían como si golpearan en la cáscara sonora 
del melón. 


[ 189 ] 



CARLOS REYLES 


— ;No se despegue de mí, aparcero, y mate, 
que Dios perdona!.,. — le gritó Jaime al Sacris- 
tán, un tanto rezagado. 

Apenas dicho esto, el overo azulejo que mon- 
taba rodó como una bola. Jaime echó el cuerpo 
hacia atrás, abrió las piernas y saltó corriendo , 
y sin disminuir la violencia con que iba ni 
perder ripio, agarró de la rienda al caballo del 
enemigo que se le venía encima, esquivó ágil 
el hachazo que éste le tiró, le hundió el puñal 
en las costillas, y, a tiempo que su adversario 
se desplomaba por la derecha, el indio montaba 
de salto por la izquierda y se unía al Sacristán. 

— i Ah, tigre!... — no pudo por menos de excla- 
mar, admirado el mozo, y juntos, con Pantaleón 
al frente y detrás unos cincuenta hombres, ca- 
yeron sobre un grupo que huía a pie. Y se can- 
saron de tajar en la carne viva. De pronto, el 
coronel se detuvo, observó el estrago que hacía 
su gente, y luego, prestando el oído a un sordo 
rumor que se oía lejano, mandó tocar retirada, 
lo que hicieron a todo correr porque gran golpe 
de compañías, ya rehechas y en perfecto orden, 
avanzaba sobre ellos. 

A poco andar, Pantaleón dio vuelta cara, e hizo 
tender en guerrilla al grupo de fusileros que ya 
se le había unido. La otra columna, después de 
dispersar el pequeño destacamento que cuidaba 
los caballos, empujaba a éstos sobre el campo 
enemigo. Oíase, en medio del tiroteo, como le- 
jano tronar. La mancha enorme y ondulante de 
la caballada parecía un mar borrascoso. El cau- 
dillo, solo, en lo alto de una eminencia, obser- 


[ 190 ] 



EL TERRUÑO 


vaba, inmóvil y vigilante como un lechuzón en 
las sombras. 

Con tabaco mascado, Jaime restañó la herida 
que tenía el Sacristán en la cabeza, y se la vendó 
como Dios le dió a entender, ofreciéndole luego 
un trago de caña. 

— En la guerra, éste es el sánalotodo — dijo 
después. 

— Y ahora, ¿qué hacemos? — interrogó el Sa- 
cristán. 

— Aurita 1 lo vamos a saber — respondió el 
indio, indicándole con el gesto al jefe. 

El clamoreo que venía del campamento de 
Carranca les hizo volver los ojos hacia aquella 
parte. Cientos y cientos de caballos en furiosa 
carrera y atronando el aire con sus relinchos, 
se veían saltar por encima de los fogones, cho- 
car entre sí y arrollarlo todo, gentes y carpas. 
Pantaleón sonreía sarcásticamente. Luego de 
algunos instantes mandó montar, y a la dispa- 
rada se corrió hacia la derecha con el objeto 
de pasar por detrás del enemigo e ir a reunirse 
con el parque, lo cual en media hora fué hecho 
sin que nadie le pusiera el menor obstáculo. 

Las carretas avanzaban, libres de estorbos, 
hacia el “Paso de Bustillos”; la horda ensan- 
grentada prorrumpió en vítores. Hasta los he- 
ridos gritaban y reían. El coronel, atento sólo 
a sus planes, dió orden de mudar los bueyes 
y apurar la marcha. Era necesario pasar el río 
antes que las fuerzas derrotadas se reorgani- 
zasen y los alcanzaran. Además, temía topar 
con la otra columna gubernista, cuya situación 
precisa ignoraba el caudillo, aunque suponía 


[ 191 ] 



CARLOS REYLES 


haber pasado entre ella y la gente del burlado 
Carranca, Mientras las carretas, dando tumbos, 
se alejaban al trote, gracias a los picanazos, 
que hacían lomear a los bueyes, ensillaron, 
vendáronse las heridas y hasta hubo quien 
acertó a calentar agua y tomar algunos mates. 
Después se pusieron en marcha. 

Las avanzadas enemigas no tardaron en apa- 
recer. Amanecía; la horda adelantaba silen- 
ciosa e inquieta, viendo cubrirse las cuchillas 
de destacamentos y más destacamentos, lo cual 
le hizo presumir a Pantaleón que las dos colum- 
nas gubernistas se habían unido para caer jun- 
tas sobre él. 

— Creí que había concluido el baile, pero veo 
que va a empezar 1 — murmuró Jaime. 

El Sacristán miraba, con los ojos muy abier- 
tos, las negras masas que aparecían en el 
horizonte. 

Cuando se hizo de día claro, Pantaleón des- 
plegó algunas guerrillas que pronto hubieron 
de replegarse. “Se vienen como a comprarme 
los vicios... pero no se aflijan, salvajes 3 , yo voy 
a darles naco que picar”, murmuró, y luego de 
ordenar nuevamente que apurasen las carretas, 
dispuso sus bravos en orden de batalla. Mas, en 
las posiciones que había elegido, apenas pudo 
sostenerse media hora. A todo escape, las aban- 
donó y volvió a echar pie a tierra una legua 
más lejos, detrás de un arroyito. Desde allí se 
veían los montes del Río Negro. Observando 
el número de enemigos que se le venía encima 
y lo cerca que iban las carretas, el coronel se 


[ 192 ] 




EL TERRUÑO 


mordió los labios, colérico, y le envió otro aviso 
al jefe del parque. 

Huyendo unas veces y otras resistiendo, fue 
acercándose la mesnada a Bustillos. El terreno 
arenoso y minado de tucutucos , hacía penosí- 
sima la marcha de los vehículos. Iban a paso 
de tortuga; los bueyes, con la lengua de fuera 
y dando grandes resoplidos, se inflaban y des- 
inflaban, como acordeones; uno cayó reven- 
tado; otro muerto de un balazo; dos de ellos, 
heridos, no tiraban y sólo servían de estorbo. 
El ímpetu de las tropas del Gobierno era tal, 
que el caudillo blanco no podía mantenerse en 
ninguna posición, y fue arrollado hasta las 
mismas carretas. Allí, guarecidos en parte por 
los primeros talos del monte, se propuso re- 
sistir. La proximidad del paso hizo renacer la 
esperanza en la maltrecha horda, y como ya 
todos empezaban a creer en salvo el arma- 
mento y rematada la hazañosa empresa, pro- 
rrumpieron en vivas a la revolución y al más 
bravo de sus caudillos. Éste sonrió, irónico 
y piadoso a la vez, pensando acaso en el próxi- 
mo fin de aquellos valientes. Estaba muy pá- 
lido, tenía el muslo derecho atravesado por una 
lanzada y perdía mucha sangre. Un practicante 
de medicina se le acercó con ánimo de pres- 
tarle sus servicios; pero él le dijo que tirase 
las vendas y agarrase un fusil, y, sin cura del 
pellejo, siguió exponiéndose a las balas y ani- 
mando a la gente. El fuego enemigo era muy 
recio y certero; los indios caían; las ramas de 
los coronillas y los espinillos, tronchadas por 


[ 193 ] 



CARLOS REYLES 


el plomo silbador, se abatían al suelo dulce- 
mente, como haciendo una graciosa reverencia. 

El jefe del parque llegó a pedir órdenes; las 
carretas caían al paso. Como había supuesto 
Pantaleón, el río traía poca agua y no era difícil 
vadearlo 1 . Reflexionó breves instantes, y luego 
dijo: 

— Voy a darle todos mis fusileros para con- 
tener al enemigo . . . Dispóngalos conveniente- 
mente en la otra orilla, y que defiendan el paso, 
mientras usted, con cincuenta hombres, busca 
incorporarse hoy misma a la columna naciona- 
lista, que marcha sobre Paysandú. Está cerca; 
mándele un chasque. 

— ¿Y usted, mi coronel? — se atrevió a in- 
terrogar el comandante, clavando los ojos en 
los del caudillo. 

Pantaleón, frunciendo el ceña, contestóle mi- 
rándolo a su vez fijamente: 

— Yo voy a acampar aquí ... 2 Dígale al general, 
cuando lo vea, que sus órdenes han sido cum- 
plidas — y le volvió las espaldas. 

El oficial partió seguido de los fusileros. 
Varios escuadrones de caballería atacaban; los 
sables y las lanzas resplandecían como si los 
jinetes trajeran en las manos haces de luz. 
Pantaleón, sin otro propósito que ganar mi- 
nutos, les salió al encuentro con su reducida 
hueste. Por el apero de plata reconoció a su 
enemigo mortal y, adelantándose, arremetió 
contra él. Un oficialito sin pelo de barba, que 
también se había adelantado a los suyos, se 
interpuso y le disparó dos tiros casi a quema 
ropa; el caudillo lo apartó desdeñosamente con 


[ 194 ] 



EL TERRUÑO 


el regatón de la lanza y siguió. Oíase distinto 
el precipitado golpear de los cascos en la tierra; 
veíanse ya los rostros iracundos de los hombres 
y las rojas fauces de los caballos; la tromba de 
carne viva y hierro avanzaba vertiginosa. La 
mesnada corría a la muerte. El Sacristán, lle- 
vado en vilo, no veía ni oía: iba como en sue- 
ños, sin conciencia de nada. En* el furioso 
choque cayó, fue apretado por el caballo 
y perdió el sentido. Cuando volvió en sí, de 
la columna nacionalista sólo quedaban algunos 
grupos que se batían desesperadamente, y jine- 
tes sueltos que huían perseguidos de cerca. 
Pantaleón y Jaime parecían dos lobos rodeados 
por una jauría rabiosa. Ambos, malheridos 
y cubiertos de sangre, revolvían los caballos 
y meneaban el hierro con rapidez fabulosa, de 
cierta manera favorecidos en tan desigual com- 
bate por el exceso mismo de sus adversarios, 
que de puro ganosos se atropellaban y entor- 
pecían. Dos caballos se enredaron y cayeron. 
Jefe y ayudante vieron un claro abierto y por 
él se metieron; el bravo caudillo pudo romper, 
una vez más, el círculo de la muerte, a tiempo 
que los aceros se abatían sobre Jaime. El indio 
se desplomó y quedó tendido boca abajo. 
Rápido, un milico de aspecto siniestro se aba- 
lanzó sobre él, le puso el pie en medio de las 
espaldas y agarrándolo de los cabellos y levan- 
tándole la cabeza violentamente, lo degolló de 
oreja a oreja. 

Por la cicatriz que la partía la cara, el Sa- 
cristán reconoció a Primitivo. Estremeciéndose 


[ 195 ] 




-CARLOS REYLES 


de horror, apartó los ojos y los puso luego con 
ansias mortales en los jinetes que, vociferando, 
perseguían a Pantaleón. Algunos lo denosta- 
ban, otros lo habían reconocido y, admirados 
de su indómito valor, le gritaban que se rin- 
diese; pero él na hacía caso; parando con la 
lanza, diestramente, las boleadoras que le arro- 
jaban, huía hecho un ovillo sobre el lomo del 
caballo. De tiempo en tiempo, cuando se veía 
muy acosado, revolvíase como un toro furioso, 
v se abría camino dando y recibiendo golpes. 
En aquellos supremos instantes de sonambu- 
lismo heroico, sintiendo las embriagueces del 
peligro y la locura del matar, sólo pensaba en 
no caer prisionero, en morir peleando, según 
la fiera tradición de su raza. La misma sangre 
caliente que le corría por el rostro y le mojaba 
los labios, lo enardecía como si bebiese un licor 
de fuego. “¡Salvajes! ¡Ladrones! ¡Van a ver 
cómo muere un criollo!”, se decía, viendo sin 
espanto, al contrario, con exaltación bélica, los 
grupos de milicos que le salían al encuentro 
por todas partes. Un tiro de bolas le arrancó 
la lanza de la mano; no le quedaba arma nin- 
guna; el tordillo daba signos de fatiga; los ene- 
migos lo rodeaban. Entonces Pantaleón, ade- 
lantándose a la muerte, tarda en venir, pasó 
de industria todo el pie a través del estribo, 
y, golpeándoles la boca en son de burla a sus 
perseguidores, gritó: ¡Viva la revolución! Y se 
dejó caer. La soldadesca, espantada, sentó los 
caballos; hasta los más desalmados sintieron los 



EL TERRUÑO 


escalofríos del horror: el cuerpo del caudillo, 
arrastrado en veloz carrera, fué rebotando so- 
bre el suelo hasta quedar convertido en una 
masa informe. 

En aquel trágico momento aparecía el sol por 
detrás del monte, y las carretas del parque 1 su- 
bían las agrias barrancas del otro lado del río. 


[ 197 ] 


T*miño 1% 


XV 


De vuelta de la guerra, cuando Primitivo 
llegó a “El Bichadero”, Celedonia hacía dos 
semanas que había pasado a mejor vida. Se ex- 
tinguió dulcemente, sin lamentos ni protestas, 
dándole momentos antes a Mamagela, para que 
se la entregara después a Primitivo, la sortija 
de dos corazones que él, con mano temblorosa, 
le había puesto en el dedo anular al casarse. 
Acompañó el ademán de estas palabras, dichas 
con voz débil y cavernosa: 

— Dile, mamá, que me perdone . . . ; dile que 
no supe lo que hacía . . . ; dile que sólo a él quise 
y muero queriéndolo, y, sin embargo . . . ¡Ay! 
¡Así son las cosas 1 ... — Y en medio de un so- 
llozo, que terminó en hipo mortal, fué entor- 
nando los ojos, y al cerrarlos expiró. 

En el rostro de la hombruna Celedonia la 
muerte puso el blanco velo de una tristeza 
infinita. 

Al entrar al rancho abandonado, Primitivo 
sintió en el alma el frío y la soledad de las 
desiertas habitaciones, que recorrió con paso 
vacilante, sin objeto, sin idea fija. Frente a la 

[ 198 ] 



EL TERRUÑO 


cama de Celedonia se detuvo. En los colchones 
veíanse aún las huellas del cuerpo enflaquecido, 
y en las almohadas, profundo hundimiento de- 
lataba el sitio de la cabeza, de su cabeza . Pri- 
mitivo miraba absorto y con los labios fuerte- 
mente plegados por un gesto de dolor. ¡Cuántas 
cosas le sugería el lecho vacío! , , . Agobiado por 
la pena, al igual de la rama que se dobla bajo 
el peso del fruto, fué inclinándose hasta besar 
la almohada y esconder en ella el rastro. En tal 
postura pasó la noche. Afuera, los perros le 
ladraban a la luna y sus ladridos se perdían 
en el espacio azul del mismo modo que los 
sollozos del infeliz. 

Primitivo, por hábito, pero sin que lo moviese 
ningún estímulo de amor a su hacienda ni aci- 
cate de interés alguno, recorrió el campo: los 
alambrados estaban en el suelo; las ovejas, muy 
flacas y sarnosas. Ni pestañeó. Más que indife- 
rente, parecía insensible al mal o como si no 
tuviera clara conciencia de él. Y lo dejó todo 
tal cual. Ni siquiera le pidió rodeo a nadie para 
recoger y poner en seguro los animales que se 
hubieran desperdigado por los campos vecinos. 
Despedíase el invierno con interminables llu- 
vias; el cielo amanecía siempre anubarrado; 
hasta el albear era triste. Primitivo no salía 
de la cocina: los hábitos contraídos en el cam- 
pamento inspirábanle verdadera repugnancia 
por el trabajo y todo lo que fuese ley civilizada 
y ordenada vida. Además, la calma na venía: 
el come come de la tristeza y el rencor no lo 
dejaban vivir. Creyó que, satisfecha su ven- 
ganza, se sentiría tranquilo: mas fué al con- 


[ 199 ] 




CARLOS REYLES 


trario: la muerte de Jaime y la terminación de 
las correrías guerreras le dejaron el alma ahita 
de truculentas pasiones que, no encontrando 
sobre qué obrar ni en qué ejercitarse, se revol- 
vían sobre sí mismas, alimentándose de las en- 
trañas que les daban nacimiento, como el hijo 
de ía madre. Perenne y sorda irritación lo man- 
tenía hosco entre las cuatro paredes del rancho, 
donde no se diría sino que se iban amontonando 
las tristezas y las sombras, tal era su lúgubre 
aspecto. No tenía peón, ni pensaba tomarlo 
tampoco: ¿para qué? Él mismo se cebaba el 
mate y asaba el churrasquito que, sin pan ni 
cubiertos, comía desganado junta al fogón. 
Después bebía . , . 

Tóeles vino a visitarlo varias veces, pero 
como siempre lo encontraba entre dos luces 
o completamente ebrio, y en tal estado Primi- 
tivo tomábase muy sacudido y procaz, nunca 
pudo dirigirle las conceptuosas frases que traía 
preparadas Empero, en cierta ocasión, consi- 
derándolo mejor dispuesto, algo acertó a insi- 
nuarle sobre la necesidad de sobreponerse a los 
dolores que lo afligían y volver a su existencia 
honrada y laboriosa 

— ¡Rehacer mi vida!... — murmuró el pai- 
sano sordamente — . Cada cristiano va maniatao 
a su destino y es al ñudo apotrarse. Déjeme a 
mí con el mío. Sólo yo sé lo que me hace 
falta — repuso, y su acento se hizo sombrío 
y amenazador. 

Tóeles no volvió más a “El Bichadero”, 
y desde entonces el pobre paisano no tuvo 
otros amigos que los canes, ni otra consolación 


[200 ] 




EL TERRUÑO 


en su desamparo que la botella. Pero si no iba 
Tóeles a la estanzuela de su concuñado, desde 
“La Nueva Esperanza” volvía los ojos a me- 
nudo hacia aquel sitio de tristeza y desolación, 
y, a veces, con anteojos, veía a Primitivo 
echado debajo del ombú o, menos frecuente- 
mente, ocupado en alguna tarea doméstica. 
El infortunio del miserable paisano lo llenaba 
de honda conmiseración, sobre todo después 
que el vecindario le imputaba toda suerte de 
crímenes y hacía de él un objeto de escarnio 
y horror. 

Una tarde, a la hora de la siesta, Amabí 
avisó aterrada a su mando que “El Bichad 
dero” ardía. Tóeles abrió la ventana y miró: 
en efecto, grandes lenguas de fuego salían 
flameando de las casas, los corrales y los bre- 
tes. El filósofo montó a caballo y, seguido 
de su peoncito, allá se fué corriendo. Pero 
tuvo que detenerse antes de llegar: el fuego 
rodeaba las poblaciones; las bolsas de lana de 
la esquila anterior, que Primitivo en su aban- 
dona había dejado sin vender, dispuestas con 
siniestro designio, cercaban los bretes; las 
ovejas, encerradas, huían en todas direcciones, 
locas de espanto 1 . Primitivo, lanzando gritos 
salvajes y juramentos, las acuchillaba al pa- 
sar con saña fiera. Otras veces, poseído acaso 
de la grandeza de su destino, negro y adverso, 
reía, viendo al través de espesa y sofocante 
humareda, desplomarse los ranchos unos tras 
otros, dando saltos, correr desesperadas las 
ovejas convertidas en antorchas vivas, reven- 
tar las bolsas como disformes panzas de vaca 


[ 201 ] 



CARLOS REYLES 


hinchadas al sol. Y reía en su demencia, 
transfigurado por la embriaguez de destruir 
y el sentimiento de un fin próximo y trágico. 
De pronto, escapósele un grito de espanto: sus 
ropas ardían; echó a correr, pero a los pocos 
pasos cayó atropellado por las ovejas. Cuando 
se puso en pie, estaba medio ciego. 

— ¡Vida perra, vida cochina, yo te voy a arre- 
glar! — vociferó, y poniéndose la punta del 
ensangrentado puñal en el cuello, de un golpe 
brusco se degolló. Saltó un caño de sangre, 
y con la cabeza caída hacia atrás dió algunos 
pasos tambaleándose; las llamas lo rodearon; 
negros crespones de humo lo envolvieron, y 
Tóeles no pudo ver más. 


[ 202 ] 



XVI 


La tapera de Primitivo, desolado jardín de 
melancolía, atraía a Tóeles y avivaba sus extra- 
ñas fiebres. Después de recorrer el campo y 
examinar las haciendas, cuyo cuidado le reco- 
mendaba diariamente Mamagela, descendía del 
caballo, sentábase sobre las desmoronadas pa- 
redes de terrón y meditaba. El ombú, antes lo- 
zano y copudo, enseñaba ogaño el ramaje sin 
gala de hojas y el robusto tronco roído por el 
colmillo voraz de las llamas» Éstas lo habían 
devorado casi todo; de las poblaciones sólo que- 
daban algunos míseros despojos. Una mancha 
parduzca, rugada costra en la epidermis de la 
tierra, indicaba el sitio de los ranchos y los 
bretes. En medio de ella, entre hacinados es- 
combros, un marco de madera dura había re- 
sistido a la acción destructora del fuego y se 
erguía entre las ruinas solitario y siniestro 
como una horca. La ociosa borraja y las espinas 
empezaban a brotar ,corroborrando, más bien 
que paliando, la desolación de lo que fué el 
próspero Bichadero. Al atardecer, hora de las 
dianas visitas de Tóeles, las muertas lumbres 

[ 203 ] 



CARLOS REYLES 


del crepúsculo parecían fundir en su tristeza 
la tristeza gris de la tapera y convertir en es- 
pectros 1 los dispersos ganados que, lentos y si- 
lenciosos, bajaban a las aguadas 2 . Como 1 lobas 
cautelosas avanzaban las sombras, y con ellas 
crecían las torturantes dudas de Tóeles. Cerrada 
la noche, levantando al paso lechuzas y perdi- 
ces, tornábase a “La Nueva Esperanza”. Desen- 
sillaba; refrescábale el humeante lomo al ca- 
ballo con un jarro de agua fresca; entraba al 
rancho. Amabí cosía, Pedrito jugaba, deshojá- 
banse las flores en los frascos de encurtidos, las 
velas de sebo ardían en los candeleros de lata. 
Tóeles, sin decir palabra, sentábase en un rin- 
cón, y considerando con grande piedad de sí 
mismo la hurañez y hostilidad de las cosas que 
lo rodeaban, se enternecía hasta lagrimear. 
Esto sacaba de quicio a Amabí: “[Peste de hom- 
bre!” decíase, y, pegando' un respingo, salía. 
Pedrito íbase tras de ella. Tóeles quedaba solo 
en medio de la semioscundad de la sala. Sus 
ojos se detenían, sin ver, en las temblonas lla- 
mas de las bujías, en los grabados que ornaban 
las lóbregas paredes, en los libros cubiertos de 
polvo, mientras pensaba que era necesario li- 
bertarse, fugar de aquella odiosa prisión del 
alma en que falsas relaciones lo tenían, y correr 
los temporales de su agitada mar interior, para 
vivir de acuerdo consigo mismo y dar las notas 
agudas que tenía en la garganta. En realidad, 
no sabía bien en qué estribaría esto; pero la 
imagen sólo lo satisfacía, no obstante la teó- 
rica devoción de las realidades concretas. 
Y mientras acariciaba tales sueños, confesábase, 

[ 204 ] 



EL TERRUÑO 


sin asomos de violencia, que el abandonar mu- 
jer, hijo e intereses, era altamente condenable, 
inmoral, vil; airadas voces de la conciencia que 
escuchaba sin terror, porque al mismo tiempo 
otras voces interiores, cariciosas y hechiceras, 
le decían: “No hay otro medio de romper las 
cadenas que te esclavizan e impiden cumplir 
tu trágico destino. La calma, la vida regular 
y laboriosa, la sumisión a la regla, la dicha 
del renunciamiento, si a esta desabrida exis- 
tencia pueden dársele tales nombres, no son 
para ti; para ti, Tóeles, el perseguir los fantas- 
mas de tu idealismo pasionario; la incertidum- 
bre, la inquietud perpetua y el morir por una 
estrella: esa es tu moral, tu ley, tu destino, 
y acaso entraña, diga lo que diga Mamagela, 
una grande aunque invisible utilidad”. Y, a pe- 
sar de sus miserias y fracasada vida, embria- 
gado por una especie de orgullo de poeta, lle- 
gaba a pensar que él, Tóeles, era la sed de lo 
infinito hecha carne palpitante, la inquietud 
universal hecha luz, la rebeldía del egoísmo 
vidente contra las mentiras y tiranías sociales. 
Entonces la luz macilenta de las velas resplan- 
decía con vivos fulgores; todo se iluminaba 
feéricamente; un voluptuoso coro de ninfas y 
danzarinas desnudas lo rodeaba y levantaba en 
vilo. “Sí, sí”, decíase transportado, “eso es: soy 
una conciencia errante en el purgatorio del 
mundo, y al revés de los filistmos y de las per- 
sonas honradas, me envileceré públicamente 
por no venderle en secreto a los sátiros la vir- 
tud de mi alma. Ése será mi crimen radioso”. 


[ 205 ] 



CARLOS REYLES 


La peona ponía la sopa humeante sobre la 
mesa y Tóeles, suspirando, sentábase entre 
Amabí y Pedrito. 

La tentación de partir, de liquidar totalmente 
el pasado y empezar una vida nueva, lo ganaba; 
rompía uno a uno los invisibles hilos que atado 
lo tenían a los deberes corrientes, y le descu- 
bría inopinados horizontes de ventura, de no- 
ble lucha, acaso de gloria. Quería ser un sem- 
brador de ideas, el apóstol de alguna cosa, y en- 
cerrarse en el claustro de sus pensamientos 
como un monje en su ermita. Mas el decidirse 
no era asunto de raciocinio, sino de hígados, 
y flaqueaba. Mientras pensaba solo, todo iba 
bien: su cerebro resolvía sin vacilaciones; pero 
a punto de obrar, otra razón, arcana y honda, 
la razón de todo el cuerpo, imperaba y ponía 
sobre sus flacos lomos de soñador el bloque del 
pasado y del presente, y con él la carga abru- 
madora de la conciencia. Y, como el camello 
harto cargado, la voluntad de Tóeles se negaba 
a levantarse y marchar. Entonces sentía con 
viva fuerza, aunque desfalleciendo, las irreduc- 
tibles contradicciones de su naturaleza, y cuán 
difícil le sería poner nunca al unísono ideal 1 
y acto, egoísmo y desinterés, universo y corazón. 

Y en verdad, no era fácil empresa. Múltiples 
y diversos móviles solicitábanle en opuestas di- 
recciones. A pesar de todo, mujer, hijo, familia 
y también intereses, con los cuales se había 
encariñado y que satisfacían necesidades muy 
íntimas de su espíritu, en consorcio ejercían so- 
bre él la tracción imperiosa y constante del 
hogar; aspiraciones superiores y pujos de indi- 

[206 ] 




EL TERRUÑO 


vidualismo anárquico, aunque refrenados por el 
realismo de doña Ángela, mantenían vigorosas 
las tendencias de su cultura idealista y tempe- 
ramento de poeta; ciertos apetitos en la tierra 
lo retenían; ardientes anhelos al cielo lo llama- 
ban; incertidumbres y temores lo tiraban por 
aquí; certezas y esperanzas, por allá, y con todo 
ello, el atribulado Tóeles no sabía qué hacer 
ni a qué santo encomendarse. Unos días sen- 
tíase revolucionario; otros, conservador; el 
tiempo pasaba; nada resolvía. 

Además, de antemano lo inquietaban las difi- 
cultades que le sería forzoso vencer para poner 
en práctica cualquiera resolución que tomase. 
¿A dónde iría? ¿Cómo viviría si abandonaba 
“La Nueva Esperanza”? ¿Qué haría de sus as- 
piraciones? ¿Cómo pagaría sus trampas si se 
quedaba? Aunque alucinado y ensoñador, no 
podía ocultársele que una conciencia errante 
tripas tiene y necesidades inmediatas que satis- 
facer, ni, por otra parte, se forjaba ilusiones so- 
bre el estado de su hacienda, y menos sobre 
las dulzuras de la vida conyugal que en “La 
Nueva Esperanza” lo esperaban. 

Tóeles perdió el apetito y el sueño, y cayó 
en las negruras de la neurastenia. 


[ 207 ] 




Entretanto el país entraba en los cauces de 
la vida normal. Los ariscos matreros salían de 
los montes; los emigrados volvían a la tierra; 
los ganaderos, refugiados en los pueblos y en 
la capital, tornaban a las desamparadas estan- 
cias, reconstruían los alambrados, juntaban las 
dispersas haciendas y ordenaban, como los 
pájaros reconstruyen el nido que el vienta 
deshace, lo que la guerra había desquiciado. 
Se hablaba de enterrar para siempre odios 
anacrónicos y divisas funestas; se hablaba mu- 
cho también de cordura y regeneración nacio- 
nal, y aunque los partidos, a la sordina, se 
preparaban para la otra , la esperanza y el 
optimismo robustecían de nuevo los ánimos 
para las bregas del vivir. 

La diligente Mamagela clasificó y seleccionó 
los rebaños de Primitivo; esquiló las majadas, 
les dio un baño de ordago para matarles la 
sarna, y, sobre las mismísimas ruinas de “El 
Bichadero” ,hizo edificar una casita muy có- 
moda y cuca. Y allí ubicó al Sacristán, que, 
después de las peripecias guerreras, no quería 

[ 208 ] 



EL TERRUÑO 


ser militar ni cura, smo estanciero. Papagoyü 
bajó a la capital a surtirse y trajo a “El Ombú” 
gran copia de mercaderías, y los herederos de 
Pantaleón se repartieron “Los Abrojos” y em- 
pezaron a trabajar con muy otro empeño que 
lo hacía el difunto. Todos parecían decirse: 
“Los muertos al hoyo y los vivos al bollo”; todos 
aceptaban los hechos consumados. Sólo Tóeles 
permanecía indeciso, caviloso y desamorado. 
Levantó, sí, los alambrados caídos, esquiló, 
bañó las ovejas; pero trabajaba sin fe, sin en- 
tusiasmo, como quien cumple un deber penoso 
e inútil. La idea de rebelarse él solo contra las 
transacciones cobardes e irse del país en son de 
protesta, no lo dejaba dormir. Antes de salir 
el sol, ensillaba e íbase al campo a recorrer los 
potreros; veía levantarse las ovejas, retozar los 
corderillos, pastar las vacas mientras el toro en 
celo las requería de amores. El aire fresco le 
producía deleitoso picor en las narices; a pesar 
de sus murrias, parecíale respirar a veces un 
penetrante vaho de vida. Mas el encanto de la 
existencia campera no lo subyugaba; aquellos 
bienes suyos nada le decían; no experimentaba, 
como antaño, vivo y hondo el goce de poseer; 
algo se había roto en su alma que lo hacía 
ajeno a los intereses y las ambiciones comunes. 
Sólo automáticamente seguía ocupándose en 
los quehaceres de “La Nueva Esperanza”. 

De vuelta del campo, frente a los libros, se 
pasaba las horas muertas. Pero los filósofos 
permanecían mudos a las interrogaciones de 
Tóeles; La Sagesse et la Destinée lo convencía 
sin consolarla; Les Nourritures Terrestres lo 

[209 ] 



CARLOS REYLES 


enfervorizaban sin convencerlo; sus poetas fa- 
voritos nada le decían que pudiera iluminarlo 
o servirle de triaca a sus males. Prolijos exá- 
menes de conciencia y arreglos de cuentas 
espirituales, tampoco lo sacaban del pantano. 
En el fondo de toda consideración, la duda ense- 
ñaba los dientes como una hiena en los antros 
de su guarida 1 . 

En tales cavilaciones estaba cuando recibió 
un recado urgente de doña Ángela, invitándolo 
a trasladarse a ‘‘El Ombú” sin pérdida de tiem- 
po. Presuroso acudió a la cita, y llegó a la 
pulpería apenas el sol apuntaba en el rosado 
horizonte. Ya la señora, que seguía siempre tan 
madruguera, había visitado los galpones, el ga- 
llinero y el tambo, y puesto en movimiento 
a toda la servidumbre; ya se había aseado 
y vestido de parada, y respirando contento 
y oliendo a limpieza y Agua Florida, esperaba 
a Tóeles en el rmconcito acostumbrado del co- 
rredor, muy repantigada en su silla peluda, la 
caldera a un lado, la canasta de los rosquetes 
al otro, y entre ambas manos, el mate. 

— ¡Albricias!... tengo muy buenas noticias que 
darte — exclamó con júbilo al ver a Tóeles — . 
La suerte se ha cansado de perseguirte y ahora 
empieza a colmarte de favores. Siempre sucede 
así, hijo mío; por eso nunca se debe desesperar. 
Dios aprieta, pero no ahorca. Pues, señor, 
cuando menos te lo esperaban te cae sobre la 
cabeza la diputación como llovida del cielo. Sí, 
Tóeles de mi alma, diputado eres por este de- 
partamento. El señor Herosa, que lo era, acaba 
de morir; el primer suplente renuncia, el se- 

[ 210 ] 



EL TERRUÑO 


gundo eres tú, y te llaman a la representación 
nacional. Ahí tienes el telegrama de mi cuñado, 
anunciándome la buena nueva, y la nota del se- 
cretario de la Cámara. ¿Qué tal?... ¡Ríe, canta, 
baila , sacúdete las pulgas! 

Tóeles no chistó; parecía anonadado. 

“Piensa en sus trampas”, se dijo Mamagela 
para su sayo, y luego agregó: 

— Pero no es todo; cuando te digo que la 
suerte te guiña el ojo... Sabe que ayer has sido 
electo presidente de la “Liga Agraria” de esta 
región. Estás, pues, en el candelero. Ahora 
puedes darle vuelo a tus planes, hacer prácticas 
tus ideas en la Cámara y en la campaña, y, ade- 
más, sacar el vientre del mal año, porque Goyo 
y yo, en vista de tu nueva posición y de los 
perjuicios que te ocasionó 3a guerra, hemos 
decidido entregarte la parte de Amabí para que 
pagues tus trampas, pongas orden en tus asun- 
tos y vivas sin ahogos. Cuida mucho ese diñe- 
rito, Tóeles; mira que es nuestro sudor y nues- 
tra sangre lo que te damos. 

Tóeles dejó caer la cabeza sobre el pecho. 
Sus labios se movían convulsivamente, sus ma- 
nos temblaban. Mamagela, equivocándose sobre 
la naturaleza de los sentimientos que lo embar- 
gaban, se levantó, y poniéndole cariñosamente 
la mano sobre el hombro, le dijo: 

— Tóeles, Toditos, deja correr las lágrimas; 
es muy bueno llorar de gratitud. 

El hizo un gesto negativo y desconsolado; 
pero ella, sin comprender, lo obligó a incorpo- 
rarse y tendiéndole los robustos brazos lo es- 
trechó contra su pecho 

[ 211 ] 




CARLOS RJEYLES 


— Goyo también quiere abrazarte, ven — 
añadió luego secándose los ojos con el revés de 
la mano, y echó a andar. 

Tóeles la siguió mohíno y confuso. ¡La dipu- 
tación, la presidencia de la “Liga Agraria”! 
Era tan inaudito lo que le acontecía y tan con- 
trario al orden de ideas en que estaba, que en 
aquel instante, no sabía si feliz, si desdichado, 
imposible le hubiera sido decir a ciencia cierta 
si lo que experimentaba era el dulce anonada- 
miento del que, por modo inesperado, llega 
a la meta después de grandes tribulaciones, o la 
indiferencia y secura de alma del que recibe 
el bien cuando ya no lo desea ni lo tiene por tal. 

Papagoyo estaba sentado en la cama y como 
calado entre almohadas y cojines. Sobre la 
cabeza se había puesto un pañuelo abierto para 
defenderse de las moscas y los aires, y en la 
diestra tenía el mate, como un chico el biberón. 
La noche anterior habíase quejado de jaqueca 
y náuseas. Al oírlo, Mamagela le clavó una 
mirada inquisidora y le dijo con el índice le- 
vantado: 

—¡Conque jaqueca y náuseas!... Goyo, ma- 
ñana, purguita. 

Don Gregorio quiso protestar, pero a cada 
observación que hacía, Mamagela repetíale la 
implacable sentencia, y, como siempre, el buen 
hombre no tuvo más remedio que aceptar la 
tiranía doméstica y desayunarse, aquella ma- 
ñana, con una buena taza de aceite de castor. 
Era la regla. A la menor indisposición, la se- 
ñora, que en lo tocante a la higiene de las tripas 


[ 212 ] 



EL TERRUÑO 


no se andaba con paños calientes, lo condenaba 
al mismo suplicio: purguita, cama y dieta. 
Y como esto acontecía con harta frecuencia, y el 
comerciante, estando solo, se aburría soberana- 
mente, su mujer e hijos y hasta Foroso y las 
mulatas, en casos tales, lo rodeaban y le daban 
palique. A veces, en medio de la charla gene- 
ral, Papagoyo palidecía 1 ; doña Ángela le clavaba 
los ojos perforantes como leznas. Bruscamente, 
ésta, después de algunos segundos de ansiosa 
expectativa, incorporando e exclamaba: 

— [Fuera!... — y todos salían precipitada- 
mente 3 . Media hora después, las puertas se 
abrían de par en par, y se reanudaba la tertulia. 
El comerciante* sonreía seráficamente, con el 
pañuelito sobre la cabeza y la bombilla en 
la boca. 

Tóeles cayó en los brazos del gozoso Pa- 
pagoyo. 

— Todos nos alegramos de tu buena fortuna 
— dijo éste con su calma habitual, pero más 
regocijado que de costumbre — . ¡Vaya, hom- 
bre; al fin vamos a tener quien le dé lustre a la 
familia! 

Foroso y las mulatas observaban al flamante 
diputado con religioso respeto. Tóeles, sin sa- 
ber qué actitud adoptar, sonriendo forzada- 
mente, sentóse por primera vez en el sillón de 
hamaca que, de ordinario, sólo ocupaba la se- 
ñora, y que ésta misma le ofreció aquel día 
con inusitada deferencia. Este pequeño detalle 
conmovió a Tóeles profundamente. La beatitud 
de su suegro y la reposada dicha que respira- 
ban las personas que allí había, y aún la están* 

[ 213 ] 


«miño 15 




CARLOS REYLES 


cía misma, lo enternecieron y avergonzaron sin 
saber por qué. ¡Cuánta virtuosa sumisión en 
aquella placidez de los rostros! ¡Cuánto deber 
cumplido en aquel honesto reposo de los áni- 
mos! ¡Cuánta riqueza en aquel humilde am- 
biente de honrada y gozosa parcidad! 

— “¡Pobre gente; si supieran lo que por mí 
pasa!...”, se dijo. “Cómo decirles: y bien, aun- 
que lo siento en el alma, voy a causarles un 
gran desencanto. Yo no puedo ser diputado, 
ni presidente de la “Liga Agraria”, ni aceptar 
la herencia de Amabí”\ 

Foroso y las mulatas se retiraron discreta- 
mente. Hubo un silencio embarazoso. Mama- 
gela lo interrumpió diciendo: 

— Me parece, Tóeles, que no estás todo lo 
contento que debieras. ¿Qué te pasa? ¿Qué más 
quieres? ¡Por Dios, no nos des un disgusto! 

Tóeles sentía que los ojos goyescos de la cas- 
tellana de “El Ombú”, le hurgaban el alma. 

— ¡Es tan inesperado lo que me pasa! Nece- 
sito meditar, ver claro en mí mismo... 

— jAy! dijo, ¿con qué tripa rota nos vas 
a salir? ¿Te haces el sueco cuando la suerte 
te abre los brazos? Escucha, Tóeles de mis pe- 
cados: con la vida es peligroso jugar así; Dios 
condena a los desagradecidos. Si tantos bienes 
como llueven sobre ti no te satisfacen, después 
de haberlos deseado tan ardientemente, ¿qué 
puede contentarte? ¿Qué buscas? ¿Qué espe- 
ras? Mira que esos bienes no son espejismos, 
sino cosas reales; pero aun en el caso de no 
ser así, aun dando de barato que todo sea espe- 
jismo como tú aseguras, decídete, con mil de- 

[ 214 ] 



EL TERRUÑO 


monios, por los que llenan la panza, que eso 
al menos habrás ganado. Si ahora no agarras 
la ocasión, no por el único cabello, sino por el 
mechón de pelo que te ofrece, ¿cuándo la 
agarrarás? 

— Nunca, ya lo sé... — respondió Tóeles, de- 
jando caer los brazos con desaliento. 

Así estuvo un rato y luego, fijando los ojos 
resueltamente en los de su suegra, agregó: 

— Pero, por ventura, ¿puedo yo representar 
intereses en los cuales no creo fingir entusias- 
mos que no siento, aceptar los embustes que 
me propuse combatir 91 Mi deber es vivir en mi 
ley, y mi ley es correr tras los fuegos fatuos 
que a porfía me ponen delante de los ojos inte- 
ligencia y corazón. 

— ¿Y por esos fuegos fatuos vas a sacrifi- 
carnos a todos? — interrogó doña Ángela, im- 
paciente. 

Aquí dejáronse oír ciertos alarmantes bar- 
baremos 2 , y Tóeles, que iba a responder con 
un conceptuoso discurso, tuvo que callar y salir. 
Y, como por ensalmo, aquel detalle de la rea- 
lidad doméstica lo apeó de su trascendenta- 
lismo y llevó a preguntarse, mientras se pa- 
seaba por la pulpería, si no estaba obrando 
como un rematado majadero. 

Foroso, lleno de respeto y afectuosidad, vino 
a darle palique; la vieja Jua le trajo un mate 
muy bien cebado; Vivorí, los rosquetes en una 
bandeja perfumada, y Mérico lo palmeó con 
grandes muestras de cariño, mientras le decía: 
“¡Al fin, hermanito, te voy a ver en los pa- 
pelesf’ A Tóeles se le antojó, que no sólo aque- 

[ 215 ] 



CARLOS REYLES 


lias gentes, sino también los modestos artículos 
del almacén y hasta las vidrieras y el motra- 
dor, esperaban algo de él, y a una le decían: 
“No nos traiciones”. Y el sentirse extraño a todo 
y a todos lo llenó de estupor. 

Al volver a la alcoba y observar la pesa- 
dumbre de sus suegros, ímpetus lo asaltaron de 
caer de rodillas y pedirles perdón. Mamagela 
salió, no diligente y ágil como de costumbre, 
sino arrastrando los pies, como agobiada bajo 
el peso de una grande tristeza. Papagoyo, con 
tanto reposo como aflicción, dijo: 

— Con tus cosas le vas a acortar la vida a la 
pobre vieja... y a mí también. ¡Esperábamos 
tanto de ti!... El Sacristán no quiere cantar 
misa; tú no quieres ser representante; todos son 
desengaños... Está visto que nuestra familia no 
saldrá de la oscuridad; ninguno de nuestros 
hijos le dará lustre. Nos hemos sacrificado 
inútilmente. Tóeles, hijo mío, Dios no te per- 
donará el que hayas burlado las esperanzas de 
dos pobres viejos... Y sus ojos mansos y dormi- 
dos, más que airados, parecían suplicantes. 

Tóeles sintió que el corazón se le ponía como 
una pasa de higo. 

— No he dicho que rehusara la diputación; 
manifesté las dudas y escrúpulos que me asal- 
taban y el temor, además, de ser representante 
del pueblo de nombre solamente. 

— ¿Y nosotros no somos pueblo también? — 
interrogó entrando doña Ángela — . ¿Y tus cole- 
gas, y todos los estancieros del pago, que en ti 
confían, y los intereses rurales de todo el país, 
que no tienen en las Cámaras quien vele por 

[ 216 ] 



EL TERRUÑO 


ellos?... Pues todo eso representarías tú. ¡Ahí 1 
Si pensaras más en el prójimo y menos en ti, 
como es el deber de todo cristiano, no vacilarías 
ni un solo instante. Pero ahí está el mal: 
tú no eres cristiano; has dejado el buen camino 
por otro, a tu parecer mejor, pero que, en rea- 
lidad, no lleva a ninguna parte; por inútil re- 
chazaste las vejigas de la religión, buenas para 
mantenerse a flote en todo mar, y sin ellas ni 
otro asidero que los libros, que más bien te 
sirven de sobrecarga, te vas al fondo irremisi- 
blemente. Las luces que tú buscas no alumbran, 
ciegan. Y si no, dime, ¿qué verdad persigues 
que te impide reconocer la verdad que tienes 
delante de los ojos, vivita y coleando? ¿Qué 
bien ansias que envenena tu existencia y la de 
los otros? ¿Qué interés es ése que te hace com- 
prometer los intereses de todos y correr como 
un loco detrás de un fuego fatuo? 

Tóeles se rascó la frente y, luego de meditar 
un momento, dijo: 

— Las altas virtudes piden el sacrificio de las 
pequeñas. Si no hubieran existido locos como 
Cristo y Colón, no habrían aparecido verdades 
sublimes ni nuevos continentes. 

— Pero... ¡por los clavos de Cristo! — inte- 
rrumpió Mamagela perdiendo la paciencia, 
cosa que le acontecía en muy contadas ocasio- 
nes — , fíjate bien, Tóeles, que tú no eres Cristo, 
ni Colón, sino Temístocles Pérez y González, 
y que ya no estás en edad de hacer locuras; 
tienes cuarenta y dos años bien sonaditos, no 
lo eches en saco roto. Siendo tú profeta o des- 
cubridor verdadero, las verdades nuevas y las 

[ 217 ] 



CARLOS REYLES 


nuevas tierras vendrían a ti, te saldrían al paso, 
obrarías milagros porque estaba en tu natura- 
leza el hacerlo, como el rosal da rosas y el du- 
raznero pelones; en cambio, lo que viene a ti, 
lo que te sale al encuentro, son los deberes que 
para con nosotros y para con los compatriotas 
tienes; ellos te dicen a gritos lo que la vida 
espera de ti y lo que tú puedes hacer en este 
mundo; pero tú te empeñas en ser otro del que 
. eres, y eso te lleva a confundir la puerta con 
la ventana, los piojos con las pulgas y te da, 
en lugar de sanas alegrías, sofocones y dolores 
de cabeza. Te sobra inteligencia, te sobran 
aptitudes, te sobran conocimientos, pero te falta 
buen sentido, y sin esto todas aquellas cuali- 
dades son como frutos que el sol no sazona, 
frutos sosos o agrios. No creas que para vivir 
se necesita mucho cacumen, ni grande balumba 
de ciencia 1 , no; hace falta sólo darse cuenta de 
lo que uno es y puede hacer, y esto te lo dice 
algo, no sé qué, dentro de ti, una voz que viene 
de lejos, de lejos, que sale como de un pozo 
profundo, y que tú oirías si escucharas con 
atención. Yo, siempre que tengo una duda, 
afino el oído y oigo. Por eso, aunque rústica 
e ignorante, soy más ducha y hábil que tú. Don- 
de a ti se te empantana la carreta, porque tiras 
solo, yo paso tranquilamente, porque conmigo 
tiran los demás. ¿A qué viene esa manía de 
aislarse e ir contra la comente, cuando la ola 
nos lleva junto con los otros? Esa independen- 
cia, que tanto te halaga, es pura engañifa; con- 
tigo piensan y obran los que te rodean: mujer, 
hijo, parientes, y tus actos, pueden hacerles 

[ 218 ] 



EL TERRUÑO 


mucho bien o mucho mal. A veces, parece que 
tú lo ignoras o que te propusieras ignorarlo, 
y lo mismo haces con el mundo: diríase que no 
existe para ti; adrede te alejas de él, y de ahí 
viene que, aun siendo una buena carta, no 
tengas valor en el juego de la vida, porque, 
gracias a tus caprichos, nunca estás con las 
otras sobre el tapete, sino sola debajo de la 
mesa. Créeme, Tóeles: si yo estuviera en tu 
pellejo, otro gallo te cantaría. 

— En una palabra — argüyó Tóeles echándolo 
a broma — , que no tengo el sentimiento de mis 
límites , ni el tanteo de la pesada en las cosas 
de este mundo, como diría usted, y vamos a ver, 
estando en mi pellejo, ¿usted qué haría? 

Doña Ángela cruzó las manos sobre la honra- 
da panza, y dijo: 

— Me diría: mi familia, mis amigos, mi patria 
es la tierra, mi tierra; lo que yo soy, es decir, 
mis aptitudes, la semilla; no la tiraré al aire 
fuera de sazón, la echaré a su tiempo en los 
surcos hondos y recogeré buenas cosechas. Ha- 
blando en plata: ten presente quién eres y que 
no eres solo; que tienes deberes que cumplir 
para con nosotros y para contigo mismo. Cúm- 
plelos. Déjate de perseguir quimeras, no seas 
fantasioso, apoya los pies en el suelo, echa raí- 
ces en tu terruño y deja que sople el viento. 
Sacrifica lo que estorba. Si sueños dorados 
y ambiciones altas te traban y manean, maneas 
y boleadoras son para ti y no altas ambiciones 
y dorados sueños. Deséchalos, sacrifícalos sin 



/ 


CARLOS REYLES 


piedad, que sólo matas las sanguijuelas que te 
chupan la sangre. 

De cara al sol, camino de “La Nueva Espe- 
ranza”, Tóeles pensaba: “Esa moral que habla 
siempre de los otros, nunca de mí, no me se- 
duce; la voz que sale del pozo profundo me 
dice: “Tóeles, a lo tuyo; tu tierra son las nubes, 
tu familia la soledad, tus semejantes los fan- 
tasmas que engendra tu imaginación”. Tenga- 
mos el valor de ser lo que somos, de vivir con 
arreglo a nuestra ley. Mi ley no es la de Ma- 
magela; lo que a mí me estorba para vivir, mis 
trabas y boleadoras son las tierras y bienes que 
todos apetecen y que a mí, sobre no satisfa- 
cerme, me arrancan de mi terruño y alejan de 
mi bien. Los sacrificaré a mi Dulcinea: “A tus 
plantas pongo, alta señora, la diputación, los 
honores mundanos y las profanas dichas”. Qui- 
jote, ve a tus aventuras. Mamagela también me 
engañó; pero Tóeles no morderá más el anzuelo 
de la ilusión realista y preferirá a los burgueses 
rosquetes, el pan duro del ideal. O César o nada; 
paso el Rubicón”, y tomó el galope. 

Doña Ángela, desde la ventana, lo siguió con 
los ojos hasta perderlo de vista; luego, suspi- 
rando, dijo: 

— [Pobre Tóeles; tengo el presentimiento de 
que no volveré a verlo! 

Sentóse en el borde de la cama, y añadió: 

— Goyo, tu vieja está muy triste... Algo me 
remuerde en la conciencia. ¿Crees que hemos 
sido para Tóeles todo lo bueno que debía- 
mos?... Yo no estoy segura. ¿Qué dolores com- 


[220 ] 


EL TERRUÑO 


partimos con él? ¿Qué consolaciones le presta- 
mos? ¿Fuimos su familia de veras o sólo de 
nombre? ¡Ay! Me parece que hemos vivido co- 
mo extraños: él a mil leguas de nosotros y nos- 
otros burlándonos de lo que no entendíamos. 

Lanzó otro suspiro más hondo aún y volvió 
a sus quehaceres, dejando a Papagoyo mohíno 
y perplejo. 


[ 221 ] 



XVIII 


Tóeles nada le dijo a su mujer de las buenas 
nuevas que le había dado doña Ángela, Comió 
poco y en silencio, Amabí tampoco desplegó 
los labios. Pedrito no jugó. Las velas que ardían 
sobre la mesa, lloraban grandes lagrimones de 
sebo y dejaban la cámara sumida en una semi- 
oscuridad preñada de sombras tristes. Los mu- 
ros de terrón parecían destilar pesadumbre, 
como los rostros de los cónyuges cansancio 
y descorazonamiento. En los frascos de encur- 
tidos se deshojaban dos rosas secas. 

Luego de comer se mudó Tóeles de ropa e hizo 
su maleta de viaje, atareándose en seguida en 
meter en un baúl viejo papeles y libros. Amabí, 
con los ojos obstinadamente clavados en la cos- 
tura, hacía como que no se percataba de nada. 
Una máscara de secura y hostilidad le cubría 
el rostro. Tenía el ceño rugado y los labios 
hundidos. En la frente, espaciosa y un tanto 
abultada, la luz amarillenta ponía un ósculo de 
pergamino y hacía resaltar el apretado naci- 
miento del cabello, que a Tóeles le pareció en 
aquel instante una múltiple barrera de estacas 


[222 ] 



EL TERRUÑO 


y alambres de púas o puesta de industria a todo 
razonamiento que viniese de él. De vez en 
cuando posaba en Amabí una mirada angustiosa 
y llena de reproches, levantaba las cejas con 
resignada desesperación y volvía a su tarea. 
Cuando terminó, quedóse contemplándola largo 
rato con más encono que pesar. Por último, 
compuso el rostro y cogiendo el sombrero y el 
rebenque, para darle sin duda más solemnidad 
al acto, habló así: 

— Amabí, lamenta comunicarte la extrema 
resolución que nuestra triste vida, incompati- 
bilidad de carácter y millones de razones que tú 
conoces tan bien como yo, me obligan a tomar. 
Puedes creerme: no lo hago sin honda pena, 
sin haberme torturado atrozmente... Me voy 
para no volver jamás... Me voy, sí, no sé a dónde 
ni en busca de qué... 1 

— Muy bien pensado — interrumpió Amabí, 
y levantándose bruscamente, giró sobre los 
talones y se fué a la pieza inmediata. 

“¡Pobre Amabilia!, ¡cuánto debe haber sufri- 
do para cambiar así y cuán urgente es lo que 
pienso hacer!”, se dijo Tóeles; y, como tantas 
veces, dejóse caer en la mecedora, y hamacán- 
dose quedóse hasta rayar el alba. 

Las velas se habían consumido; tenue luz 
entraba por los resquicios de la puerta la 
atmósfera viciada diríase que olía a fiebre 
y sudor de enfermo. 

— Es preciso partir — murmuró 2 , incorporán- 
dose, y sintió una congoja angustiosísima y un 
peso extraño en todo el cuerpo, como si las 
ropas que vestía fuesen de plomo. 

[ 223 ] 



CARLOS REYLES 


Antes quiso besar a su hijo. Sigilosamente 
entró en la pieza contigua. Amabí no se había 
acostado; vestida, velaba junto a la cama del 
niño. Tan humilde y triste era su aspecto 
y tanta desolación había en aquel ambiente de 
lobreguez y lloro, que Tóeles se sintió cohibido 
y avergonzado. Los invisibles hilos de la pesa- 
dumbre parecían tirar las facciones de Amabí 
hacia abajo; caía la nariz, caían los párpados, 
las mejillas y, sobre todo, los ángulos de la boca, 
aquellos hoyitos graciosos y provocantes que él 
llamaba antaño sus nidos de amor. . . 

Tóeles permaneció clavado en el umbral de 
la puerta. Mil confusas ideas lo atropellaron, 
mil encontradas emociones lo enternecieron. 
Aquilató la pena y el desamparo de Amabí; 
pensó en la tristeza de los pobres viejos, en la 
majada, en las vaquitas y los bienes que iba a 
abandonar, y, por primera vez, tuvo la noción 
justa de las múltiples raíces que allí lo aprisio- 
naban. Entonces, en tumulto y tropel, acudie- 
ron a su memoria textos y citas, residuos de 
extrañas filosofías, antagónicos preceptos mo- 
rales; y sintió a una pujos de sumisión y re- 
beldía, de amor y odio, de desinterés y egoís- 
mo feroz. 

“¿Voy a obrar como un alucinado o como un 
infame también?”, se dijo, espantado de las vo- 
ces interiores que lo recriminaban, ahogando la 
voz profunda que le repetía, “¡Vete, vete!”, en 
los antros de la conciencia. Y tuvo la sospecha 
de que acaso por ansias retóricas y artificiales 
aspiraciones, iba a causar muchos dolores ver- 
daderos. “Yo debía pedirle perdón y quedarme; 

[ 224 ] 



EL TERRUÑO 


sacrificar mis insanas ambiciones, entrar en la 
regla, aceptar el terrible pacto que imponen las 
realidades de la vida.., Pero ¡ay! imposible, 
¿cómo volverme atrás? ¿Cómo hacerlo tenien- 
do el caballo ensillado y las botas puestas?” 

Y esta última y nimia consideración lo deter- 
minó a partir. 

Los canes empezaron a ladrar. Tóeles, co- 
giendo la ocasión al vuelo para arrancarse de 
allí, salió a indagar lo que era, encontrándose 
con doña Ángela, que, muy presurosa y agitada, 
descendía del coche. Y al verla, como si vol- 
viese a la realidad siempre apetecible después 
de una angustiosa pesadilla, le pareció que le 
quitaban un gran peso de encima y que respi- 
raba mejor. 

— ¡Gracias a Dios que llego a tiempo; creí no 
alcanzarte!... ¡En fin, aquí estoy! — exclamó pre- 
cipitadamente y como ahogándose. 

Tóeles notó que estaba muy pálida y que tenía 
los ojos enrojecidos. 

— Sí, creí no volver a verte — continuó ella — . 
Ayer, una corazonada me hizo adivinar tus pro - 
pósitos, como si los estuviera viendo; y toda la 
noche me la pasé considerando en qué y en qué 
no, había sido para ti una verdadera madre. Qué 
quieres, cristiana soy, y me gusta tener limpia 
la conciencia. Y aquí he venido, no a conven- 
certe ni a atajarte los pasos, sino a suplicarte 
que me disculpes si en algo te he ofendido... 
Tóeles, no quisiera que guardases de mí un mal 
recuerdo. 

— Doña Ángela, usted ha sido muy buena... 

— ¡Hum!... no sé, no sé... Dame el brazo; estoy 


[ 225 ] 



CABLOS REYLES 


cansada, mis piernas parecen de trapo. Deseo 
hablarte sin que nos oiga Amabí. Vamos a la 
cocina; allí podremos hacerlo tranquilamente. 

Entraron en la cocina, poca espaciosa oscura 
y oliente a humo y leña quemada. Doña Ángela 
tomó asiento, miró con disgusto la suciedad del 
recinto y el desorden de los cacharros que allí 
había, y dijo: 

— Tú eres difícil de llevar, y Amabí no ha 
sabido comprenderte ni amoldarse a tu carácter; 
pero no creas que fué por orgullo o despego; obró 
mal sólo por ignorancia. Yo ahora veo claro 
en £f, y aunque me apena tu resolución, la dis- 
culpo y no te juzgo mal. Comprendo que razo- 
nes muy poderosas, motivos muy grandes deben 
ser los tuyos cuando te llevan a huir de tu casa 
y dejar lo cierto por lo dudoso, la holgura por 
la miseria tal vez, el deber y la virtud por el 
pecado. ¡Pobre Tóeles! ¿Adonde vas? ¿Qué 
suerte te espera? ¿Eres un santo o un loco? 
¡Quién puede decirlo! Yo sólo sé que no eres 
hecho de la misma pasta que nosotros, y que no 
todo en tu conducta es capricho o insensatez. 
Hay en tu inteligencia alturas a que no llegamos 
nosotros; en tu alma, abismos a los cuales nos- 
otros no podemos descender. ¿Son abismos y al- 
turas de luz o de sombras? Lo ignoro; lo que 
no se me oculta es que nuestro bien no es tu 
bien y que una voz misteriosa te llama a otra 
parte. ¿Qué hacerle? ¿Qué voluntad, por impe- 
riosa que sea, puede impedir que los arroyos 
vayan a los ríos y los ríos vayan al mar?... No 
creas, en el fondo yo nunca te juzgué severa- 
mente, porque te veía dudar y sufrir, y siempre 


[ 226 ] 



EL TERRUÑO 


tuve por ti mucho afecto, grande simpatía, aun- 
que te llevara la contra. Si erré, discúlpame; 
no me guardes rencor, ni olvides del todo a esta 
vieja, a esta pobre vieja que te quiere, Tóeles, 
más de lo que tú puedes imaginarte — concluyó 
haciendo pucheros. 

Tóeles lanzó un sollozo que le vació el pecho 
de amarguras; cayó de rodillas, escondió la ca- 
beza en el regazo materno, y, así como los frutos 
caen de la parra sacudida por el viento, sacudido 
él por ardiente gratitud, a la que se unía gran 
conmiseración de sí mismo, de sus ojos empe- 
zaron a caer lágrimas, redondas y pesadas como 
uvas . . . 

— ¡Pobre Tóeles! ¡Pobre Toditos!... — repetía 
Mamagela, pasándole la mano por el ensortijado 
cabello. 

Amabí entró, contuvo un grito y, luego de 
algunos instantes de pasmo e indecisión, invi- 
tada por los ojos elocuentes de Mamagela, fué 
a arrodillarse en silencio junto a su marido. 

Doña Ángela los tuvo a los dos en sus robustos 
brazos, grave y reconcentrada, como una gallina 
que incuba sus huevos. Cuando los tres se in- 
corporaron y Tóeles cogió el sombrero y el re- 
benque, ambas mujeres clavaron en él los ojos 
húmedos y consternados, y entonces Tóeles, cam- 
biando de propósito, dijo con un trémolo en 
la voz: 

— Voy a repuntar la majada... — y salió dan- 
do traspiés. 

Así que, por boca de doña Ángela, estuvo al 
tanto Amabí de los bienes que el cielo llovía 
sobre Tóeles, sintió renacer la desvanecida espe- 


[ 227 } 



CARLOS REYLES 


ranza de ser dichosa y, juntamente, la admira- 
ción que antes su marido le inspiraba. Por 
encima de la ropa, se le conocía el laudable pro- 
pósito de adivinarle los pensamientos y volverlo 
al redil del amor con cebo de halagos y prome- 
sas de deleitosas aventuras. Aseábase y vestíase 
con el esmero y aun la coquetería que de su 
madrina, grande doctora en elegancias y refina- 
mientos mujeriles, aprendió cuando estuvo bajo 
su égida y guarda en la capital. Y como era 
alta, derecha, fina de talle y no sobrada de pul- 
pas, las ropas ceñidas, que a la sazón se usaban, 
favorecíanla singularmente y delataban raras 
perfecciones. Por las noches sobre todo, poníase, 
sin corsé ni justillo, unas batas de espumilla 
de seda tan sutiles, que al menor movimiento 
la modelaban y, como una camisa de novia, per- 
mitían vislumbrar al través de la finísima tela 
los dátiles, ya juguetones, ya agresivos, de los 
pechos menudos y saltarines. El filósofo suspi- 
raba y presentía infinitas dulzuras . . . 

Los vecinos más calificados vinieron a saludar 
al nuevo representante del Departamento, y el 
comisario v el teniente alcalde, también. Más 
tarde recibió algunas tarjetas de parabienes, 
y un diario importante solicitó su colaboración. 

Tóeles, no obstante el desprecio de las satis- 
facciones vulgares, empezó a sentirse revestido 
de cierta reconfortante dignidad y a compren- 
der que los halagos de aquéllas le placían como 
a cualquier quisque o braquicéfalo. Las mieles 
de los nuevos sucesos le endulzaban la sangre, 
y el temor de burlar indignamente tantas espe- 
ranzas como florecían en tomo a él, lo indi- 


[ 228 ] 



EL TERRUÑO 


naba poco a poco a vivir como los demás 
hombres y cumplir con valerosa modestia sus 
deberes sociales. Sin embargo, por las noches, 
mientras Amabí y Pedrito dormían, pensaba en 
las ambiciones y caros ensueños que le era 
forzoso sacrificar, y entonces sentía como un 
desmaya o acabamiento de todas las energías... 
A veces, cavilando lo sorprendía la aurora. 

Cuando le comunicó su resolución a doña 
Ángela, ésta le dijo mirándolo inquieta: 

— Pero ¿sabrás renunciar a tus viejas ilusio- 
nes y conformarte con un destino que a ti, se- 
guramente, te parecerá oscuro? 

— ¿Qué remedio?.. — contestó él triste, pero 
resignado — . Además, no renunciaré a ellas en 
absoluto. Cumpliré mis deberes ciudadanos, 
pero no me ataré, no haré de la política una 
carrera, mi oficio. Si así fuese no podría pen- 
sar ni hablar con absoluta independencia, y yo 
puede que algún día lo necesite, ¡quién sabe!... 
Pero no quiero hacer castillos de naipes, dema- 
siados hice ya y todos vinieron al suelo — agregó 
con un dejo de amargura que Mamagela no le 
conocía — . Ahora sólo quiero ir a lo inmediato. 
Por lo pronto, defenderé los intereses rurales 
haciendo ver, si puedo, su infinita trascendencia 
para nosotros, no por lo que son en el orden 
material, sino por lo que representan espiritual- 
mente; el resto de mi actividad obligatoria, digá- 
moslo así, lo consagraré a “La Nueva Espe- 
ranza”, y sólo en las horas que me queden libres, 
como recreo del alma y regalo del espíritu, ad- 
mitiré en mi casa las visitas de las verdades 
puras... Mi posición moral queda definida, mien- 

[229 ] 


1 Terrufio J.Q 



CARLOS REYLES 


tras me oriento y busco otros horizontes: seré 
un criador de ovejas metafísico y un sembrador 
de ideas ovejero. Así le pondré una collera de 
cuero crudo, como usted diría, a lo relativo 
y a lo absoluto — concluyó riendo del asombro 
de doña Angela. 

Esto del sembrador de ideas no tranquilizó 
mayormente a la buena señora; pero reflexio- 
nando que, acaso para Tóeles, ello sería lo que 
el salvaje muerto para don Gregorio, le dijo 
que estaba en lo cierto y lo exhortó a perse- 
verar en tan buen camino. 


Tóeles empezó a gustar las sanas alegrías 
del trabajo, y, por ende, el reposado bienestar 
de sentirse unido a los otros por los lazos de 
comunes deberes y obligaciones mutuas. Reco- 
rriendo el campo para ver si estaba todo en 
orden antes de principiar sus nuevas tareas, 
parecíale mentira que hubiese podido desco- 
nocer el sosiego de la esclavitud y desencari- 
ñarse de aquellas cosas del campo, que tan al 
alma le hablaban. El blando mirar de los bo- 
rregos decíale: “somos tuyos y todo lo espera- 
mos de ti”; las lucientes praderas le ofrecían 
esperanzas y venturas; sombra y cariño los ár- 
boles que él había plantado, y las noches de 
plata campo vastísimo a la meditación. 

Con grande diligencia pagó lo que debía 
y repobló y hasta 1 recargó el campo de hacienda. 
Mamagela le dijo que con tanto ganado se vería 
en apreturas a la entrada del invierno; pero él, 


[ 230 ]' 



EL TERRUÑO 


muy seguro de sí, le contestó, mostrándole un 
arado de dos rejas, que para el invierno tendría 
buenos avenales. Y, en efecto, tomó un chaca- 
rero y empezó a romper tierra y sembrar. Los 
discursos que preparaba, los artículos que es- 
cribía, las sesiones de la Cámara en la ciudad 
y los ciudados de la hacienda en el campo, le 
dejaron, en lo sucesivo, muy pocas horas libres; 
sin embargo, leía y tomaba notas. En Monte- 
video vivía en un modesto hotel. Los sábados, 
por el tren nocturno, regresaba a la estanzuela. 
Al divisar los árboles de “La Nueva Esperan- 
za”, le parecía llegar a la tierra prometida. 
Luego, con regocijada curiosidad, enterábase de 
todo, recorría el campo, la huerta, la chacra, 
y por las noches, después de comer, sacaba una 
silla afuera del rancho, sentábase apoyando las 
espaldas contra la pared y fumando contem- 
plaba las estrellas. Amabí no lo interrumpía: 
respetaba su silencio. Cuando él trabajaba en 
el comedor, ella entraba y salía sin hacer ruido, 
sigilosamente. “Empiezo a recoger lo que siem- 
bro”, decíase entonces él con gozo íntimo, al que 
se mezclaba un vago tinte de melancolía. 

De mañana levantábase mucho más tempra- 
na aue Amabí: desenterraba del fondo de una 
valija, llena de papeles, un cuaderno resobado, 
en cuya tapa se leía este título: “El Sonambu- 
lismo Universal”, y, con la alegría que el avaro 
acaricia su tesoro, lo hojeaba febrilmente, trans- 
cribiendo después los apuntes que había tomado 
en la semana. Luego, con religioso respeto, lo 
volvía a su escondrijo. 


[ 231 ] 



CARLOS REYLES 


Pero andando el tiempo lo relegó al olvido 
como a tantas otras ilusiones literarias que 
dormían en el fondo de la maleta. Los negocios, 
que iba dilatando, y las obligaciones morales 
que sin cesar contraía, eran nuevos hilos que 
cada vez lo sujetaban más en la telaraña de 
cuidados y deberes. Y así, estrechado por la 
necesidad y vencido por ella, el pájaro arisco 
de la conciencia errante fue domesticándose, 
domesticándose, hasta salir del monte y venir 
a comer su trigo en la mano misma de las pro- 
saicas realidades... 

— Esta noche velaré hasta muy tarde — le dijo 
Tóeles en cierta ocasión a su mujer, que se dis- 
ponía a acostarse — . Tengo mucho que hacer. 

Ella, después de besarlo, desapareció Tóeles 
salió afuera a tomar el fresco, y se sentó en el 
tosco banco de estacones de sauce, que él mismo 
había construido v colocado contra el muro, 
a fin de tener cómodo y amplio respaldar. Pare- 
cía de día claro Un airecillo retozón movía las 
hojas de los árboles y refrescaba la epidermis 
abrasada de la tierra. Las miradas de Tóeles 
se perdieron en las cuchillas lejanas. Las livi- 
deces lunares derramaban sobre ellas suave tinte 
de misterio y poesía. Desde su sitio, veía el 
filósofo empotrada en lo alto de un cerro la 
casa nueva del Sacristán, irguiéndose risueña 
sobre la misma tapera de Primitivo; más acá 
divisábase la áspera sierra que ocultaba el 
caserío de “Los Abrojos”, donde vivían casados 
y felices los vástagos predilectos de los caudillos 
enemigos; lejos, a la derecha, alcanzaba a co- 
lumbrar el sombroso arbolado de “El Ombú”; 


[ 232 ] 




EL TERRUÑO 


allí Papagoyo y Mamagela, un tanto achacosos, 
pero joviales siempre, iban traspasando los 
umbrales de esa edad, toda resignación, en que 
el cuerpo se inclina hacia la tierra y los pen- 
samientos crían alas y se remontan al cielo. 
La dulce e infinita melancolía del paisaje lle- 
naba a Tóeles de añoranzas e interiores mor- 
bideces. 

Después de fumar media docena de cigarrillos, 
volvió al comedor, levantó la tapa de la arrum- 
bada maleta y quedó un instante absorto y so- 
brecogido de vago espanto, cual si estuviese 
delante de un sepulcro abierto. Aquellos pa- 
peles amarillentos, casi 1 cadavéricos, en los que 
su ardiente juventud puso tantas fastuosas espe- 
ranzas, su corazón tanto amor, su inteligencia 
tanto generoso desvarío, se le antojaron los 
restos mortales de una alma fenecida. ¡Cuántas 
grandes ilusiones cabían en tan pequeño espacio! 
¡Cuántos muertos en tan breve fosa! Uno a uno 
fue sacando los legajos, los cuadernos, los abul- 
tados paquetes, y luego de leer tal cual página 
ya recobrado, las rompía a todas y arrojaba al 
canastro con sombría entereza y mano temblo- 
rosa, pero sumisa al mandato de la voluntad. 
El último paquete, el más voluminoso, estaba 
lacrado. Eran cartas. Al desgarrar la envoltura 
del papel de seda que las contenía, cayeron so- 
bre la mesa muchos pliegos perfumados, un re- 
trato de mujer y algunas flores secas, desco- 
loridas, próximas a deshacerse en polvo. Tóeles 
contempló largo rato la cándida niña de ojos 
ensoñadores, boca infantil y cuello como el tallo 
del lirio: “Esa pequeña cabecita”, murmuró, 


[ 233 ] 



CARLOS REYLES 


“tuvo mis fiebres; esos labios no mintieron; esos 
ojos se llevaron al otro mundo la encantada 
imagen del hombre que ella, ella sola, veía en 
mí y que yo hubiera querido ser”. Luego estre- 
chó el retrato contra su corazón, lo besó con fre- 
nesí y lo rasgó también. 

— Ahora sí puedes afirmar, sin jactancia, que 
eres un hombre de provecho — le dijo un día 
Mamagela, gozosa de la próspera fortuna que 
a Tóeles sonreía. 

— Yo también lo creo así — aseguró él; y luego, 
sordamente, pero sin artificio, repuso: 

— ¡No en balde le vendí mi alma al diablo!... 

Con dulce gravedad replicó Mamagela: 

— ¡Es que el diablo es la vida, Tóeles!... 

Iban caminando. Tóeles se detuvo de repente, 
como quien presta el oído a voces lejanas y mis- 
teriosas. Sus ojos, estupefactos, parecían ver lo 
invisible y descubrir las íntimas y ocultas co- 
rrespondencias del Bien y del Mal . . . 


FIN 


“Haras Reyles” 
Lobería. - F.C.S. 
Buenos Aires 


[ 234 ] 




PRIMITIVO 




Advertencia 1 


Las interpretaciones que Gómez de 
Baquero, de la España Moderna, de 
Madrid , Rodó, Ferretea, Magariños 
Roca, Lugones y otros críticos y *‘di- 
lettantis” del Río de la Plata han he- 
cho del prólogo de Primitivo, me 
obligan a publicarlo por segunde vez 
con algunas aclaraciones y funda- 
mentos que antes no creí necesarios. 


AL LECTOR 


Me propongo escribir , bajo el título de 
Academias, una serie de novelas cortas , a modo 
de tanteos o ensayos de arte , de un arte que no 
sea indiferente a los estremecimientos e inquie- 
tudes de la sensibilidad fin de siglo, refinada y 
complejísima , que transmita el eco de las an- 
sias y dolores innombrables que experimentan 
las almas atormentadas de nuestra época , y esté 
pronto a escuchar hasta los más débiles latidos 


[ 237 ] 



CARLOS REYLES 


del corazón moderno , tan enfermo y gastado. 
En substancia: un fruto de la estación . 

En Francia, en Italia, en Alemania y otras 
naciones se han hecho y se hacen continuamente 
tentativas numerosas — algunas ridiculas, otras 
muy inspiradas y razonables — para multipli- 
car las sensaciones de fondo y forma y enriquer 
cer con bellezas nuevas ia obra artística , para 
encontrar la fórmula preciosa de arte del por- 
venir — que no es el naturalismo ni la novela 
psicológica , como la entienden Bourget o Huys - 
mans, ni siquiera el flamante naturalismo, ni 
las ideologías de Barres — ; es otra cosa más 
ideal y grande, de que acaso sospechó la exis- 
tencia el Dios de Bayreuth . En España no. A 
pesar de Fortunata y Jacinta, La Fe, Su único 
hijo, y otras obras de indagación psicológica , la 
novela española, nutriéndose sin cesar del vigo- 
roso realismo con que la robustecieron los Cotas , 
Cervantes, Hurtado de Mendoza, Alemanes, Es- 
pineles y Quevedos, es actualmente en su esenr 
cía y en sus cualidades castizas — que no con- 
sisten en el estudio de caracteres y pasiones, 
sino en la pintura de costumbres y en la gracia, 
amenidad y frescura del relato — lo que fue en 
el gran siglo XVI y principios del XVII: cos- 
tumbrista y picaresca, cuadros de género de 
exacta observación, magníficos paisajes, esce- 
nas regocijadas, mucha luz y mucha travesura; 
un procedimiento grande y simple que ha en- 
gendrado obras verdaderamente hermosas, pero 
locales y epidérmicas, demasiado epidérmicas 
para sorprender los estados de alma de la ner- 


[ 238 ] 




PRIMITIVO 


viosa generación actual y satisfacer su curio- 
sidad del misterio de la vida . 

Por eso los complejos , los sensitivos, los inte- 
lectuales van a buscar en Tolstoy, Ibsen, Huysr 
mans o D’Annunzio, lo que no encuentran en 
castellana lengua ,, tan propia por su admirable 
elasticidad y riqueza para expresarlo y pintarlo 
todo: con el fuego que la calienta, las pasiones 
ardientes y Zos amores locos , que dan la nota 
aguda del sentimiento ; con la sonoridad y el 
número que la suavizan y hacen muelle y blan- 
da, las languideces y los desmayos de la volun- 
tad y la fineza y ternura voluptuosas de los 
muslos y los senos de mujer . . . Todo, todo: el 
mago de la palabra y el mago del color habla - 
blan aquella lengua. 

Admirable el regionalismo de Pereda , admi- 
rable y grande el urbanismo de Galdós; pero en 
arte hay siempre un más allá , o cuando menos 
otra cosa, que las generaciones nuevas, si no 
son estériles, deben producir, como las plantas 
sus flores típicas. Por otra parte, el público de 
nuestros días es muy otro que el de antaño; los 
hijos espirituales de Schopenhauer, Wagner, 
Stendhal y Renán , los espíritus delicados y com- 
plejos, aumentan en España y América; es, pues, 
llegada la hora de pensar en ellos, porque su 
sentir está en el aire que se respira: son nues- 
tros semejantes. Y para nuestros semejantes 
escribo. 

Los que pidan a las obras de imaginación mero 
solaz, un pasatiempo agradable , el bajo entrete- 
nimiento, que diría Goncourt, no me lean ; no 
me propongo entretener: pretendo hacer sentir 


[239 ] 




CAELOS REYLES 


y hacer pensar por medio del libro lo que no 
puede sentirse en la vida sin grandes dolores , 
lo que no puede pensarse sino viviendo, sur 
friendo y quemándose las cejas sobre los áridos 
textos de los psicólogos; y eso es muy largo , 
muy duro ... Digámoslo sin miedo: la novela 
moderna debe ser obra de arte tan exquisito que 
afine la sensibilidad con múltiples y variadas 
sensaciones , y tan profundo que dilate nuestro 
concepto de la vida con una visión nueva y 
clara. 

Para conseguirlo tomaré colores de todas las 
paletas, estudiando preferentemente al hombre 
sacudido por los males y pesares, porque éstos 
son la mejor piedra de toque para descubrir el 
verdadero metal del alma. 

A muchos que ignoran que el dolor es lo más 
soberbiamente humano que hay sobre la tierra, 
acaso disgustarán los asuntos que eliya; acaso a 
otros ofendan o irriten las ideas que las Aca- 
demias pueden sugerir; probable es, asimismo, 
que sin intento deliberado levante ampollas y 
reciba insultos y zarpadas. Ninguno de estos 
peligros se me ocultan; de sobra sé que el ir 
contra la corriente tiene sus quiebras, y ante 
mis ojos está la senda fácil por la cual , faciendo 
rodeos y del brazo de la hipocresía, se sube des- 
cansadamente a las alturas, , . pero, ¡cosas de 
la ardida juventud!; el camino recto, regado con 
la sangre generosa de los luchadores es el que 
me atrae. Tengo mi verdad y trataré de expre- 
sarla valientemente, porque yo, asombrado leer 


[ 240 ] 



PRIMITIVO 


tor, humilde y todo , pertenezco a la gloriosa, 
aunque maltrecha y ensangrentada falange, que 
marcha a la conquista del mundo con un cora- 
zón en una mano y una espada en la otra. 


[ 241 ] 



Primitivo, un tanto embarazado, esparció la 
vista sobre los robustos lomos de los carneros. 
“Si yo pudiera tendría muchos así, ¡cosa ri- 
ca 1 ... pero éste, ¡ah! éste me lo llevo” — se 
dijo, y atropellando agarró a uno de la pata. 

¡Lindo ejemplar! Tenía tupidísimo el vellón, 
sólida la cabeza y las patas cortas. Primitivo se 
quitó el poncho y con religioso cuidado hundió 
los gruesos y torpes dedos en la lana del lomo, 
después en la del cuarto , y por último, arran- 
cando hábilmente, con rápido movimiento al- 
gunas briznas del costillar, se puso a exami- 
narlas al través de la luz. 

— Buena mecha y buen rizo. — Y dirigiéndose 
al patrón, que lo miraba sonriendo, interrogó: 
— ¿Y éste, don Juan, es de los salaos? 

— Sí no hay más que verlo: ése es de los 
puros; pero aquí hay otros de menos precio. 

— No, patrón; vengo con mucho coraje y pue 
que si no me asusta me le pueble a los de cam- 
panillas — repuso el paisano echándose a reír 
con la risa picaresca del niño que celebra su 
propia travesura. 


[ 242 ] 



PRIMITIVO 


— Así me gusta, Primitivo; adelante, siempre 
adelante. 

— ¡Y qué le vamos a hacer! hay que cinchar: 
el que no cincha no arrastra. — Y contento ante 
la perspectiva de adquirir algunos de aquellos 
lindos animales, sintió deseos de comunicarse un 
poco, explicando a los presentes, acaso para aca- 
llar las dudas que le andaban por dentro, las 
ventajas que le reportaría la compra de buenos 
reproductores. Siempre que hacía algún desem- 
bolso, creíase obligado a dar explicaciones. Era 
un hombre sencillo. 

Entre tanto el patrón examinaba el número 
y la señal de la pieza elegida. 

— Por ser para vos, te lo voy a dejar en trein- 
ta y cinco. 

Primitivo hizo sus cuentas gravemente. “La 
lana de cien ovejas — calculó; — pero en la 
mejora de las majadas no más. . . y en las 
crías... y algún camerito que venda...” — y 
pasándose la sotera del arreador por detrás del 
cuello, propuso: 

— Mire, don Juan, que es para un pobre. Si 
me los da a treinta le llevo tres. 

Discutieron un buen rato, y, por último, don 
Juan, que tenía verdadera estima por aquel ve- 
cino trabajador y animoso, cedió, y entonces 
Primitivo, sin ocultar su alegría, metióse otra 
vez entre los carneros. No sentía los pisotones 
de las hendidas pezuñas ni las rozaduras de los 
retorcidos y fuertes cuernos; tocaba a uno, hun- 
día la mano en el vellón de otro, y examinaba 
el tipo y las arrugas de los que estaban más 
lejos. El patrón sonreía bondadosamente. 


[ 243 ] 



CARLOS REYLES 


— “Ahora, sí que voy a adelantar ligero. Como 
no me suceda alguna desgracia . — díjose 
al tiempo de volcar el cinto, y un cuerpo obs- 
curo le pasó por los ojos. 


* * * 


Mientras por lomas y llanos se encaminaba 
a su casa, deteniéndose de trecho en trecho para 
que descansasen los carneros, hacía toda suerte 
de alegres cuentas y dejaba volar a su antojo la 
imaginación, hasta sentir que le producía ma- 
reos de generoso mosto de la dicha. 

Las ovejas no eran de buen origen, pero a 
fuerza de cuidados había podido mejorarlas un 
poco; ahora, con la infusión de sangre rica que 
les iba a dar, esperaba obtener rápidos progre- 
sos. Y sonreía de placer. 

Luego se puso a recordar con fruición, como 
quien goza del calorcito del fuego después de 
haber estado al frío algunas horas, las penurias 
pasadas para reunir el modesto capitalito de 
que era dueño, libertarse de la esclavitud del 
conchabo y trabajar a su antojo. Con la vista 
en los rugosos cogotes de los carneros, se veía 
niño, siguiendo el paso de la carreta, cuyo eje 
con su rechinamiento monótono, lo hacía dor- 
mir. ¡Cuántas mañanas de frío! ¡cuántas noches 
al raso! Luego, garrido mancebo de veinte abri- 
les, trabajando en lo aue saliera: yerras, acarreos 
de tropas, esquilas: después, hombre de veinte 
y cinco, empleado de puestero en una estancia 


[ 244 ] 



PRIMITIVO 


grande; y, por último, arrendatario, y dueño de 
sus ovejitas, que se reproducían rápidamente, 
gracias a los prolijos cuidados, a los cuidados 
casi paternales que él les prodigaba, ¡Ah! Pri- 
mitivo sabía trabajar. Cuando un borrego, per- 
dido a la madre, balaba de hambre y frío, cobi- 
jábalo amorosamente debajo del poncho y se lo 
llevaba al rancha; allí, al calor del fuego, lo ha- 
cía revivir dándole frotaciones y leche con cog- 
nac; y esta operación la hacía con tanta fre- 
cuencia, que siempre andaba rodeado de una 
buena cantidad de guachos que lo seguían brin- 
cando de contento como antes a la madre en la 
luciente pradera. Primitivo los acariciaba, les 
quitaba los abrojos, y por las tardes se iba con 
ellos a la laguna para que comieran el sabroso 
verde de las orillas. Ellos parecían agradecerle 
esto último sobre todo; a la vuelta se le metían 
por entre lasí piernas, mordíanle las bombachas 
o le interceptaban el paso, plantándose delante 
de él en actitud insolente, con los dulces y gran- 
des ojos llenos de alegría y de luz. Y Primitivo, 
viéndolos alegres y lozanos, sentía un goce purí- 
simo, plácido y tan hondo, que a veces le dila- 
taba el fornido pecho. 

Revisando las majadas, si veía débil algún 
cordero recién nacido, volteaba a la madre para 
abrirle la teta, que de seguro tenía obstruida; 
en los temporales encerraba las majadas en los 
bretes; se libraba del azote del saquaipé hacién- 
doles lamer a las ovejas en todo tiempo piedras 
de sal; y en el verano, cuando la flechilla en- 
ceguecía los borregos, veíase a Primitivo con 
los animales en las alturas o en la costa de los 

[ 245 ] 


4 Ttrrufio 



CARLOS REYLES 


arroyos, donde no hubiera pasto alto, y sus cor- 
deritos se conservaban tan hermosos! 

Lo distrajo de sus pensamientos un hombre 
que a galope tendido avanzaba hacia él. Cuan- 
do estuvo cerca, — “Es mi hermano: ¿qué tripa 
se le habrá roto?” preguntóse; y al verlo tan 
paquete, agregó: “Eso sí, aunque no trabaje y 
sólo piense en divertirse, nunca le faltará un 
peso en el cinto, ni puñal de plata, ni buenas 
garras; mientras que... ¿quién estará en lo 
cierto?” — Y echándose el sombrero sobre los 
ojos, esperó. 


* # * 


El hermano de Primitivo era el modelo del 
gaucho peligroso. Tenía el rostro flaco, aindiado 
y sin pelo de barba; la mandíbula inferior an- 
cha, como la de los perros de presa, y la mira- 
da traidora. A pesar de eso, cuando enseñaba 
los blancos dientes parecía simpático. No había 
trabajado jamás: en el juego solía buscarse la 
vida, cuando no andaba hablando gente para 
alguna trifulca. Titulábase capitán de los blan- 
cos, y entre los suyos gozaba fama de hombre 
de pelo en pecho. A esta fama debía quizá su 
fortuna con las mujeres, de las cuales se dejaba 
socorrer sin mayores escrúpulos, cuando la ca- 
prichosa suerte le volvía las espaldas en la car- 
peta. Por lo demás no era hombre que lo achi- 
caran penas y ahogos; las épocas más calami- 
tosas no agotaron los expedientes que para vi- 


[ 246 ] 



PRIMITIVO 


vir tenía, ni hubo tiempo, por malo que fuera, 
que lo despojase de sus pilchas de mozo pasean- 
dero, ni lo apease de su altanería y presunción. 
Tenía la flexible cintura un poco metida y el 
pecho saliente; parado adoptaba, sin querer, 
posturas gallardas, casi provocativas. 

Los hermanos no se querían bien: por sus ve- 
nas corría sangre enemiga. El padre de Pri- 
mitivo, extranjero pacífico y trabajador, había 
muerto con el alma llena de odio hacia el hom- 
bre que le había robado mujer y hacienda. Éste 
fué el padre de Jaime. Y los cachorros sacaban 
las manchas de sus progenitores. Uno poseía 
las mansas virtudes de los pueblos domestica- 
dos por larga vida de necesidades y esclavitud; 
el otro los hábitos del milico en tiempo de gue- 
rra, la astucia del perseguido matrero y la filo- 
sofía del vago: rasgos que delineaban hace cin- 
cuenta años el tipo del gaucho gaucho . 

Indomable aversión los separaba. 


* * * 


“Trae el caballo cansao. . . ¿qué querrá de mí 
este peine? ¡Como no me pida plata!” — pensó 
Primitivo alargándole la punta de los dedos. 

Efectivamente, era eso. Jaime venía a pedirle 
dinero para la nu^va revolución que estaba pró- 
xima a estallar. 

Como Primitivo se resistiera, el revoltoso ase- 
guró para amedrentarlo: 


[ 247 ] 



CARLOS REYLES 


— A los que no nos ayuden les vamos a car- 
near en grande. 

No respondió. 

— ¿No oís ? 

— Sí, oigo. 

-¿Y...? 

— Nada. . . a mí me cuesta mucho lo que gano, 
para regalarlo. 

— Siempre roñoso y chancleta — murmuró el 
indio. 

Primitivo hizo un movimiento de cólera y 
miró a su hermano fijamente; luego, volviendo 
los ojos hacia los carneros, rascóse la cabeza, 
recogió velas y se puso a silbar, 

Jaime sonrió despreciativamente y dijo: 

— Al menos préstame tu caballo; el mío está 
aplastao y tengo que volverme en seguida. 

Su hermano, sin responder palabra, apeóse y 
empezó a desensillar. 

—Adiós; si te pasa algo malo, no digas que no 
te avisé — añadió Jaime, por último, al partir. 

Primitivo, un tanto inquieto, siguiólo con la 
mirada hasta que caballo y jinete se fundieron 
en el gris perla del horizonte, y de nuevo se 
entretuvo en examinar los carneros y compa- 
rarlos entre sí. “No digas que no te avisé ... 
¿Qué me habrá querido decir con eso?” — pre- 
guntóse algunos momentos después, asaltado 
por la inquietud de antes, y volviendo a sus 
reflexiones de ganadero afirmó: “El más petizo 
es el más lindo’’. 

Cuando el sol empezó a apretar de firme, con- 
dujo los carneros a una ladera que había a la 
derecha del camino, y apeándose se sentó a la 


[ 248 ] 



PRIMITIVO 


sombra del caballo. En todo lo que abarcaba la 
vista no se veía población, ningún árbol. El 
campo ondulaba suavemente, lleno de luz, re- 
verdecido por las fecundas lluvias de la fecun- 
da Primavera. Sólo allá, muy lejos, rompía la 
regularidad vigorosa loma, donde el verde res- 
plandecía con el fuego de los diamantes del 
Brasil y, a trechos, cambiaba de entonación, ha- 
ciéndose más obscuro o más claro y luminoso, 
yendo de las tintas fuertes de la esmeralda, al 
verde Nilo, al verde iris y a los cambiantes va- 
gos del obsidienne . Por entre camalotes y cara - 
guatás , otros dos tonos de verde, se alcanzaba 
a ver la plata bruñida de un arroyo. Cuando 
opaca nube interceptaba el sol, la cuchilla y el 
llano languidecían; el verde luciente volvíase 
mate y la bruñida plata, plata oxidada; luego 
tornaba a aparecer el astro magno y todo pare^ 
cía verse de nuevo al través de finísima lluvia 
de oro. 

Primitivo, absorto en la contemplación del 
viviente cuadro, experimentaba emociones tan 
puras e intensas que parecían aumentarle la 
salud del cuerpo y del alma, y dilatarle la vida 
más allá de la vida. 

¡La existencia dichosa! 

En su alma brotaban oraciones de gracias y 
ternuras que le humedecían los ojos. Primitivo 
era un hombre ingenuo. “Sí, sí; todo irá bien. 
Dentro de poco compraré el campito y haré mi 
casita” — y se echó a reir como un tonto hasta 
que las palabras de Jaime le vinieron a las mien- 
tes, y entonces la risa se le petrificó en los grue- 
sos labios. 


[ 249 ] 



CARLOS REYLES 


* * * 


El alambrado estaba destruido en varias par- 
tes; las puertas del rancho rotas, y por aquí y 
allá diseminadas como si hubieran sido perse- 
guidas en la noche, se veían algunos grupos de 
jadeantes ovejas. '‘Me han robado... ¡ah Jai- 
me!. . . ¡ah perro! si no fuera por. . — excla- 
mó Primitivo; y después de lamentarse y rene- 
gar un poco, atareóse resignadamente en re- 
construir el rancho y anudar los alambres. 


% * * 


Pasaron dos años. Una mañana de primavera 
muy fresca y ventosa ensilló para dirigirse a la 
estancia del Ombú, en busca de nuevos repro- 
ductores. Iba contento. Había duplicado e] nú- 
mero de sus ovejas, y en el cinto llevaba el 
producto de la última y abundante esquila. El 
oro dábale cierta tonificante confianza en sí 
mismo; silbaba, cantaba y de vez en cuando 
sentía ganas de gritar, porque el gozo le pro- 
ducía vivo cosquilleo en las narices. “La ver- 
dad es que todo me ha salido a pedir de boca. . . 
gracias a Dios’' — repetía, apresurándose en 
mostrarse agradecido para que el buen Dios no 
dejara de protegerlo. 


[ 250 ] 



PRIMITIVO 


El sombrero era flamante, las botas, adorna- 
das de espuelas de plata, también. Contemplán- 
dose en la sombra, Primitivo abría las piernas 
con presunción como cuando pasaba por delante 
de las mozas, y al verse tan gentil sonreía sa- 
tisfecho. 

Pagó las ovejas finas, que había adquirido 
días antes en el Ombú, depositó el resto de su 
oro en la pulpería, y después de tomar algún 
alimento, se dispuso a volver a su querido 
rancho. 

Empezaba a soplar con fuerza el viento. Es- 
pesos nubarrones parduscos corrían a la des- 
bandada hacia el sur, donde agonizante claridad 
.entristecía la tierra. Hacia aquella parte el 
cielo tenía esos colores desmayados y enfermos 
de las piedras que mueren. Por el norte lo man- 
chaban inmensas franjas en que se fundían el 
azul del mar y el gris del acero recién pavona- 
do, sobre las cuales se destacaban los objetos 
borrosamente, como sobre el viejo metal de un 
espejo etrusco. 

“Se viene la tormenta, . . ¡y mis ovejitas re 1 - 
cién esquiladas!” — murmuró Primitivo hin- 
cando espuelas. 

Un fuerte remolino de viento casi lo saca del 
recado; obscureció y empezaron a caer algunas 
gruesas gotas. Primitivo, con el cuerpo echado 
hacia adelante, el sombrero a la nuca y la 
luenga barba partida en dos y flotándole sobre 
los hombros, avanzaba a todo correr en medio 
de las lívidas claridades y sulfúreas luces que 
incendiaban el cielo. 


[ 251 ] 



CARLOS REYLES 


Pero no fué muy lejos. De pronto furiosa llu- 
via de piedras lo hizo tirarse del caballo y cu- 
brirse la cabeza con un cojinillo. Y se desenca- 
denó la tormenta. Tronaba, las piedras golpea- 
ban el suelo, semejando el batir de cientos de 
tambores, y el agua corría a torrentes. “¡Quiera 
Dios que no les suceda nada a mis ovejitas!” — 
suspiraba Primitivo, viendo como sumergido 
en un baño de vapor, el paisaje que tenía ante 
los ojos. Cuando cesó la piedra, pero bajo fuerte 
lluvia, siguió su camino a escape, repitiendo 
para sí: “¡quiera Dios que no les suceda nada 
a mis ovejitas!” 

Llegó. Las ovejas avanzaban hacia el arroyo. 
El trayecto recorrido era bien fácil de conocer 
por los borregos muertos que se veían aquí y 
allá, blanqueando sobre el pasto verde. Primi- 
tivo comprendió el peligro y se propuso juntar, 
para que se abrigaran mutuamente, los grupos 
dispersos, y al mismo tiempo desviarlos de la 
dirección del arroyo, a donde podían azotarse 
y perecer. ¡Rudo trabajo! Las ovejas, tran- 
sidas de frío y medio muertas de miedo, seguían 
siempre adelante; él, corriendo de un lado a 
otro, hacía lo humanamente posible por impe- 
dirlo: y en esta tarea transcurrieron dos horas. 
Los bretes quedaban en contra del viento, y ni 
por soñación pensó llevarlas a ellos: hubiera 
sido inútil. 

Era necesario pensar en otra cosa, y ansioso 
miraba hacia todas partes, sin que se le ocu- 
rriese medida de salvación alguna, pero sin des- 
mayar tampoco. A la luz de los relámpagos apa- 
recía ceñudo, airado y formidable, como un 


[252 ] 



PRIMITIVO 


héroe de los tiempos bíblicos batiéndose con un 
ejército de pigmeos. Se había quitado las botas 
y el poncho, y en pelo revolvía el caballo con 
increíble rapidez, haciendo las más extrañas y 
estupendas evoluciones. No sentía el cansancio, 
ni el frío que le engarrotaba los miembros: sólo 
pensaba en salvar las ovejas, sus queridas ove- 
jitas. 

Y luchó, luchó y luchó. 

Después de mucho batallar, avanzando al 
sesgo, pudo llevarlas a la falda de una cuchilla 
y allí, encontrando cierto amparo, arrimáronse 
unas contra otras y se detuvieron. “jPor fin!” 
— exclamó Primitivo, al tiempo que el noble 
bruto, doblando las temblorosas patas, caía ha- 
cia adelante sin vida. 

Al apreciar las pérdidas, al ver muerta casi 
toda la borregada y además una buena canti- 
dad de ovejas, las lágrimas acudieron a los ojos 
del buen paisano. . . pero pronto se rehizo y sin 
rencores, sin maldecir la suerte, se propuso lo 
que la otra vez: trabajar el doble y gastar me- 
nos. Y a punto seguido, con la idea de dismi- 
nuir el daño en lo posible, ocupóse en sacarle 
el cuero a los animales muertos. ¡Ah! Primitivo 
era un hombre sano, Primitivo era un buen 
hombre. 


* * * 


Triunfando trabajosamente de la naturaleza 
y de los hombres, logró reunir el capital nece- 


[253 ] 



CARLOS REYLES 


sario y realizar el sueño de rosa de adquirir el 
campito. El día señalado para firmar la escri- 
tura, dirigióse a la pulpería, recogió su plata y 
alegremente tomó el camino del pueblo. Iba 
tan contento, que la luz le parecía más lumi- 
nosa, más puro el aire y el canto de los pájaros 
más sonoro. 

Todo estaba en forma: pagó, apoderóse de los 
títulos y salió de la escribanía con paso vaci- 
lante, como si estuviese ebrio. “¡Gracias a Dios, 
gracias a Dios!” — repetía caminando sin di- 
rección fija. “Ahora es necesario ponerse pa- 
quete, porque, porque...” — se dijo luego, y 
entrando a una tienda adquirió varias relum- 
brantes chucherías, las ropas necesarias para 
emperejilarse de pies a cabeza y un reloj de 
mujer muy cuco. Y montó de nuevo, llevando 
los títulos atados a la cintura, envueltos en un 
pañuelo de colores. “¡Qué sorpresa va a tener 
mi mujercita cuando me vea entrar con el reloj 
en la mano, ella que no me espera hasta de 
aquí a tres o cuatro días!” — pensó, saboreando 
anticipadamente la dicha que iba a proporcio- 
narle y la dicha que iba a experimentar él mis- 
mo al verla sonreír, con su boca de labios elás- 
ticos y rojos. 

Hacia dos años que se había casado y. . . gra- 
cias a Dios, era feliz: tenía campo propio, cua- 
tro mil ovejas de apretado vellón, y una com- 
pañera dulce y hacendosa. “Ahora haré una 
casa de material, un galponcito para los carne- 
ros, huerta, monte...” — y regocijadamente 
siguió construyendo mil castillos en el aire. 


[ 254 ] 



PRIMITIVO 


De pronto, al pensar en que siempre que rea- 
lizaba sus sueños lo seguía de cerca alguna des- 
gracia, cesó de sonreír, “Cuando compré los 
cameros me robaron; cuando compré las ove- 
jas tuve la gran mortandad, . . ; pero ahora ¿qué 
puede sucederme? no hay ‘guerra, todavía no 
he esquilado las majadas y el tiempo no puede 
ser mejor'’. — Tranquilizado con estos razona- 
mientos, engolfóse de nuevo en sus risueñas 
ideas. “Al galpón lo haré un poco más grande 
para poner mi caballo; sí, es conveniente un 
caballo a grano en el invierno. ¡Cómo va a en- 
gordar el manchao viejo!” — exclamó por últi- 
mo, y la dicha tornó a iluminar el rostro colo- 
radote de Primitivo. 

La noche estaba clara. Los perros ladraron 
un poco, y reconociendo al amo, le salieron al 
encuentro. Adelina abrió la puerta y precipita- 
damente volvióla a cerrar. “Se habrá asusta- 
do” — supuso Primitivo, y apeándose la llamó 
por su nombre. Nada, no respondía. “Está des- 
pierta, hay luz: ¿por qué no abre?” — pregun- 
tóse sin saber qué pensar. Pasaron algunos se- 
gundos, llamó otra vez, y nada. Afinando mu- 
cho el oído parecióle sentir rumor de voces, el 
susurro de palabras dichas en voz baja. Sin sa- 
ber por qué le empezaron a temblar las pier- 
nas. “¿Le habrá sucedido algo?... Y yo ¿qué 
tengo, por qué me late así el corazón?” — Y 
sin poder resistir más hizo saltar la cerradura 
y entró encontrándose de golpe frente a Jaime 
y Adelina. 

Ella, muy pálida y toda temblorosa, apoyá- 
base en la mesa, donde se veían los restos del 


[ 255 ] 




CARLOS REYLES 


festín con que habían excitado los deseos de 
su amor pérfido y carnal. Él, en medio de la 
alcoba, esperaba haciendo alarde de cínico 
valor. Tenía el poncho en el brazo izquierdo y 
el puñal atravesado sobre el vientre. Primitivo 
apreció con pasmosa lucidez los menores deta- 
lles del cuadro. Yió que por la bata mal abro- 
chada de su mujer aparecía una camisa más 
fina y primorosa que las que usaba de costum- 
bre. “¡Para mí no se hermoseaba tanto!” — le 
hizo pensar con acerba pena aquel descubri- 
miento; vió el temblor de sus labios, hinchados 
de tanto besar; el vergonzoso desaliño de las 
ropas que la cubrían y la sortija adornada con 
dos corazones que él le había regalado al hacer- 
la su esposa, ¡su esposa! Contó las flores de oro 
que adornaban el puñal de Jaime, y por la ex- 
presión fiera de los jaspeados ojos de éste, ojos 
de gato, y su altiva actitud, dedujo que estaba 
resuelto a todo . “Sería capaz de asesinarme el 
muy perro, pensó; y ella, ella tal vez lo ayuda- 
ría. . . entonces era verdad todo aquello; él era 
el preferido, y por la plata, por la plata sólo, se 
unió a mí”. Y en tropel le vinieron a la memo- 
ria sus relaciones con Adelina, relaciones cuya 
paz ponía en peligro las visitas de Jaime. 
“¡Cuántas veces se miraron en mis narices!... 
¿qué significaban sus sonrisas maliciosas?... 
¡ah! ¡ah! ¡me engañaban, se burlaban de mí!” 
Y diciéndose eso, el rostro pareció achicársele 
y demacrársele repentinamente; los ojos se le 
escondieron en las órbitas; ahondáronsele los 
rasgos de la fisonomía y las arrugas del entre- 
cejo, y la nariz se le puso blanca, casi trans- 
parente. 


[ 256 ] 



PRIMITIVO 


Tan feroz era la expresión de aquel rostro 
descompuesto por el odio, que Jaime, retroce- 
diendo un paso, desnudó el cuchillo* Primitivo, 
sin parar atención en ello, acercóse a él, y po- 
niéndole la pesada mano en el hombro dijo, sil- 
bó apenas: 

— “Vas a pagarle”. — Y como su hermano pa- 
reciera no comprender, repitió rechinando los 
dientes: — “Que le pagues, ¿no oís?... que le 
pagues, como se les paga a esas...” 

Había tanto poder en aquel mandato, tanta 
fuerza en aquella mirada, que Jaime, a pesar 
de no tener miedo, no pudo resistir; y después 
de decirse, “¿le hundo el puñal? no, no se de- 
fiende; si me atacara... así imposible...” — 
metió los dedos en el cinto y sacó una moneda. 

Primitivo, sin mirarlo, lo llevó hasta la puerta. 

— Andate, andate — le dijo; y volviéndose se 
plantó delante de la desdichada mujer, deci^ 
dido a estrangularla. 

“Si la mato, me pierdo: es preciso que se mue- 
ra ella sola” — - reflexionó después; y amena- 
zándola solemnemente con el índice de la má- 
no derecha, giró sobre los talones y se fué, al 
mismo tiempo que la infeliz desfallecía y ro- 
daba por el suelo. 


* ★ * 


Y ya los tiernos guacbitos no tuvieron quien 
les diera leche, y en las majadas los corderos 
que perdían a las madres morían de hambre y 


[ 257 ] 



CAELOS REYLES 


eran devorados por los caranchos... Las ove- 
jas, enflaquecidas y sarnosas, dejaban los ve- 
llones en las malezas, y en los alrededores de 
las casas, antes tan limpios, crecían las marga- 
ritas y los cardos, dándole el triste aspecto de 
una vivienda abandonada, de una melancólica 
tapera. 


* * * 


Efectivamente, ya no vivía allí nadie... o al 
menos no vivían las gentes de antaño. Primi- 
tivo era otro hombre. Las melenas le caían so- 
bre las espaldas, la sucia barba le subía hasta 
los pómulos, y en las arrugas del entrecejo, 
siempre fruncido, parecía anidar alguna negra 
idea, la idea negra que le entristecía el rostro 
y prestaba chispazos de luz singulares a su mi- 
rada penetrante y dura. “Este hombre tiene ahí 
fijo un mal pensamiento” ■ — se decían todos, 
observando el adusto ceño de Primitivo. 

Ella... otra mujer. Los vestidos se le pega- 
ban a los huesos y las canas volvían gris la an- 
tes renegrida cabellera. Sin duda era presa de 
algún oculto y grave daño: caminaba encor- 
vada, habíasele hundido la boca y tenía rojos 
los párpados de tanto llorar. 

A las horas de comer, cuando ocupaba su silla 
en la mesa, Primitivo, con refinada crueldad, 
le ponía delante el peso, ¡el maldito peso! y la 
miraba tenazmente; ella temblando, huía aque- 
lla mirada que se le introducía por los ojos co- 


[ 258 ] 




PRIMITIVO 


mo la hoja triangular de un estileto, y lágrimas 
silenciosas empezaban a correr por sus descar- 
nadas mejillas... 

Una vez, sin poder resistir aquel tormento a 
que la sujetaba diariamente, cayó abatida a sus 
pies demandando perdón; pero él le impuso 
silencio, e impasible volvióle las espaldas. Y 
la pobre Adelina, sin esperanzas de obtener 
clemencia, siguió llorando, llorando, yéndose en 
lágrimas como otros se van en sangre. 


* * * 


“¡Qué malo debe de ser lo que he hecho!” — 
pensaba vagamente al verlo regresar de la pul- 
pería vacilando sobre las temblorosas piernas, 
las ropas descompuestas y el rostro amoratado 
y embrutecido por la embriaguez. Y se asustaba 
de su obra. Él, tan limpio y cuidadoso en el 
vestir, dejaba que las ropas se le deshilacliaran 
en el cuerpo, no se peinaba nunca y dormía ves- 
tido en un mal jergón. De las haciendas, mejo- 
radas con tanto afán, no hacía caso; los came- 
ros permahecían con las ovejas todo el año; la 
sama hacía de las suyas, y los vecinos robaban 
los borregos, que el desdichado en su abandono 
ni siquiera se preocupaba de señalar. No pare- 
cía vivir sino para recordarle a ella, con su con- 
ducta desesperada, el crimen que había cometi- 
do. Y a la muy sin ventura, más que los remor- 
dimientos de la falta misma, la atormentaban 
sus consecuencias, la vida miserable que vino 


[ 259 ] 




CARLOS REYLES 


después, y sobre todo la abyección del esposo, 
cuyo relajamiento físico y moral seguía espan- 
tada paso a paso. 

De madrugada Primitivo sentábase cerca del 
fuego y se ponía a pensar, a pensar. , . A aque- 
lla hora los vapores del alcohol no le nublaban 
el entendimiento: tenía lúcida la inteligencia, 
avivados los sentidos, y entonces aquilataba to- 
da su miseria. “Sí, vamos barranca abajo, pero 
¿qué hacerle?... debe ser así” — decíase sin 
presumir ni aun remotamente que las cosas po- 
drían variar y dejar de ser como eran. Tampo- 
co lo deseaba: se había entregado al dolor y a 
la bebida del mismo modo, y ahora ésta y aquél 
le eran igualmente necesarios. Sin las lágrimas 
de ella, que eran su goce y su martirio; sin la 
sorda irritación de los remordimientos y los vo- 
luptuosos dolores de envilecerse por ajena cul- 
pa, por culpa de la criatura amada, la existencia 
no habría tenido estímulos suficientes para ha- 
cerle dar un paso. Se hubiera encontrado sin 
poder ir adelante ni atrás, como la máquina 
que se le acaba el carbón. “No, no hay remedio: 
ella debe sufrir y yo también. ¡Qué hacerle! 
¿acaso tengo la culpa?” — y entre las lumino- 
sas llamas se le representaba la escena de Jai- 
me y Adelina sorprendidos por él. “¡Sí, sí, debe 
sufrir!” — decía, y empuñaba la botella. 

El atormentarla era para Primitivo' imperio- 
sa necesidad nunca satisfecha, a la que quiso 
resistirse al principio y a la que concluyó por 
entregarse con doloroso placer, convencido de 
que aquello debía ser así. No tenía la concien- 
cia clara de los móviles que lo impulsaban a 


[260 ] 


PRIMITIVO 


obrar, ni de si éstos eran buenos o malos; pero 
sí el sentimiento de que obedecía a naturales 
instintos, a instintos poderosos; y por eso no 
raciocinaba ya: obraba únicamente, experimen- 
tando escrúpulos, dudas y remordimientos que 
sólo hacían más sabrosa el placer de pecar. 


* * * 


Con el sol muy alto abandonaba la cocina e 
iba a tenderse a la sombra del ombú, a un lado 
la cafetera y el mate, la botella a otro, y allí se 
pasaba las horas muertas. El campo, ora verde, 
ora amarillento, se extendía en todas direccio- 
nes, indiferente a las penas y amarguras de Pri- 
mitivo ... Ecos misteriosos y resonancias de 
ruidos apenas perceptibles, a los que se unía el 
canto pobre de mixtos y cachirlas, convidaba 
a dormir. Por otra parte, sólo algún escueto ca- 
raguatá , donde se balanceaban los pechos co- 
lorados , distraía la vista. Primitivo cabeceaba, 
abría los ojos lentamente y tomaba a cerrarlos 
más despacio aún. De pronto, allá a lo lejos, es- 
fumándose cada vez con más vigor sobre la fi- 
neza azul del lejano horizonte, empezaba a per- 
cibir algo... luego los contornos se precisaban, 
el bulto adquiría forma... ¿ay! era una oveja 
flaca que huía de sus compañeras para morir 
tranquilamente en un sitio apartado y solita- 
rio. . . Doloroso sacudimienot despertaba las fa- 
cultades mentales de Primitivo. “Antes no hu- 
biera muerto así, abandonada; pero ahora, . . 

[ 261 ] 


Terruño UJ 




CARLOS REYLES 


[ah, ah! ¡todo acabó!” — decíase, y se ponía a 
pensar, a pensar, a pensar. 

“Yo tenía un pajarito 
Y el pajarito se fue!” 

canturreaba por último, y esta canción infan- 
til, quién sabe por qué oculto subjetivismo, 
decía todos los sentimientos que lo señoreaban. 

Al verlo cerca del fogón o debajo del ombú, 
huraño y metido en sí, preguntábase Adelina: 
“¡Qué pasará por su alma ahora! ¿me estará 
maldiciendo?... Si fuera capaz de perdonarme, 
yo me echaría a sus pies; pero no, ¡ese hombre 
no puede perdonarme!...” — y se sentía mo- 
rir de angustia. “¿Y todo esto viene de aque- 
llo?" — demandábase a continuación, y empe- 
zaba a sentir que allá, en las reconditeces de 
su alma, nacía violento odio contra el amante, 
y juntamente un sentimiento indefinible y muy 
complejo, mezcla de admiración, miedo y lás- 
tima hacia el hombre que la martirizaba, es ver- 
dad, pera por vengarse- de la feliz existencia 
que ella le había destrozado. 

Él, a pesar de los pesares, crecía a sus ojos. 

Por las noches figurábase siempre que iba a 
matarla y, ¡caso extraño! no sentía rencor con- 
tra él. Lo oía acercarse, lo veía desnudar el cu- 
chillo, cuya hoja relampagueaba fatídicamente 
en la obscuridad, y sentía sobre el desnudo se- 
no la mirada del asesino que busca el sitio. , . 
Helado sudor humedecíale las carnes; la len- 
gua seca se le pegaba al paladar y desfallecía. 
“¡Vivo, vivo!” — murmuraba al volver en sí, 


[262 ] 




PRIMITIVO 


y en lugar de odiarle, sentíase casi grata, por- 
que aún no había usado del derecho de acabar 
con ella que le concedió desde el principio sin 
el menor trabajo. Sus destemplanzas sufríalas 
sin chistar, y en la mesa, con profunda pena, 
pero sin rebelarse, recibía el insulto con que la 
afrentaba él sistemáticamente, como quien 
cumple un deber religioso. Acaso admiraba la 
férrea voluntad, el bárbaro valor con que se- 
guía el plan perverso de sacrificarse para sacri- 
ficarla. Hacerla sufrir era su goce y su marti- 
rio; sabíalo ella de sobra y, sin embargo, la 
grandeza de aquel odio la atraía y la subyu- 
gaba, del mismo modo que subyuga y atrae el 
abismo, más cuanto más hondo y tenebroso. 
“¡Ah' es un hombre” — decíase al verlo sentar- 
se frente a ella y poner con solemne calma el 
maldito peso sobre la mesa; y examinando a 
hurtadillas su torvo ceño donde leía el pen- 
samiento fijo de matarla y de matarse, repetía: 
“¡Ah! ¡sí, un hombre, un verdadero hombre!” 

La abyección de Primitivo tampoco le repug- 
naba. Cuando lo veía tirado en un rincón, bo- 
rracho, con los ojos fijos y sin luz como los de 
un pez muerto, la boca entreabierta y los me- 
chones de pelo pegados a la sudorosa frente, 
no sentía asco, sino vivísima lástima e irresis- 
tible atracción, quizá porque sufría por ella. Sí, 
la podredumbre de aquel hombre, antes tan 
sano y fuerte, y ahora despreciable, vil y abyec- 
to, era obra suya, y este sentimiento elaboraba 
en su alma femenina ternuras inauditas e incli- 
nación amorosa explicable tan sólo consideran- 
do que acaso las mujeres sienten la necesidad 


[ 263 ] 



CARLOS REYLES 


de amar especialmente a los hombres que des- 
truyen . 


* * * 


Primitivo, que había ido a la pulpería, regresó 
en un estado tal de embriaguez, que apenas po- 
día sostenerse. Tambaleando pudo llegar al co- 
medor. En ia puerta se detuvo, y viendo a Ade- 
lina, entonó en lengua estropajosa: 

“Yo tenía un pajarito, 

Y el pajarito se fué!” 

echándose |a reír luego estúpidamente. Estaba 
muy pálido; la barba de ébano hacía resaltar la 
blancura lívida del semblante; tenía los párpa- 
dos amoratados, como agrandada la boca y vi- 
treos los ojos. “¡Dios mío, qué tormento!” — 
exclamó Adelina, escondiendo la cabeza. 

“Yo tenía un pajarito, 

Y el pajarito se fué!” 

tornó a repetir Primitivo, e intentando avanzar 
hacia la pieza inmediata, se le enredaron las 
piernas y cayó, hiriéndose en la frente. 

¡Sangre! 

— “Primitivo, Primitivo” — gritó Adelina 
fuera de sí; luego trajo agua fresca, se arrodi- 
lló junto a él[ y le lavó la frente. ¡Cuánto tiem- 


[ 264 ] 



PRIMITIVO 


po que no lo tocaba y qué emoción profunda 
sentía en aquel instante al hacerlo! Con su pa- 
lidez mortal y gesto de abatimiento y dolor, lo 
encontraba ella más hermoso que nunca, pero 
con belleza melancólica, hermoso y triste como 
el Cristo de la cruz. Mirándolo tiernamente, con 
lágrimas en los ojos, le pasaba los dedos por la 
rizada melena, henchido el pecho de sentimien- 
tos blandos y dulces. “Yo he sido su cruz” — 
consideraba con infinita tristeza, sintiendo de- 
seos de prodigarle mil caricias, mil besos > . . Esa 
noche se impuso el deber de velarlo, y al otro 
día, al abrir él los ojos, se encontró con que los 
de su mujer lo miraban húmedos de amor. 

“¿Qué ha sucedido? ¿por qué está mi mujer 
ahí, arrodillada, mirándome como antes , y por 
qué me duele la frente?” — se preguntó, lle- 
vándose la mano a la herida, sin recordar nada, 
entre los limbos, del sueño aún. Pasados algu- 
nos instantes dijo con dureza: 

— ¿Qué hacés ahí? 

— Te cuidaba; anoche estuviste enfermo y... 

—Bueno, bueno: ya sabes que no quiero con- 
versaciones. ¡Andate! 

Como Adelina guardara silencio y no se mo- 
viera, Primitivo repuso: 

— ¿No oís? 

— Perdóname . Yo.., ¡yo te quiero! — clamó 
abrazándose a las piernas de él; — no puedo 
más, te pido por la Virgen que tengas lástima 
de mí. ¡Ay, Dios! mata, pera perdona. 

Primitivo, en un arranque de cólera, iba a 
decir algo, pero se contuvo y domando la expre- 
sión fiera del rostro calló. 


CARLOS REYLES 


— Pamplinas; lo mismo dijiste antes y des- 
pués,. . ¿te acuerdas? Bueno, dejame salir — 
añadió luego incorporándose. 

Pero ella, puesta de rodillas siempre, agarró- 
se más a él. 

— No, no, eso no; mata, pero perdona; ¡me 
muero, me muero! ¿no ves que me muero?... 

En aquella actitud, con las lágrimas corriendo 
por sus flacas mejillas y los ojos puestos en 
blanco, semejábase mucho a la estampa de la 
Magdalena que adornaba la pared. Era el dolor 
de sus ademanes y palabras tan verdadero, que 
el airado esposo se sintió conmovido. ¡Cuántas 
ideas le sugirieron de súbito aquellas azuladas 
ojeras, aquella transparente palidez, aquel cris- 
pamiento de los labios secos y amarillos!. . . 

— “¡Qué acabada está! — pensó, mirándole los 
tendones del cuello; — debe de haber sufrido 
mucho, ¡pobre Adelina! y ahora quizás me quie- 
re. ¡Si yo pudiera perdonarla, si yo pudie- 
ra!. . — y la compasión le dilató un momen- 
to el endurecido pecho. — “Pero no podré, se- 
guro que no podré. ¿Cómo besarla ahí, en la 
boca, en el cuello, en la frente, ahí, donde están 
los besos del otro! ¡Jamás!... ¿Y Zo besaría lo 
mismo que a mí?” — e hizo un gesto de repug- 
nancia, como si le hubieran acercado a las na- 
rices el vientre asqueroso de un sapo. 

— Perdóname: ¡si supieras cuánto he sufrido! 

La bilis se le subió a la boca. 

^ — ¿No te acuerdas ya? — gritó con voz esten- 
tórea, y sacando la moneda se la puso delante 
de los ojos. 



PRIMITIVO 


Oyóse sorda queja; las manos de Adelina se 
desprendieron de las piernas de Primitivo y se 
desplomó hacia atrás, con los brazos abiertos, 
como ave herida que extiende las alas y cae del 
árbol. 


* * * 


En la parte más alta de la cuchilla veíase un 
corral de piedra, de negras piedras, y dentro de 
él algunas cruces: era el cementerio. Al paso, 
por la cuesta, hacia allí avanzaba fúnebre cor- 
tejo. Llegaron, pusieron el sencillo ataúd en tie- 
rra, y los que tenían poncho despojáronse de él 
para cavar cómodamente la fosa. Primitivo tam- 
bién empuñó la pala. 

La tarde moría, y en los medios tonos de la 
luz crepuscular las cruces y los hombres apa- 
recían entre nimbos anaranjados, violáceos y 
verdosos que se combinaban entre sí, produ- 
ciendo múltiples irisaciones, reflejos y tintas 
inseguras, muy tenues y finas. Una vaca, que 
rumiando asomaba la cabeza por encima del 
cerco, tenía verde la frente, azul el hocico y de 
color del fuego los ojos. Algunas cosa s toma- 
ban coloraciones tornasoladas, y el gris lumi- 
noso del cielo mismo tenía cambiantes y brillos 
nacarados, como los ópalos y las perlas de mu- 
cho oriente . 

Cuando el negro rectángulo tuvo las dimen- 
siones necesarias, pusieron dentro con religioso 
respeto el ataúd, y entonces cada uno de los 



CARLOS REYLES 


acompañantes arrojó a la fosa, después de be- 
sarlo, un pequeño terrón. Adelantóse Primitiva 
con los movimientos duros de los hipnotizados 
y acaso con la inconsciencia de ellos, y mirando 
la moneda algunos instantes, sonrió sarcástica- 
mente y la arrojó también sobre el ataúd, que 
produjo el ruido sordo de un ahogado lamento. 

Descendieron lentamente. 

Al entrar al .rancho abandonado desde la ma- 
ñana, no pudo menos de decirse Primitivo: 
“¡qué triste está esto!” — al mismo tiempo que 
le parecía sentir en el rostro la soledad de las 
desiertas habitaciones, que recorrió con paso 
vacilante, sin objeto, sin idea fija. Frente a la 
cama de Adelina se detuvo. En los colchones 
aún se veían las huellas de su cuerpo enflaque- 
cido, y en las almohadas profundo hundimiento 
indicaba el sitio de la cabeza, de su cabeza . Pri- 
mitivo miraba sin pestañear y con los labios 
fuertemente plegados por un gesto de dolor. 
¡Cuántas cosas le sugería el lecho vacío! Ago- 
biado por la pena, al igual de la rama que se 
dobla bajo el peso de la fruta, fué inclinándose, 
inclinándose hasta besar la almohada y escon- 
der en ella el rostro. En esta postura pasó toda 
la noche. Afuera, los perros le ladraban a la 
luna, y sus ladridos se perdían en el azul, del 
mismo modo que los sollozos del infeliz. 

* * # 


¡Ah! la calma no venía. Creyó al principio 
que todo hubiera terminado, que su odio satis- 

[ 268 ] 



PRIMITIVO 


fecho lo dejaría tranquilo, y así como el sedien- 
to que toma agua salada y en vez de mitigar 
aumenta la sed, sentía más imperiosamente que 
nunca la necesidad de ver sufrir, de torturar, 
de vengarse. 

“¡Hasta que no lo mate no me curo!” — ase- 
guraba, presintiendo tal vez que mientras vi- 
viera el hombre que lo había hecho desdichado, 
no podría arrojar de sí el odio que le envene- 
naba la sangre; y con fruición, con íntimo go- 
ce poníase a pensar en que lo exacto era haber- 
le hundido la daga en el pecho, en la nuca, en 
el vientre. . . Y él, que no salía de las casas, se 
atareó en recorrer las pulperías del pago con la 
secreta esperanza de encontrar a Jaime. Cuan- 
do supo su muerte se quedó como el obrero que 
pierde los brazos e ignora qué será de su vida. 
“¡Muerto!. . . y entonces ¿para qué vivo?” — se 
dijo vagamente; y la existencia empezó a ha- 
cérsele insoportable. Su martirio consistía en 
la imposibilidad de desenvolver los sentimien- 
tos que lo agitaban: tenía el alma repleta de 
pasiones que no encontrando sobre qué obrar, 
se volvían sobre sí mismas, alimentándose de 
las entrañas que le daban nacimiento, como el 
hijo de la madre. “¿Qué hacer, qué hacer?” — 
decía mordiéndose los puños de desesperación. 

Complejo estado de alma el que producía en 
aquel hombre el odio, los remordimientos, la 
amargura de sentirse muerto en vida y el gene- 
roso amor a la pérfida, que, a pesar de todo, 
brotaba, brotaba, como el agua del manantial 
brota entre el barro y las sucias piedras. ¡Amor 
grande y perverso! Llorábala, y si viviera la 


[ 269 ] 


CARLOS REYLES 


hubiese vuelto a matar, arrepintiéndose, mu- 
riendo del dolor de ella, pero pecando siempre. 
Confesábaselo sin esfuerzo al recordar el an- 
gustioso placer que sentía martirizándola y 
martirizándose; cuanto más se sublevaba su 
conciencia, más crecía aquel goce picante ama- 
sado con dolores, y con el recuerdo acontecíale 
lo propio: más sufría, más se complacía en re- 
cordar. Y desesperado o afligido sentíase vivir: 
en calma era un hombre muerto. “¿Qué hacer, 
qué hacer?” — repetía sin fuerzas de voluntad 
para nada, destrozado, desennoblecido, descoma 
puesto por el dolor, a cuya acción corrosiva na- 
die resiste. 

¡Y el manso Primitivo elevaba los puños ce- 
rrados al cielo y maldecía a Dios, a su buen 
Dios!! 

“¿Para qué llevará eso?” — se preguntaba el 
pulpero al ver alejarse a Primitivo con su carro 
cargado de latas de kerosene, — “¡Hum! este 
hombre no está en su sano juicio” — concluyó, 
volviendo % la tarea de picar el naco- que tenía 
entre los dedos. 

Hacía algunos días que el pobre hombre era 
presa de inusitada actividad: cubría de pasto el 
piso de los bretes y corrales, y luego cercábalos 
con las bolsas de lana de las últimas esquilas. 
Y así que avanzaba en su extraña ocupación, 
más fruncía el torvo ceño, y con luces más sin- 
gulares le brillaban los hundidos ojos. Por las 
noches bebía y hablaba. “Primitivo vencerá” — 
decía dirigiéndose a seres invisibles que dan- 
zaban en el aire. 


[ 270 ] 



PRIMITIVO 


Una tarde encerró las ovejas y después de 
rociar las bolsas con kerosene, fué dándoles fue- 
go nerviosa y apresuradamente. Al verse ro- 
deado por las illamas, que lamían el aire con la 
rapidez que lo hacen las bifurcadas lenguas de 
las víboras, lanzó un grito de júbilo salvaje, un 
grito de bárbaro victorioso. El placer terrible 
de la destrucción era lo que apetecía su alma 
enferma: prueba de ello el gozo delirante que 
experimentaba a la sola idea de arrasar, de ani- 
quilar todo lo que con tanto trabajo había crea- 
do y que a pesar de eso no le servía para miti- 
gar el más pequeño de sus dolores, ¡Miseria! 
Destruyendo iba a vengarse del engaño de la 
suerte, de la puerca suerte que le había hecha 
equivocar el camino de la dicha, sacrificarse en 
balde. Para él ni diversiones ni placeres; él no 
había hecho otra cosa que ahorrar, ahorrar y 
poner lo ahorrada en casa del pulpero; y todo 
¿para que?... su buen Dios mentía. ¡Infamia! 
La sangre enrojecíale los ojos, la indignación lo 
hacía temblar, y el odio a la existencia, de los 
desesperados, le llenaba el alma de sentimientos 
tumultuosos y perversos. “Primitivo vencerá” 
— rugía viendo, al través de espesa humareda, 
incendiarse el techo del rancho, enrojecerse las 
puertas y reventar crepitando las bolsas de la- 
na; y feroz expresión le transfiguraba el rostro. 
El pasto del piso principió a arder y las ovejas 
empezaron a huir en todas direcciones, en ho- 
rrible confusión. Las mojadas con petróleo no 
tardaron en llevar el fuego a todos lados: co- 
rrían, balaban de miedo, brincaban de dolor, 
caían muertas, y Primitivo, fuera de sí, medio 


[ 271 ] 



CARLOS REYLES 


ahogado por el humo que aumentaba la angus- 
tia de su dolorosa embriaguez de destruir, reía 
y reía como un demente trágico. 

E) cielo teñíase de vivos resplandores, las 
ardientes lenguas de fuego consumían, consu- 
mían como las lenguas amorosas de las aman- 
tes, y el aire caldeado impregnábase de un olor 
inmundo. Primitivo contemplaba el pavoroso 
incendio, corriendo de acá para allá, en busca 
de los lugares que las llamas habían respetado. 
Las ovejas, por escapar al fuego, se le metían 
por entre las piernas, lo atropellaban De re- 
pente, irritado o poseído tal vez de la grandeza 
de su destino negro y adverso, empuñó la daga, 
hundiéndosela hasta la empuñadura a los po- 
bres animales que se le ponían al alcance de la 
mano. ¡Y reía en su delirio! Veinte, cuarenta, 
cien veces tiñó el hierro la caliente sangre. 
Riendo 1 siempre con sarcástica expresión y re- 
volviendo los brillantes ojos, parecía un ilumi- 
nado, un héroe a quien el sentimiento de un fin 
próximo y trágico lleva a la sublimidad. En su 
locura no vió que el fuego lo rodeaba por todas 
partes. “Primitivo vencerá’ — repetía, hiriendo 
a diestra y siniestra. De pronto escapósele un 
grito de espanto y dolor: sus ropas ardían; echó 
a correr, pero a los pocos pasos cayó, atrope- 
llado por las ovejas. Cuando se puso en pie es 1 - 
taba medio ciego; quiso, con movimiento deses- 
perados, despojarse de stis vestidos: no pudo; 
y entonces, repitiendo con voz estridente y por 
última vez, “Primitivo vencerá” partióse de una 
tremenda puñalada el corazón. 


[ 272 ] 



PRIMITIVO 


Nubes negras como negros crespones enluta- 
ron el cielo. A la mañana siguiente todo era 
cenizas; pero poco después flores humildes y 
risueñas, crecían en la tapera de Primitivo... 

En el campo hay muchas taperas, y la que 
más, la que menos tiene una historia semejante: 
la historia de un dolor. 


[273 ] 




APENDICE 



^ i 
‘¿Mr 


UNA EPISTOLA Y UN SONETO 1 


Entre Carlos Reyles y José Enrique Rodó 

Excmo. Señor don José Enrique Rodó, Prín- 
cipe del Ingenio, Señor de Ariel, de Proteo y 
del Mirador de Próspero, Caballero del Cisne y 
de la Pluma de Oro, etc. 

Excmo. Señor: Mucho me temo exceder los 
límites naturales de la amistad que Vuestra 
Señoría, honrándome, me dispensa, e ir más 
allá de lo que, en buena ley, permiten las re- 
laciones de señor y vasallo al solicitar de tan 
alto príncipe como lo es Vuestra Señoría, el es- 
cudo de su esclarecido nombre y amparo de su 
bien tajada pluma, para uno de los vástagos de 
mi fantasía, pobre como mío, orgulloso como 
pobre, y necesitado de protección, como todos 
los que, ansiosos de correr aventuras y con áni- 
mo suelto y arrogante, se salen de la casa sola- 
riega, en cuya holganza y franqueza crecieron, 
para echarse a los caminos del mundo, donde 
todo son quitasueños, rejalgares, enredos proli- 
jos, trapacerías tenebrosas, lazos, trampas, pu- 
ñaladas de picaros y airados trabucos que, en 

[ 277 ] 


'«TU fio 19 



CARLOS REYLES 


las encrucijadas y aun en campo llano, apuntan 
al pecho y piden la bolsa o la vida. Pero la ne- 
cesidad tiene cara de hereje. Aleccionado yo por 
la amarga experiencia de tres hijos que mucho 
bogaron sin salir a puerto; de tres hijos, que 
partieron de esta casa vendiendo salud y con- 
tento y tornaron enmagrecidos y destilando pe- 
sadumbres, busco para el cuarto el padrino de 
fuste y seguro rodrigón que les faltó a los pri- 
meros y fué causa principal de su derrota y 
abatimiento. 

Hildalgo, aunque obscuro, nací, y por no ave- 
nirme a serlo de bragueta, prostituyendo mi 
honrada y plucra estrechez a la opulencia de 
las Musas y Famas ligeras de cascos, ando a pe- 
dir limosna en el templo de la Gloria. Así, pc*- 
deroso señor, nada puedo darles a los míos, co- 
mo no sea la sangre limpia y el cogote tieso, 
pobres dotes, en verdad, para inspirar simpatías 
a los hipócritas, ganar voluntades cortesanas y 
bandearse en la corrompida corte del Éxito, 
donde gozan de gran predicamento y tienen es- 
tablecidos sus tribunales de justicia la Adula- 
ción y el Fraude. Y en trance tal, ¿a quién re- 
currir sino a Vuestra Señoría, cuya inteligen- 
cia magnánima abre de par en par las puertas 
de la comprensión a todo lo que tocan? A Vues- 
tra Señoría, pues, encamino “El Terruño”, que 
éste es el nombre del mozo, rogándole lo reciba 
sin ceño y cubra la pobreza y el feo corte de 
las ropas que lleva, con el capotillo galano de 
un prólogo suyo, a fin de que sin vergüenza 
pueda presentarse ante las gentes y éstas sin 
desvíos lo miren, y aún se encaríñen con él, lue- 


[ 278 ] 




APÉNDICE 


go de conocerlo, porque, vanidad de padre apar- 
te, el muchacho es discreto, de humor regoci- 
jado —caso peregrino, ya que quien lo engen- 
dró llora lágrimas de acíbar y sangre — y no 
desprovisto de buenas letras, por lo cual, burla 
burlando, dice a veces cosas, si no graves y 
propias de un ingenio macho, por lo menos 
agudas y traviesas, que seguramente han de 
placerle y solazar a Vuestra Señoría. 

Así lo espero yo, y si por desdicha no fuera 
así, y además si al dar este paso peco de inopor- 
tuno y atrevido, culpe Vuestra Señoría a su fa- 
ma de bondadoso, que deja pequeñita la más 
grande discreción, despida sin miramientos al 
intruso, perdone mi poco tino y téngame siem- 
pre por el más fiel y humilde de sus criados. 

Carlos Reyles. 


[ 279 ] 



CARLOS REYLES 


AL NOBLE SEÑOR DON CARLOS REYLES 

Cultivador de terruños y "Terruños" 

Corcel de tan cumplida gentileza 
cual la heredad de su merced los cría , 
no otra gala mejor requeriría 
que aquéllas que le dió Naturaleza . 

Desnudo el lomo , libre la cabeza , 
mas claro su donaire luciría, 
y el tosco arreo de la industria mía 
parecerá baldón de su belleza. 

Pero , obediente, compondré el arreo, 
en que todo ornamento fuera escaso 
a hacerle digno de tan alto empleo, 

y si sobrado ruin saliera acaso , 
arrójelo de sí, de un escarceo , 
y humíllelo a sus cascos de Pegaso! 

José Enrique Rodó 


[ 280 ] 




PROLOGO! 


La obra del escritor, como toda obra del 
hombre, está vinculada al medio social en que 
se produce, por una relación que no se descono- 
ce y rechaza impunemente. La misteriosa “vo- 
luntad” que nos señala tierra donde nacer 
y tiempo en que vivir, nos impone con ello una 
solidaridad y colaboración necesarias con las 
cosas que tenemos a nuestro alrededor. Nadie 
puede contribuir, en su grande o limitada es- 
fera, al orden del mundo, sin reconocer y acatar 
esa ley de la necesidad. Cuanto más cumplida- 
mente se la reconoce y acata, tanto más eficaz 
es la obra de la voluntad individual. Dícese 
que el genio es, esencialmente, la emancipación 
respecto de las condiciones del medio; pero esto 
debe entenderse en lo que se refiere a los resul- 
tados a que llega, suscitando nuevas ideas, 
nuevas formas o nuevas realidades. Por lo que 
toca a los elementos de la operación genial, 
a los medios de que se vale, a las energías que 
remueve, el genio es, como toda humana cria- 
tura, tributario de la realidad que le rodea, 
y cabalmente en comprenderla y sentirla con 


[ 281 ] 



CARLOS REYLES 


más profundidad y mejor que los demás con- 
siste el que sea capaz de arrancar de sus en-, 
trañas el paradigma de una realidad superior. 

El principio de originalidad local, en la obra 
del escritor y del artista, tiene, pues, un fun- 
damento indestructible. Ampliamente enten- 
dido, es condición necesaria de todo arte y toda 
literatura que aspiren a arraigar y a dejar 
huella en el mundo. Apartarse de la verdad 
determinada y viva, de lugar y de tiempo, por 
aspirar a levantarse de un vuelo a la verdad 
universal y humana, significa en definitiva 
huir de esta verdad, que para el arte no es 
vaga abstracción, sino tesoro entrañado en lo 
más hondo de cada realidad concreta. Querer 
ganar la originalidad individual rompiendo de 
propósito toda relación con el mundo a que se 
pertenece, conducirá a la originalidad facti- 
cia e histriómca, que casi siempre oculta el 
remedo impotente de modelos extraños, no 
menos servil que el de los próximos; pero 
nunca llevará a la espontánea y verdadera ori- 
ginalidad personal, que, como toda manifesta- 
ción humana, aun las que nos parecen más 
radicalmente individuales, tiene también base 
social y colectiva, y no es sino el desenvolvi- 
miento completo y superior de cierta cualidad 
de raza, de cierta sugestión del ambiente o de 
cierta influencia de la educación. 

En literatura americana, el olvido o el menos- 
precio de esa relación filial de la obra con 
la realidad circunstante ha caracterizado, o me- 
jor, ha privado de carácter a la mayor parte 
de la producción que, por los méritos de la 

[ 282 ] 



APÉNDICE 


realización artística y por la virtualidad de la 
aptitud que se revela, compone dentro de 
aquella literatura la porción más valiosa. 
Junto a esta porción selecta pero, por lo ge- 
neral, inadaptada, una tendencia de naciona- 
lismo literario que, salvo ilustres excepciones, 
no ha arrastrado en su corriente a la parte 
más noble y capaz del grupo intelectual de 
cada generación, se ha mantenido, por esta 
misma circunstancia, dentro de un concepto 
sobrado estrecho, vulgar y candoroso del ideal 
de nacionalidad en literatura. Debemos, sin 
embargo, a esa tendencia artísticamente feble 
y provisional, lo poco que ha trascendido a la 
expresión literaria de la originalidad de vida 
y color de nuestros campos; del carácter de 
esa embrionaria civilización agreste, donde aún 
se percibe el dejo y el aroma del desierto, como 
en la fruta que se vuelve montés la aspereza 
de la tierra inculta. La vida de los campos, 
si no es la única que ofrezca inspiración eficaz 
para el propósito de originalidad americana, es, 
sin duda, la de originalidad más briosa y en- 
tera, y, por lo tanto, la que más fácil y espon- 
táneamente puede cooperar a la creación de 
una literatura propia. Suele tildarse de limi- 
tado, de ingenuo , de pobre en interés psicoló- 
gico, de insuficiente para contener profundas 
cosas, al tema campesino; pero esta objeción 
manifiesta una idea enteramente falsa en 
cuanto a las condiciones de la realidad que 
ha de servir como substancia de arte. Donde- 
quiera que existe una sociedad llegada a aquel 
grado elemental de civilización en que, por 

[ 283 ] 




CARLOS REYLES 


entre las primitivas sombras del instinto, 
difunden sus claridades matinales la razón y el 
sentimiento, hay mina suficiente para tomar 
lo más alto y lo más hondo que quepa dentro 
del arte humano. La esencia de pasiones, de 
caracteres, de conflictos, que constituye la 
idea fundamental del Quijote , del Otelo , del 
Macbeth, de El alcalde de Zalamea , y aún del 
Hamlet y del Fausto, pudo tomarse indistinta- 
mente del cuadro de una sociedad seimprimi- 
tiva o del de un centro de alta civilización. 
Pertenece todo ello a aquel fondo radical de la 
naturaleza humana que se encuentra por bajo 
de las diferencias de razas y de tiempos, como 
el agua en todas partes donde se ahonda en 
la corteza de la tierra. La obra del artista em- 
pieza cuando se trata de imprimir a este fondo 
genérico la determinación de lugar y de época, 
individualizando en formas vivas la pasión 
umversalmente inteligible y simpática; y para 
esto, lejos de ser condición de inferioridad el 
fijar la escena dentro de una civilización inci- 
piente y tosca, son las sociedades que no han 
pasado de cierta candorosa niñez las de más 
abundante contenido estético, porque es en 
ellas donde caben acciones de más espontánea 
poesía, costumbres de más firme color y carac- 
teres de más indomada fuerza. Por donde de- 
bemos concluir que si la vida de nuestros 
campos, como materia de observación novelesca 
y dramática, no ha alcanzado, sino en alguna 
obra de excepción, a las alturas del grande 
interés humano, de la representación artística 
universal y profunda, ha de culparse de ello 

[ 284 ] 




APÉNDICE 


a la superficialidad de la mayor parte de los 
que se le han allegado como mtérpretes, y no 
a la pobreza de la realidad, cuyos tesoros se 
reservan, en éste como en todos los casos, para 
quien con ojo zahori catee sus ocultos filones 
y con brazo tenaz los desentrañe de la roca* 

Alegrémonos, pujes, de que escritor de la 
significación de Carlos Reyles siente esta vez 
su garra en el terruño nativo, y realice la gran 
novela campera, y por medio de la verdad local 
solicite la verdad fundamental y humana que 
apetecen los ingenios de su calidad. A manera 
del heroico corredor de aventuras, que emigró 
de niño y forjó en remotas tierras su carácter, 
y trae de ellas, domeñada, a la esquiva fortuna, 
para volver ya hombre y ofrecer al hogar de 
los hermanos el tributo de la madurez, más 
fecundo que el de la ardorosa juventud, así 
este ilustre novelista nuestro, después de ganar 
personalidad completa y fama consagrada, por 
otros caminos que los de la realidad caracte- 
rística del terruño, viene a esta realidad, en 
la otoñal plenitud de su talento y con la acri- 
solada posesión de su arte. 

Otras novelas suyas manifestaron su maes- 
tría para penetrar en el antro de los misterios 
psicológicos e iluminar hasta lo más recóndito 
y sutil; su poder creador de caracteres, a un 
tiempo genéricos e individuales; su sentido de 
lo refinado, de lo extraño, de lo complejo; la 
amarga crudeza de sus tintas y la precisión 
indeleble de su estilo. Ha realizado su obra 
literaria de la manera más opuesta a la publi- 
cidad constante y afanosa del escritor de oficio; 

[ 285 ] 



CARLOS REYLES 


con señoril elección del tiempo de escribir y el 
tiempo de dar a la imprenta; ajeno a toda ca- 
maradería de cenáculo, y aun a comunicación 
estrecha y sostenida con el grupo intelectual 
de su generación; en altiva soledad, que re- 
cuerda algo del aislamiento voluntario y de la 
obra concentrada, y sin moción exterior, de 
Merimée. En Reyles la vocación del escritor no 
es toda la personalidad, no es todo el hombre . 
Su voluntad rebelde, arriesgada y avasalládora, 
le hubiera tentado con los azares y los vio- 
lentos halagos de la acción, a nacer en tiempos 
en que la acción tuviera espacio para el libre 
desate de la personalidad y tendiese de suyo 
al peligro y a la gloria. Y aun dentro del 
marco de nuestra vida domesticada y rebañega, 
cuando no vulgar y estérilmente anárquica, la 
superior energía de su voluntad ha dado mues- 
tras de sí, abrazándose a la moderna “aventura” 
dei trabajo, concebido en grande y con idea- 
lidad de innovación y de conquista; a las fae- 
nas de la tierra fecunda, en que, junto con la 
áurea recompensa, se recoge la conciencia 
enaltecedora del resabio vencido, de la rutina 
sojuzgada, del empuje de civilización impuesto 
a la indolencia del hábito y a la soberbia de 
la naturaleza. Porque este gentleman-farmer 
que, en cuanto novelador, se acerca ahora por 
primera vez a la vida de nuestros campos, es, 
en la realidad, familiar e íntimo con ella, y le 
consagra amor del alma, y no sólo le está vincu- 
lado por la aplicación de su esfuerzo empren- 
dedor, sino que, como propagandista social 
y económico, pugna desde hace tiempo por 

[ 286 ] 




APENDICE 


reunir en apretado haz las energías dispersas 
o latentes del trabajo rural, para que adquie- 
ran conciencia de sí mismas y desenvuelvan 
su benéfico influjo en los destinos comunes. 

Del campo nos habla esta novela, y aun pu- 
diera decirse que en favor del campo. Como en 
el libro improvisado y genial que es, por lo 
que toca a nuestros pueblos del Plata, el ante- 
cedente homérico de toda literatura campesina: 
como en el Facundo de Sarmiento, la oposición 
de campo y ciudad forma, en cierto modo, el 
fondo ideal de la nueva obra de Reyles; sólo 
que esta vez no aparece representando el nú- 
cleo urbano la irradiadora virtud de la civili- 
zación, frente a la barbarie de los campos 
desiertos, sino que es la semicivilización agreste, 
no bien desprendida de la barbarie original, 
pero guiada por secreto instinto a la labor, al 
orden, a la claridad del día, la que represen- 
ta el bien y la salud del organismo social, 
contraponiéndose al desasosiego estéril que 
lleva en las entrañas de su cultura vana y so- 
fística la vida de ciudad. 

Grande o restringida ía parte verdadera de 
esa oposición social, vuélvese entera verdad 
en la relación de arte, que es la que obliga 
tratándose de obras de imaginación. Ha perso- 
nificado el novelista la sana tendencia del ge- 
nio campesino en un enérgico y admirable- 
mente pintado carácter de mujer; la vigilante, 
ladina y sentenciosa Mamagela, musa prosaica 
del trabajo agrario, Sancho con faldas, Egeria 
de sabiduría vulgar, cuya figura resalta sobre 
todas y como que preside a la acción. Mamagela 

[ 287 ] 



CARLOS BEYLES 


es la prudencia egoísta y el buen sentido ali- 
corto, que, puestos en contacto con el vano 
e impotente soñar y con la bárbara incuria, 
adquieren sentido superior y trascendente efi- 
cacia y se levantan a la categoría de fuerzas 
de civilización. Como en el ingenuo utflífa- 
rismo de Sancho, hay en el de esta remota 
descendiente del inmortal escudero un fondo 
de honradez instintiva y de espontánea sen- 
satez, que identifica a veces las conclusiones 
de su humilde perspicacia con los dictados de 
la severa razón y de la recta filosofía de la 
vida. Por su labios habla la malicia rústica, 
más rastreadora de verdad que la semicultura 
del vulgo ciudadano. Y tal cual es, y en los 
conflictos en que lidia, no hay duda de que 
Mamagela lleva la razón de su parte, porque 
el autor no ha colocado junto a ella a nadie 
que la exceda (quizá debido a que tampoco 
suele haberle en la extensión de realidad que 
reproduce), y los falsos o desmedrados idea- 
lismos que la tienen de enemiga valen mucho 
menos que la rudimentaria idealidad implícita 
en lo hondo de aquel sentido suyo de orden 
y trabajo. 

Con Mamagela, aparece representando Pri- 
mitivo la energía de nuestras geórgicas criollas. 
Felicísima creación la de este personaje, que 
vale por sí solo una novela. Primitivo es per- 
sonificación del gaucho bueno, orientado por 
naturaleza a la disciplina de la vida civil y a la 
conquista de la honesta fortuna, que persigue 
con manso tesón de buey. Hay una intensa 
y bien aprovechada virtud poética en esta uo- 

[ 288 ] 



APÉNDICE 


cación de un alma bárbara que tiende a los 
bienes de un superior estado social, con el im- 
pulso espontáneo con que la planta nacida en 
sitio oscuro dirige sus ramas al encuentro de 
la luz. Así debieron de brotar, en el seno de 
la errante tribu de la edad de piedra, las vo- 
luntades que primeramente propendieron al 
orden sedentario y al esfuerzo rítmico y fe- 
cundo. Primitivo aspira a tener majada suya 
y campo propio; y de sus salarios, ahorra para 
realizar su sueño. Cuida sus primeras ovejas 
con el primor y la ternura de un Melibeo de 
égloga. Rigores del tiempo diezman su majada, 
y él se contrae, con dulce perseverancia, a re- 
hacerla, trabajando más y gastando menos. 
El buen gaucho tiene mujer, y la quiere. 
Pero he aquí que a su lado acecha la barbarie 
indómita y parásita de la civilización; la som- 
bría libertad salvaje, que encarna el hermano 
holgazán y malévolo, el gaucho malo , el avatar 
indígena de la raza de Caín . Jaime quita a Pri- 
mitivo la mujer y la dicha, y entonces el labo- 
rioso afán del engañado se trueca en sórdido 
abandono; su apacibilidad en iracundia, su so- 
briedad en beodez, su natural sumiso en ímpetu 
rebelde. Magistralmente ha trazado el nove- 
lista psicólogo esta aciaga disolución de un 
carácter, que llega a su término final cuando 
aquella mansa fuerza que apacentaba rebaños, 
vuelta y desatada en el sentido del odio, con- 
suma el fratricidio vengador, al amparo de uno 
de los entreveros de la guerra civil, que anega 
en la sangre de su multiplicado fratricidio el 
generoso Fructidor del terruño. Todo ese trá- 

[ 289 ] 




CARLOS REYLES 


gico proceso rebosa * de observación humana, 
de patética fuerza, de sugestión amarga y pro- 
funda. 

Sobre este mismo fondo de la guerra ha 
destacado el autor, esbozándola sólo, pero en 
rasgos de admirable verdad y expresión, la 
figura de mayor vitalidad poética y más enér- 
gico empuje de cuantas entran en su cuadro: 
Pantaleón, el montonero, el caudillo; ejemplar 
de los rezagados y postreros, de una casta he- 
roica, que el influjo de la civilización desvir- 
túa, para reducirla a su yugo, o para obligarla 
a rebajarse al bandolerismo oscuro y rapaz. 
Es el gaucho en su primitiva y noble entereza; 
el gaucho señor de los otros por la soberanía 
natural del valor y la arrogancia; el legendario 
paladín de los futuros cantos populares; majes- 
tuoso y rudo, al modo de los héroes de Homero, 
de los Siete Capitanes de Esquilo, o de los Ci- 
des, Bernardos y Fernanes González de la 
epopeya castellana. El cuadro de la muerte 
de Pantaleón, por su intensidad, por su gran- 
deza, por su épico aliento, es de los que pare- 
cen reclamar la lengua oxidada y los ásperos 
metros de un cantar de gesta . 

Mientras en esos caracteres tiene represen- 
tación el campo, ya laborioso, ya salvaje, la 
propensión y la influencia del espíritu urbano 
encarnan, para el novelista, en la figura de un 
iluso perseguidor de triunfos oratorios y de 
lauros prof éticos; apóstol en su noviciado, filó- 
sofo que tienta su camino. La especulación 
nebulosa y estéril; la retórica vacua; la semi- 
ciencia hinchada de pedantería; la sensualidad 

[290 ] 




APÉNDICE 


del aplauso y de la fama; el radicalismo qui- 
mérico y declamador: todos los vicios de la 
degeneración de la cultura de universidad 
y ateneo, arrebatando una cabeza vana, donde 
porfían la insuficiencia de la facultad y la 
exorbitancia de la vocación, hallan cifra y com- 
pendio en el Tóeles de esta fábula. No es nece- 
sario observar, en descargo de los que a la 
ciudad pertenecemos, que Tóeles no es toda la 
ciudad, no es toda la cultura ciudadana, aun- 
que sea la sola parte de ella que el autor ha 
querido poner en contraste con la vida de 
campo; pero la verdad individual del personaje, 
y también su verdad representativa y genérica, 
en tanto que no aspire a significar sino ciertos 
niveles medios de la cultura y del carácter, no 
podrán desconocerse en justicia. Tóeles es 
legión; como lo es, por su parte, el positivista 
menguado y ratonil, especie con quien la pri- 
mera se enlaza por una transición nada infre- 
cuente ni difícil en la dialéctica de la conducta. 
De la substancia espiritual de Tóeles se alimen- 
tan las “idolatrías” de club y de proclama; los 
fetichismos de la tradición, los fetichismos de 
la utopía, las heroicas vocaciones de Gatoma- 
quia, la ociosidad de la mala literatura . . y del 
desengaño en que forzosamente paran esos 
falaces espejismos aliméntanse después, en gran 
parte, las abdicaciones vergonzosas, las bajas 
simonías del parasitismo político, común re- 
fugio de soñadores fracasados y de voluntades 
que se han vuelto ineptas para el trabajo viril 
e independiente. Aquellos polvos de falsa idea- 


[ 291 ] 




CARLOS REYLES 


lidad traen, a menudo, estos lodos de cínico 
utilitarismo. 

No es, desde luego, la aspiración ideal lo que 
está satirizado en ese mísero Tóeles, sino la 
vanidad de la aspiración ideal. No es en Dul- 
cinea del Toboso en quien se ceban los filos de 
la sátira, sino en Aldonza Lorenzo. Y este sen- 
tido aparece con clara transparencia en la re- 
presentación de aquel carácter, cuando, con- 
vertido Tóeles de predicador de idealidades 
vagas en confesor de realidades positivas y con- 
cretas, la vanidad de sus intentos persiste, 
porque procede de él y no del objeto de sus 
sueños, tan fatuos cuando se remontan a las 
nubes como cuando descienden al polvo de la 
tierra. Entre el trabajo utilitario enérgico' y fe- 
cundo y la aspiración ideal sana y generosa, no 
hay discordia que pueda dar significado racional 
a un personaje o a una acción de novela: hay 
hermandad y solidaridad indestructibles. Los 
pueblos que mayor caudal de cultura superior 
y desinteresada representan en el mundo son, 
a la vez, los más poderosos y más ricos. La 
propia raíz de energía que ha erigido el tronco 
secular y desenvuelto la bóveda frondosa, es 
la que engendra la trama delicada y el suave 
aroma de la flor. Y la eficacia con que Keyles 
vilipendia, novelando o doctrinando, los idea- 
lismos apocados y entecos (aunque él se ima- 
gine a veces que estos dardos suyos van a herir 
a los tradicionales y perennes idealismos hu- 
manos), consiste en que él mismo es un apa- 
sionadísimo idealista, y tal es la clave de su 
fuerza, y, por serlo, se ofende mucho más con 

[292 ] 



APÉNDICE 


el remedo vulgar y vano del sagrado amor a las 
“ideas’ que con la resuelta furia iconoclasta: 
aquella que, negando el ideal, le confiesa para- 
dójicamente y como que nos le devuelve de 
rebote por el mismo soberano impulso de la 
negación. 

Pero, aunque extraviada y estéril, la inquie- 
tud espiritual de Tóeles es, al fin, el desasosiego 
de un alma que busca un objeto superior al 
apetito satisfecho; la sed del ideal arde en esa 
conciencia atormentada; y, por eso, del fondo 
de sus vanas aspiraciones y sus acerbos des- 
engaños trasciende, ennobleciendo su interés 
psicológico, una onda de pasión verdadera y de 
simpatía humana, como trascienden de la hez 
de un vino generoso la fuerza y el aroma del 
vino. El dolor de su fracaso es la sanción de 
su incapacidad y flaqueza; pero es también, 
por delicado arte del novelista, imagen y re- 
presentación de un dolor más noble y más alto: 
del eterno dolor que engendra el contacto de 
la v«da en los espíritus para quienes no existe 
diferencia entre la categoría de lo real y la 
de lo soñado. Así se levanta el valor genérico 
de esta figura por encima de la intención sa- 
tírica que envuelve, pero que no recae sobre 
lo más esencial e íntimo de ella; y así adquiere, 
por ejemplo, hondo sentido y sugestión bien- 
hechora la hermosa escena final, en que • la 
cabeza abrumada del soñador descansa en el 
regazo de la compasiva Mamagela, como en el 
seno de la materna realidad reposan las ven- 
cidas ilusiones humanas y hallan la persuasión 
que las aquieta o las hace reverdecer transfi- 

[ 293 ] 


El Terruño 20 




CARLOS HEYLES 


guradas en sano y eficaz idealismo. 

. Mucho cabría añadir de los personajes secun- 
darios que en la obra intervienen; del fondo 
de descripción, en que, si entra por poco el 
paisaje virgen y bravio, de sierra y monte, hay 
toques de incomparable realidad y primor para 
fijar nuestro paisaje “de geórgica ,, y nuestros 
usos camperos, y para interpretar la oculta co- 
rrespondencia de las cosas con la pasión hu- 
mana a que sirven de cor o; del estilo, en fin, 
siempre justo y preciso y a menudo lleno de 
novedad, de fuerza plástica y color. Pero ya 
sólo notaré, para llegar al fin de este prólogo, 
una particularidad que me parece interesante, 
del punto de vista de la psicología literaria, 
y es la frecuencia y la jovial serenidad con que 
se reproduce en el curso de la narración el 
efecto cómico, a pesar de que nunca fué ésta 
la vena peculiar del autor, y de que ha sido 
la novela engendrada en días, para él, de más 
amargura que contento; nueva comprobación 
de una verdad que yo suelo recordar a los que 
entienden de manera demasiado simple y es- 
tricta la relación de la personalidad y la obra, 
es a saber: que la imaginación es el desquite 
de la realidad, y que, lejos de quedar constan- 
temente impreso en las páginas del libro el 
ánimo accidental, ni aun el carácter firme de 
quien lo escribe, es el libro a menudo el medio 
con que nos emancipamos, soñando, de las con- 
diciones de la vida real, o con que reaccionamos 
idealmente contra los límites de nuestra propia 
y personal naturaleza. 


[ 294 ] 




APÉNDICE 


En el desenvolvimiento de nuestra literatura 
campesina, esta novela representará una oca- 
sión memorable, y por decirlo así, un hito ter- 
minal» De la espontaneidad improvisadora e in- 
genua, en que aún parece aspirarse el dejo de 
la “relación” del payador reencarnándose en 
forma literaria, pásase aquí a la obra de plena 
conciencia artística, de composición reflexiva 
y maestra, de intención honda y trascendente. 
De la simple mancha de color, o de la tabla de 
género circunscrita a un rincón de la vida rús- 
tica, pásase al vasto cuadro de novela, en que, 
concentrando rasgos dispersos en la realidad, 
se tiende a sugerir la figuración intuitiva del 
carácter de conjunto, de la fisonomía peculiar 
de nuestro campo, como entidad social y como 
unidad pintoresca. Del orden de narraciones 
que requieren como auditorio a la gente pro- 
pia, pásase al libro novelesco que, merced al 
consorcio de la verdad local y el interés hu- 
mano, puede llevar a otras tierras y otras len- 
guas la revelación artística de la vida original 
del “terruño”. 

Y esta nueva obra de Reyles, que por su alto 
valer de pensamiento y de arte confirmará 
para él los sufragios del público escogido, reúne 
al propio tiempo más que otras de su autor, 
las condiciones que atraen el interés del mayor 
número, por lo cual puede pronosticarse que 
será entre las suyas la que preferentemente goce 


[ 295 ] 




CARLOS REYLES 


de popularidad: género de triunfo que, aun 
cuando vaya unido a otros más altos, tiene su 
halago animador y violento, y sin cuyo con- 
curso parecerá que falta un grano de sal en 
la más pura gloria de artista. 

José Enrique Rodó. 

Montevideo, marzo de 1916. 


[ 296 ] 



NOTAS 


Pag. 4. — (*) En la edición de 1916: como si no le 
pesasen. 

Pag. 4 — ( 2 ) En la edición de 1916: como las espe- 
jadas aguas. 

Pag. 4. - — ( 9 ) En la edición de 1916: parpadeaban 
con ritmo igual. 

Pag. 4. — (4) En la edición de 1916: las polleras. 

Pag. 7. — C 1 ) En la edición de 1916: del color y el 

brillo. 

Pag. 8. — O En la edición de 1916: se bate. 

Pag. 9. — C 1 ) En la edición de 1916: una muletilla. 

Pag. 11. — (!) En la edición de 1916: Sólo el mate 
pone corriente y conserva la frescura del cutis. 

Pag. 17. — (1) En la edición de 1916: de papel. 

Pag. 17. — (2) En la edición de 1916: cuasi. 

Pag. 22. — (1) En la edición de 1916: las polleras. 

Pag. 28. — C 1 ) En la edición de 1916: Y absortos, 

estupefactos, con ganas de reír y llorar a una, vieron ade- 
lantarse a doña Ángela envuelta gallardamente en la ban- 
dera de la patria. Era un golpe teatral que con Foroso 
había preparado la matrona en el mayor misterio, 

Pag. 28. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: y en la 
temblorosa diestra una copa llena de vermut, que, por SU 

[ 297 ] 



CABLOS REYLES 


color, era, do los vinos del almacén, el que más se ase- 
mojaba al champaña — a todos . . 

Pag. 29. — ( J ) En la edición de 1916: divisa roja. 

Pág. 30. — O) En la edición de 1916: Este discurso, 
a pesar de sus cómicos asertos y del patriótico pergeño 
de la oradora, fue escuchado . . . 

Pág. 35. — (1) La edición de 1916 agrega: "Hubié- 
rale hecho falta, para refrenar disposiciones quiméricas 
y extravagancias de carácter, mucha ciencia de la vida, 
mucho conocimiento de su yo; pero estas cosas sólo se ad- 
quieren viviendo con las puertas del alma abiertas a los 
ecos de fuera y el oído atento a las voces .que de dentro 
salen. Tóeles las cerraba sin descender jamás, por otra 
parte, al fondo de sí mismo. Y, naturalmente, sufría las 
torturas de lo que es artificioso, vano e inadecuado a su fin. 
El momento psicológico de la revelación no venía; las 
trompetas de la fama no sonaban Durante mucho tiempo 
creyóse víctima de las esquiveces de la fortuna, de la cha- 
tura del medio, del atraso de sus cerriles compatriotas. 
Entonces encerróse en su torre de marfil y adoptó una 
actitud donjuanesca. Como acontecer suele, las especula- 
ciones desinteresadas y los líricos desplantes degeneraron 
en escepticismo, ironía, desdén y mal de vivir, tristes flo- 
raciones de la intoxicación literaria. 

Pág. 38. — (1) La edición de 1916 agrega: 

— Y de la obra, ¿nada? — preguntó tímidamente. 

- — Nada, como si la hubiese tragado la tierra — con- 
testó él con mal contenida irritación. 

Iba ya para cuatro meses que Tóeles había dado a la 
estampa un libro, fruto sazonado de graves meditaciones, 
y los artículos, las críticas y noticias bibliográficas no pa- 
recían. Era una réplica aplastadora a las despiadadas doc- 
trinas de Nietzsche. Contra el poema metafísteo del filósofo 
alemán, "Así hablaba Zaratustra”, lanzó Tóeles el volumen 
suyo titulado: "Así respondió Pérez y González”, que éste 
era su apellido. El día en que salió a luz el tal volumen, 
paseóse el flamante autor por las principales calles de la 
ciudad con el cuerpecillo erguido y la cabeza alta. Allí, 
en ios escaparates de las librerías, para confundir al Ante- 
cristo, estaba la obra suya, luciendo la soberbia divisa: 
"Así respondió Pérez y González", y mentira le parecía 
que tal acontecimiento no turbase la calma de la ciudad 
ni interrumpiese el tráfago de los hombres que iban, como 


[298 ] 



APENDICE 


de costumbre! a sus vulgares aventuras. En los días si- 
guientes aconteció lo propio. Los diarios anunciaron el libro 
fríamente, con el desabrido suelto de cajón, y las personas 
a quienes se lo envió con mayúsculas dedicatorias, hicié- 
ronae los suecos. Desde entonces, presa de ansias mortales, 
vivía esperando la critica que habla de hacerle justicia 
y demostrar a sus compatriotas la miopía que los cegaba, 
y su despertar era triste como el del que esperaba sin con- 
fianza: sentía, no bien abría los ojos, el pecho como opri- 
mido y en la boca del estómago penosa desazón. 

Así que salió su mujer cogió la obra, que siempre 
tenía sobre la mesa de luz, y la hojeó un momento, po- 
niéndola luego en su sitio con un gesto de disgusto. “¿Siento 
verdaderamente lo que escribo y valía la pena de haberlo 
escrito?” — preguntóse — . “¿Estoy seguro que esos afo- 
rismos altisonantes son otra cosa que lugares comunes 
del viejo idealismo? ¿He sido guiado por éste en la vida 
o por la vanidad de parecer tan sólo^ ¿Practico los altos 
ideales, las virtudes caballerescas, y desprecio los bienes po- 
sitivos y los halagos del amor propio, o todo fue vana 
actitud, floreo retórico, parada pura?”. 

Pag. 38. — (2) En la edición de 1916: Dejó caer la 
cabeza sobre el pecho y se puso a pensar en sus fracasos, 
mientras escuchaba „ . . 

Pag. 38. — ( 3 ) En 1916: Después reinaban de nuevo 
los rumores confusos y las vagas sinfonías de los campos. 

A continuación, la edición de 1916 agrega: 

Sin grandes esfuerzos convino en que había Sido sin- 
cero, aunque confundiendo la puerta con la ventana, como 
decía Mamagela, el amor de la verdad y del alarde heroico 
con el capricho de las bellas actitudes y la gárrula pala- 
brería. Y, en un acceso de desencanto y humildad, ri- 
dículos le parecieron los desplantes catonianos y aquella 
oratoria suya de brazos abiertos y puños cerrados, con 
la que había obtenido tantos triunfos en las asambleas par- 
tidarias. Pero lo que más le mortificaba en aquel instante 
de depresión moral, era el sentimiento, mejor dicho, la cer- 
teza evidente de que al criticar las doctrinas metzsquianas 
se había inoculado el virus ponzoñoso que pretendía des- 
truir: el democratismo retórico trocábase en repugnancia 
real de lo plebeyo, y el esplritualismo de colegio se iba 
en humo dejándole el alma ahita de murrias y resquemores. 
Había cambiado tantas veces de idea para poner su con- 


[ 299 ] 



CARLOS REYLES 


ciencia al día, que una nueva mudanza lo aterraba. Y da 
todas veras admiraba la macarrónica moral de doña Ángela, 
que sin empacho ella formulaba así; ‘‘Estar bien con Dios, 
no vivir a costillas del prójimo y tener el intestino co- 
rriente”, máximas que entrañaban, en cierto modo, los de- 
beres religiosos, los sociales y también los deberes para 
con uno mismo, principalísimos porque si muere el perro 
se acabó la rabia, según decía. El ajustarse escrupulosa- 
mente a este simple y prosaico evangelio le permitía vivir 
tranquila y contenta y cumplir valerosamente laB sagradas 
funciones de esposa y de madre, mientras que él, Temís- 
tocles Pérez y González, con tantos intríngulis y ajilimójilis 
psicológicos, tantas retóricas y metafísicas, vivía lleno de 
torturas y no sabía qué hacer. Y daba irnos suspiros que 
partían las piedras. 

Después desfilaron por la memoria del atribulado so- 
ñador, las interminables caravanas de las caídas y loe 
amargos desengaños sufridos en la prosecución de ambi- 
ciones nebulosas y fugitivas. 

Sobre todo, el recuerdo de las acciones tontas llevadas 
a cabo por él, ardorosamente, con el soberbio prurito del 
que da cima y remate a grandes empresas, lo humillaba 
y le hacía ver, con cruel evidencia, la cómica despropor- 
ción entre las donjuanescas actitudes que adoptaba y los 
modestísimos actos que cumplía, signo cierto de su con- 
dición vanidosa. El escepticismo de la experiencia no había 
mitigado aún en Tóeles el írrealismo y la tontería de la 
cultura universitaria; hinchaba las cosas de literatura, abul- 
taba la importancia de todo lo que hacía y siempre estaba 
dispuesto a sacudir la crin romántica y adoptar líricos em- 
paques. Reconocíalo a menudo, porque sus facultades ana- 
líticas eran lúcidas, y, entonces, el descorazonamiento, la 
vergüenza y la ira lo señoreaban a una. 

Pag. 39. — (1) En la edición de 1916: Pruébelo, 
y diga que no es bizcochuelo. ¿Eh, qué tal, es bizcochuelo 
o no es bizcochuelo? ] Atrévase a decir que no es bizco- 
chuelo í 

— Está riquísimo. . . 

— Como que es bizcochuelo. Muchos así te harían 
falta. . . 

Pág. 42. — C 1 ) En la edición de 1916: sí la camiseta 
o el camisón. 


[ 300 ] 



APENDICE 


Pág. 45. — C 1 ) La edición de 1916 no acusa tanto 
el habla gaucha del personaje, pice: “Soy del Paso de los 
Toros, pa. aJI asito de la estación, casa de la china Baldo- 
mera, pues. . Más adelante, en vez de “Gueno, adio- 
$ito”, dice: “Bueno, adiosito”. 

Pag. 46. — (1) En la edición de 1916: Fíjate en lai 
haciendas de loa campos. 

Pag. 47. — C 1 ) La historia de Primitivo, aquí yerno 
de Mama gala, fué contada por Reyles en términos simi- 
lares en el cuento del mismo nombre, “Primitivo”, que 
integra laa “Academias”, y que se publicó originariamente 
en 1896. A los efectos del establecimiento de las variantes 
no se ha considerado el cuento por ser muy numerosas, 
prefiriéndose publicarlo in-extenso. El lector podrá com- 
pulsar semejanzas y diferencias consultando en especial los 
capítulos IV, V, VIII, IX y XV de la novela. 

Pág, 48. — (!) En la edición de 1916: pero ahí hay 
otros. 

Pag. 50. — (1) En la edición de 1916: cuasi. 

Pag. 50. — ( 2 ) En la edición de 1916: para. 

Pag. 52. — (1) En la edición de 1916: en la pesca. 

Pag. 55. — (1) La edición de 1916 agrega: De tiampo 
en tiempo, éstas pasaban por la campaña como trombas 
de infortunio y desolación. 

Pag. 63. — * (1) En la edición de 1916: pasmado. 

Pag, 65. — (1) En la edición de 1916: a guisa. 

Pag. 67. — (1) En la edición de 1916: cuasi. 

Pag. 72. — (1) En la edición de 1916: Sí, no hay 
duda, el mas petizo es el mejor, 

Pag. 73. — (!) En la edición de 1916: Por do quiera. 

Pag. 74. — (!) En la edición de 1916: reunirse a los 

suyos. 

Pag. 75. — (1) En la edición de 1916: [Quá fea! 

Pag. 75. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: y en pelo. 

Pág. 79. — - (l) Las dos últimas frases faltan en la 
edición de 1916, habiendo sido agregadas por Reyles a la 
de 1927 en base a una descripción de “Primitivo”: “Hacia 
aquella parte el cielo tenía esos colores desmayados y en- 
fermos de las piedras que mueren”. Vuelve a aparecer en 
“El Extraño”. 

Pág. 80. — (1) En la edición de 1916: breva. 

Pág. 81. — (1) En la edición de 1916: por romper. 

Pág, 82. — ( 2 ) En la edición de 1916: para. 


[ 301 ] 



CARLOS REYLES 


Pag. 83. — (!) En la edición de 1916: “y detenía 
Junto a la ventana de la moza”. En 1927 se agrega la úl- 
tima frase aclaratoria: “Lo reconoció: era el hijo del co- 
mandante Carranca”. 

Pag. 87^ — (!) En la edición de 1916 te agrega: 
“¡Histrión! jSacamuelas! ¡Comediante! Habla» habla, 
miente, miente; viola tu conciencia y traiciona tu pensa- 
miento. no por eso has de medrar más; en cambio, te esti- 
marás menos. Esa turba, esa plebe, ese pueblo soberano» 
al que adulas y desprecias, no siente, ni piensa m votá; 
no te elegirá jamás, el sólo elige a sus semejantes, y tú, 
aunque te envilezcas para ponerte al mismo nivel suyo, 
mostrarás la oreja de lobo y serás el enemigo, el enemigo 
natural del rebaño plebeyo... Óyelo bien, mentecato: tu 
alma y el alma de las muchedumbres no tienen parentesco 
-ni punto de entronque: aon cosas distintas, antagónicas, 
irreconciliables; las turbas te inspiran antipatía y les ins- 
piras horror. O las esclavizas cruelmente o te aplastan sm 
piedad. Y tú, bufón, en vez de empuñar el látigo, el único 
cetro que aquéllas respetan, doblas las rodillas, baja* la 
cerviz y les pides una miserable limosna. No tienes perdón 
de Dios. Lo que estás diciendo es falso y falsos tus gestos, 
ademanes y oratorios arrebatos. Sabes de sobra que todo 
eso de los derechos, las libertades y la soberanía popular 
es pura mitología, pintados globos que lanzan al aire in- 
nobles taumaturgos para atraer a las muchedumbres y ex- 
plotarlas. El gran privilegio de la plebe es el de obedecer 
a los que nacieron para mandarla, lo sabes también, y no 
ignoras tampoco, por grande que sea tu habitual aluci- 
nación, que los hechos y héroes que ahora celebras son 
deformaciones y espejismos extravagantes y utilitarios a 
una de la óptica partidaria, ni se te oculta, finalmente, que 
ese partidismo es el subsiratutn de bajos intereses y pa- 
siones desmandadas. ¿Y para vivir en la mentira y hacer 
do ella tu alimento estudiaste tanto, te sometiste a tan 
severas disciplinas y juraste rechazar toda esclavitud pro- 
fana? . . ¡Bufón! ¡bufón! ¡bufón!...”, 

Pag. 90. — C 1 ) La edición de 1916 agrega: ¿Por qué 
me engañaron? ¿Por qué mintieron textos y profesores? 
¿Por qué, como obedeciendo a un convenio tácito, todo 
el mundo propala el mismo embuste, la misma trapacería» 
la misma ilusión deformadora? Si ésta fuera provechosa 
me lo explicaría; yo sé que toda verdad es cosa deleznable 


[ 302 ] 




APENDICE 


y sin sentido frente a la mentira útil; pero es el caso que 
la ilusión espiritualista nos desorienta, nos llena loa ojos 
de alucinaciones, nos enferma y se desvanece más tarde 
o más temprano dejándonos, en el medio del camino de la 
vida, inciertos y desvalidos. Entonces, ¿por qué ese engaño 
universal? ¿Por qué predicar el culto de la razón cuando 
sólo puede triunfar, es bueno que triunfe y de hecho triunfa 
la fuerza, aunque a veces la disfracen ideales máscaras? 
¿Por qué predicar la justicia cuando en todo el universo 
reina, y es saludable que reine, la iniquidad? ¿Por qué 
el amor, cuando sólo la discordia y la lucha nos unen? 
¿Por qué el deisnterés, ya que el egoísmo es el resorte 
propulsor, el nervio central de la humana criatura y que 
la inteligencia, poi su naturaleza misma, nos condena a ver 
las cosas al través de un velo utilitario, no como son, sino 
como nos conviene que sean? 

Pag. 90. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: Escuchán- 
dolo se decía: “Pero, Señoi, este hombre está loco. ¿Quiere 
decir que cuanto me dijo, lo que me enseñó, mi aposto- 
lado, la religión del alma, el altruismo, los sentimientos 
generosos son puro gollería y bambolla? ¿La cultura no 
tiene por objeto precisamente matar la bestia y ennoblecer 
al hombre? ¿No son las virtudes desinteresadas las que 
nos elevan y los instintos egoístas los que nos rebajan? 
¿Es la civilización otra cosa que el triunfo de aquéllos 
sobre éstos? ¿A dónde iríamos a parar si fuera cierto 
lo que el afirma? [Como, yo, maestra de segundo grado, 
no Berta superior a mamá, por ejemplol ;Si fuese así, tanto 
valía no haber salido de “El Ombú”l 

Pag. 90. — ( 3 ) La edición de 1916 agrega: 

— Creía, como en Dios, en esas paparruchas, que todos 
proclaman sin practicar..* felizmente para ellos. Yo fui 
lógico y las practiqué. El orgullo del saber me hizo des- 
deñar la ciencia del mundo, que debe poseer todo hombre, 
y las tareas útiles, que debe cumplir cada quisque. El es- 
píritu cuando deja de echar raíces en el terruño del alma, 
fabrica ilusos sin enjundia vital, no iluminados. El desdén 
obtuso de los bienes positivos y particularmente del dinero, 
en el que parece concretarse el desplante idealista, anto- 
jábaseme timbre de nobleza, actitud elegante; no com- 
prendía, torpe de mí, su poder, menos su hermosura, menos 
todavía aquilataba el tesoro de energías anímicas y aun 
siderales, entiéndelo bien, siderales, que lleva la moneda 


[ 303 ] 


CARLOS REYLES 


en el fecundo vientre, el más santo de todos porque en él 
alienta y ee revuelve el deseo de dominar, que es como 
el ánima del ser... y ahora voy viendo que el último 
ganapán a caza del mendrugo cumplía sus deberes sociales 
mejor que yo, y que yo, el idealista en teoría, era en la 
práctica el más mater islote, el que menos espiritualizaba 
la brega del vivir. jAht si supieras... ímpetu» me dan 
de pegarle fuego a esos embusteros libros y no escribir una 
línea más. ¿Sé yo, por ventura, lo que afirmo? No; sólo 
sé ahora que ante el bien y el mal mi cursilería espiri- 
tualista me ha hecho inferior a los otros. 

Pag. 92. — C 1 ) La edición de 1916 agrega: Anali- 
zando la vacuidad y sandez de sus devaneos literario» 
sentía a una, rabia y vergüenza. Sobre todo, el recuerdo 
de cierta sociedad fundada, siendo estudiante, con algunos 
compañeros que cojeaban del mismo pie que él y a la que 
bautizaron con el presuntuoso nombre de “Academus”, le 
producía el escozor de una verdadera quemadura, cual 
si aquel recuerdo fuera brasa puesta sobre la carne viva. 

Cerca de El Prado, por una bicoca, alquilaron los 
compinches una quintita medio abandonada, y allá se iban 
los domingos a merendar bajo los coposos árboles. Leían 
versos, fumaban en pipa, bebían varios licores y procuraban 
parecer tenebrosos a lo Rolla o cándidos y libertinos como 
Verlaine. La bohemia y truhanería montmartrense le» 
sorbía el seso Llegaban con los bolsillos lleno» de pro- 
visiones y el alma repleta de candorosos entusiasmos. Tó- 
eles, que siempre andaba poco sobrado de dineros, sólo 
traía pan espiritual. Algunos dábanle el dulcísimo nombre 
de maestro, gracias a su estilo enrevesado, rimas extrava- 
gantes y conocimiento de los poetas decadentes. En verdad, 
los que se sentían animados del fuego sacro y leían su» 
composiciones, eran sólo doce, loa doce pares ; pero como 
cada uno de ellos llevaba su cola de admiradores y devotos 
amigos, el numero de los asociados llegaba a cuarenta. 
Los que podrían llamarse neófitos, sólo oían, y distin- 
guíanse de los iniciados o corifeos por el buen diente y el 
buen humor. En fiebres e inquietudes los otros lea llevaban 
la delantera; en buen apetito y 9ana alegría, no. Eran lo» 
que más se divertían. 

Un buen día los doce pares, no se sabe cómo, cayeron 
en la cuenta de que se imponía hacer algo digno del titulo 
de olímpicos que sus compañeros les daban sin asomos de 


[ 304 ] 



APÉNDICE 


burlas y que ellos oían sin pestañear, y decidieron escribir, 
en colaboración, una novela, una novela integral, algo así 
como la suma y quinta esencia de todos los géneros, ma- 
neras, estilos e inspiraciones. £1 plan de trabajo individual 
y el colectivo, objeto fué de acaloradas discusiones. No 
querían descuidar ningún detalle que pudiese contribuir 
al éxito de la obra. Unos pretendían que el libro se com- 
pusiera como los peripatéticos filosofaban, discurriendo 
amablemente por los jardines; otros, al contrario, en una 
habitación cerrada, sin adornos y pintada totalmente de 
negro para facilitar la concentración del espíritu Por fin, 
tras mucho batallar, transaron: las meditaciones y también 
los cambios de ideas, en los que todos, incluso los neófitos, 
podrían meter la cuchara, se llevarían a efecto en el idea- 
rían? o sea el jardín, y las realizaciones en el sintcsistorium, 
que así, con oportuna y feliz inspiración, bautizaron a la 
famosa pieza negra, donde los olímpicos fundirían y da- 
ríanle luego forma imperecedera al pensamiento común, 
y de ahí el nombre. 

El día señalado para darle comienzo a la labor su- 
prema, cuando llegaron los corifeos, ya estaba todo en 
orden Al entrar solemnemente en el sintesistorium y ver 
las doce bujías, una frente a cada silla, reflejando macilenta 
lu 2 sobre la desnudez de la sala y la lobreguez de las pa- 
redes, tuvieron los doce pares, con gran vuelco de corazón, 
la noción justa de la empresa que iban a acometer. Se des- 
pidieron con efusivos apretones de manos de los neófitos, 
que en masa hasta el sintesistorium los habían acompañado. 
Tóeles pronunció algunas sentidas palabras, y a punto se- 
guido ocuparon sus respectivos puestos frente a las resmas 
<*• papel. Cada cual traía ya escritas varias cuartillas, des- 
cribiendo la tarde única con que había de dar comienzo 
la novela. La forma definitiva sería una especie de ex- 
tracto de lo más sugestivo y hermoso que cada colaborador 
aportase. Cien páginas podrían muy a gusto condensarse 
en una. Por tal arte, cada línea no podía por menos de ate- 
sorar la miga de un poema, y cada capítulo la enjundia 
de una biblioteca. 

Pasaron dos horas, luego tres, cuatro, y la apolínica 
encerrona proseguía. Los neófitos empezaron a impacien- 
tarse Llegada era la hora de almorzar y los olímpicos 
no daban señale» de vida. Las tripas reclamaban sustento; 
la comida se pesaba. Por fin, abriéronse en trep itosa mente 


[ 305 ] 




CARLOS REYLES 


las puertós y los vieron aparecer exte mi ados, pálidos, sudo- 
rosos. Corrieron a ellos y con emoción y pasmo enterá- 
ronse de lo que había. Ya tenía título la obra: era un ha- 
llazgo: se llamaría “El Jardín de Academus”, y creyéndose 
todos posibles héroes del romance, aplaudieron a rabiar. 
En cuanto al trabajo realizado, se reducía a una línea 
o, mejor dicho, a un adjetivo que condensaba, eso sí, el es- 
píritu, la esencia y el alma de las cincuenta páginas pre- 
sentadas. i Ah, el sintesistorium merecía bien el nombre!. . . 
‘‘Que ge lea”, gritaron, y entonces Tóeles, que ae había 
erigido por cuenta propia en gran maestro del cenáculo, 
se adelantó, pasóse la mano por la combada frente, dejó 
caer la cabeza sobre el hombro derecho, juntó los pies 
y leyó con voz melosa y mucho parpadeo: “Era una tarde 
facía”. con lo cual empezó y remató “El Jardín de Aca- 
demus”. pues en las siguientes reuniones, cada uno pre- 
tendió imponer sus ideas y frases, estallaron las discordias 
y feneció la sociedad. 

¡Cuán ridicula y aun cursi le parecía aquella aventura 
y como ella cuantas cosas 1 . . Su pasado entero anto- 
jábanle a ratos sólo sandez, locura, puerilidad. “Ni un ins- 
tante, decíase, fui sincero; jamás me guiaron las voces pro- 
fundas de mi ser, sino la vanidad libresca y las reglas 
ficticias que otros crearon para su uso particular y que 
a mí me venían grandes”. Al haberlas acatado, ahogando 
la castiza originalidad propia, lo que él era en sí, atribuía 
el verse sin medro alguno y lleno de amargosas tristeza». 
“A todo trance quise ser un intelectual . . como Amabí. 
La tal palabreja me da dentera y revuelve las tripas Un 
{intelectual! como si la supremacía de la razón razonante 
no fuera pura gollería del mismo modo que la Libertad, 
el Derecho, el Ideal y otro9 fantasmas tras los cuales corrí, 
apartándome de lo senda, tortuosa, agria, pero cierta, por 
donde avanza, matando quimeras, el egoísmo de cada cria- 
tura, Yo, al revés, me metí entre ceja y ceja el insensato 
propósito de destruirlo, y ahora caigo en la cuenta de que 
ese egoísmo es lo único sano, la tierra firme sobre la que 
el hombre levanta, obedeciendo a leyes inexorables, las fá- 
bricas de las religiones nobles y duraderas. Amor, al- 
truismo, entusiasmo, fe que no tienen esas bases son ca- 
prichosas arquitecturas y ridículos castillos de naipes. 

“Cuando yo salí de la Universidad, y sólo hubiera 
sido sensato hacerlo al terminar mis estudios de abogado, 


[ 306 ] 



APENDICE 


debí ir a lo mío , aprovechándome de todas las circuns- 
tancias favorables al logro de mis ambiciones legítimas, 
es decir, mías, y por lo mismo robustas y victoriosas; debí 
dejarme llevar por la corriente de las mentiras conven- 
cionales, poniéndome delante de ellas, no en contra, para 
poder combatirlas mejor cuando la ocasión llegara. Lo mío 
era formarme una buena clientela; escribir cosas que todos 
pudieran entender y amar; explotar a mi favor la mentira 
partidaria... y las otras; hacerme de amigos y servirme 
de ellos para ascender a las más altas posiciones, y, una 
vez en ellas, irradiar un poco de luz, si es que la tenía. 
Y ¿qué hice, en cambio? Abandoné la carrera por lo que 
llamaba presuntuosamente “el apostolado de la prensa y la 
enseñanza”, sin maliciar que el tal desplante lírico, pues 
no fue otra cosa, me llevaría a ser un profesor sin ideas 
propias, condenado a vegetar eternamente, y un advene- 
dizo de las letras. De los que nacieron para manejar esa 
arma terrible y ligera que se llama la pluma, sólo poseía 
yo la vanidad. Rompí con las tradiciones del terruño, 
Igran error! no supe adaptarme a él, Igran pecado! obré 
desinteresadamente, igran crimen 1 y así fui llevado a des- 
deñar las realidades vivientes por las realidades de museo, 
la verdad útil por la verdad teórica, y* dije, escribí e hice 
lo que a nadie le convenía ni auería. aunaue fuese cierto, 
oir, leer ni ver. . . En una palabra, fui contra la corriente, 
contra la razón infalible de la vida; tenía los ojos puestos 
en no sé qué remotos espejismos, y choqué con todo y todo 
me engañó: los hombres, los libros, las cosas del mundo. 
¿Cómo podré orientarme nuevamente? ¿Cómo salir de este 
pantano de incertidumbres, escepticismo, despecho e inhu- 
manidad en que me hundió la casquivana Literatura? ¿Qué 
podría hacer? ¿Para aué sirvo yo, no teniendo creencias 
ni ilusiones ni amores?”. 

Pag. 110. — (1) En la edición de 1916: el exceso 
de política, latinismo y hueca ideología. 

Pag, 116. — (*) La edición de 1916 agrega: 

— Tienen estas actividades — solía decirle a Amabí — 
un encanto que yo no sospechaba siquiera, y que no sólo 
produce satisfacción interesada, sino goce artístico, porque, 
yo te diré, todo lo que se hace con amor y deleite es, en 
cierto modo, obra de artista. Yo comprendo mí tarea a la 
manera que un pintor su cuadro: pugno por suprimir, po- 
niendo árboles, arrancando piedras, quitando malezas, las 


[ 307 ] 



CAELOS REYLES 


desarmonías del paisaje, la monotonía del horizonte, las 
fealdades del campo cimarrón; trato de hacer visible y pe- 
renne el orden oculto de la naturaleza acomodada a un fin, 
y, poco a poco, establezco en las praderas, la majada, 
al rodeo; las poblaciones y el ambiente, gracias a las obras 
y cambios que hago, las divinas jerarquías de la belleza, 
o, si quieres, de la vida en flor Dirás que * poetizo .. . 
y bien, la poesía es brava y saludable cosa cuando exalta^ 
y exalta siempre que embellece realmente, es decir, siempre 
que es verdadera poesía. Acaso con el fin de darles mayor 
incentivo a estas humildes ocupaciones, procuro, sin sos- 
pecharlo, ennoblecerlas y hermosearlas espiritualmente; pero, 
con toda sinceridad te lo digo; me placen; siento que no 
son cosas haladles, sino tareas inteligentes y graves, y me 
hacen mucho bien, tal vez porque no me dejan tiempo 
para el come -come del pensar. 

En efecto, siempre tenía algo urgente . k . 

Pag. 117. — í 1 ) La edición de 1916 agrega: 

Por otra parte, antes de levantar pendón guerrero 
y i omper la primera lanza por su ideal, quería penetrarse 
de la real importancia de ciertos hechos, sin significación 
transcendente al parecer, pero llenos de ella si se aguzaba 
un poco el análisis, y estudiar a conciencia las necesidades 
y aspiraciones de la campaña, todo lo cual demandaba 
tiempo, reiteradas lectuias, tranquilidad de espíritu, por ma- 
nera que la crítica demoledora de los partidos tradicionales 
y la propaganda de hegemonía rural, iban quedando en et 
tintero. Algunas pláticas, que al respecto tuvo con los 
vecinos más ilustrados y capaces de cristianos sacramentos, 
no fueron parte a encenderle el ánimo y darle mayores 
arrestos; al revés, lo dejaron mohinc y cabizbajo Aquellas 
buenas gentes sólo querían la paz de cualquier modo, por 
cualquier medio, y que los dejasen tranquilos; pero ni por 
soñación se les pasaba por las mientes la idea de hacer 
algo con el fin de lograrla o imponerla. Por lo cual llegó 
a sospechar él, con grave peligro de sus doctrinas, que 
acaso los partidarios eran superiores a loa trabajadores, 
dado que, con fines bajos o levantados, sabían los primeros 
luchar por sus intereses hasta morir por ellos, mientras 
los últimos no. A éstos, aparte del incentivo del logro, 
ningún móvil, ningún estímulo tenía la mágica virtud de 
llevarlos a las líneas de fuego de la lucha social, y Tóeles 
comprendió presto, que en medio de todo, no era poca 


[ 308 ] 



APENDICE 


fortuna el que tus colegas sintiesen con fuerza, al menos, 
la ambición bruta de riquezas, el afán de poseer, porque, 
sin «se acicate ni otra emulación de más alto orden, fueran 
como frutas que ae les seca el carozo, o criaturas a quienes 
la voluntad de dominio muerta les pudre el alma y el 
cuerpo y convierte en espectrales sombras. A mayor abun- 
dancia de razones, lo hacían retraerse y postergar indefi- 
nidamente sus planes, el considerar, pasado el primer mo- 
mento de entusiasmo y exaltación, que por los peligrosos 
senderos de su individualismo anárquico era harto impro- 
bable que el rebaño de Panurgo lo siguiese, y que a sus 
ideas les hacía falta pasar por las cribas del estudio y la 
meditación antes de ser expuestas en la plaza pública. 

Pag. 117 — ( 2 ) En la edición de 1927: curiosas. Pro- 
bablemente errata por “cariciosas” como registra la edición 
de 1916, término que usa Reyles, y con el mismo sentido, 
en otras ocasiones. 

Pag. 124. — C 1 ) La edición de 1916 agrega una pá- 
gina, comenzando del siguiente modo el capítulo: Pasaron 
los años. La política seguía ahogando las energías nacio- 
nales y produciendo agitación vana y ansiedad cierta. Hubo 
elecciones de representantes, que nada representaban; cam- 
bios de senadores y ministros, excelencias y usías tan 
inocuas como las que se fueron dejando calentitas las bu- 
tacas rojas por la luenga y regalada empolladura, de la que 
sólo resultaron huevos podridos; hubo también cambio 
de gobierno, sin que faltara, como es natural, el consi- 
guiente levantamiento nacionalista, que duró poco, porque 
el nuevo Presidente, no bien acomodado aún en el sillón 
presidencial, sintióse débil y tuvo que bajar la cabeza; los 
caudillos impusieron su voluntad y obtuvieron lo que bus- 
ceban bajo el poncho patriótico: canongías, prebendas, po- 
siciones estratégicas, y el caciquismo y el sistema de los 
feudos departamentales entronizóse más en el país con 
grande escóndalo de los doctores en ciencia institucional 
y no menos grande indignación de los colorados, los cuales 
trataban de levantiscos y alevosos a sus enemigos, sin echar 
de ver que las opresiones coloradas producían las reac- 
ciones blancas, por Igual arte que el continuo conspirar 
del partido de la llanura la fuerza opresiva del partido del 
Poder. Y éste era el callejón sin salida y el círculo dan- 
tesco de las pesadas culpas de ambos. Mientras el amigo 
BatUe, que no había querido correrla, según la expresión 


[ 309 ] 




CARLOS REYLES 


pintoresca del general Saravia, rumiaba su deapecho y #a lm 
juraba al jefe blanco, la inquietud cundía en el país, loa 
trabajadores emigraban al Brasil o a la Argentina, y loa 
capitales, olfateando la tormenta, refugiábanse en las arcas 
o buscaban cielos más clementes y aires menos mefíticos 
para las finanzas. Sólo el elemento rural, no obstante ter 
el quien pagaba los vidrios rotos de las revoluciones, mos- 
trábase optimista y activo, y seguía, guiado por un instinto 
cierto, produciendo riquezas y civilizando, a pesar de las 
turbulencias políticas, el apocamiento de las clases diri- 
gentes y el macarronismo de toda la nación. Las estancias 
llevaban a cabo . . 

Pag, 124. — ( 2 ) En la edición de 1927 esta frase está 
dividida en dos partes, probablemente debido a error del 
impresor que no vio la corrección de Reyles. 

Pag. 124. — ( 3 ) En la edición de 1916: la mayor 
parte de éstos. 

Pag. 125. — (1) La edición de 1916 agrega: La di- 
visión de las haciendas en grupos rigurosamente clasifi- 
cados, sobre utilizar mejor el campo y avanzar el refina- 
miento, le daban a la estanzuela un aspecto cuidado y prós- 
pero. 

Pag. 125. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: Acaso 
no se equivocaba. 

Pag. 127. — (1) La frase “j Gracias a Dios!” es agre- 
gado de la edición de 1927. 

Pág. 127. — (2) En la edición de 1916: para. 

Pág 127. — ( 3 ) En la edición de 1916: reflexionó. 

Pág 129. — (1) En la edición de 1916: cuya paz 
ponía en peligro, 

Pág. 129. — ( 3 ) En la edición de 1916: se burlaban. 

Pag. 132. — (!) En la edición de 1916: ahora, 

Pág. 134. - — (1) En la edición de 1916: cuasi. 

Pág. 136. — (!) En la edición de 1916: Bueno, bue- 

no. . . 

Pág. 137, — (!) En la edición de 1916: ¿No te acuer- 
das ya? 

Pág. 138. — (1) En la edición de 1916: partía, 

Pág. 142. — (1) En la edición de 1916* que ellos fa- 

brican, porque para nada sirven y, por lo tanto, nada valen. 

Pág. 149, — (1) La edición de 1916 agrega: ¡Famosa 
política! en vez de ser la conductora de las energías na- 
cionales, Iaa descarria y destruye; en vez de educar y du- 


[ 310 ] 




APENDICE 


ciplinar loa instintos salvajes, le9 da escape y rienda suelta; 
en vez de ennoblecer al ciudadano para hacerlo entrar 
en los casilleros de la regla civilizada, lo envilece y hoce 
que repugne los frenos del deber social; en vez de preparar 
actividades libres y aptas, forma voluntades desmandadas 
y ayunas de toda virtud, y todo ello en nombre de prin- 
cipios y derechos que, si bien se mira, sólo son las apa- 
riencias legales, o, como si dijéramos, las buenas formas 
de que se sirven algunos pocos para someter y explotar 
a los demás. 

Pág 157. — (!) En la edición de 1916: sígueme. 

Pag. 164. — C 1 ) En la edición de 1916: despabílate, 
vístete. 

Pág. 167. — (1) La edición de 1916 agrega a conti- 
nuación: 

— ¡Pero, señor! — le dijo a Tóeles en uno de los con- 
ciliábulos que frecuentemente tenían — ¿cómo es posible 
que ese hombre, antes respetuoso del bien ajeno y honrado 
a carta cabal, robe, destruya adrede las propiedades y co- 
meta toda clase de tropelías* ¿Qué mosca lo ha picado? 
¿Qué diablos tiene metidos en el cuerpo? A veces me doy 
a pensar si no estará loco de remate. 

Tóeles, que tenía pocas ocasiones de despuntar el vicio 
oratorio, respondió con una tirada filosófica: 

— \ Ah, señora! la guerra es la guerra; en ella se pier- 
den las virtudes sociales, que son, en su mayoría, cosas 
prendidas con alfileres en el alma montuna, y el lobo 
muestra las orejas . . . No crea que el caso de Primitivo 
es único. Frecuentemente, nuestra política de sablazos 
y discursos convierte en charlatanes o en fieras a los hom- 
bres más íntegros. Qué quiere usted, doña Ángela: somos 
latinos, latinos descendientes de Juan Jacobo y Fray Ge- 
rundio, y perseguimos, mareados por las palabras, prin- 
cipios teóricos sin virtualidad alguna y fórmulas de civi- 
lización caducas ya y, por añadidura, inadecuadas a nuestras 
necesidades e idiosincracia gaucha. Cuánto mejor no sería 
conocer esas necesidades y fabricarnos luego las modestí- 
simas Tablas de la Ley que nos convienen 

— ¿Y cuáles serían esas, a tu parecer? — interrogó 
ton soma Mamagela. 

— Las que más robustecieran y más libertad dejaran 
a nuestros instintos de lucha y dominio económico — - replicó 
Tóeles desafiándola con la mirada — Las moderna» civiliza- 


[ 311 ] 



CARLOS REYLES 


donas no tienen otro terruño donde echar raíces, como las 
antiguas sólo lo tuvieron en la lucha y dominio religioso 
o guerrero, que, en el fondo, eran también conquista y po- 
sesión económica. Los idealismos y las doctrinas más des- 
interesadas en eso remataron siempre. Cada hombre es una 
espeeie de maravilloso substratum de la energía universal» 
una gravitación sobre sí } un egoísmo irreducible, y lo que 
urge, a mi entender, es disciplinar ese egoísmo, no des- 
truirlo o amenguarlo, porque sería amenguar y destruir 
la vida misma. En estos tiempos, mejores que los otros, 
digan lo que digan, la virtud por excelencia, la virtud más 
virtuosa es la de acaparar y producir. He ahí la forma 
actual del deseo de poder , que vale tanto como decir el alma 
de las criaturas. Que mucho que lo primordial sea la pro- 
ducción de riquezas, si sólo esa gimnasia permite las más 
soberbias expansiones de la cultura y pone en juego y afina 
todas las facultades humanas, amén de abrevar la sed 
de vivir, que la religión, la filosofía, la literatura y el arte 
despiertan sin satisfacer . . . Los humanistas piensan otra 
cosa y defienden con razones, que de puro sutiles se quie- 
bran, ideales muertos y verdades fósiles; ¿pero, no son 
fósiles ellos también? Entre noBotroe no abundan los hu- 
manistas, mas sobran los leguleyos, los politicastros, los 
charlatanes de feria, los macarrónicos entusiastas y los es- 
piritualistas de chicha y nabo, y, sobre todo, abundan 
y cunden como la ruda los escépticos por ignorancia y los 
tragadores de viento por necedad, que no parece sino que 
los siembran. [Mal rayo los parta! En cambio escasean 
los cazadores forzudos delante del señor, los capitanes del 
comercio y la industria; los poetas de la banca; los hombres 
de mirada ardiente y voluntad tendida como la cuerda 
de un arco. Yo triplicaría las iglesias y las escuelas, y sobre 
todo los laboratorios y los institutos; pero multiplicaría 
los gimnasios, las palestras y las salas de box. Entre 
un pueblo de atletas y un pueblo de retóricos, la elección 
no puede ser dudosa para la Vida; un match es urm ense- 
ñanza tan sana y fecunda para el espíritu como la visita 
de un museo o la lectura de un buen poema, y me quede 
corto; en un cheque suele haber más moralidad que en un 
sermón, y no menos valores religiosos en loa juegos olím- 
picos que en una misa. 

Haciendo estas y otras aseveraciones del mismo corta 
y talle, i© engolfó Tóeles en una aventurada disertación 


[ 312 ] 



APÉNDICE 


que Mamagela oyó, no sabía bien si regocijada, si pesarosa. 
Harta al fin de tanta novedad filosófica y descreimiento, 
rebatiólo a su manera, y entonces, por caso peregrino, aun- 
que frecuente, ya que todos suelen hacer lo contrario da lo 
que piensan, la utilitaria Mamagela defendió las doctrinas 
del desinterés, como buena cristiana vieja que era, y el lí- 
rico Tóeles los intereses materiales y las morales egoístas. 

Pag. 169. — (!) La edición de 1916 agrega: lo se- 
paraba de su mujer, y sin rencor, disculpándola mas bien, 
discurría así: 

** ¡Pobre A nubil También fuiste víctima tú de la falaz 
ihiBión, que, al morir, deja en los ojo9 una lagrima por cada 
espejismo desvanecido. . . Sin sospecharlo, creyendo hacerte 
gran bien, te hice mucho mal. Con mis inveteradas in- 
quietudes entenebrecí tu alma, hecha para loa goces sanos 
y humildes; incautamente te llené de esperanzas excelsas 
y excelsas dudes que las criaturas simples no deben co- 
nocer porque no pueden soportar su noble peso; por ex- 
traños paisajes te induje a perseguir mil pájaros azules, 
a ti, que sólo naciste para correr tras las gallinas, atraparlas 
y retorcerles él pescuezo, y hoy, como ayer los generales 
de Napoleón, puedes decir: “Estoy caneada' 1 . ¿Qué error 
prodigioso, qué locura misteriosa nos transfiguró y nos hizo 
creernos nacidos el uno para el otro cuando, en realidad, 
no teníamos un solo pensamiento común y éramos, por 
lo tanto, enemigos naturales? Mas jay! Rolando se con- 
virtió presto en el Caballero de la triste Figura, y la sin 
par Dulcinea en la rústica y zafia Aldonza. ¿Cómo impe- 
dirlo? La transfiguración amorosa, como loa otros espe- 
jismos, no fué destinada a durar más tiempo que el nece- 
sario para cumplir los fines secretos de la vida; pero 
el hombre, animal metaf ísico, quiere corregirle la plana 
a la naturaleza, haciendo duradero lo mudable, eterno 
lo fugitivo, sumiso lo rebelde, sujeto a leyes humanas 
lo que sólo obedece a mandatos divinos, y por eso en todas 
parteo donde natura puso la libertad y el gozo, el hombre 
pone la esclavitud y el dolor.’* 

Y después de hacerse tan lamentables reflexiones, 
contemplaba sin amor . . . 

Pag. 170. — (!) La edición de 1916 agrega: Ningún 
hombre consciente de su9 derechos puede aceptar sin hu- 
millación la ignominiosa esclavitud a que las luchas par- 
tidarias condenan a* los ciudadanos de esta tierra. ¿Cómo 


[ 313 ] 




CARLOS KEYLES 


yo, hombre libre, me resignaré a que cualquier politicastro, 
por una banca o una jefatura de más o de menos, o cual* 
quier gaucho bruto por ventolera, espíritu de rebeldía 
o mera compadrada , me arruinen periódicamente y sean 
así como los árbitros de mi destino? ¿Qué derechos son 
esos que todos violan y que ni siquiera garantizan la vida 
y la propiedad? ¿Qué libertades esas que me cargan de ca- 
denas? Yo protesto.., 

Pag. 172. — (*) En la edición de 1916: prosiguió. 

Pag, 172. — ( 2 ) Esta réplica es una corrección agre- 
gada en la edición de 1927, sustituyendo la larga expli- 
cación de Tóeles de la edición de 1916, que es la que sigue: 

— El pensamiento es enemigo del acto: cuando se 
analiza, toda actividad parece cosa ilógica y risible, y yo, 
por desgracia, veo demasiado bien la trama del tapiz y no 
puedo aceptar las supercherías con que la sociedad marea 
al hombre y lo hace esclavo, esclavo sumiso, no sólo 
de todos los hombres, sino también de todas las tiranías, 
empezando por las de. la inteligencia y el alma, que son 
las más duras. En mí, riñen desesperadamente el yo indi- 
vidual y el yo social, y de ello tiene la culpa mi incurable 
idealismo, porque me lleva como de la mano a buscar afa- 
noso la libertad donde sólo existe la esclavitud, la justicia 
donde sólo impera la iniquidad, la verdad donde sólo reina 
la mentara. Salí a campaña sediento de independencia 
y 9alud moral, lleno de energías y nobles arrestos, y de- 
seando ardientemente consagrar mi vida entera a la obra 
magna de la regeneración nacional, por la única vía po- 
sible, ésta: estimulando sistemáticamente las actividades 
libres, el esfuerzo propio, la inteligencia productora y jun- 
tamente el espíritu de asociación, sobre todo de la cam- 
paña, para que ésta, formando una vasta y bien organizada 
colectividad, impusiese bu voluntad de vida a los gobiernos 
y los partidos, y le diera a nuestra política, de pasiones 
y concupiscencias por una parte e idealismos trasnochados 
por la otra, la enjundia de razón utilitaria que no tiene, 
y que es como el tuétano de las modernas civilizaciones. 
Trabajo inteligente, cultura práctica, entusiasmo, fervor, 
esfuerzo armónico . , He ahí lo que soñaba, y vea con 
lo que me encuentro. Nadie ha querido escucharme, menos 
seguirme. Mis cálculos fallaron, los sucesos me traicionan, 
la fatalidad económica me condena. Y ahora empiezo 
a darme cuenta que tampoco sirvo para e9tas cosas, y que 


[ 314 ] 



fltfSsIPÍg 


APENDICE 







en estas cosas, como en las otras actividades, sólo hay 
esclavitud, vanidad y desvarío. Si te acierta, es por casua- 
lidad; si la suerte no nos aplasta, es por milagro. Igno- 
ramos lo que queremos, no sabemos a dónde vamos, ¡pobres 
ciegos en la noche obscura del alma! y tenemos la cómica 
pretensión de gobernarnos y dirigirnos. . . Considerándolo 
bien, sin engaño metafísico, sin idealismo deformador de la 
terrible realidad, ¡cuánta locura en la brega del vivir! 
¡cuánta temeridad en el empeño de vencer! ¡La ola nos 
arrastra, y nos creemos, insensatos, los señores del mar! 
Examine un instante, dona Angela, las encontradas y obs- 
curas fuerzas que nos solicitan en mil opuestas direcciones, 
y dígame si hay mortal que pueda domeñarlas y darle 
a la existencia rumbo fijo, dirección preconcebida. El alma 
de los muertos y la voluntad de los vivos, luchando en- 
carnizadamente dentro de nosotros, nos empujan de aquí 
y de allá, nos traen y nos llevan, nos suben y nos bajan; 
instintos animales y virtudes adquiridas, intereses y senti- 
mientos, apetitos y aspiraciones atribúlennos y marean; 
los sentidos nos engañan a porfía, y deslumbran las fan- 
tasmagorías del mundo, y la razón misma, esa facultad 
de la que tanto se ufana el hombre, no hace otra cosa que 
crear espejismos, tras los cuales, desatentados, corremos . . . 
A veces, se me ocurre que la existencia es una gran pesa- 
dilla, y que todos somos sonámbulos, y no sólo las criaturas, 
sino las cosas también.' Sí, todo es ilusión: el sonambu- 
lismo es universal. 

Pág. 177. — ( l ) La edición de 1916 agrega: mal de 
su grado. 

Pág. 177. — (2) En la edición de 1916: concluyó. 

Pág. 185. — (1) En la edición de 1916: reales. 

Pág, Í86. — ( l ) En la edición de 1916: para. 

Pág. 187. — (!) En la edición de 1916: Al parecer. 

Pág 189. — (!) En la edición de 1916 agrega: o las 

lívidas claridades de la luna, 

Pág. 191. — <1) En la edición de 1916: Pronto: 

Pág. 192. — O) La edición de 1916 agrega: ahora. 

Pág. 192. — ( 2 ) La palabra “salvajes” es corrección 

agregada en la edición de 1927. 

Pág. 194. — ( l ) En la edición de 1916: atravesarlo. 

Pág. 194. — ( 2 ) La bastardilla tan significativa de 

"acampar aquí” ha sido agregada en la edición de 1927. 


[ 315 ] 



CARLOS REYLES 


Pag. 197. — ► < x ) Las palabras “del parque” son correc- 
ción agregada en la edición de 1927. 

Pag. 201. — C 1 ) La página que sigue, y que cüenta 
la trágica muerte de Primitivo, fue notoriamente tranfor- 
mada por Reyles al preparar la edición de 1927. Se trans- 
cribe, a continuación, el fragmento correspondiente de la 
edición de 1916: ... locas de espanto, y Primitivo, en medio 
de ellas, poseído acaso de la grandeza de su destino, negro 
y adverso, veía, al través de espesa y sofocante humareda, 
desplomarse los ranchos unos tras otros, morir las ovejas, 
reventar las boleas como disformes panzas de vaca hin- 
chadas al sol. Y reía en su demencia, transfigurado por 
la embriaguez de destruir y el sentimiento de un fin pró- 
ximo y trágico. De pronto, escaposele un grito de espanto: 
sus ropas ardían; echó a correr, pero a los pocos pasos 
cayó atropellado por las ovejas. Cuando se puso en pie 
estaba medio ciego; las llamas lo rodearon; negros cres- 
pones de humo lo envolvieron y Tóeles no pudo ver mas. 

Pag. 204. — i 1 ) En 1916: sombras espectrales, 

Pag. 204. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: 

Tóeles se decía: 

“He ahí una prueba palpable de la inutilidad del es- 
fuerzo y de la insuficiencia de la razón para rodrigamos 
y dirigirnos, cuando se destacan y campan por sus respetos 
las pasiones que duermen en los antros de toda alma, como 
arrolladas culebras en el nido. ¡Pobre Primitivo] Tus pre- 
visiones fueron inútiles; estériles tus sacrificios; burladas 
tus esperanzas, y entrada a saco por el destino adverso 
la fortaleza de tu voluntad. Y, sin embargo, tu poseiste 
las activas virtudes que más se premian, y fuiste obediente 
a la regla, sumiso al orden establecido, lo cual quiere decir 
que ni obediencia ni rebeldía sirven para maldita de Dios 
la cosa. ¿Qué espejismos te extraviaron? ¿Qué voces ha- 
blaron en ti y convirtieron tu mansedumbre en fiereza? 
¿Qué demonio te cerró los ojos y condujo de la mano 
al abismo del rencor? No fue el demonio de la finalidad; 
los metafisiqueos y las retóricas no te hicieron cometer, 
como a mí, ninguno de esos nobles crímenes contra la vida, 
que la vida no perdona. ¿Será que, en todas las circuns- 
tancias, el hombre es juguete de las alucinaciones con que 
burlonas deidades le llenan los ojos? ...” 

Y después de vislumbrar los múltiples y arcanos im- 
pulsos que nos guían a hurto de la presuntuosa razón. 


[ 316 ] 




APENDICE 


lü ilusionas que nos engañan y las conmovedoras locuras 

loa mortales padecen, convenía: 

'■Sí, eso somos: alucinados y sonámbulos en un mundo 
fantasmagórico. Sonámbulo el ofuscado Primitivo, a quien 
oscuras leyes del honor gaucho conducen al dolo y al crimen; 
sonámbulo el bárbaro Pantaleón, convertido en adalid de los 
derechos y las leyes nacionales por instinto de rebeldía 
contra las leyes y los derechos; sonámbulo el seráfico 
Papagoyo, disfrazando con mansedumbre y bondad las flo- 
jeras del carácter y las concupiscencias de los apetitos; 
sonámbulos loa partidos, envaneciéndose de perseguir idea- 
les y principios puros, cuando sólo necesidades materiales 
e intereses inmediatos los inspiran y guían; sonámbulo yo, 
sonámbulos los otros, y archiBonámbulo el mundo, porque 
engendro es de la ilusión universal. Ni aún la mismísima 
Mamagela escapa a ese fatal destino; a pesar de su sentido 
práctico y firme voluntad, víctima es, como todo quisque, 
de sus pasiones y juguete de la ilusión que a todos nos 
gobierne. En verdad, no es menos loca ni sonámbula 
que yo”, repetíase con fruición; “sólo que su sonambulismo 
ignorante la hace creer, comúnmente, que el amargo acíbar 
es riquísima miel; los frutos podridos, lozanos frutos. Sin 
embargo, ella está dentro de la ley social; yo fuera. Su ma- 
carxomsmo será saludable para el mundo; mi racionalismo, 
perjudicial. ¡ Irónica contradicción, fruto amargo de las 
trágicas antinomias del ideal y la realidad, del pensamiento 
y la acción, del bien teórico y del bien práctico) Mientras 
el materialismo egoísta de Mamagela construye y es útil, 
mi desinteresado idealismo secará, antes de arrancarlos, 
los sabrosos frutos del árbol de la vida... ¿Qué hacerle? 

^ Aunque quiera aceptar la ley del macarronismo saludable 
y someterme a la dictadura del embuste, no podré: soy 
una conciencia errante, y es necesario que cumpla mi des- 
tino. Quizá éste no sea tan inútil y vano como a mí me 
parece. Y una conciencia errante nada tiene que hacer 
con las actividades prácticas que, entre paréntesis, no son 
vado y satisfacción gozosa de los instintos más sanos y ro- 
bustos, como me lo hicieron creer las deducciones lógicas 
de ciertas teorías (siempre las teorías!. . ♦ ¡Que me vengan 
a mi con cuentos después de esta odisea campesina y del 
arrebatado fin de Primitivo 1 La acción tiene sus quiebres: 
es también una ilusión y una esclavitud; sólo somos libras 
en el reino de I09 sueños, como dice el poeta; sólo aeanoe 


[ 317 ] 



CARLOS REYLES 


verídicos y reales mientras soñamos. No, Tocias, basta 
de campo, de negocios y de familia. Eres para los tuyds 
un peligro constante. Sin tí, sin los conflictos y desastres 
que seguramente traerá aparejados tu incurable irrealiamo, 
Amabí sería dichosa; Pedrito crecería sano y contento; 
Job intereses medrarían bajo la sagaz dirección de Mama- 
gela. El mayor bien que, en realidad, puedes hacerles 
a los tuyos, es eclipsarte, desaparecer, aunque esto parezca 
monstruoso. Por otra parte, ¿cómo vivir mintiendo, enga- 
ñándome y engañándolos a sabiendas?: mi mujer no es mi 
mujer, mi casa no es mi casa, mi patria no es mi patria . 
¿Qué ley me obliga a sacrificarme por lo que me es ex- 
traño o enemigo? ¿Acaso el bien... el bien de los otros? 
Respetable cosa; pero ¿dónde está el mío?” 

Pag. 206. — (1) En 1916: idea. 

Pag. 210. — (!) La edición de 1916 agrega: 

“Yo, criatura viviente y animal razonante, soy una 
sutil encamación de las energías siderales, como todas las 
cosas del universo y el universo mismo. La fuerza «s Dios: 
todo sale de ella y a ella vuelve; indicio del común origen 
es el carácter guerrero de los fenómenos así físicos como 
morales”, pencó un día, mientras repuntaba la majada. 
“Hijo de aquella divinidad terrible, el hombre, por na- 
turaleza, tiende a dominar: es deseo de poder, que diría 
Hobbes; voluntad de dominación, que diría Nietzsche; 
egoísmo, en una palabra, como digo yo, y lo más humano 
del hombre, y, por lo tanto, lo más egoísta, es la inte- 
ligencia que, en efecto, es egoísmo integral, interés puro, 
utilidad inmediata, de igual modo que lo más social de la 
sociedad es el dinero, por ser la condensación perfecta 
de aquel egoísmo, de aquel interés, de aquella utilidad. 
Estas consideraciones entrañan la negación rotunda de las 
morales del desinterés y explican metafísicamente el que 
las relaciones de los hombres sean, en el fondo, relaciones 
pecuniarias. Por algo el espíritu deportivo y el espíritu 
mercantil reinan en el mundo y son como los lampadarios 
de la nueva religión que se forma y cuyos dogmas nadie 
ha formulado todavía. Es la religión de la vida, Quiere 
ser su sacerdote, teóricamente al menos ¿Qué haré para 
servirla mejor? ¿Sacrificaré el espíritu a la voluntad y lo 
social a lo individual? j Arduo problema! Siento que 
el bien de loe otros no es mi bien y, por otra parte, com- 
prendo que en el mundo cristiano todo pide el sacrificio 


[ 318 ] 



APENDICE 


del individuo a la sociedad» ¿Hasta qué punto es legítima 
y sana tal imposición? ¿Por qué el saber me demuestra 
que lo más vital y noble es el egoísmo, el egoísmo que 
viene de arriba, si luego me induce a estrangularlo, en apa- 
riencia, porque en el fondo . . . ¿Pero aquel mundo ea 
eterno? ¿El fundamento, la base de las civilizaciones mo- 
dernas, es el altruismo o la gravitación sobre sí? ¿Seré 
excelencia o vulgaridad, músculo o espíritu, inteligencia 
o sentimiento, voluntad de ser o voluntad de morir? ¡Ah! 
jamás podré decidirme completamente; fluctuando entre 
los dos polos viviré; mi idealismo me impedirá mutilar 
de buen grado lo individual; mi sentido práctico, lo social» 
| Miserable cosa el vicio de pensar!... {Cuánto daría por 
la fe ciega de mis mayores y los deberes cumplidos sin 
el torcedor del por qué y del para qué!” 

Pég, 213. — (!) En la edición de 1916: A veces, en 
medio de la charla general, extraños ruidos suspendían 
los ánimos. Callaban; Papagoyo palidecía. 

Pag. 213. — ( 2 ) En la edición de 1916: ¡Fuera; papá 
va a operar/. .. — y todos salían precipitadamente, riendo 
a más y mejor. 

Pág. 213. — ( 3 ) En la edición de 1916: El comer- 
ciante, como a raíz de un feliz suceso, sonreía. 

Pag» 214. — (1) La edición de 1916 agrega: Los 
triunfos oratorios, los intereses generales, el bien público, 
el medro personal, no me ofrecen ningún halago, no me 
dicen nada, no creo en ellos. La comedieta de la política 
me repugna; la mentira universal me da náuseas; las ti- 
ranías sociales me sublevan. Soy una conciencia errante, 
y los aspiraciones secretas de mi voluntad, los votos pro- 
fundos de mi alma, me harán preferir el calvario de las 
aspiraciones supremas al camino de rosas de los bienes 
y goces embusteros. ¿Qué hacerle? Sé que es una ilusión 
falaz; pero ser iluso es mi destino: el vicio de pensar 
me dió el gusto de los artificiales paraísos. Los manan- 
tiales vivos no corren para mí; no sé qué disposición na- 
tural de espíritu me llevará siempre a apagar la sed en las 
aguas muertas de la meditación; jamás podré contemplar 
el cielo azul sin decirme: “No es azul ni es cielo”; mientras 
los otros viven, yo analizaré la vida . . . ésta me condenará 
por delito de lesa patria. Yo le pido perdón . . . como 
a ustedes, y sigo mi camino. ¡Ah! sí, perdónenme; no me 
juzguen mal. Me liberto de los deberes corrientes y des- 


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CARLOS REYLES 


pojo de los sentimientos humanos, no por egoísmo, sino 

precisamente por desinterés y amor aunque yo sé que 

la única manera de «mar bien es hacerlo interesadamente. 
Eso arraiga a la tierra y pone de acuerdo con el universo. 
Mucha, mucha amargura y no poca vergüenza me da frus* 
trar las esperanzas de ustedes; no sentir lo que ustedes 
sienten, no amar lo que ustedes aman; pero no puedo obrar 
de otro modo sin traicionar vilmente mis creencias y mis 
principios. ¿Cómo ir contra lo que pienso, amo y admiro? 
Cueste lo que cueste, no cometeré ese crimen, y, por no 
cometerlo, abandonaré patria, hogar y bienes. Obro lógi- 
camente, no soy un loco, soy un idealista. Mis sacrificios 
y desinterés dan testimonios elocuentes de la nobleza de 
mi conducta Si fuera creyente, me metería monje; co- 
barde, me alojaría una piadosa bala entre ceja y Ceja; 
charlatán, me haría socialista y defendería los intereses del 
pueblo; pero no siendo charlatán, cobarde ni creyente, sólo 
me resta cargar con mi cruz, la cruz de mi conciencia . . 

Pág. 215. — (!) La edición de 1916 agrega: ¿Y mis 
sueños generosos de verdad y belleza? ¿Y mi apostolado 
del egoísmo creador? ¿Qué hago de las nobles ambicione* 
que son el sustento de mi alma y así como mi razón de 
existir? ¿Usted no comprende que al asesinarlas me sui- 
cidaría? 

Pág. 215. — ( 2 ) En 1916: Aquí dejáronse oir los 
extraños ruidos de marras. 

Pág. 217. • — (i) En 1916: ]Ah — dijo, — si pensa- 
ras . . . 

Pág. 218. — (l) En 1916: de libros. 

Pág. 223. — (l) La edición de 1916 agTega: Nada 
me llevo: lo poco que resta de nuestro haber te lo dejo: 
es lo único que puedo hacer por ti y por nuestro hijo. Sé 
que cometo una gran locura y que sólo me esperan afliccio- 
nes y desengaños, y acaso también la miseria; pero se 
también que no puedo obrar de otro modo. Qué quieres, 
me repugna vivir en la mentira; aquí todo me es hostil. 
Hace tiempo que no somos yá marido y mujer ... si es 
que alguna vez pudimos serlo, no teniendo un solo pen- 
samiento común. Comprendo que no te hago dichosa; com- 
prendo que para todos soy una amenaza constante, més 
aún, una desdicha cierta, y resuelvo eliminarme, desapa- 
recer . . . 


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APENDICE 


Pag. 223. — ( 2 ) La edición de 1916 agrega: mur- 
muró el sacerdote de la religión de la Vida, incorpo- 
rándose. 

Pag. 230. — (1) En 1916: y aún. 

Pag. 233. — (1) En 1916: cuasi, 

Pag. 237, — C 1 ) El prólogo de “Primitivo”, corregido 
y aumentado se publicó como prólogo a la segunda de las 
“Academias”: “El extraño”. De allí ha sido tomado para 
esta edición. 

Pag. 277. — í 1 ) La epístola de Carlos Rey les y el 
soneto de José E Rodó se publicaron en la edición de “El 
Terruño” de 1916, iniciando el libro. Fueron eliminados 
por Reyles en la edición de 1927. 

Pag. 281. — C 1 ) Este prólogo, solicitado por Reyles a 
José E. Rodó, se publicó en las ediciones de la obra de 
1916 y 1927, desapareciendo en las posteriores. 


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